CURT BOETTCHER Misty Mirage (YATC, 2108)m

El próximo 15 de octubre el sello You Are The Cosmos publica en formato Lp y en edición limitada de 450 copias “Misty Mirage“, lo que de alguna manera debería haber sido el primer disco en solitario de ese titán, tan escurridizo y talentoso como abandonado a su suerte, llamado Curt Boettcher.

Tal y como reza en el anuncio de su página web “Misty Mirage es una maravillosa recopilación de maquetas y sobrantes (excepción hecha del single “Sometimes / Share with you” publicado por Together en 1969) a cargo de este excepcional músico, compositor y productor. Sí, el tipo detrás de Sagittarius, The Millenium y muchos otros”.

Me ha sido concedido el honor de redactar unas notas, en las cuales modestamente intento tanto celebrar el acontecimiento como explicar su gestación. Desde esta humilde bitácora quiero agradecerle el placer a You Are The Cosmos y a su capo Pedro Vizcaíno.

En el verano de 1968 Curtis Roy Boettcher (Eau Claire, Wisconsin, 7 de Enero de 1944) cree tener ya en su poder todo lo necesario para poder triunfar a lo grande. Desde que debutase con el cuarteto Folk Pop, The Goldebriars, han pasado cuatro años hasta la doble publicación de su bicéfala Opus Magnum definitiva; “Begin”, bajo el nombre de The Millennium y “Present tense”, el proyecto como Sagittarius junto a su amigo Gary Usher. Sendos discos, ambos indiscutibles cimas artísticas, paradójicamente, acabarán por ser su condena comercial definitiva.

Por el camino han quedado multitud de aventuras; Su creciente maestría en el terreno de la producción –bien en solitario, bien con su socio Steve Clark en su propia compañia Our Productions– nos ha obsequiado con una serie de asombrosos sencillos; The Oracle, Lyme & Cybelle, Jacobson & Tansley, Lee Mallory, The Goodtime Singers, Plastic People, Action Unlimited, Something Young, The Bootiques, Summer’s Children … Todos ellos constituirán el entrenamiento necesario que le servirá como campo de prácticas donde poder ajustar todo aquello que bulle en su interior. Incluso con alguno de ellos (‘Along comes Mary” y “Cherish” para The Association, “Sweet Pea” para Tommy Roe) llega a ser tocado por la diosa fortuna del éxito.

En todos sus pasos anida la búsqueda incesante de la piedra filosofal, no otra cosa que conseguir la síntesis exacta entre dos mundos inicialmente tan lejanos como lo son la grandiosidad propia de un barroquismo sonoro de alambicada perfección y la sencillez y pureza de una lírica voz íntima. Un todo -tan perfecto cuando se auna adecuadamente como cojo resulta por separado- que Boettcher alea cada vez con más extraordinaria precision. Pionero en el uso y aprovechamiento de las posibilidades técnicas del estudio y especialmente obsesionado con el tratamiento vocal, parece hallarse cada vez más próximo a aquello que aspira lograr. Mención especial para este cronista merecen los sencillos “My heart cries out” (Action Unlimited, 1966, Parkaway) y “Don’t say no” (The Oracle, 1967, Verve). Firmado este ultimo por Ruth Ann Friedmnn y producido a medias con su hombre de confianza Keith Olsen, la cara B del único sencillo de The Oracle resulta barroca incluso para sus parámetros; Obsesiva, con multiples capas de voces tratadas y cintas al reves, cascadas de armonías quedan sepultadas en un maremagnum de sintetizadores analógicos e instrumentación hindú (Sitar, Tabla, Tambura). Junto a todo esto un mantra, sujetado por motivos melódicos propios del raga, discurre entre una letra tan repleta de referencias astrales como enraizada en un poso de ingenua y melancólica soledad.

 

Editados ambos en el mes de Julio de 1968, “Begin” y ‘Presente Tense’ serán, de algún modo, las dos caras de la misma moneda. El primero, el único disco de The Millennium (cuyo germen ha sido The Ballroom) va a tener consecuencias devastadoras; Su grabación en dieciséis pistas, algo prácticamente inédito hasta entonces, consume docenas de músicos a jornada completa y horas y horas del estudio de grabación. Su factura final -más de 100.000$ según cuentan -y su absoluto fracaso comercial provocarán el despido de Usher como jefe de producción de Columbia y el inicio del ocaso de la todavía incipiente buena estrella de Boettcher.

