ROBIN GIBB "Robin’s reign" (Polydor, 1969)

 
 
“… No es sencillo ser un freak de Robin Gibb. Lo digo por propia experiencia. He sido objeto de un montón de burlas por parte de esos dependientes “modernos” de las tiendas de discos de mi zona, enganchados a bostas del calado de Nine Inch nails, cada vez que he preguntado por él. Así que ¡Que les jodan a todos pero bien!. Robin es el hombre…”
Julian Cope
A finales de 1968 los Bee Gees están a punto de publicar un nuevo sencillo. Las cosas no marchan comercialmente como esperaban. Cada vez más son un ente bicéfalo (Barry, Robin) en el que Maurice no cuenta prácticamente para nada, salvo -vaya, tal vez esté completamente equivocado- atemperar y manejar las crecientes tensiones entre sus dos hermanos. El resto de acompañantes, después el abandono de Vince Malouney y Colin Petersen tras “I started a joke”, son músicos de sesión que incluso han dejado de aparecer en las fotos promocionales. Robin está convencido que su canción “Lamplighter” va a ser la elegida como cara A, pero en un movimiento de última hora Barry consigue desplazarla a la cara B colocando en su lugar una propia; “First of may” (en mi opinión bastante peor). El detalle, con ser sintomático, no es tan importante, de lo que se deduce que una situación larvada en el tiempo, en la que subyacen egos, envidias y precipitadas decisiones, ha utilizado esa discusión en concreto como desencadenante de algo casi anunciado. El desenlace es el abandono de Robin de los Bee Gees y el inicio de una carrera en solitario.
 
 El primer intento acierta de pleno en la diana. Robin graba y publica un single, “Saved by the bell”. Es un éxito absoluto, llegando al #2 en las listas británicas. Mientras tanto el resto de los hermanos Gibb se estrellan con un mediocre “Tomorrow tomorrow”. El primer asalto del enfrentamiento fraticida tiene pues un claro vencedor.
 
 Con “Saved by the bell” escalando en las listas Robin da un paso al frente y decide grabar lo que será “Robin’s Reign”, un Lp hoy maldito, decadente, olvidado y en mi opinión soberbio. Todo un triunfo artístico, arrinconado e infravalorado (de hecho este último calificativo incluso sea excesivo en su bondad, ya que parece que su memoria se haya borrado de la faz de la tierra). Un disco sin una canción mala, unas cuantas sensacionales y un par de obras maestras. Un disco un tanto tétrico, sumamente melancólico y triste, con multitud de capas sonoras y mucho más experimental (en el buen, mejor sentido del término) de lo que se pudiese esperar. Un disco hecho sin red alguna, mostrando todos y cada uno de sus demonios, sus miedos y temores, pero dejando también espacio para la esperanza y el futuro que ya nunca sería. 
 
 “August october” será el prefacio perfecto. Algo esplendido, sorprendente. Una balada que abre con una mandolina y algo que suena como una batería programada o una caja de ritmos analógica para dar paso inmediatamente a su voz, doliente e implorante. Una voz que sube y baja como un tobogán por todo el rango de sentimientos posible con una facilidad pasmosa, casi impúdica. Los coros, apenas esbozados, de un tono lúgubre y doliente, acaban por vestirla de manera inolvidable.
 
“August october” será la elegida como segundo sencillo. Su fracaso es estrepitoso. A ésta le sigue en el disco “Gone gone gone”, un tanto, bastante, Bacharachiana. Una canción con ese punto observador y detallista de lo pequeño, aquí siempre narrado en primera persona, que Hal David solía dar a sus letras; “Soy demasiado rico para ganar, soy demasiado frio para arder”. Conocer y (aceptar) las propias limitaciones. Sin tener porque estar de acuerdo. Asumirlas y vivir con ellas.
 
 “Worst girl in this town” cambia un tanto de registro. Su “Ahhh…” inicial denota el drama que se avecina, el tono conmiserativo, enfadado. Pero no un enfado acusador, al contrario, sino mera descripción casi obligada. Su fantástica voz es solista y también coros (doblados y superpuestos en la melodía, hasta encajar como el oleaje en la arena, cadencioso y constante) que le confieren un aire casi espectral que denota lástima e ira, esperanza y derrota y finalmente asunción.
 
