ELEFANTES ROSAS Una biografía (Ediciones Polares, 2015)

 

En esta bitácora se ha hablado largo y tendido de Serge Gainsbourg. Otra cosa será que lo haya sido apropiadamente, con la perspectiva adecuada y en su justa mesura. No es tarea mía el juzgarlo, quedaría feo.

 Se cumplen, me dicen, veinticinco años de la muerte de Serge Gainsbourg y caigo ahora justo en tan magna efeméride. Soy así de despistado. La verdad es que uno piensa que el aniversario de una muerte no debería de ser, en todo caso, nada más que la celebración de una obra. Y si ésta se ha leído, visto o -en el caso que nos atañe- escuchado detenidamente, mucho mejor. De cualquier forma, si sirve para poner en valor la obra del finado, aunque sea a posteriori, lo doy por bueno. Siempre se está a tiempo de llegar si se quiere realmente.

Dejemos para los especialistas la inmersión en los recovecos de su vida, en el relato de las incoherencias inherentes a la condición humana y las referencias a las bajezas que todos, en mayor o menor medida, cometemos. Y éso si hay suerte. Si aceptan un humilde consejo, huyan tanto del amarillismo y la celebración de la boutade con la que a menudo se cubre el expediente, disminuyendo sus logros, como de la hagiografía acrítica mediante la cual se llega al mismo sitio. A ningún lugar. Desde luego, hay gente para todo.

 Uno, desde hace una docena larga de años, no ha dejado de recomendar a quién ha tenido a bien escucharme la lectura del libro definitivo, aquel en el que todo se halla. Me estoy refiriendo a “Gainsbourg” (Albin Simone, 2000) de Gilles Verlant. Una obra faraónica, didáctica y amena, que celebra el puñado de hallazgos y cimas musicales con las que Gainsbourg nos regaló, pero que no se escabulle hurtándonos su descenso a los infiernos. El problema es que no se tradujo jamás al castellano y, ya se sabe, al estar al otro lado del mundo y ser el francés una lengua tan lejana, de él nunca se supo. Paradójicamente si lo fueron otros libritos, menores en el mejor de los casos, por lo general de origen anglosajón, que aquí se celebraron (brevemente, estamos hablando de lectura, esa pérdida de tiempo imperdonable) y se tomaron por poco menos que definitivos.

 Pero basta de pensamientos en voz alta, basta de reproches que no llevan a ningún sitio. Da igual todo lo comentado hasta ahora, olvídense, se lo ruego. Ya no tienen excusa. Hace unas semanas el donostiarra Felipe Cabrerizo tuvo la enorme gentileza de enviarme una copia de “Elefantes blancos” (Ediciones Polares, 2015). Lo leí en un fin de semana, resultaba casi imposible dejarlo aparcado, provocaba adicción. Una obra perfectamente documentada, mejor escrita si cabe y que, a cada página que leía, regalaba conocimiento y comprensión, mirada curiosa y buen juicio. Casi cuatrocientas páginas (además de una bibliografía seleccionada y la discografía del autor) donde sumergirse y disfrutar, donde aprender y aprehender. Un libro con todas las virtudes y ninguno de los defectos. No sé por qué tardan en hacerse con un ejemplar…

“…La fama me destruyó. Destruyó mi alma, mi conciencia y mi subconsciente. Éste es un oficio extremadamente cruel porque hay que liberar el alma. Si no lo haces, eres un hipócrita y no llegarás lejos. Y la sinceridad tiene un precio muy, muy alto…”

 

SERGE GAINSBOURG Anna

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“Anna”(Philips, 1967) fue una película en color para la televisión francesa, emitida el 13 de enero de 1967, dos días después de Dents de lait dents de loup, en su segundo canal. Pese a una promoción eficaz, la críticas fueron dispares. En la prensa algunos titulares hacen sonreír, del tipo Gainsbourg ha querido encjar textos inteligentes dentro de ritmos jerk”. Por aquel entonces declara:

“La música de “Anna” tiene un sonido nuevo. La gente dice ; Es ye-ye … Pero éso, ¿Qué significa?; Nada. Ya habrá tiempo en el futuro para asimilar estos sonidos nuevos y esta música, sin ideas preconcebidas ni palabras peyorativas…”

También es un Lp, hasta sus varias reediciones, desde hace unos años, en formato vinilo (antes lo fue en cd, en la caja “De Gainsbourg à Gainsbarre” y también en edición japonesa), codiciadísimo por los coleccionistas. Tuvo una muy pequeña tirada y se había convertido prácticamente en invisible. Esa rareza contribuyó durante casi veinte años a conferirle su dimensión casi mítica. Hoy podemos decir que es una obra sorprendente y que simboliza un estado de gracia extremadamente pop, por lo demás muy atípico en la acartonada TV de la Francia de De Gaulle.

Pierre Koralnik, su director. “… Anna es la historia de un joven exitoso que dirige en una agencia de publicidad –Jean Claude Brialy– y qué, por azar, ve la fotografía de una chica (Anna Karina, musa y pareja durante un tiempo de Godard) que no puede borrar de su cabeza. Desde ese momento solo tiene una obsesión, encontrarla. La busca por todo París. La gracioso de la historia es que la tiene frente a él, es su asistenta. Para él es invisible, tras sus ropas de trabajo y las gafas de culo de vaso que la camuflan. Es todo bastante extravagante. La música, toda de Gainsbourg, esta pensada como un script de cine. Es muy rock’n’roll y también muy pop. Se muestra toda la modernidad de la música de Gainsbourg y sus textos son, como en él es norma, magníficos…”

Anna Karina, su actriz principal. “… Tras nuestro primer encuentro encontré a Serge muy tímido. Yo no entendía porque se le consideraba tan feo. Tenía belleza y clase en su gesto, muy distinguido, casi principesco diría yo. “Anna” fue muy importante para mi. Siempre había soñado cantar y él me había escrito canciones maravillosas. Adoraba que me enseñase y tocase sus canciones. Me parecían recuerdos de adolescencia, de cuando tenía catorce años. Mi padre me llevaba a los bares, el tocaba y yo cantaba…”

Jean Claude Brialy, su actor principal. “… Serge me dijo: Voy a enseñarte a cantar … ¡ Cantar yo!… imposible. Y eso es lo que hizo, con mucha paciencia y cariño. Intenté imitar su voz para no estropearlas, ya que sus canciones eran bastante complicadas. Hizo que me esforzase…”

“… Estaba atraído por Anna Karina, cuya forma de cantar era susurrante, un tanto erótica, algo que encontraría más tarde en los discos de Jane. Creo que Serge estaba enamorado de ella. De cualquier modo, Serge no podía trabajar con nadie de quién no estuviese enamorado. Incluso decía que estaba enamorado de mí. Venia a verme al plato con un pequeño ramo de flores. Era muy cariñoso, muy tierno…”

Para la grabación de “Anna”, Gainsbourg recluta a Michel Colombier como arreglista y director musical, siguiendo los consejos de su amigo Alain Goraguer. Colombier hace un trabajo formidable. Habituado y cómodo con los sonidos sixties (Había compuesto todos los jingles de “Salut les copains”) esta toma de contacto es tan solo la primera de una serie de fructíferas asociaciones; Los arreglos de “Bonnie & Clyde”, la primera versión de “Je t’aime moi non plus”, etc.

Michel Colombier“… Serge tenía aquello que yo no tenía y viceversa. Encontraba nuestra manera de trabajar muy interesante porque no era cuestión de ganar una competición, simplemente era un trabajo en común. Yo elegía, por ejemplo, el tono de la orquesta y el no intentaba darme una melodía que no fuese apropiada a ese tono, muy al contrario. Asistía a todos los ensayos y me señalaba aquello que no le parecía bien. Podía ser una nota, un acorde o la posición de esa nota dentro del acorde. Para mi era apasionante, además de la fascinación que yo tenía por sus textos descubrí que tenía un sentido melódico único, que debía mucho a sus orígenes ruso-judíos. Los judíos y los negros son los únicos, pienso, que poseen verdaderamente el blues…”

El disco, en principio un juego menor, es todo un recital de Gainsbourg, algo cercano a un campo de pruebas de lo que más tarde serán sus discos para Jane Birkin. Panorámico y sin cortapisas, Gainsbourg escancia todos los licores de su mueble bar musical en copas repletas. Unas de pop (Boomerang, Pistolet Jo), otras de chanson (Sous le soleil exactement, Ne dis rien), e incluso combinados de beat y swinging london como Roller girl.

SERGE GAINSBOURG Rock around the bunker

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La grabación de su nuevo álbum le llevará tan solo una semana, a finales de 1974, y de nuevo en los estudios Phonogram de Londres, con Alan Hawkshaw y su equipo. Incluirá algo que no había hecho desde “Initials B.B.”: tres coristas femeninas.