Por el otro lado Sagittarius, iniciálmente un proyecto de estudio, fantasma, acentúa el lado sombrio, la introversion y su querencia por un misticismo astral. Un sencillo titulado “My world fell down” (con las voces de Glen Campbell y Bruce Johnston) ha logrado una cierta repercusión. Urge pues la grabación de un álbum en busca de réditos. “Present tense” será el resultado. Una obra grandiosa y mágica que le reafirma en sus propósitos pero que le aleja definitivamente de cualquier cosa futura relacionada con el éxito. En ella lleva a cabo, sin cortapisa alguna, todas sus fantasias musicales, incluso aquellas más extravagantes; Por ejemplo, la idea de lanzar todas y cada una de las canciones del disco en single e incluir en sus respectivas caras B una canción dedicada a cada uno de los signos astrales. Desafortunadamente el asunto se detendrá en “Libra’, “Piscis” y “Virgo”, pues tres son finalmente los singles publicados. Los resultados artísticos son, una vez más, tan impresionantes como nula será su repercussion comercial.

“Misty Mirage”, el disco que You Are The Cosmos tiene el honor del presentarles, podría perfectamente subtitularse como Los restos del naufragio. Acaso sea lo más parecido a un hipotético álbum en solitario de Curt Boettcher en su época álgida (There’s an innocent face, estupendo aunque ya otra cosa, en 1973, aparte). De hecho existiría el proyecto de publicarlo en Together Records, el sello creado por Usher con Boettcher y Keith Olsen tras ser despedido de Columbia. Inédito en la época, consta básicamente de una serie de maquetas inacabadas, tomas alternativas y outtakes, excepcion hecha del sencillo “Sometimes / Share with me” – por una cara elegante pop de cámara de melódica resolución, por la otra Soft Country sofisticado y evocador- ya editado por Together en 1969.

El disco comienza con “Tumbling Tumbleweed”, una versión del clásico del Western Country Pop de Bob Nolan a la que Boettcher le da completamente la vuelta: Unas breves notas de un piano impresionista dan paso a la base rítmica inspirada en “California girls” para, a partir de ahí, comenzar un carrusel melódico de voces dobladas en el que se combinan sintetizadores con la pedal steel y el uso de la Marimba como gimmick melancólico, consiguiendo el prodigio de comprimir en menos de cuatro minutos el espíritu de la Pastoral Americana más resplandeciente.

Tres son las canciones procedentes del repertorio de The Millennium: la primera, “Baby it’s real”, es una hermosa declaración de amor que combina el candor enamoradizo con la tozudez sentimental que caracterizaba a la decadencia spectoriana. La luminosa voz de Boettcher, ingenua y malévola a la vez, nos atrapa en una tela de araña que pasa de inicial naturaleza muerta a paisaje en movimiento en tan solo un par de estrofas. La segunda, “I just wanna be your friend”, es sunshine pop resplandeciente que flirtea con la bossa y utiliza la voz en falsete a modo de seducción juguetona, mientras la letra pasa de la ironía a la esperanza en un solo verso (…You Know I just want to be your friend, cause I like our little drama, to have a happy ending and finally be feel transcending…). La tercera,“The Know it all”, suena como una extraña mezcla de The Music Machine -con su beat machacón de batería- y los Simon & Garfunkel circa “Bookends”. No en balde el baterista es su amigo Ron Edgar (Ex The Music Machine) y Ray Halle, su ingeniero de sonido habitual, sera el encargado de producir el disco del dúo neoyorquino.

Misty Mirage” y “Astral Cowboy” son dos canciones río, los polos positivo y negativo de una misma cosmovisión. Estilo y forma yendo de la mano en dos canciones tornasoladas, fantasmales y transparentes. Canciones acerca de la soledad y de su vínculo con lo que no se puede nombrar. Canciones dotadas de una hermosura externa que puede llegar a ser contraproducente, ya que no permite ver, en un primer instante, aquello que termina por ser lo esencial, lo escondido.

Del cancionero de Sagittarius proceden “You know I’ve found a way” y “Another time”. Sencillas y escuetas, ambas son tomas acústicas y ambas son perfectas. Mientras la primera es un adagio andante de poliédrica significación, la segunda, casi una desnuda elegía, es la desesperada narración de la búsqueda de una Arcadia que Boettcher intuye del todo inalcanzable. Ambas coronadas por una voz desnuda, tambaleante unas veces y firme en otras. Una voz que unas veces nos transporta a la infancia y en otras supura oscuros ribetes nigrománticos. Ambas dobladas en los coros con la voz de Sandy Salisbury y a las que la suma de un contenido órgano a cargo de Mike Melvoin las convierte en dos elegías etéreas de doliente belleza.

Finiquitan el disco “Wearing Levi’s” -un jingle originálmente compuesto para la marca de tejanos- y un hit que, aunque no llegase nunca a ser tal cosa, bien hubiese merecido serlo; “That’s the way it’s gonna be”, es puro bubblegum garage pop con el espíritu de las sesiones de Valiant para The Association, tan adictivo como de ingeniosa resolución. Una canción de Phil Ochs que, por cierto, Boettcher ya le produciría a Lee Mallory en 1966.

