J. y yo. THE CHURCH. "No explanation"

 

    J. y yo nos conocimos en los Escolapios de Mícer Mascó a mediados de los años ochenta, cuando aterricé por allí dispuesto a comenzar los estudios de COU. Aún recuerdo como si fuera ayer -la verdad es que no sé muy bien por qué-  la mañana en que bajé del Trenet (Así lo llamábamos los que veníamos del pueblo) en la estación de la Feve, cuando el verano de 1985 tocaba a su fin y yo me sentía, además de asustado y asombrado, lo suficientemente ingenuo para creerme un tipo capaz de poder regir por fin mi destino. 

Los primeros días suelen ser duros. Sucede en cualquier ámbito de la vida. Un cierto respeto a lo desconocido viene de la mano junto a la curiosidad por una nueva etapa y de este modo se consigue una combinación perfecta de temor y sorpresa que no tiene por qué ser necesariamente negativa. Pero esas cosas uno sólo las sabe con el transcurso de los años, no viene en ningún manual de instrucciones. Incluso lo menos ansiado y deseado puede depararte sorpresas, ser esquivo con tus esperanzas o llevarte a tomar la salida equivocada sin que realmente puedas hacer mucho más que verlo pasar. Son tiempos de grandes decisiones y sin embargo no tenemos casi ninguna indicio de hacia donde dirigirnos. Ni sospechas lo que te espera, ni mucho menos todo aquello que esperas acaba siendo tal y como pensabas. Así que, ni que decir tiene, el primer día en un colegio nuevo y sin los asideros cómplices de antiguos camaradas es naturalmente territorio hostil. Si además tus amigos, los que has tenido hasta esos diecisiete años, están al otro lado del río y tú has dejado de ser un mero visitante en esa orilla ahora nueva, lo que antes fue Terra incógnita comienza a ser territorio descubierto. Eso sí, durante un tiempo serás el intruso sobre el que se posarán las miradas y los gestos, las risas y los cuchicheos que te hacen sentir un tanto desnudo, un tanto indefenso. Ante eso no cabe otra que la impavidez y una cierta chulería, intentar impedir que se huelan tus temores, pues en ese caso eres hombre muerto. Y así andas, vagando errante y perdido, sin saber que todas esas miradas, esas risas y esos comentarios son tan huidizas, nerviosas o curiosas como la tuya. Y, si acaso lo sabes o lo intuyes, tampoco es que te sirva de mucho  consuelo, la verdad. Al menos no entonces.

   Y deambulas por un territorio bastante menos hostil de lo que te pareció en un primer momento. Un territorio en el que quieres ser algo que todavía no eres ni tampoco puedes llegar aún ser. Pero te empeñas, te empeñas muchísimo. Es un tiempo y un lugar en el que tu estado natural -algo que ahora sabes que era casi necesario- es pensar que el mundo se empeña en ir en tu contra. Y no, no hay ninguna explicación.  

  Cuando salí de allí el primer día, a eso de la una del mediodía, me sentí como el naúfrago que por fin avista tierra. Visto ahora en perspectiva la cosa había sido bastante incruenta, pero que quieren, ya se fraguaba en uno ese imaginario propenso al drama y la imaginación, del mismo modo que comenzaba a cobrar forma mi carácter impostor, ese que se empeña en intentar esconder mis zozobras y se esfuerza en disimular lo que siento, hasta lograr parecer antes los demas -y parecerme a mi- otro. No sé bien como explicarlo, lo definiría como un estado de inmune fragilidad.  Había pasado casi una hora y mi padre todavía no había llegado. Miré a ambos lados de la calle intentando adivinar su coche antes de encenderme un pitillo. Le molestaba tanto que fumase que imagino que por eso lo encendí. Allí, apoyado sobre el muro, me acordé de repente de la revista que había comprado por la mañana en el quiosco de la estación. La saqué de la mochila y me puse a leerla, haciendo tiempo. En la portada había una fotografía de David Bowie y Mick Jagger y bajo la cabecera una frase que me hizo ir a ella de inmediato; Tiempos de rock and roll. Y no, no hay ninguna explicación.  