Brian Odgers: “… Otros nos hacían repetir las tomas hasta veinte o treinta veces. Serge en cambio iba a lo esencial, aceptaba generalmente las primeras. Para “Rock around the bunker” trabajamos exactamente cuatro días, de diez de la mañana a diez de la noche. Enseguida incluyó las voces y se hicieron las mezclas. El último día, como habíamos terminado antes de lo previsto, con el propósito de mejorar algunas canciones, en realidad para hacernos ganar algo más de dinero, algo muy atento por su parte, encontró la excusa para prolongarlo un par de días más…”

“… ¿Eres siempre así o sólo en la televisión?…”

¿Hasta donde quería llegar?. Ni el mismo llegaría a saberlo. Con la salida de “Rock around the bunker” en febrero de 1975, vemos que incluso los fans están decepcionados, consternados, completamente sobrepasados por este disco arisco, tormentoso. Gainsbourg y su sempiterna provocación, no solo ha querido tocar algo sensible, aturdiendo conciencias, sino que ha querido reabrir una herida, no del todo cerrada, para que los hipócritas se sientan ofendidos. Ya había precedentes, otros que habían osado jugar con la imaginería nazi con una voluntad evidente de provocación; Liliana Cavani con la dependiente y parasitaria relación de sus personajes en “Portero de noche”, la cruz gamada al brazo en “The Rocky horror Picture show”. Pero Gainsbourg navegará en ese mar con el deleite del adicto y un humor devastador. Evitará también el mórbido recreo, revistiéndolo de un traje accesible, casi la historia de un personaje corriente. El hijo de un emigrante ruso judío, que había portado la estrella de David al brazo durante la guerra, se lo podía permitir.

“Nazi rock” habría sido un título mucho más apropiado que “Rock around the búnker”, pero en el último momento parece asustarse.

Jacky Jackubowicz: “… Antes de ser presentador en Televisión fui delegado de prensa en Polygram. Trabajé para ellos desde 1973 hasta 1980. Me ocupaba sobre todo de Gainsbourg y también a veces de Alain Bashung, dos artistas tenidos por difíciles. Los programadores de radio se negaban a emitir sus discos. Para “Vu de l’extérieur” la promoción ya había sido complicada pero para “Rock around the bunker” fue de todo punto imposible…”

La historia, no se puede negar, es atractiva; En su bunker, Adolf/Serge enloquece a causa de la escucha continua del clásico “Smoke gets in your eyes”, la canción americana favorita de su amada Eva Braun. “Eva” recrea la pasión de un monstruo humano, Adolf, ansioso por fornicar con su amada, de poseerla sin descanso, al son del clásico de los Platters. Convertido en un crooner atípico revisa el cancionero americano. Mezcla rock clásico -bueno, todo lo clásico que Gainsbourg pudiera ser- con recuerdos de una infancia transcurrida en la guerra y una historia ambientada entre el nazismo, la pasión y los restos del naufragio. Será algo que removerá conciencias (“Nazi rock” o la larga noche de los cuchillos largos y la inacción que desembocó en la catástrofe), revolverá estómagos (“Yellow star” o la estrella amarilla como autoconcedido premio infantil que le aisle de la barbarie y el dolor) y revivirá el olvido. “Zig zag avec toi”, otro mas de sus prosódicos ejercicios de estilo, (aquellos que cimentaron la polémica con Guy Béart a propósito de la rima consonante y la rima vocal, asunto tan francés que se nos escapa) esta vez en “Z”, al igual que “Est-ce est-ce si bon”, ahora una aliteración en “S”. El humor como dique y distancia ante la tragedia. La banalización del mal, tal como escribía Hanna Arendt en “Eichmann en Jerusalén”, como algo que lo hará más inexplicable aún si cabe.

Volviendo al asunto, no se me ocurre mejor ilustración de esa banalización del mal que “S.S. in Uruguay”, la canción que cierra el disco, otra muestra más de su ingenio, mordaz y cínico en apariencia, pero que esconde una capacidad de síntesis y clarividencia extraordinaria, a la vez que dolor y memoria. Tan sólo el humor nos puede salvar del recuerdo.

“… S.S. en Uruguay, 
bajo un sombreo de paja,
me tomo un zumo de papaya
con pajita.

S.S. en Uruguay,
bajo el sol agradable,
los recuerdos me asaltan,
ay, ay, ay.

Y aún hay toca huevos,
que hablan de extradición,
pero a mi no me importa
pagar la cuenta.

S.S. en Uruguay,
yo no era más que un hombre de paja,
pero temo a las represalias
allá donde vaya.

S.S. en Uruguay,
Ya tengo aquí a los acusadores
Que me obedecían cuando alzaba la mano
Heil! A sus ordenes…”

Serge Gainsbourg: “… Este disco es un exorcismo para mi; me acuerdo de las coristas inglesas, cuando salían del estudio deseándome buena suerte. Ya habían adivinado que eso no iba a ser posible. Había pulsado el detonador…aunque en realidad a mi me sonase como el sonido del descorchar el champagne…”

Dando rienda suelta a su talento provocador y controvertido, abona el terreno a quienes le esperan con las escopetas cargadas. Algunas declaraciones muestran sin ambages que la mezcla de ficción y realidad va a ser una combinación explosiva para la pacata sociedad burguesa de la época, de todas las épocas. Es su realidad, y los vestigios de la infancia de un niño judío en la Francia ocupada, la que parece revivir, prendiendo su ya de por si incendiaria retórica.

”  … Prefiero la masacre. Es más vigorizante. Me hubiera gustado ser terrorista. Si lo hubiese hecho habría viajado a América del sur para exterminar a los viejos nazis. También me daría una vuelta por España. Hay un antiguo comisario de asuntos judíos, un aristócrata francés que vive allí, tan tranquilo. Pidió su vuelta tras la muerte de Pompidou. Es un viejo pretencioso, una bala en el estomago no le iría mal. Si volviese a Francia compraría un pistola y se la vaciaría entera. En 1940 yo tenía once años y es mi único recuerdo de entonces. No se puede volver a permitir eso. Si los nazis vuelven al poder, les advierto que yo fui tirador de élite con la metralleta en 1948. Solo sería cuestión de volver a practicar…” (Se refiere a Darquier de Pellepoix, comisario de asuntos judíos con el gobierno de Vichy, refugiado en España después de la guerra, que nunca fue perseguido ni condenado y murió placidamente en 1978).

Sigamos con el licor: “ … Faltan “Mouvement Odessa” y “Le silence du pape”, pero me cansé. Las escribí pero no las quise grabar. Me dije que no valía la pena remover toda esa mierda. El rock, si quieres, tiene una estructura agresiva. Por eso pensaba que casarían bien. No es más que un juego. Visualmente seria impresionante…”

No es un disco fácil en absoluto. Los fantasmas del pasado nunca lo son. Diría que incluso es un disco a veces desagradable, a medio hacer. Un disco que hace dudar.  Al final no otra cosa que Punk avant del punk.

Todos los textos entrecomillados extraídos de “Gainsbourg” de Gilles Varlant (Ed. Albin Michel, 2000)

SERGE GAINSBOURG L’homme à tête de chou

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Primavera de 1976. Unos años atrás Serge había adquirido, en una galería de la calle Lille,  en el 7eme, junto al Musée d’Orsay, una escultura de Claude Lalanne. Se titulaba “L’homme à tête de chou” y representaba a un hombre desnudo que tenía por cabeza una planta carnosa de la especie de las crucíferas, una coliflor.

Serge Gainsbourg:  “… Me crucé con “L’homme a tête de chou” en el escaparate de una galería de arte contemporáneo. Volví varias veces sobre mis pasos, hipnotizado. Entré, pagué en efectivo y pedí que la enviaran a mi casa. Al principio, el dueño de la galería, tomándome por un loco, hizo mala cara, desconfiando. Pero pronto se ablandó y se decidió a contarme la historia de la obra. Una historia de amor fou de un periodista maduro enamorado de una muchacha atractiva. Una muchacha que trabajaba lavando el pelo en una peluquería, una “shampouineuse” que finalmente, acaba poniéndole los cuernos con el primer rocker con el que se cruza, tan insultantemente joven como ella. El hombre cae poco a poco en la locura, hasta perder la cabeza completamente. Enloquecido por los celos, termina matándola a golpes de extintor en el pasillo de cualquier lugar…”

Claude Lalanne: “… Hacía apenas cinco días que había terminado la obra y ya se marchaba de mi lado. Me puse muy contenta cuando me enteré de quién la había adquirido, le admiraba mucho. Poco después Serge me telefoneó para pedirme si accedía a que fotografiase la estatua para la portada de su próximo disco. Le dije que sí, y como agradecimiento, me invitó al estudio de grabación para que escuchase “l’homme à tête de chou” antes de su publicación. Fue una premiere íntima y privada …”

Su nuevo disco sale tan solo cinco meses después del estreno de su película “Je t’aime moi non plus” con Jane Birkin y Joe d’Alessandro de protagonistas. En tan solo seis días graban la música en Londres. La mezcla se hará a finales de septiembre, en el Estudio des Dames de París. Los arreglos son encargados al fiel Alan Hawkshaw. La dirección artística al ya indispensable Philippe Lerichomme. Sin evitar la tensión, parte inevitable de la creación, en particular de la suya, Serge aborda la realización de este nuevo disco de una manera radicalmente diferente.