Resulta evidente, incluso con estas canciones inacabadas, la clarividencia y determinación de Curt Boettcher a la hora de mostrar lo oculto. Lo titanico de dicha tarea y lo maltrecho de su estado conforme su obra iba constituyéndose. Casi como un Ícaro mitológico, su obstinación en alcanzar el sol, en su caso la canción perfecta, acabaría por derretir sus alas sin por ello detenerse en lo mas minimo. Poseedor de una mirada única, panorámica, su sino sería, mientras iba de fracaso en derrota, el de la bísqueda de una victoria indeleble.

“…Standing in a rainy darkness, not a star perverts the night. Standing in a lonely shadow, will I ever see the light?…”

Unos minutos musicales que no pueden -ni deben- faltar …

In the summer of 1968 Curt Roy Boettcher come to believe he finally got what it takes for big-time success. Almost four years had gone by between his debut with the folk-pop quartet The Goldebriars and the release of his magnum opus with his friend Gary Usher: Begin, under the name of The Millennium, and Present Tense, his project as Sagittarius. Paradoxically, both albums would end up being his commercial death sentence.
There had been many adventures along the way. With his ever-growing mastery in the field of record production, Curt Boettcher would present the public with a series of amazing singles by artists such as Action Unlimited, The Oracle, Lyme & Cybelle, Jacobson & Tansley, Lee Mallory, The Goodtime Singers and Plastic People among others. These provided the training necessary to fine-tune everything that was bubbling up from deep inside him. With some of them (“Along Comes Mary” for The Association and “Sweet Pea” for Tommy Roe), he even achieved certain amount of success.
Every step Boettcher took was dedícate to the perfect synthesis between the grandeur of his refined, baroque sound and the simplicity of an intimate, lyrical voice. A pioneer in the use and exploitation of the possibilities the studio offered, and someone particularly obsessed by the treatment of the voice, he came closer and closer to realising his aspirations. In this sense, Action Unlimited’s “My Heart Cries Out” (Parkway, 1966) and The Oracle’s “Don’t Say No” (Verve, 1967) merit special mention. Penned by Ruth Ann Friedman, the latter, for which Boettcher shared production with his longtime collaborator Keith Olsen, is exceptionally baroque even by his own standards: multiple layers of treated vocals, backward tapes and cascading harmonies, all buried beneath a maelstrom of analogue synthesisers and Indian instrumentation (sitar, tabla, tambura) contribute to a nearly obsessive atmosphere. Meanwhile, a mantra held together by raga-like motifs flows through lyrics that are as full of astral references as they are deeply rooted in a mood of naïve melancholy and solitude.
Begin and Present Tense, both released in June 1968, were two sides of the same coin. Neither or them succeeded; however, while the former had a devastating effect for Boettcher, the latter helped him reaffirm his vision. For the unprecedented 16-track recording of The Millennium’s only album, Boettcher employed dozens of full-time musicians and endless hours of studio time. With expenses totalling over $100,000, the commercial failure of the project resulted in Gary Usher being fired by Columbia as head of production and would mark the beginning of the decline of Boettcher’s incipient lucky star.
Sagittarius, on the other hand, was a ghost project in its conception. It emphasised Boettcher’s darker side, his introversion and his penchant for astral mysticism. Released in 1967, the single “My World Fell Down” (sung by Glenn Campbell and Bruce Johnston) had some measure of success and Boettcher was determined to make the most of the situation. The result was Present Tense, a magical work that delved further into his purposes. He realised, with no limitations whatsoever, every one of his sound-related fantasies, even the most extravagant, such as releasing every song on the record as a single and including on the B-side a song dedicated to each sign of the Zodiac. Only three singles were released. Once again, the artistic results were impressive, but the commercial impact was null.
Misty Mirage, the record You Are The Cosmos is honoured to present, could very well be subtitled The Remains of the Shipwreck. It was originally intended to be released by Together Records, a label set up by Gary Usher with Boettcher and Keith Olsen after his dismissal from Columbia, but the project was never completed. With the exception of the single “Sometimes/Share With Me” (Together, 1969) — one side elegant chamber pop, the other evocative and sophisticated “soft country” — the album is made up of unfinished demos, alternative takes and outtakes.
The album kicks off with “Tumbling Tumbleweeds,” a cover version of Bob Nolan’s classic cowboy song that Boettcher completely turns around: a few brief notes from an impressionistic piano give way to a rhythm section inspired by “California Girls” and to a melodic carousel of double-tracked voices, synthesisers, pedal steel guitar and marimba that result in dazzling take on Americana.
Three tracks have their origin in The Millennium’s repertoire: the first, “Baby, It’s Real,” is a beautiful declaration of love that combines candour with the sentimental stubbornness that so well characterises Spectoresque decadence, further accentuated by Boettcher’s luminous voice, at once naïve and malevolent.The second, “I Just Wanna Be Your Friend,” is shiny sunshine pop that flirts with bossa nova and for which Boettcher uses a falsetto voice by way of playful seduction as the lyrics morph from irony to hope. The third, “The Know It All,” sounds like a mixture of The Music Machine, with its persistent drum beat, and Bookends-era Simon and Garfunkel. Interestingly enough, Boettcher’s drummer, Ron Edgar, was a former member of The Music Machine, and Roy Halle, his regular sound engineer, would be in charge of co-producing the New York duo’s record.
“Misty Mirage” and “Astral Cowboy,” two river songs, are in a sense the positive and negative sides of the same cosmic vision. However, these songs are endowed with such beauty that it could end up being counterproductive since it prevents the listener from catching sight of what lies beneath.
“You Know I’ve Found A Way” and “Another Time” come from the Sagittarius songbook. Simple and stark, both chronicle the search for Arcadia, both are acoustic takes and both are perfect. Whereas the former is an andante adagio of polyhedral significance, the latter is almost a naked elegy. Both songs are crowned by Boettcher’s bare voice — at times staggering, at others firm — overdubbed with Sandy Salisbury’s backing vocals, which, with the addition of Mike Melvoin’s organ, turn them into two ethereal elegies of piercing beauty. “Wearing Levi’s” rounds off the record. Originally a jingle for the popular brand of jeans, the song deserved to be a hit. “That’s The Way It’s Gonna Be,” a Phil Ochs song that Boettcher produced for Lee Mallory in 1966, is pure garage bubblegum pop in the spirit of the Valiant sessions for The Association.
Curt Boettcher’s talent and clear-sightedness are fully evident even in these unfinished songs. The titanic nature of the tasks he set himself and his poor health shaped his work. Like a modern-day Icarus, hell bent on the perfect song, he would end up losing his wings without even stopping for a second. In possession of a unique panoramic view, Boettcher’s life was a never-ending search for an indelible victory.
“Standing in this rainy darkness, not a star perverts the night. Standing in a lonely shadow, will I ever see the light?”
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CAMILO SUPERSTAR Solo un hombre