 Al día siguiente, cuando el descanso de las once, salí a comprar unos cigarrillos al puesto de la esquina de Micer Mascó con Doctor Moliner. Mientras me los guardaba en el bolsillo de la camisa, un tipo alto y desgarbado, con una figura similar a la de la pantera rosa -pero en vez de rosa, pálido, tanto que resultaba casi transparente- se me acercó. Tenia una mirada limpia, un poco aniñada. Hablaba despacio y muy pausado. Siempre me ha puesto nervioso esa morosidad a la hora de hablar, pero en cambio en él me gustó. Aunque me puse a la defensiva -mirada altanera y un largo silencio- en realidad todo era atrezzo y representación, pues me moría de ganas de hablar con alguien.  Mientras me pedía lumbre y le acercaba en mechero me preguntó si me gustaba la música… Te vi ayer leyendo una revista de música... No contesté, debí parecerle o medio idiota o un chulo desagradable. Muy probablemente ambas cosas a la vez. Sacó un paquete de Marlboro -¡Un paquete!- y me ofreció un cigarrillo. Volvió a preguntar; …¿Te gustan los Church?… Me quedé mirándole y únicamente atiné a balbucear; …¿Los Lords?… Comenzó a reír de esa manera suya. Una manera que, la segunda vez que la escuché, me pareció para siempre la más natural del mundo; Hacia dentro y emitiendo un sonido gutural; … No tío, los Church, los australianos … Aquella mañana fue la primera vez que hablé con J. 

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Su carrera comercial estaba siendo, digámoslo benévolamente, desafortunada. Malos managers y peores decisiones trajeron consigo infames contratos. Los inicios habían sido -¿recuerdan?- duros. A principios de los ochenta del siglo pasado, alguien en Capitol USA queda fascinado por una canción titulada “The Unguarded Moment”. Gracias a ello deciden publicarles su primer disco (“Of skins an hearts”, 1981) en Estados Unidos. El primer disco de The Church. Como idea genial editan el single con casi dos minutos más de duración–Oigan, ¿no les parece demasiado larga?– respecto a la versión del Lp. Por supuesto sin consultar al grupo ni mucho menos contar con su consentimiento. Siguiendo con lo insólito tienen la brillante idea, como única campaña promocional, de lanzar en prensa y revistas un puñado de anuncios con eslóganes de carácter religioso. (Ah, el ingenio de los A&R cocainómanos – ¿Y dices que se hacen llamar The Church? Perfecto, mira que idea tengo-) que no puede estar más lejano de lo que son y quieren llegar a ser. El single, obviamente, fracasa. El Lp, consecuentemente, fracasa. Son despedidos a gorrazos del sello. Fin de la aventura. Hasta “Heyday” ningún otro disco suyo será publicado oficialmente en los USA. “Of Skins And Hearts” es un debut prometedor, un tanto balbuceante si quieren, algo por otra parte de lo más natural. Pero sobre todo es un disco dotado de un halo misterioso, de sugerente belleza y con un puñado de buenas canciones. Tiene aquello tan manido, pero tan difícil de hallar, llamado personalidad. Como sucederá en todos sus discos, está construido como una tela de araña. De arquitectura lenta pero inexorable; Imposible escaparse una vez sumido en ella, olvidado en una esquina y sumida a sus logros e inclemencias si le prestas atención.  