Philippe Lerichomme: “… L’homme à tête de chou” es un disco conceptual. Muy personal, sin concesiones, con sorprendentes ejercicios de estilo, un trabajo casi artesanal. Tiene hallazgos como la introducción del Talk over -la voz hablada, por encima del ritmo y la melodía- algo que se convertirá en habitual en su obra a partir de entonces. Serge sabía como nadie encajar las palabras. Tenía un sentido del ritmo que aún hoy me maravilla. Para este disco había ajustado los textos al máximo. Los había escrito antes de ponerles la música, contrariamente a lo habitual…”

El álbum sale a la venta a finales de 1976. Inmediatamente es aclamado por la crítica como una obra maestra. Incluso la incipiente generación pre-punk francesa, que tenía a Gainsbourg casi por un hermano de sangre, muestra su placet hacia algo, musicalmente, tan lejano de su ideario. Comercialmente, en cambio, deja claro que la época triunfal de Gainsbourg ya ha pasado.

Es el disco de Gainsbourg con el que más he disfrutado. Todo un viaje a otro lugar, otra realidad. Las músicas que crea son atemporales, ni pretéritas ni futuras, una especie de agujero negro insondable. Una vez más Gainsbourg va dos -tres, cien- pasos por delante. Toda esa melangé de cinemática, sonidos electrónicos y bases rítmicas escleróticas que se vino a llamar hace unos años trip-hop salen de ahí: Austeras, minimalistas, concisas, con mucha más alma de la atribuida y de una riqueza y polisemia intrigante. Diríase que el espíritu de Vannier ha vuelto y con él, Serge ha vuelto también al redil. Desde su presentación, con esa frase lúcida y desengañada de “Yo soy el hombre de la cabeza de coliflor, mitad verdura, mitad muchacho” hasta el “Los parásitos de Radio Pulga, han difuminado mis señales de locura, yo era tuyo, Marilu” de “Lunatic asylum”, todo el disco, con Gainsbourg como narrador en primera persona, nos sumerge en una tragedia clásica con los inherentes toques de humor marca de la casa, una realidad paralela que recrea los estados de la vida y del amor. La atracción y la conquista, la seducción y los celos, la pasión y la locura.

El tintineo de las campanillas sobre la puerta que anuncian la entrada de nuestro hombre en “Chez Max, coiffeur pour hommes”, presenta, en un necesariamente sórdido escenario, el encuentro fatal entre los protagonistas de la parábola. Marilou en Casa Max, el personaje realmente principal, hablando en primera persona, seducido por el deseo. De inmediato advertiremos que el citado personaje masculino en realidad no es otra cosa que un trasunto idealizado -mejor, atormentado- de Gainsbourg. O de Gainsbarre. De ambos muy probablemente. Surge la pasión, la idealización de la mujer ansiada, el sexo imaginado, el deseado, el salvajemente practicado, sin circunloquios ni concesiones. Delira, divaga, nos muestra a Marilu y le consagra dos canciones ribeteadas del fulgor inicial del amor: “Marilou reggae”, la seducción,  y “Transit a Marilu” , la cópula.

Pero Marilou, la ninfa ninfómana, resulta tener querencia a la infidelidad. En lo mas profundo de su subconsciente recibe un mensaje avisándole de ello, un “Flash forward”. Acaso ésta sea una de las piezas más sorprendentes de un disco inclasificable; las palabras cortan, hip hop avant la lettre. Una reflexión acerca de los celos y la paranoia que provocan miedo y fascinación. Sus fraseos escupidos, sus “Toc toc/chtac/Cardiaque/Electrochoc/etc” motivo a la vez de atracción y repulsión, tienen un efecto narcótico, adormecedor y adictivo. La guitarra de Alan Parker horada sutilmente el buen juicio, la batería de Dougie Wright -como en el resto del disco- parece reducirse a un movimiento sístole-diástole, más o menos acelerado, esquelético y definitivo. Alan Hawkshaw -ya se ha dicho, pero no está de más repetirlo- merece un lugar para siempre en la posteridad por los arreglos y el uso de los teclados…

“… Un soir qu’à l’improviste chtac, je frappe à ma porte toc toc. Sans reponse je pousse le loqu et j’écout gémir le hamac …”

Y cuando pensamos que ya nada nos podrá sacar de ese estado de nebulosa lujuría, narcótica y alucinada, comienzan los primeros compases de “Aeroplanes” con su piano engañoso y lacerante, que mece y mitiga, que inquieta y tranquiliza. Es, en definitiva, el resumen de su demencia opaca, irresoluble. Hemos accedido a la novena puerta. Ya no es solamente cuestión de canciones o melodías en el sentido académico del término -que las hay, enormes-, sino de atmósferas, de estados del subconsciente. Del deseo y la locura.

La segunda cara del disco comienza con “Premiers symptômes”, sostenida por un guimbarda juguetona y una de las pocas piezas verdaderamente cantadas. Los sarcasmos sobre la pequeña infiel se incrementan, la metamorfosis es ya evidente. Todos los estados de la paranoia florecen paulatinamente, sin freno ni mesura. Es la paz mortal que habita en la locura. El subconsciente que ordena lo inevitable. “Ma lou Marilu” es otra maravilla. Recalcitrante pérdida tras un momento de lucidez. Ya basta de amenazas, la decisión fatal, redentora, está tomada. Una especie de pagano salmo sacerdotal previo al sacrificio. La percusiones de Jim Lawless nos recuerdan el estado de gracia en que todo el equipo parece hallarse. ¿Habrán escuchado a Kraftwerk o son imaginaciones mías?…

Los hallazgos se suceden uno tras otro; “Variations sur Marilu” son más de siete minutos de felicidad y de éxtasis, dedicados tanto a su amada como consagrados al inminente sacrificio. Hay perfección poética, secuencias eróticas. El tránsito gozoso, casi pornográfico, hacia la locura por y desde la mente humana. “Meurtre a l’extincteur” será el desenlace rápido, físico, que no moral, de la epopeya. Ya ha acabado con ella. Finalmente cree que ya podrá descansar de su pasión agotadora.

Serge Gainsbourg: “… En música se han hecho estribillos con todo tipo de instrumentaciones, pero creo que es la primera vez que se han hecho estribillos con la prosodia. En “Variations sur Marilu” he intentado llevar la música al terreno de las palabras y con éstas hacer los estribillos, la melodía. Toda la canción es un estribillo de casi ocho minutos …”

Tras la apoteosis llega la calma.; “Marilu sous la neige” es el momento posterior al éxtasis, al sacrificio. Porque no otra cosa más que ésa será el desenlace: Algo sexual, voluptuoso, mortal, liberador. El descanso que sucede al placer.

” … Marilou descansa bajo la nieve
una noche,  no pudiendo ya más de celos,
corrí por el pasillo para coger de su sitio
el extintor de incendios.

Blandiendo el cilindro de acero,
golpeé ¡Paf!, y Marilu comienza a gemir.
De su cráneo hundido brota la sangre roja.
Ahí, sobre la moqueta.

Un último sobresalto,
una última estupidez.
He pulsado la maneta y
El cuerpo de Marilu desaparece bajo la espuma …”

Cómo epilogo, antes de despedirse de todos nosotros, otro nuevo hallazgo, “Lunatic asylum”. Voces tratadas, percusiones tribales, sintetizadores, los oniricos coros femeninos, esa voz en off… el aterrizaje, sumiso y reparador, en el planeta locura. La demencia sonriente, plácida, del ser que se siente al fin libre de sus paranoias por haber aprendido a vivir con ellas. También, Gainsbourg siempre tan retorcido, del que ya comienza a añorarlas. El asilo de lunáticos donde ahora descansa solitario, el manicomio en que se ha convertido el mundo.

Todos los textos entrecomillados extraídos de “Gainsbourg” de Gilles Varlant. (Ed. Albin Michel, 2000)

SERGE GAINSBOURG Love on the beat

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El once de marzo de 1984, en el programa “7 sur 7”, Serge quema en directo un billete de 500 francos, delante de todo el mundo, incluidos algunos millones de espectadores y los dos presentadores del programa; Jean Louis Burgat y Erik Gilbert.