 

 

 

Resulta curioso lo que ocurre en el llamado mundo de la cultura en nuestro país. A menudo se le baila el agua a escritores, cineastas y artistas en general con tanta fruición como gratuidad, digamos que sin pudor alguno. A personajes que con mucho alguna vez -y muchas veces lejos ya en el tiempo- acertaron en la diana. En cambio, a músicos que -de acuerdo- tal vez hace un tiempo que perdieron el norte – pero cuya obra también ostenta algunos de los momentos más emocionantes del último cuarto del siglo pasado- se les trata con un desdén y unos aires de superioridad que lo único que denota, cuanto menos, es cortedad de miras e ignorancia obscena , cuanto más, crueldad y cinismo condescendiente. Son estos asuntos que en mi opinión retratan mucho mejor a quienes así se emplean -me pregunto si serán conscientes- que a quienes son destinatarios de tal chanza.

 

  Y no solo me refiero a esa generación de amargados profesionales, esos que a sus cuarenta y pico todavía lucen la etiqueta de jóvenes y que por lo general provocan lástima antes que ascopena, sino también a otros, asimismo investidos sine die como oráculos del gusto: Personajes que durante varias décadas de carrera profesional han permanecido ciegos y sordos ante la evidencia, impertérritos en su confortable trasunto de Reino imaginario -en realidad y para su desgracia no otra cosa que una pequeña colina mil veces bombardeada- y ajenos a cualquier cosa que chocase con su cuadriculada visión de las cosas. Empeñados en contar las mil batallas de siempre, no sé si en su fuero interno -algo que a mi juicio les redimiría un tanto- conscientes de haber perdido los incontables trenes que ante ellos pasaron. La extraña paradoja que resulta de la pretensión de vestirse con el traje del ingenio y la ironía cuando lo que en realidad emerge no es otra cosa que la exhibición de harapientos ropajes bajo la etiqueta de eso tan discutible llamado gusto. Y así sucede que se equipara artísticamente a Perales con Manuel Alejandro, a Miguel Ríos con Bruno Lomas, a Loquillo con Pepe Risiad infinitum, ad nauseam. No es nada que sea algo realmente grave -nada lo es realmente- cuando se trata de desconocimiento o mera frivolidad, asuntos por otra parte a los que todos estamos expuestos y que por lo general suelen ser subsanados con el paso del tiempo, aunque otra cosa es, en mi discutible opinión, cuando se debe a un empecinamiento miope sustentado tanto en la necesidad de señalar y no ser señalado como en la voluntad de erigirse en no sé bien qué tipo de prescriptor.