 

… The Unguarded Moment” es como un enorme albatros agarrado al cuello. Odio esa canción pero es algo con lo que tendré que vivir …   

(Steve Kilbey, para Bucketfull of Brains, febrero de 1986)

 … Grabada como una reflexión del Lp “Of skins and heart”. La canción que lo hizo todo posible. Muchas gracias …

 (Steve Kilbey, en las notas interiores de la recopilación Hindsight, 1980-1987)

Comienzan a forjarse su destino. Un destino que consiste en una especie de maldición que navega por la delgada línea que separa al mesianismo del retrato de la condición humana. Con un tino exquisito para hacer brotar la magía evocadora cuando menos apropiado crees que es. Empeñados en enfrentarse a lo sencillo desde la ambición, en convertir en natural aquello en un principio tendente a la impostación. Ser clásicos en una época en que eso es un lastre. Son huidizos, inaprensibles, altivos pero también cercanos. Como si hubiese, en lo más profundo de su obra, un meandro o nexo común que pese a tender a querer llevarles de manera casi inevitablemente a lo grandilocuencia, una vez cerca de su orilla, zigzagueando, daba media vuelta y conseguía devenir en clasicismo. Como si algo inasible les hiciese, en un último instante, ser conscientes de lo inútil y pretencioso de tal empeño, y conminarles a dejar todo los fuegos de artificio atrás, para siempre. Como si el empeño último e irrenunciable fuese ir, pese a la carnal debilidad, de la mano de la hermosa e ingobernable inoportunidad de los sentimientos, del hermoso y seductor fracaso, tan esteril.

  De vuelta a su Australia natal su situación financiera, para variar, es delicada. Han perdido dinero con su gira europea. Han perdido todavía más dinero en su gira americana. Se refugian en sus amados sesentas y deciden morir con sus ideas. “Bluerred Crusade”, su segundo Lp, los muestra enfadados con el mundo, consigo mismos, de acuerdo, pero también les muestra seguros, convencidos de adónde no ir. Las guitarras ganan terreno, parecen querer conversar, gritar, crear un escudo que los proteja de la incomprensión. Un aire más triste, romántico, con una pátina de desengaño comienza a cobrar forma. Tiene algunas canciones estupendas (“When you were mine”, “To be in your eyes”) pero, como en casi todos sus discos, una, sublime, oscurece al resto; Se titula “Almost with you”; Catedralicia, conmovedora, emocionante. Repleta de clase y de estilo. Una canción que cimentará su personalidad. Por cierto, existe single español, con la misma portada del Lp. La de las armaduras y el pajarillo. Qué cosas. 

Almost with you

 

 … La canción definitiva de The Church. Una guitarra española limpia a cargo de Peter, Richard haciendo bonitos ruidos de percusión con unos palitos y la exultante facilidad melódica de Marty …

 (Steve Kilbey, en la carpeta interior de la recopilación “Hindsight, 1980-1987)

Bastante tiempo después sabría que aquella canción (“The Unguarded Moment”) había sido mi primer encuentro con The Church. Grabada en una cassette sin créditos y sacada de un programa de radio. Creo, juraría, que de aquel que hacía Jorge Albi con Rafa Cervera en Radio Intercontinental, “Los bailes de Marte”, poco antes de que el primero hiciese en solitario “La conjura de las danzas”. Pero conscientemente, por derecho, los conocí por “Seance”, el primer Lp de los Church que compré. En realidad tampoco fue exactamente así. Fue el primero que tuve: Me lo regaló J. Su padre, ejecutivo de la Ford que viajaba a menudo a Inglaterra y Holanda, se lo trajo. Me debió ver tan entusiasmado que me lo regaló.

 One day

 

 … It’s no reason fue el single y probablemente no debía haberlo sido. Tiene un aire a canción de cuna y su melancolía soterrada la hacen inapropiada para el consumo general. Es a partir de ella donde verdaderamente pienso que el rock and roll y los Church separaron sus caminos. Mi culpa por completo. Lo siento …

 (Steve Kilbey, en las notas interiores de la recopilación “Handsight,1980-1987“)

Electric Lash

 