Jean Louis Burgat: “…Los problemas económicos y sociales, ¿Cómo le afectan a uno de los artistas mejor pagados de Francia?…”

Serge Gainsbourg: “…Ummmm … Creo que voy a liarla … Voy a contarte una pequeña parábola: En 1981, en mayo del 81, iba por la rue Saint Denis. Vi a una maciza haciendo la calle…¡Hey Gainsbarre!, ¿Subes?…No conoces mi nombre pero yo si sé el tuyo… y tú, ¿Cómo te llamas? le pregunté…Me llamo socialismo, dijo. Era imponente, tal vez maquillada un poco exageradamente. Le volví a preguntar ¿Cuánto quieres?…Ya me pagarás cuando acabemos…Subí, se desnudó y resulto ser un travesti con un tiburón importante. Me quedé a cuadros, pero ella se dio la vuelta y me dijo; Ven, tómame por el comunismo…”
“…Vale, es solo una parábola. Dicho esto, las cosas están volviéndose tan jodidas que en vez de café tomamos agua caliente. Y también quisiera hablarte de la mafia de los impuestos. Sí, voy a hacerlo. Esto no es otra parábola, es real (Toma un billete de 500 francos). Mi tasa de impuestos es del 74%. Ahora voy a decirte lo que me queda a mi (enciende su zippo). Creo que es ilegal lo que voy a hacer, pero lo voy a hacer de todas formas. Si me meten en la cárcel no tendrán nada que sacarme (el billete comienza a arder). No podré darles su 74%. Por lo menos no me joderán. Esto para los pobres, ésto para las nucleares…y bien, finalmente esto es lo que queda (el billete se consume) de mis 500 francos, maldita sea…”

El famoso vídeo, uno de los highlights de su etapa Gainsbarre, repetido hasta la saciedad, puede verse en Youtube, pero no enlazarlo. En cambio nadie habla hoy en día de este otro, una especie de intento de congraciarse con el mundo. A su manera, claro.

Fue un gesto premeditado de provocación, como todos los suyos. No daba puntada sin hilo. La entrevista había sido concertada diez días antes. Antes de la emisión aparece con un maletín en cuyo interior hay un gran fajo de billetes. Dice que siempre va con esa cantidad de efectivo encima. Por una extraña coincidencia, un incidente técnico sucede en la emisión del programa, durante el instante de la quema del billete: un corte momentáneo, seguido de una serie de interferencias, hace pensar a esos que están de acuerdo con el gesto de Serge que desde control le han querido censurar. Pero mientras se intenta restaurar la normalidad, la centralita es colapsada por miles de llamadas airadas de los telespectadores que no entienden porque se le ha dejado quemar el billete en directo.

Erik Gilbert: “… Quería mostrar lo que le quedaba después de los impuestos y lo hizo, sin amargura ninguna pero queriendo impactar con la imagen. El efecto fue terrible, las reacciones fueron extremadamente violentas. Como periodistas nos quedamos sorprendidos por el modo en que lo hizo. Tenia esa manera de hablar tan atonal. A veces había que descifrarlo. No nos dimos cuenta de la trascendencia del gesto, era algo extraordinario ver a alguien quemar quinientos francos, aunque ya hubiésemos pasado la crisis. Desconocía la ilegalidad del gesto; Legalmente los billetes no le pertenecían, eran propiedad del Banco de Francia. Tenía razón, podía haber sido encausado por ello, y nosotros por cómplices…”

Bertrand de Labbey: “…Fue una provocación interesante. Serge tenía una relación particular con el dinero: Por un lado le procuraba respeto y por otro le quitaba importancia a las cosas materiales. Su acto, en mi opinión, fue del todo premeditado. Todo el mundo decía que temblaba por que estaba bebido, pero era todo lo contrario; Temblaba por que no había bebido y por que tenía miedo, sabía lo que iba a provocar. Pero quería llevarlo a cabo…”

Las consecuencias fueron, desgraciadamente, más negativas que positivas. Se le reprocha el gesto como la provocación del rico que se burla de los pobres. Su discurso está falto de claridad. Debido al primer plano del billete, el murmullo que provoca su manipulación, el crepitar de éste al quemarlo y su falta de inteligibilidad, lo que realmente dice es “…No es para los pobres, es para las nucleares…”. Se convierte en un salvaje quemando algo sagrado, el dinero, transgrediendo el tabú.

Julián Clerc: “…Al día siguiente de la emisión, quedamos a comer. Estaba exultante, orgulloso. Fuimos a su casa y nos puso la cinta del programa, la comentamos. Pulsaba el rewind y el replay sin parar. Luego salimos y fuimos a “La Calvados”, uno de sus lugares favoritos, donde tocaba su amigo Big Joe Turner. Tenían una broma entre ellos; Serge compraba no se cuantos cigarros y los colocaba sobre el piano. Le iba diciendo títulos de estándards que tenía que conocer. Por cada acierto, un cigarro. Cada media hora Turner hacía una pausa y entraba una banda de mariachis que nos daban la tabarra. Serge les metía billetes en sus guitarras sin parar, animado y gritando “Viva la revolución”. Aquellos no se vieron en otra igual en su vida. Cuando conseguí meternos en un taxi –debían ser ya las siete de la mañana- y tras un rato sin decirme nada me dijo esa frase genial: “No, si tienes razón. Al final se ponen pesados…”

Bertrand de Labbey: “…Una tarde en Le Calvados, un turista americano y Serge rivalizaron en pedirle a Big Joe Turner interpretaciones de estándards. Cada petición venía acompañada por un billete de 500 francos encima del piano; Turner gano esa noche más de lo que ganaba en un año…”

“…Serge bebía para olvidar el tiempo pasado, sus recuerdos, el dolor de sus creaciones. Al mismo tiempo sus apariciones públicas eran complicadas, debía atender a su público y no sabía hacerlo si no era bebido. Cuando lo hacía yo trataba de no estar con él mucho rato, su discurso era repetitivo, incluso podía ser agresivo. Era una pena, sobre todo para los que lo querían. Había un momento de la noche en que tenías que irte, ya no podías aguantarlo más…”

Tras un segundo episodio reggae (“Mauvaises nouvelles des étoiles), innecesario y repetitivo, y que seguramente Gainsbourg acometió por la ilusión de volver a Jamaica, otros proyectos fallidos -aunque no carentes de interés- se suceden: El disco con Catherine Deneuve, el de Isabelle Adjani, canciones e incluso discos para Alain Chamfort, Alain Bashung, etc. Serge necesita reinvertarse una vez más. Improvisador genial, necesita un hilo conductor, madurar sus arrebatos de genialidad antes de llevarlos a cabo.

“Love on the beat” se publica a principios de octubre de 1984, acompañado de una enorme campaña promocional. Gainsbourg está en todas partes. Había viajado en 1984 con Philippe Lerichomme a Nueva York tras su aventura reggae. Allí contacta con Jean Pierre Weiller, un francés emigrado que conoce las últimas tendencias de la gran manzana. Este le hace escuchar algunos discos, entre los que está uno de Herbie Hancock con Bill Laswell y “Trash it up” de Southside Johnny & the Ashbury Dukes. Este último entusiasma a Serge y contactan con sos productores, Nile Rodgers y Billy Rush. El primero, miembro de Chic, acaba de producir el bombazo de Bowie“Let’s dance”, y se halla enfrascado en la de “Like a virgin” de Madonna, por lo que desiste. El segundo acepta.

Billy Rush: “… Cuando Jean Pierre Weiller me habló de Serge yo no conocía absolutamente nada de él, ni tan siquiera “Je t’aime”. Concertamos una cita en New Jersey, en mi garaje convertido en estudio. Vi llegar a un tipo muy tímido, que no hablaba más que una pocas palabras en inglés. Me puso una de sus cassettes, en las cuales se hallabán las bases melódicas de sus canciones. La atmósfera era un tanto extraña, nunca habría imaginado que era una estrella en Francia. Delante de él me puse a trabajar, elegí un ritmo, pegué una base, programé algunos teclados y guitarras. No me hablaba, le veía inseguro, ahora creo que me estaba examinando. Al final del día había podido terminar dos o tres maquetas. Se la pusieron bajo el brazo y se marcharon. Yo pensé que había sido divertido, aunque también que no los volvería a ver. Pero a la mañana siguiente volvieron y me dijo: Genial!, continuemos…”

Una vez más, Gainsbourg ha encontrado un nuevo mundo musical en mitad de una etapa personal, cuanto menos, delicada. La música disco como vehículo y la homosexualidad como leit motiv, el elemento provocador que le sirve de motor. En un momento de duda y lucidez confiesa a Lerichomme: ”¿Pero que coño estamos haciendo aquí?, mi música es Chopin, nada que ver con esto”. Philippe le calma; “Es justamente por eso por lo que estamos aquí, para intentar cosas nuevas”

Billy Rush recluta a los músicos: Larry Fast al sintetizador, acompañante ocasional de Peter Gabriel y dos tipos más que vienen de girar con Bowie, el saxofonista Stan Harrison y el corista George Simms. Este recuerda; “…Cuando llegamos a casa de Billy en Nueva  Jersey y escuchamos las dos primeras canciones nos miramos preguntándonos que hacíamos allí. No habíamos oído hablar nunca de Serge y tampoco sabíamos nada de su reputación, de su carrera o de su genio artístico. Creímos que era un tipo muy rico cuyo pasatiempo favorito era contratar a músicos afro americanos para grabar como diversión, y allá en su tierra, hacérselo escuchar a sus amigos. Todo pasó muy rápido, creo que cantamos las nueve canciones del Lp en siete horas. Serge saltaba y bailaba cuando quería describir algo…”

Para la portada, fotografiado por el también cineasta William Klein, con quién ya había trabajado en “Mister Freedom”, se maquilla y pinta como una madura y ajada madame travelo. Los labios rojo carmesí, uñas y pestañas postizas y un fino cigarrillo humeante. Una especie de Gloria Swanson circa “Sunset Boulevard” pero con el pelo corto. Deja de beber durante quince días para ocultar las ojeras y se hace pegar las orejas con el fin de disimularlas.