Esto último es algo extraño. Una especie de virus latente que se incuba día a día, se transmite socialmente y acaba por invadirlo todo. Los prejuicios y el qué dirán ayudan bastante. Muchas veces debido a la necesidad de ese qué dirán como única forma en la que sentirse considerados. De nuevo la paradoja; Una enfermedad que cuanto más se quiere ocultar más rauda se propaga, de manera a menudo implacable y que sin embargo, si se muestra y comparte, puede encontrar el antídoto a poco que se sea permeable a la opinión distinta bien fundamentada. En caso contrario lo que suele permanecer es un compendio de síntomas nocivos, conformados por el deseo de pertenencia al grupo por encima de todas las cosas -incluidas aquellas razonables que lo desaconsejarían- y la falta de comprensión de uno mismo -y por ende de lo que uno es- en un desesperado afán por sentirse valorado, único. Suele afectar con mayor virulencia a quién se cree inmune y en cambio, a quién honestamente cree atisbar en si mismo algún síntoma, le retrae y coarta a poco que advierta lo inhóspito del paisaje, mecido al menos por la duda. 

 Comencemos por el principio. Los inicios siempre son, cuanto menos, difíciles. Los de Camilo también lo fueron. Desde que aterrizase en Madrid en 1964 junto a su banda, Los Dayson, todo había sido una dura lucha por encontrar su lugar en el sol. Su afición a la pintura le permite subsistir pintando láminas que luego vende a turistas, mientras actúa con Los Dayson en Boys, una cochambrosa sala por la zona de Usera. Tienen cierta repercusión en el ámbito local y de allí pasan a la Sala Párnaso, propiedad del actor Antonio Alonso, el primer club en plan fino que hubo en Madrid hasta la inauguración de Nikka’s, cuyo dueño fue del director de cine americano Nicholas Ray. Pero poco a poco y ante la falta de estabilidad la banda comienza a desmantelarse. Suple durante una semana a Daniel Velázquez -tras dejarlos éste en busca de carrera en solitario- en Cefe y Los Gigantes y acto seguido se disuelven “… No batimos el récord de brevedad por muy poco; creo que lo tenían The Mistery Men, que se formaron un viernes, actuaron el domingo, encapuchados, y el lunes dejaban de existir…”. De allí pasa a Los Botines. Su cantante, Manolo Pelayo les acaba de abandonar para comenzar carrera en solitario y con ellos graba, por fin, su primer disco. Un single en Sonoplay; … Teníamos cierto número de canciones propias, y no mucho más tarde grabamos dos de ellas en Sonoplay: Te voy a explicar y Eres un vago. Claro que como no pertenecíamos a la Sociedad de Autores, las firmó otra persona, que trabajaba en la compañía discográfica. No debió de servirle económicamente de mucho porque el disco pasó totalmente inadvertido… Interviene en un papelito en Las Chicas del Preu de Pedro Lazaga y actúa con Los Botines en la película El Flautista de Hamelín de Luis María Delgado, interpretando la soberbia No me importan las miradas donde parecen un trasunto de Paul Revere & The Raiders. El material de esa película, a excepción de un Ep del pujante Miguel Ríos, queda inédito discográficamente. Con Los Botines durará un año largo. A partir de aquí intentos de refundación de la banda como Camilo y los Botines (tras pedirle permiso a Paco Candela, quién tenía registrado el nombre), el obligatorio servicio militar y múltiples actuaciones allá donde saliesen.

 