“Seance” resultó ser toda una revelación para un muchacho bastante impresionable. Rocanrol con pasado, vestido de recuerdos y dotado de una cierta épica. Pero no esa épica litúrgica, ecuménica, tan grandilocuente como con fecha de caducidad, sino una épica pequeña e íntima. Ajada y balbuceante. Ridícula unas veces, sublime en otras, pero natural. Aquella que con matemática precisión me sucedía todos los fines de semana de 1985 y 1986. Uno tras otro. Ingenua, hermosa, rural. Bregando con las irrefrenables ansías por el autoengaño -conjuros que preservan la belleza, estatuas, la ciudad de Jericó…- como fascinada y aturdida por una realidad en construcción; errante y sin nombre. Versos con alma y con verdad. Optimistas y crueles. Dispuestos a engañarte. Canciones que casi se podían tocar y que muchas veces, por tan cercanas, dolían. Impregnadas con las gotas justas de afectación. Estética de curso de correspondencia que acababa por devenir literatura. Esperanzadas y fatalistas. Dotadas de una belleza turbia, ilusionada, tramposa y sin embargo también sincera. Y siempre, SIEMPRE, a punto de brotar de ellas la melancolía, luchando a brazo partido por no convertirse en vampírica nostalgia.

  Un nuevo capítulo de su creciente introspección se publicará en 1984; “The Remote Luxury”. En realidad había aparecido un año antes, en dos Eps y sólo para el mercado australiano y neozelandés; “Remote Luxury” y “Persia”, dos mini-Lps que en Europa salen como un único disco. Parecen a punto de arrojar la toalla y eso se nota en su actitud, para bien y para mal. Sin embargo no así en las canciones, sublimes, casi una fotografía de la duda y del empeño suicida. Algunos lo tienen por un paso atrás y sin embargo siempre me ha parecido como su particular Sitio de Baler. La negación del nuevo orden, dispuestos a consumirse por mantener el suyo, sabiendo que no hay victoria posible. Y de nuevo una joya que difumina cualquier posible flaqueza; “No explanation” .

 A month of sundays

 

 … Mi favorita de “Remote luxury”. Una historia real. Algo que verdaderamente sucedió. ¿Podéis escuchar el bajo de seis cuerdas?…

(Steve Kilbey, en las notas interiores de la recopilación “Handsight, 1980-1987“)

Escuchándolo hoy de nuevo “Heyday” se me ha revelado como una sorpresa. Lo recordaba bien, con empaque, consistente pero de vuelo menor. Con los vínculos emocionales (a menudo, lo reconozco, pesadas cargas de esa losa llamada pasado) de los discos de la tardo adolescencia. Tal vez también un tanto claudicante –sí, los eternos prejuicios y la tontería habitual- pero se ha revelado mucho más que eso. Con cuanta dignidad ha envejecido, hermoso y orgulloso. Donde brillaban los tics de las producciones habituales en la época (baterías mal producidas, falta de bajos en la mezcla) en él no se aprecian por ningún lado. Todo encaja como en un puzzle. Su canto de cisne. Como siempre a su manera, sin más concesiones que las propias. Y después está eso tan importante que son las canciones. Para muestra un botón; 

Disenchanted

 … Gran canción rock’n’roll con arreglo de vientos. El segundo single de “Heyday”. A todo el mundo pareció gustarle entonces. Guitarras rotundas junto a la melodía, texto autobiográfico. Ploog –Richard- toca los bongos …

 (Steve Kilbey, en las notas interiores de la recopilación “Handsight,1980-1987″

 Cómo no, lo vuelven a hacer. Una vez más. La canción emblema del disco. Una canción que vale por una carrera. Majestuosa… 

 Already yesterday

 

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A partir de entonces no recuerdo ningún momento importante de mi vida en que él no estuviese cerca. Sueños, fracasos, temores, anhelos, miedos, amores, penas, felicidad. Fue el amigo fiel y cómplice, aquel que no pide mucho a cambio y que siempre está a tu lado cuando verdaderamente lo necesitas. Vaale, algún billete si que dejo de devolverme. Y yo a él. También debe tener todavía alguno de mis discos. Aunque una vez los compartíamos eran de los dos. En eso consiste ser amigos, ¿No creen?