El disco, más que un tratado Gainsbourgiano acerca del ideal homosexual, es un canto a la decrepitud, al paso del tiempo. Nuevos caminos para los viejos deseos. Desde luego lo que se espera de él. En estado permanente de provocación, adopta a Bacon y su pintura atormentada como Mcguffin icónico. Se imagina atrapado en un limbo etéreo entre el bien y el mal, entre la abyección promiscua y la pureza clásica homosexual.

Construye un personaje, otro más, en el que refugiarse. Sutiles juegos bilingües, bisexuales, ambivalentes. Y el humor siempre como escudo ante sus propios miedos.“Kiss me Hardy” son las apócrifas últimas palabras del almirante Nelson, mortalmente herido de bala en el pecho, al oído de su fiel teniente y amante, en plena batalla de Trafalgar, con música no acreditada de Rachmaninov. “I’m the boy” es una elegía al cuarto oscuro, al sexo puro y duro, ángeles de cuero negro. “No comment” y “Hmm, Hmm, Hmm” podrían ser perfectas reescrituras de sus clásicos, lanceadas por esa producción ochentera tan artificial, metalica y desafortunada. Pero hasta sus defectos casan con el espíritu del experimento. Su sonido frío y distante, en contraposición con la minuciosa descripción de su ocaso, consiguen una extraña sensación de deriva muy similar a la descrita en –y de la que se me ocurre hubiese sido una perfecta banda sonora- “Hardcore, un mundo oculto” del cineasta Paul Schraeder.

Para cerrar, su canto de cisne. Otro más de esos episodios malévolos de los que tanto gustaba; “Lemon incest”, El juego y la necesidad vital, una vez más, de la provocación. En realidad una declaración del amor incondicional paterno-filial, bajo la melodía del estudio nº 3 en mi mayor de su amado Chopin, con su pequeña Charlotte. Las palabras escupidas como balas, los juegos semánticos apuntando a los biempensantes y a los hipócritas. La pureza, el candor incluso, de los sentimientos. La honestidad de un tipo tan peculiar que de tan honesto, escandalizaba.

Todos los entrecomillados extraídos de la biografia “Gainsbourg” de Gilles Varlant (Ed. Albin Michel, 2000).

DE GAINSBOURG A GAINSBARRE. Le reggae. Il faut aller en Jamaïque. (11ª parte)

 


“Marilu reggae” le dejó con la mosca tras la oreja. Decidido a emprender una nueva senda, escoge la del reggae. Animado por Lerichomme, bien situado en Polygram donde trabajaba desde hacía cinco años, contactan con Island records. El sello de Chris Blackwell, distribuido por Polygram, había sacado del gueto a la música jamaicana, popularizándola y consiguiendo estupendos réditos. Les sugieren músicos y proporcionan ideas.

En enero del 79, Gainsbourg y Lerichomme preparan los ensayos de grabación del álbum “Aux armes et caetera” en los estudios Dynamic sounds de Kingston. Serge es el primer artista blanco en trabajar con Sly Dunbar, Robbie Shakespeare y Sticky Thompson, la imponente sección rítmica que había grabado la mayor parte de los discos reggae de Island (Peter Tosh, Black Uhuru, Gregory Isaacs, Third World, U roy, etc).

Se decide por incluir cuatro versiones; “Marilou Reggae dub”, originalmente en “L’homme a tête de chou” y que es a ésta 
como el día a la noche. “La marsellaise”, rebautizada como “Aux armes et caetera” y “La javanaise”, que se convierte, lógicamente, en “Javanaise remake”. Las aliteraciones en “Av” y en “Vé” casan perfectamente con los ritmos reggae. La última versión es “Vieille canaille” de Jacques Hélian.
 
 
 
 
 
Philippe Lerichomme;
 
“…Siempre he sido el primero en escuchar su trabajo. Tras los controles, escuchaba, pensaba, aprendía. Intentaba dar mi opinión lo más argumentadamente posible, aunque siempre la última palabra era la suya, claro. Fuimos a Jamaica con algunas ideas sobre las melodías y unos cuantos títulos, pero sin ningún texto. Siempre recurría a la metáfora de aquel pintor japonés que estuvo diez años pensando un cuadro y que luego ejecutó una obra maestra en pocas horas. Estaba yo muy lejos de imaginar el impacto que “La Marsellaise” iba tener, aunque ahora sé que él si era perfectamente consciente…”

Llegan a Kingston por la tarde. A la mañana siguiente les dicen que el ingeniero de sonido está en Nueva York y no llegará hasta dentro de diez días. Poco después conocen al bajista Robbie Shakespeare, quién cree que Serge es el productor, al ser más viejo que Philippe. Cuando llega el verdadero productor, los músicos pasan del disco y aplican el principio de toma el dinero y corre. Están completamente sobrepasados por sus hábitos de trabajo. En el estudio hay cabras y un capó de coche…incluso un malayo que nadie sabe quién es. Finalmente Serge se sienta al piano y toca algunas armonías que parecen gustarles. De repente, para animar la sesión, les pregunta si conocen algo de música francesa. Descojono general. Aparece la incomodidad. De repente, uno de los músicos exclama: “Je t’aime”, los demás asienten. También la conocen. La tararean. Serge contesta riendo; “¡Soy yo!”. Todo cambia. Han caído bajo la atracción de Serge.
 


Sorprendentemente “Aux armes et caetera” es un éxito. Su primer Lp que llega a disco de oro en Francia, mas de 100.000 copias vendidas. Pero el escándalo y la controversia es algo inherente a Gainsbourg. Michel Droit, gaullista reaccionario, publica un artículo en “Le Figaro” atacándolo; Le acusa de parodiar el himno nacional, de sacar beneficio de algo casi sagrado. Artero e hipócrita, le alaba éxitos pasados como “La javanaise”, para a continuación tacharlo de precocidad senil y erotismo de baratillo. De impúdico y exhibicionista. Llega a trazar paralelismos entre el antisemitismo y los ataques a la patria, hablando de propagadores y provocadores. En fin, un desbarre increíble.

Gainsbourg le contesta a la mañana siguiente en las páginas de “Le Matin dimanche”;

“…Podría ser que Michel Droit, periodista, hombre de letras, de cinco concretamente, miembro de la asociación profesional de cazadores del Africa francófona (años más tarde en uno de los safaris a los que Gainsbourg hace referencia, Droit matará accidentalmente a uno de sus compañeros de expedición), oficial de la orden nacional del mérito, condecorado con la cruz de la guerra 1939-1945 y la cruz de la legión de honor, llamada de los valientes, le gustase que yo volviese a portar la de David, que se me impuso, amarillo sobre negro, en Junio del 42, tras ser relegado al gueto. También podría ser que le gustase que 37 años después volviese allí, llevado por un antiguo combatiente, hasta mi muerte, condenado a permanecer en él y revivir mi años de adolescente en el París ocupado, tan similar al de mis orígenes paternos en los progromos de Nicolas II. Un judío menos.

Pueden el cerumén y las cataratas del neo-gaullismo ser una exponente de ello, personificadas en este extremista llamado Droit. El puede juzgar y yo consentir que juzge mi Marsellesa, heroica tanto por sus pulsaciones rítmicas como por la dinámica de sus armonías, tan revolucionaria como la original en su llamada a las armas. Estoy pues desolado de saber que, por ese don de la ubicuidad que él ha desgraciadamente perdido, pero que yo aun poseo, la grabación en vinilo, la emisión en la radio y el éxito televisivo se podrá propagar. Que esta visión personal del himno nacional, que es también el mío, aun pueda ser difundida en Europa, Africa, en Japón, en América, incluso en la Jamaica donde fue creada.  