  Ya han pasado casi siete años. 1971 es el año de la implosión Camilo. Tiene la imagen -una belleza etérea, gracia en sus movimientos y dominio del escenario– la perseverancia y el talento. Dotado de una voz imponente, poderosa y matizada, escribe la mayor parte de su repertorio y está empeñado en controlar su carrera. Todo parece presto, cuando 1970 está a punto de terminar, a la ignición. Ha pasado tiempo a la sombra de Junior esperando la cristalización de algún proyecto pero ya está harto de falsas promesas. Juan Pardo, con quién también mantiene amistad, le parece una apuesta más segura. Tras haberse separado de aquella manera de Junior tras un Lp formidable, pretende comenzar su carrera como productor bajo su propia etiqueta, Piraña, y será allí donde meterá cabeza Camilo, trabajador infatigable en pos de su sueño;  “… Después de todo, yo era un trabajador del show bussiness, estaba metido de hoz y coz en el mundillo musical de Madrid, aprovechaba cualquier oportunidad para trabajar y para aprender. Como era un pupilo de Pardo, aunque “inédito”, me llamaba continuamente para ayudarle en sus producciones, sobre todo hacer los coros de los artistas a los que iba grabando. En aquellos meses de finales del 69 y hasta el otoño de 1970 puse mi voz en una cantidad enorme de grabaciones: Marisol, Luis Gardey, Mochi, Andrés Do Barro, Peret, el propio Pardo… ayudaba en los coros a la mitad de los cantantes de España. Naturalmente no me pagaba un duro por ello. Yo era gente de Pardo y cuando había que echarle una mano se la echaba. Tenía esperanza de que en algún momento me tocase a mí ser el solista…” . Camilo es el chico para todo de Juan Pardo; Corista, baterista, cantante. Decide bautizarse como Camilo Sexto “… Fui con Junior a un programa de Encarna Sánchez en Radio España. Canté una de las canciones de lo que seria mi single. Junior y yo nos parecíamos bastante; altos, delgados, con el pelo largo. Alguien dijo que parecía Junior Segundo y yo dije que no, que yo era Camilo Sexto. De hecho yo era el sexto Camilo de mi familia …” y tras un tiempo consigue fichar por Movieplay donde publica un sencillo (Llegará el verano / Sin dirección) que pasa sin pena ni gloria.

 Poco después Movieplay le propone presentarse al Festival del Atlántico con la canción Mendigo de amorAndy Silver, una inglesa medio novia de Juan Pardo, para quién este  ha compuesto la canción originalmente, se niega a hacerlo. Queda segundo tras Help de Tony Ronald. Camilo cree que Movieplay no le ha apoyado lo suficiente y despechado se marcha a Ariola, compañía alemana recién aterrizada en España tras haber comprado la barcelonesa Discos Vergara. Camilo será el primer artista nacional que firmen. Es entonces cuando Sexto muta a Sesto debido a que Movieplay ha registrado el nombre artístico. Constante -a esas alturas ni se contempla la rendición- sigue perseverando bajo el manto musical de Juan Pardo. Por fin, tras cuatro sencillos de un éxito bastante discreto, Algo de mí es número Uno en toda España. El Lp que le sigue prende una mecha que durará más de una década. Trabajador infatigable, publica Solo un hombre, su segundo Lp, a finales de ese mismo año y comienza la ignición: Giras por Sudamérica, innumerables apariciones televisivas y actuaciones conseguirán convertirlo en un auténtico ídolo de masas. Algo de una magnitud completamente desconocida por estos lares. La época también parece querer colaborar y aunque los cerrojos siguen pasados, cierta laxitud en la asfixia imperante parece venir a ayudarle; su voz sensual y el juego de inocentes equívocos en sus textos, lejos de ser traba se convierten en acicate. Cobra forma su especial sello, un imaginario marcado por una personalísima mezcla de cotidianidad y sueños de terciopelo que dota a su pop elaborado de una pátina de modernidad. En el sustrato quedan las aceradas producciones, los lujuriosos arreglos con sabor a salitre y una serie de competentes músicos que dan forma a sofisticadas telenovelas de no más de tres minutos de duración.

Camilo no le hace ascos a nada. Es un trabajador riguroso y constante. Viaja a Londres con Juan Pardo de productor y le suma a su banda un equipo de profesionales británicos de nivel. Se encierra en los De Lane Lea Studios de Wembley y contrata para los arreglos a un viejo conocido de larga trayectoria, Zack Laurence. Un tipo sin pedigrí artístico pero sumamente efectivo, lo que se llama un profesional, cuya conexión surge vía Alain Milhaud trás sus orquestaciones para los Pop Tops. El paquete viene completado por lo esencial, una serie de músicos de estudio sobre lo que mucho se ha especulado y que le otorgan una prestancia y rotundidad a un disco que hoy suena impecable. Viaja junto a Tusa (así llama a su amiga Lucia Bosé), su hijo Miguel, el periodista Antonio D. Olano y Juan Pardo. “… Tusa no desperdiciaba ninguna oportunidad de comprar los objetos más inverosímiles y estrafalarios, y nos convencía para que también nosotros lo hiciéramos. Así caminábamos con unas alzas enormes, que casi parecían zancos, haciendo difíciles equilibrios por King’s Road y el barrio de Chelsea. Claro que el hallazgo más excepcional fueron unos monos de terciopelo y cintura de avispa, muy bonitos pero con la cremallera por detrás, muy poco prácticos…   El repertorio decide incluir un poco de todo, con una oido en el mainstream y otro al tanto de las tendencias del momento. Recupera Fresa salvaje, canción que había compuesto para su protegido Sanyago y que había pasado sin pena ni gloria. La canción es más sustanciosa de lo que en un principio parece; un libidinoso canto al cuerpo ¿Femenino? con ribetes soterrados de dominación y un doble sentido, cuanto menos, malicioso. Incluye To be a man, una de sus muchas incursiones en inglés, hoy un éxito en los clubs más desprejuiciados, que de venir firmada por algún cantante de serie B extranjero se la tendría poco menos que como un clásico llenapistas.  La sublime Fuego, con su combinación de spoken words y fragmentos cantados junto a unos coros femeninos arrebatados parece casi Tomjonesca: Su guitarra fuzz inicial, su base rítmica perfecta, los bongos, las percusiones, consiguen que realmente queme. Proto-glam a la española. Sara desprende sexo y sudor lascivo. Piedra sobre piedra parece firmada por Gamble & Huff: Modern Soul satinado de elegancia lujuriosa. Incluso incluirá una, Amor, amar, escrita a medias con Lucía Bosé y que alimenta el mito del romance, algo que él, astuto, no solo nunca desmentirá, muy al contrario, incluso con su silencio ayudará a propagarlo. Junto a tal nivel compositivo hay que unir una banda de fieles, competente y engrasada: Alfredo Pareja a la guitarra, su inseparable Jaime Torregrosa al bajo, Vicente Jorro al órgano y Conrado Martinez a la batería. Sumémosle la producción, tan sutil en sus arreglos como poderosa las orquestaciones (guitarras musculosas, algún fuzz despistado, baterías milimétricas, el palpitante bajo de Torregrosa, vientos arrasadores) y su voz, golpe y caricia, fulgor y remanso. Un disco inconmensurable -y que nunca ha sido ni es reivindicado por los profesionales de esto, así están las cosas-  por el módico precio de cinco euros. ¿Alguien dio más por menos?