  Discutíamos de vez en cuando, incluso reñimos alguna que otra vez, tonterías de camaradas. Aunque sabíamos, desde el mismo momento en que comenzaba la algarabía que la paz era inminente. Nos corrimos farras inolvidables, fuimos a conciertos mágicos; aquel de ¡Los Church! en Arena, fumando porros con Steve Kilbey en el parking, dentro de su Peugeot 2006 diminuto, escuchando en una TDK el “Oddysey & Oracle” de los entonces para nosotros -y sospecho que para el tal Kilbey también- desconocidos Zombies. Algún concierto funesto también cayó, claro que sí, varios, pero nos divertía recordarlo delante de dos cervezas y descojonarnos de nosotros mismos. Descubrimos juntos libros, canciones, películas, amores … tantas cosas.

 Quiero, deseo pensar, que yo supuse algo parecido para él de lo que lo fue él para mi.  El tiempo pasó. Más de veinte años. Hace ya dos que no sé nada de J. Bueno, miento. Sí sé, poca cosa, pero no por él. Pregunto aquí y allí, llamo de vez en cuando a sus padres. Había tenido una crisis inesperada de tipo mental un año antes. Lo internaron durante un mes en el ala de psiquiatría de un hospital. A él, el tipo más cuerdo que jamás conocí. Me asusté mucho. Y me sentí mal, cobarde. Lo primero que pensé es que podía haberme sucedido a mi. Pasado el tiempo de tratamiento prescrito salió y volvió a casa. Pude visitarlo varias veces. Pero ya era otro, se perdía en si mismo, callaba la mayor parte del tiempo y cuando se decidía a hablar parecía tener miedos que sólo él conocía. Su dicción monocorde y lenta ya no era divertida sino que mostraba las puertas del precipicio. Y se sentía sólo. Lo sé porque yo también sentía lo mismo cuando estaba con él. Quién sabe la tormenta que se desató en su interior. Mantenía la misma mirada limpia, el mismo andar desgarbado, acaso más tambaleante, imagino que por la medicación, pero su cabeza estaba en otro lugar. Somos tan egoístas que me consolaba pensando que quizá fuese un lugar mejor. Ahora el naúfrago en un mundo nuevo, distinto, era él. Y todavía me pregunto si hice lo suficiente por rescatarlo. Probablemente no. Tampoco estoy seguro de que quisiera ser rescatado. Y no, no hay ninguna explicación. Me cuentan de vez en cuando que se mantiene estable, que sigue sin querer ver a nadie. Tal vez  haya decidido que es mejor quedarse con los recuerdos que ver a estos consumirse, esfumarse. Siempre fue un tipo listo. A su manera. Quién sabe. Los médicos dicen que lo mejor es que este tranquilo, calmado en casa, refugiado con los suyos. Pero diablos, yo era de los suyos. Me dicen también que es como si algo dentro de él se hubiese roto y no hubiese podido recomponer las piezas del puzzle hasta volver a darles forma. O que habiéndolas pegado, lo hayan sido mal. Que se ha encerrado aún más en si mismo. Que no quiere salir, ni trabajar -bueno, eso nunca le gustó mucho, seamos sinceros-, que su mundo se reduce a aquello en lo que se siente seguro. Un mundo en el que suenan los Church, Felt y los Chills. Un mundo con el tercero de la Velvet y los Byrds. Hoy, 14 de abril, es mi cumpleaños. Solíamos celebrarlo juntos. Hoy también, no sé por qué, me he puesto en el tocadiscos un disco de los Church. En su portada hay una fotografía coloreada de una mujer cubierta por una especie de velo, escondida tras un árbol. Lleva un ramo de flores secas entre sus manos. Y parece mirar hacía ningún lugar. Hacia su pasado. O hacia su futuro tal vez. Y no, no hay ninguna explicación.   

No explanation

 

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