Nada más que añadir, salvo unas líneas extractadas de un editorial de Edouard Drumont en su periódico, “La libre parole” el domingo 1º de septiembre de 1899, para exaltar no a Beaumarchais sino la Francia de los franceses, a propósito del capitán Dreyfus; ¡Viva el ejército!, ¡Abajo el progreso!, ¡Mueran los judíos!…”
 


Estamos en 1979. Gainsbourg lo ha vuelto a hacer. Adelantando por la derecha, el cincuentón, cada vez más ajado, no quiere subirse al carro, quiere pilotarlo. Un disco reggae al mismo tiempo en que, por ejemplo, The Clash y los demás jóvenes airados que evolucionan del punk coquetean con el género. Sus juegos de palabras acunando la dulzura del reggae de modo natural en “Des laids d
es laids”, la mujer como divisa en “Lola rastaquuoere”… Y no se quedará en le mimetismo, algo en él de todo punto imposible. Una vez más no se traicionará. Nunca ha sabido. Simplemente se reinventará de nuevo, rompiendo con el pasado. Ya está acostumbrado.”

DE GAINSBOURG A GAINSBARRE. Les années disco. (10ª parte)

 

Tras el fracaso y los palos recibidos por su primera y única obra como cineasta (“Je t’aime”) y la escasa repercusión de “L’homme a tête de chou”, Gainsbourg se siente deprimido y fuera de tiempo y lugar. Artísticamente está a la vez orgulloso (por las alabanzas, entre otros, de Truffaut) y cruelmente decepcionado (por la ínfimas ventas del disco). Sus últimas obras, al igual que el debut de Jane, no han funcionado como esperaba. Incluso, debido a su tren de vida, tiene algunos problemas financieros. Recurren de nuevo a la publicidad, rodando anuncios para Woolite.
En su casa de la rue Verneuil las cosas marchan más o menos. Es tiempo de vida en familia. Para divertir a Kate y Charlotte, sus hijas, Serge inventa juegos e idea bromas. Para entretenerlas se disfraza de fantasma, de payaso. Sus exigencias son también estéticas, sobre todo con Kate; La mayor debe dar ejemplo. Llega a pensar en adoptarla y se toma muy en serio su rol de padre severo. Es estricto en el comportamiento en la mesa, en la manera de vestir… en realidad exige la perfección en todo, como en su casa museo, en la que nada irrita a la vista, a su vista. 

Kate Barry,

“…No hay duda que era mi padre. Me tomó a su cargo cuando solo tenía un año. Creo que los lazos de sangre son poca cosa, los que de verdad importan son los lazos del afecto, del cariño. Sé que me había impregnado de él, incluido mi comportamiento…”

Años más tarde, Serge intentará excusarse por haber sido tan estricto con ella. Después de todo, estaba tan enamorado de Jane que sentía celos. Kate era la prueba de que Jane había estado con otro. Para Kate fueron diez años excepcionales, no vivió nunca esa rutina cotidiana que deshace a las parejas. Siempre estaban a merced de la diversión y las sorpresas, rodeadas en un ambiente creativo. Hoy ambas tienen claro que su infancia fue privilegiada. Jane y Serge, sus padres, se amaban sobre todas las cosas, su amor era difícil pero a la vez inmenso..

Andrew Birkin,

“…Es imposible describir la felicidad, pero la vida con Serge era extraordinaria; Jane y él eran felices, pero no en el sentido burgués del término. Serge se comportaba como un niño. Unas navidades, en la isla de Wright, me dijo: “Invitemos a un mago para la nochebuena”. Telefoneé a ese pobre chico, de quién Serge había leído una reseña en el periódico local, creo que se llamaba Fred el conjurador. Pensaba que venía a una fiesta para niños. Se equivocaba. Solo estabamos Jane, Serge, Linda, mis padres y yo. El tipo desembaló todos sus cachivaches y nos hizo todos sus trucos. Nos tirábamos por el suelo, reíamos, gritábamos… Cuando terminó, además de su caché, Serge le lanzó unas monedas y aplaudió como un poseso…”
 
 
 
 “L’ami Caouette” es su primer éxito involuntario de verano. En la cara B está “Le cadavre exquis”. Será la primera colaboración como arreglista de Jean Pierre Sabar. Su trabajo en “Lolita go home” de Jane ha sido el test. Y lo ha superado. Ya había colaborado como pianista en “La histoire de Melody Nelson” y en el single “Sex shop”
 
 
Jean Pierre Sabar,

“…Cuando Gainsbourg, que ya había acabado con Vannier, me propone trabajar con él, llamé enseguida a Jean Claude para decírselo. Este me animó a hacerlo, y me dijo “No te preocupes por mi. De todos modos un día u otro te dejará como hizo conmigo. Lo hace con todos sus arreglistas”. Y es cierto, pero trabajamos juntos hasta 1980, casi siete años…”
 
 
 
 
 
 
En 1977 se estrena la película “Madame Claude” de Just Jaeckin (para quién Serge había desestimado hacer la BSO de su primer Emmanuelle, algo que lamentaría, pues sería un bombazo mundial, tres años atrás, haciéndola finalmente Francis Lai). Como adelanto se publica el single “Yesterday yes a day”, cantado en inglés por Jane Birkin y escrito a medias con Jean Pierre Sabar. Es una de sus joyas ocultas. Una delicada pieza sustentada entre  acústicas pristinas, apenas esbozadas lineas de sintetizador y unos majestuosos y evocadores arreglos de cuerda que explotan la nostalgia y la soledad, acrecentada por la malicia lasciva, mitad inocente mitad perversa, de la que tanto gusta. Elegante y elegiaca, pretendidamente fácil, existen aclamadas trayectorias sustentadas en bastante menos.

“…Todos los arreglistas de Gainsbourg han sido sus negros en cierta medida. Pero negros consentidos, porque era muy agradable trabajar con él, disfrutábamos mucho, pasábamos días enteros haciendo el bobo al piano. Y también porque con el asunto del dinero era muy legal. Desde el principio lo dejaba claro; “Nunca firmarás la música, solo los arreglos”. Pero era porque no quería compartir la notoriedad. En la sociedad de autores iba todo al cincuenta por ciento. Eso no lo hacían todos…”
 
 
 

Arrepentido por el dinero que perdió renunciando a “Emmanuelle”, acepta componer la banda sonora de “Goodbye Emmanuelle” tercera y última de la saga, al menos de las dirigidas por Jaeckin y protagonizadas por Sylvia Kristel. Ya inoculado el virus reggae, la canción es una delicia, bajo su apariencia banal emergen textos juguetones e ingeniosos equivocos, juegos de palabras de más calado de lo habitual: “Emmanuelle gusta de las caricias bucales y manuales, Emmanuelle ama a los intelectuales y a los obreros”. 

 
 

Se graba también una versión irresistible, más reggae aún y que solo saldrá a la luz con la publicación de la caja “Le cinema Gainsbourg. Musique de films.1959-1990”

 

A mitad de mayo de 1977 se reencuentra en Londres con Alan Hawkshaw y Philippe Lerichomme para grabar lo que sería su nuevo éxito del verano. Es “My lady héroïne”. Aunque se abre con una intro graciosa, la canción no es, siendo benévolos, de lo mejor de su cosecha: Bajo una estructura sencilla, parece hecha deprisa, como por compromiso. A nivel de textos tampoco está muy inspirada pese a algún fogonazo de ingenio.

 

1978 estará dedicado a componer el nuevo disco de Jane, “Ex fan de sixties”. A mitad de año publica un nuevo sencillo. “Sea, sex and sun” es su tercer y postrero éxito veraniego, una maravilla, el último de la triada que constituye su desganado affaire disco, plagado de todos sus trucos y trampas, siempre desde ese prisma suyo, impasible y distante, irónico y desengañado. Digamos que es un episodio más de la venganza por la falta de acogida de su obra magna “L’homme a tête de chou“. La canción llega al número cuatro, no acaba de explotar del todo, pero en septiembre Patrice Leconte la incluye dentro de la banda sonora de su película “Les bronzés”. Ambas, canción y film, pulverizan las taquillas.

 

 

DE GAINSBOURG A GAINSBARRE. Rock around the bunker. (9ª parte)

 
 La grabación de su nuevo álbum le llevará tan solo una semana, a finales de 1974, y de nuevo en los estudios Phonogram de Londres, con Alan Hawkshaw y su equipo. Incluirá algo que no había hecho desde “Initials B.B.”: tres coristas femeninas.