*Los textos en granate han sido extraídos de Camilo Sesto, Autobiografía, 1984.

SINGING CABALLEROS. Señores que cantan

CABALLEROS DEF

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 Singing Caballeros o, lo que viene a ser lo mismo, señores que cantan. Señores de trayectoria y carrera, en el mejor de los casos, subterránea. La serie B del pop en castellano perpetrada con tanto voluntarismo e ilusión como atropellado hedonismo, y qué, sorprendentemente, en algunas contadas ocasiones, acertaba de pleno. Olvídense del discurso petulante y de las enciclopedias hagiográficas. No esperen que cualquiera de sus cronistas de cámara les preste la menor atención. De paso, una vez ya puestos, den las gracias por ello. A saber que desacato nos brindarían. Lo que encontraran aquí serán asuntos más vastos y, también, inevitablemente, más bastos.

Francisco de Miguel, Nacho, Dimpol, Antonio, Juan Pablo, Santy, Marcos, Leandro, Blume, Goyo, Tito Martín, Dany Roy, Marco Antonio… nombres que, descuiden, no tienen porque decirles nada, y que sin embargo tocarían el cielo en desperdigados 45s publicados generalmente por sellos de tercera que respondían a nombres como Spiral, Benzo, Palobal, Ana…Rodajas de saldo para aquellos que pasamos el tiempo hurgando en las escombreras musicales. Asunto que, gracias al cielo, no sólo sucedería en este negociado. En una época todavía imbuida de cierta ingenuidad, los sellos grandes, disparando a discreción sin importarles por donde quedaba la diana, jugarían sin vergüenza alguna al porcentaje en pos del acierto y el rédito. Lo más gracioso de todo es que lo que ellos solían considerar como errores, solía también ser plenos para éste quién suscribe;  Junior, Julian Granados, Tony Ronald, Nino Bravo, Palito Ortega o ¡José Guardiola!, por nombrar a algunos de los incluidos en este primer volumen, también entrarían en el reparto de los mencionados naipes, siendo, de paso, regalados con las mejores cartas. Nótese, detalle interesante, que siempre, benditos sean, lucían revestidos de un innegable aire soulero; vientos, metales, voces poderosas. Asunto, conviene recordar, con el que el pop en castellano del cambio de década de los sesenta a los setenta, sería extremadamente generoso.

Una última cosa -y aquí interviene tanto el viaje en sí como el destino que este nos depare, una elección personal en cualquier caso-, suelen ser sencillos que cuestan por lo general lo mismo que una caña bien tirada. Pero que valen – y ya siento repetirme por enésima vez, disculpen- tanto como el mejor champagne o el mejor escocés. Gloria bendita.

Ah, en cuanto a lo del subtitulo no hagan el menor caso. Más asunto vinculado a los deseos de éste quién suscribe que a la realidad. Todo aquel que se haya pasado por esta biácora con relativa frecuencia ya será consciente de alguna de mis múltiples taras.