“…There are lots like you. That it’s not true. I’d be a fool to stay and join the queue, you’ve stayed with other men behind my back. I know that if I stay, I’ll surely crack…”
 
 Nunca sabremos exactamente que es lo que podía existir en la mente de un jovencito de diecinueve años. Que tipo de ensoñación o de realidad se había incubado en su interior. Hasta la canción pretendidamente alegre, esa otra maravilla, ahora sí, Bacharachiana cien por cien (el tempo, los vientos, la coda final), deja un poso de  irremediable fatalidad, de presencia y consciencia de que el final del sueño se avecina. De un lado sombrío que, pese a los esfuerzos, está ahí, a la expectativa, brotando a la mínima sin que nosotros, meros mortales, podamos hacer mucho más que verlo pasar;
 
“…Of all the moments in our time, there’s none like this. And ev’ry day when our lips met, there’s none so bliss. For when I say sweet c’est la vie, i laugh and leave with tears on me…”
 

 La belleza clásica, esa canónica y también fatal, continua con “Dawn came the sun”. Quizás la más Bee gees de todo el Lp. La -aparentemente- menos atormentada. El reconocimiento de sus orígenes; “First”, “Horizontal”, “Idea”…

 
“Mother and Jack” cierra la primera cara. De nuevo la intro con el sonido bizarro de batería programada. Da la impresión de que las cosas van a cambiar. Cierta alegria formal parece entreverse… hasta que te fijas en la letra y adviertes que habla sobre el desahucio de una familia de su apartamento. Caso cerrado. Un tipo inquietante Robin.
 
 La segunda cara del disco comienza con el cambio de uniforme. Robin ha mudado el British household cavalry uniform de la Royal Guard (su casco dorado, el penacho negro en su cima) que luce en la portada por el de gala de los Granaderos de la Royal Guard. El imponente bearskin en la cabeza, el sable a su izquierda y las borlas rojas pendiendo del derecho. “Saved by the bell”, el éxitoso sencillo del que hablamos más arriba la abre. A continuación “Weekend”, tal vez la que menos me guste. Y aunque el tono vuelva a ser moderadamente alegre, sólo su frase de bienvenida –“Hello, i’m down”– hace que mude en cuestión de segundos a tristeza y melancolia.
 
 “Former Ferdinand Hudson” es más extraña si cabe; Un arreglo de cuerda crepuscular, lánguido y en retirada, bajo el que podemos adivinar, soterradamente, el leve redoble de tambores de un regimiento vencido, sirve de incio a un dramático, casi psicodélico, lamento que remite -de nuevo- a los Bee Gees de “Down to earth” (“Idea”, ¿Recuerdan?). Súbitos recesos, guitarras tratadas, guitarras tambaleantes, casi metalicas, acaban por dejarnos con la boca abierta ante un salto sin red, sin temor, si me apuran sin pudor. A pecho descubierto. A continuación más madera, “Lord Bless all”. El momento más introspectivo. Un órgano y su sóla voz. Imagínense por un momento una catedral vacia, donde los altos arcos y cúpulas provoquen la reverberación exagerada, casi la transposición del alma. Una estancia donde pudiésemos levitar, artificialmente o no. Espíritu y cuerpo en busca de la perfección sentimental. La eterna pugna entre el averno y el paraíso sabiendo que el único estado posible es la combinación de ambos. Una perfección del todo imposible pero a su vez consagrándonos en su búsqueda. Un requiem para los caidos en la batalla, sea está en el campo o en el corazón. Algo religioso, terrenalmente espiritual, si tal calificativo valiese, ustedes me disculparán. El tono ahora muta a lo Scott Walker, el de “Tilt”. Tan sólo que ¡¡Diez años antes!!. 
 
“… Lord bless all, Lord let all be blessed. And when you sleep, London streets are silent.
All the world is full of song. And when you have woken, after dawn has broken.
Snow filled fens will vaguely fill your eyes. You’ll be guided by good will.
Now the bells in your town are ringing, far away the joy of carols singing .
Bringing all a song to share.
Lord bless all, Lord let all be blessed. And when you sleep,London streets are silent…”
 
 Y para cerrar, el summum, la perfecta arquitectura hecha canción. Una explosión de registros y sentimientos titulada “Most of my life”. Probablemente la canción más triste del mundo. También la más feliz. Sí, lo sé, es un contrasentido, pero lo mantengo. El clasicismo perfecto, el más moderno que el más novedoso de los hallazgos. Por derecho, entregado y perfecto.
 
  Piensa uno que existen leyendas sustentadas en mucho menos. Tampoco es cuestión de desmerecerlas, en absoluto. Sólo digo que si la carrera de Robin Gibb no hubiese tomado los derroteros que todos conocemos, estoy convencido que esta canción, esta maravilla (El disco entero en realidad) merecería reediciones y parabienes, figuraría entre las más recordadas por los aficionados, las más imperecederas. De hecho lo está. Aquí, en mi refugio. El de todos ustedes.
 
“…La mayor parte de mi vida he tenido que escapar. La vida no era más que un juego y tuve que jugarlo. Los amigos que pensé tener nunca estuvieron. Buscas el amor pero no sabes dónde, mientras participas en una carrera que no conduce a ningún lugar…”
 
El reino de Robin. El reino de los amores perdidos.