Brian Odgers,

“…Otros nos hacían repetir las tomas hasta veinte o treinta veces. Serge en cambio iba a lo esencial, aceptaba generalmente las primeras. Para “Rock around the bunker” trabajamos exactamente cuatro días de diez de la mañana a diez de la noche. Enseguida incluyó las voces y se hicieron las mezclas. El último día, como habíamos terminado antes de lo previsto, con el propósito de mejorar algunas canciones, en realidad para hacernos ganar algo más de dinero, algo muy atento por su parte, encontró la excusa para prolongarlo un par de días más…”


¿Hasta donde quería llegar?. Ni el mismo llegaría a saberlo. Con la salida de “Rock around the bunker” , en febrero de 1975, vemos que incluso los fans están decepcionados, consternados, completamente sobrepasados por este disco arisco, tormentoso. Gainsbourg y su sempiterna provocación no solo ha querido tocar algo sensible, aturdiendo conciencias, sino que ha querido reabrir una herida no del todo cerrada para que los hipócritas se sientan ofendidos. Ya había precedentes, otros que habían osado jugar con la imaginería nazi con una voluntad evidente de provocación; Liliana Cavani con la dependiente y parasitaria relación de sus personajes en “Portero de noche”, la cruz gamada al brazo en “The Rocky horror Picture show”. Pero Gainsbourg navegará en ese mar con el deleite del adicto y el humor del demente, devastador. Intenta evitar el mórbido recreo, revistiéndolo de un traje accesible, casi la historia de un personaje corriente. El hijo de un emigrante ruso judío, que había portado la estrella de David al brazo durante la guerra, se lo podía permitir.

En el último momento se asusta. “Nazi rock” habría sido un título mucho más apropiado que “Rock around the bunker”

Jacky Jackubowicz,

“…Antes de ser presentador en Televisión fui delegado de prensa en Polygram. Trabajé para ellos desde 1973 hasta 1980. Me ocupaba sobre todo de Gainsbourg y también a veces de Alain Bashung, dos artistas tenidos por difíciles. Los programadores de radio se negaban a emitir sus discos. Para “Vu de l’extérieur” la promoción ya había sido complicada pero para “Rock around the bunker” fue de todo punto imposible…”


La historia, no se puede negar, es atractiva; En su bunker, Adolf/Serge enloquece a causa de la escucha continua del clásico “Smoke gets in your eyes”, la canción americana favorita de su amada Eva Braun“Eva” recrea la pasión de un monstruo con forma humana, Adolf, ansioso por fornicar con su amada, de poseerla sin descanso, al son del clásico de los Platters. Convertido en un crooner atípico revisa el cancionero americano. Mezcla rock clásico -todo lo clásico que Gainsbourg pudiera ser- con recuerdos de una infancia transcurrida en la guerra y una historia ambientada entre el nazismo, la pasión y los restos del naufragio. Será algo que removerá conciencias (“Nazi rock” o la larga noche de los cuchillos largos y la inacción que desembocó en la catástrofe), revolverá estómagos (“Yellow star” o la estrella amarilla convertida en un autoconcedido premio infantil) y revivirá el olvido; “Zig zag avec toi”
otro mas de sus prosódicos ejercicios de estilo, esta vez en “Z”, al igual que “Est-ce est-ce si bon”, ahora una aliteración en “S”. El humor como dique y distancia ante la tragedia. La banalización del mal, tal como escribía Hanna Arendt en “Eichmann en Jerusalén”, como algo que hará todo más inexplicable aún si cabe porque nunca cabrá entendimiento.
 
 
 
 

  No se me ocurre mejor ilustración de esa banalización del mal que “S.S. in Uruguay”
, la canción que cierra el disco, otra muestra más de su ingenio, mordaz y cínico en apariencia, pero que esconde una capacidad de síntesis y clarividencia extraordinaria a la vez que encierra dolor y memoria. Tan sólo el humor nos puede salvar de los peores recuerdos.
 

“S.S. en Uruguay, 
bajo un sombreo de paja, 
me tomo un zumo de papaya 
con pajita. 

S.S. en Uruguay, 
bajo el sol agradable, 
los recuerdos me asaltan, 
ay, ay, ay. 

Y aún hay toca huevos, 
que hablan de extradición, 
pero a mi no me importa 
pagar la cuenta. 

S.S. en Uruguay, 
yo no era más que un hombre de paja, 
pero temo a las represalias 
allá donde vaya.

S.S. en Uruguay,
Ya tengo aquí a los acusadores
Que me obedecían cuando alzaba la mano
Heil! A sus ordenes”
 

Serge Gainsbourg
“…Para mi este disco es un exorcismo; me acuerdo de las coristas inglesas, cuando salían del estudio deseándome buena suerte. Ya habían adivinado que eso no iba a ser posible. Había pulsado el detonador…aunque para mi fuese el del sonido de descorchar el champagne…”

Dando rienda suelta a su talento provocador y controvertido, abona el terreno a quienes le esperan con la escopetas cargada. Algunas declaraciones muestran sin ambages que la mezcla de ficción y realidad va a ser una combinación explosiva para la pacata sociedad burguesa de la época, de cualquier época en realidad. Es su verdad, los vestigios de la infancia de un niño judío en la Francia ocupada, la que parece revivir, prendiendo su ya de por si incendiaria retórica.

“… Prefiero la masacre. Es más vigorizante. Me hubiera gustado ser terrorista. Si lo hubiese hecho habría viajado a América del sur para exterminar a los viejos nazis. También me daría una vuelta por España. Hay un antiguo comisario de asuntos judíos, un aristócrata francés que vive allí, tan tranquilo. Pidió su vuelta tras la muerte de Pompidou, es un viejo pretencioso, una bala en el estomago no le iría mal. Si volviese a Francia compraría un pistola y se la vaciaría entera. En 1940 yo tenía once años y es mi único recuerdo de entonces. No se puede volver a permitir eso. Si los nazis vuelven al poder, les advierto que yo fui tirador de élite con la metralleta en 1948. Solo sería cuestión de volver a practicar…” (Se refiere a Darquier de Pellepoix, comisario de asuntos judíos con el gobierno de Vichy, refugiado en España después de la guerra, que nunca fue perseguido ni condenado y murió placidamente en 1978).

Él, por su parte, seguirá haciendo lo que mejor sabe, canciones. Y echar gasolina al fuego.

“ … Faltan “Mouvement Odessa” y “Le silence du pape”, pero me cansé. Las escribí pero no las quise grabar. Me dije que no valía la pena remover toda esa mierda. El rock, si quieres, tiene una estructura agresiva. Por eso pensaba que casarían bien. No es más que un juego. Visualmente seria impresionante…”

No es un disco fácil en absoluto. Los fantasmas del pasado nunca lo son. Diría que incluso, en algunas ocasiones, puede resultar desagradable, mucho. Punk avant le punk.

DE GAINSBOURG A GAINSBARRE. Vu de l’extérieur. (7ª parte)

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“…En el casino de Deauville me dio quinientos francos en fichas. Dijo que quería verme jugar. Al rato comencé a ganar, apuesta tras apuesta, y las fichas comenzaron a multiplicarse. Le dije, muy contenta, que iba a cobrar mis ganancias y volver al hotel. Me contesto; ¡No!, no puedes dejarlo ahora, cuando se gana hay que continuar. Yo respondí ¿Y si empiezo a perder?, ¿podré dejarlo?. ¡Tampoco! Te irás cuando lo hayas perdido todo. Eso fue lo que pasó…”

A principios de 1972 se publica el single “La decadanse”. Resulta un completo fracaso comercial. Minado -en su orgullo y también financieramente- por los pobres resultados de sus últimos discos, en abril del 72 acepta componer un tema publicitario para la casa de perfumes Caron. El single viene enfundado en una portada de la compañía de productos de belleza y los anuncios suenan profusamente en Europe nº 1 de Radio Montecarlo. Junto al 7” de “La horse” y el ep de “Mr. Freedom” será uno de sus discos más raros y cotizados.

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En el cine las cosas no van mejor. Los periodistas, ávidos de carnaza, difunden, con ánimo de malmeter, que es imposible ver a la Birkin en pantalla sin que Gainsbourg aparezca también con algún papelito o componiendo su banda sonora.
France Gall, mega estrella en el segundo quinquenio de los sesenta, está también de capa caida. Sylvie Vartan con sus shows en el Olympia, Sheila con la baza populista y sobre todo, Julián Clerc, de quién toda Francia está enamorada por el éxito de la versión francesa de “Hair”, son los héroes del momento. De todos modos ella quiere volver y por medio de Bertrand de Labbey, su manager –y en el futuro de Gainsbourg– contacta con Serge para que le componga alguna canción. 
 

“… Llamé a Gainsbourg, quién me atendió con una cortesía exquisita cuando yo pensaba que me mandaría a paseo diciéndome que France Gall no vendía discos desde hacía tiempo. Le escribió dos canciones, “Frankenstein” y “Les petits ballons”. Enseguida entramos en el estudio. Serge dirigía los ensayos, muy atento con todos. Yo estaba encantado de poder trabajar con él. Nos decepcionó mucho que no funcionase a nivel de ventas…”

 
France Gall,


 “… Volví a verle después de bastante tiempo. Las cosas no me iban nada bien. Muy amablemente aceptó escribirme dos canciones con Jean Claude Vannier. Los textos eran perfectos pero no era lo que yo esperaba. No estaba contenta con las grabaciones. Entonces me di cuenta que él ya había dicho todo lo que tenía que decir conmigo. De hecho nunca me había conocido. Lo que de verdad le interesaba era aquello que proyectaba sobre mi…”

 
 

 

 

 

En Otoño de 1972, Serge compone con Vannier la banda sonora de “Sex shop”, la película de Claude Berri . Mientras tanto Jane rueda con la Bardot “Don Juan 73” de Roger Vadim. En una escena en la que yacen ambas desnudas, Brigitte, malévola, sugiere que  “Je t’aime, moi non plus” suene como música de fondo.