Listado de canciones;

JOSE GUARDIOLA Amor escondido / FRANCISCO DE MIGUEL Te quiero solo atí / TONY RONALD Baby, me has perdonado por fin / SANTY El filtro del amor / ANTONIO No hay tiempo para llorar / DIMPOL No dejaré que te vayas / JUNIOR Todo porque te quiero / NACHO solo un besito más / MARCOS La gran esperanza / NINO BRAVO Volver a empezar / TITO MARTIN El mundo llora / DANY ROY Catherine / JULIAN GRANADOS No te vayas / HENRY STEPHEN Nuestro grupo / PALITO ORTEGA ¡Hola! / BLUME En mis sueños / LEANDRO Super Jet / GOYO Talk it over in the morning / MARCO ANTONIO Vivo de recuerdos / JUAN PABLO Y comenzó a llover

MELODY’S ECHO CHAMBER (Domino, 2012)

 

Reconozco que la primera vez que escuché el disco de Melody’s Echo Chamber me atrapó de inmediato. Recuerdo que fue por la época de la fiebre Tame Impala y que mi hijo estaba fascinado con los australianos. Reconozco también que lo primero que pensé -equivocada y condescendientemente- es que esa fascinación iba a ser algo pasajero, que lo que escuchaba era demasiado perfecto para durar, que las costuras se le iban a ver más pronto que tarde y que, no siendo eso inherentemente malo, probablemente implicaría la inevitable desaparición del hechizo. Sí, prejuicios, tienen razón.

Recuerdo la primera canción que escuché de “Melody’s Echo Chamber” (Domino Recording, 2012). Era “Some time alone, alone” y entraba como un campari con zumo de naranja. Suave, con el puntito de amargura necesario, muy fácil. Vamos, que sonaba estupenda, de una manera tan cercana, en un primer instante, a como lo hacían los Broadcast más accesibles. Recuerdo pensar también que esa no era mala compañía en absoluto, muy al contrario, y me di por satisfecho. La voz de Melody Prochet se parecía bastante a la de Trish Keenan y su música gravitaba en torno a ellos indisimuladamente tanto como a veces remitía a Stereolab (“Quand vas tu rentrer?”). Pero el disco, a poco que escarbases, sonaba también a otras muchas cosas: Unas veces a grupos de chicas haciendo expansivo y puro pop del brill building  (“I follow you”), en otras a la Margo Guryan de “Love songs” y sus confidencias psicodélicas en “Bisou magique” y en casi todas se veía la mano de Kevin Shields de manera más que evidente (Como en el sencillo “Crystallized”). su producción panorámica, los espacios sonoros amplios, la melancolía electrónica, la evocación cotidiana…

Recuerdo, por último, leer acerca del dream pop, del retrofuturismo, del concepto Hauntological… joder, se me escapa tanta teoría, me parece filfa, palabrería.  Todo eso debió ser hacía finales del 2012 más o menos. Bueno, ahora ya da igual. Hacía más de tres años que no me lo había vuelto a poner. Ayer lo hice. Sigue sonando imponente. Menor, lírico, sin demasiadas pretensiones. Es -era-, gracias al cielo, sólo pop.

 

THE HIGH LLAMAS Theatreland: Slow motion is the fastest frame

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Sean O’Hagan no es un genio, ni falta que le hace. Anda el mundo atiborrado de presuntos genios sin que al parecer le importe en lo más mínimo lo que de pesados y aburridos muchas veces tienen. Algunos sostienen, tal vez con razón, que su música es agradable hasta que verdaderamente le prestas atención, sin detenerse a pensar que hay veces en que la compañía sincera acaso sea lo más importante de todo. Necesitados como están a toda costa de dosis estériles de ingenio y originalidad, parecen preocuparse más por lo verosímil que por lo verdadero, o lo que es lo mismo, antes por la perfección que por el sentir.

 Yendo a lo suyo, nuestro hombre continua haciendo camino y nosotros paseando la mar de a gusto con él, mientras a un lado del sendero brotan flores con el aroma de Bacharach & David y se desprende el aroma de su insoslayable devoción por Brian Wilson. Y si les da por fijarse con atención, unos metros más adelante podrán disfrutar del manar del Jazz a cámara lenta, un poco a la manera de Pharoah Sanders o calentarse con los rayos del mediodía que son como pinceladas tropicalistas con los oídos puestos en Rogerio Duprat mientras la brisa reparadora nos impregna de sonidos que recuerdan a los Critters de su etapa en Project 3, al Arpa-soul de Dorothy Ashby (a quién le dedicaría una hermosa canción), a los arreglos líquidos de François de Roubaix o a Chris Dedrick, siempre en la memoria …

A la pregunta de qué era para él un actor, respondía el maestro Jose Luis Guarner: “…Un actor es alguien que se esconde…” Sean O’Hagan lleva escondiéndose unos cuantos años. Hagan por encontrarlo.