 Serge aparece en Televisión, en el programa “Samedi loisirs”, interpretando una de sus más bellas canciones inéditas, “La noyée”, con Jean Claude Vannier al piano. Las últimas semanas de un año casi sabático están consagradas a la creación del primer Lp de Jane. En enero de 1973 sale el primer sencillo: “Di doo dah”. Este disco será su última colaboración con Vannier.

 
 

 

Gainsbourg, 


“… Es un gran músico, pero un día tuvimos una escena un poco dramática, tensa. Estabamos borrachos hasta las cejas y me dijo; “Escucha, la cosa es sencilla, me oscureces”. Le respondí; “De acuerdo, cuando las cosas se rompen, se rompen”. Habría podido ser uno de los más grandes arreglistas y directores de orquesta, pero quería ser algo más y como era un tipo inteligente e hipersensible dijo; “Si hago eso, voy a estar siempre caminando en círculos”. Se puso en el mercado…”

Jane,

“… Serge siempre siguió con interés lo que Jean Claude hizo a partir de entonces. Le quería mucho. Iba a verle a sus espectáculos, creo que incluso actuaron juntos. Vannier lo lleva en la sangre; es como un adolescente siempre enfadado con sus mayores, eso era lo que le ocurrió con Serge. Una relación padre-hijo, los mismos conflictos, las mismas dificultades. Serge jamás tuvo otro cómplice como él. Tenían una forma de trabajar que nunca la volví a ver. Se respetaban profundamente, y verle evolucionar sin él, como compositor y como intérprete, le producía un gran orgullo, como si el fuese su mentor…”

 

La ausencia de Vannier se deja notar en sus siguientes discos. Son distintos, aunque como todo lo que compone y escribe en la primera mitad de los 70 envejecerán bien, cuando no se convertirán en clásicos. Comienza a trabajar con el teclista Alan Hawkshaw y sus colegas londinenses a los que Serge conoció en los ensayos de “Di doo dah”; El guitarrista Alan Parker o el bajista Brian OdgersHawkshaw había sido miembro de The Checkmates y trabajado con Tom Jones, Dusty Springfield, Cliff Richard o Shirley Bassey. Había grabado también sintonías de TV. En 1970, Parker y Alexis Corner fundó el grupo Hungry Wolf.

 

En marzo del 73 comienza a registrar las partes instrumentales de lo que sería “Vu de L’extérieur”. Al igual que ocurría con Melody Nelson, la consulta de los cuadernos de ensayo no deja de intrigarnos. Hay canciones descartadas ( “Tout mou tout doux”, “Les papiers qui collent aux bonbons”) y otras cuyos títulos cambian desde el inicio hasta el final de los ensayos.

 

Le dedica seis semanas a escribir los textos. Desaparece del mundo público, no aparece en los medios, salvo en el primer número de Liberation. Su director, en una carta a los lectores, da las gracias a los que han aportado dinero para empezar a funcionar. Junto a Jean Paul Sartre o Jeanne Moreau aparece Serge.

El primer y único sencillo de “Vu de l’extérieur” lleva la canción homónima y la maravillosa y lacerante “Je suis venu te dire que je m’en vais”. Todo el mundo quiere darle, ver un significado. Murmuran que Serge va a dejar a Jane. No andaban errados del todo, aunque no pensaba en hacerlo sentimentalmente, sino físicamente. En realidad está asustado ante la enfermedad y la muerte. Compone una especie de testamento musical, en el que sospechando su próxima muerte, intenta preparar a Jane para su próxima desaparición. No obstante, incapaz de desnudarse completamente, nos obsequiará con una serie de canciones escatológicas que en el fondo dejan traslucir un pánico embridado entre el humor y la provocación. Hipocondría aparte, su vida excesiva le pasará factura diez meses después; una crisis cardiaca vendrá acompañada por un principio de cirrosis. Le promete a Jane dejar de fumar y beber, Ja!.

Jean d’Hugues,
 
“… Jane no soporta esa canción. Recuerdo que cada vez que entraba Serge escondía entre sus piernas el vaso de güisqui que tenía en las manos y ocultaba el cigarillo entre los dedos, diciéndome: “Si te pregunta, eres tu el que bebe y el que fuma…”

“… Fue él quién ideó la portada, su rostro entre el de los orangutanes, macacos, chimpancés, babuinos, etc. Quería que pareciese como un viejo álbum de familia…”

De cualquier forma “Vu de l’extérieur” es un disco magnífico. Con la canción homónima dice pretender ser duro, aunque sabe que la amará siempre. A su manera claro.“…No osaré ser desagradable ya que soy extremadamente decente. De hecho soy indecentemente decente…”. Feliz de haber superado su enfermedad, su inspiración deviene ligera y humorística en “Panpan cucúl”. Proclama un aforismo como regla de vida: “…Tomar a las mujeres por lo que no son y dejarlas por lo que son…” y crea personajes que parecen salidos de un tebeo; la princesa Inca de “Titicaca”, la stripper negra de “Pamela popa”…

En “Sensuelle et sans suite” vuelve a las onomatopeyas, un poco a la manera de “Comic strip”. Dedica la preciosa “La poupée qui fait” (nana delicada, amorosa, desarmante) a su pequeña Charlotte, recién nacida. Juega, una vez más, con las palabras y su significado en “Par hasard et pas rasé”. Desatendido en su momento, el disco crece y gana con el tiempo, es como un refugio seguro al que siempre volver porque siempre cobija.. 
 
 
“… Cuando todo va mal hay que cantar al amor. Cuando todo va bien a las rupturas. Jane es la mujer que amo. No es como al principio, hay una mutación en mi. Pienso que ella será la última. Si me dejase… Quiero a esa mujer, ahora lo puedo decir. Jamás lo he dicho de nadie…”
“… Soy guapo, soy bueno, tengo dinero, éxito, soy famoso…no, no… (risas) exagero, exagero…”
“… De niño era mono, como todos los niños. Más tarde me salieron estas orejas y esta nariz. Aunque teniendo el pelo largo es menos divertido. Antes era más chic llevar el pelo corto y… las orejas sobresalían mucho más. Los hombre mejoran envejeciendo. Las mujeres empeoran y los hombres mejoran. Es injusto pero es así

 

DE GAINSBOURG A GAINSBARRE. L’histoire de Melody Nelson (6ª parte)

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   En todos los aspectos 1970 es un año de transición. Tras la sobrexposición mediática Serge se hace raro de ver. Su ritmo de trabajo se ralentiza. Como pretende pasar el mayor tiempo posible con Jane, se contenta con intervenir en las mismas películas que ella o acompañarla en los rodajes. Se dedica a la familia, a la pequeña Kate, la hija que Jane tuvo con John Barry, a quien acaba adoptando y ante la que ejerce el papel de padre.
 
En enero de 1970 se reencuentra con Jean Claude Vannier para la grabación de la banda sonora de “La horse”, la película de Pierre Granier-Deferre. Es hora de presentar al mundo a este compositor, arreglista y director de orquesta, con quién ya ha trabajado antes y que será su cómplice, durante 1970 y 1971, en la creación de su obra maestra, “Histoire de Melody Nelson”. También del “Di doo dah” de Jane Birkin. Vannier acostumbra a componer sobre el papel y no al piano, lo que le impresiona. Ya ha trabajado, entre otros, con Haliday, Polnareff o Barbara. Más adelante nos regalará esa obra cumbre que es “L’enfant assassin des mouches”, de la que hablaremos un día de estos.
 
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Jean Claude Vannier,


“… Hay gente que dice enseguida reconocer un arreglo mío. No sé si es un cumplido o una crítica. No me paro a pensarlo. Tal vez sea una obsesión, o tal vez un estilo, no sabría qué decir. Es cierto que detesto los ritmos que no sirven para nada, las armonías inútiles. En mis orquestaciones no permito, como se hace habitualmente, tres guitarras que hagan lo mismo, un piano a modo de red, un bajo que haga de bajo –eso que se llama un ritmo- más dos baterías, más las percusiones. Intento reducirlo todo a la mínima expresión… Aún más; el piano no hay porque tocarlo a dos manos, al igual que en la guitarra no quiero más de dos notas a la vez, la batería simplificada a lo básico porque siempre he odiado los timbales. En los discos que he hecho prescindo de los platillos, del tambor, de la caja… He escuchado canciones muy rítmicas en las que no hay nada de eso. Tengo otras manías, seguro; Adoro lo roñoso, lo falso, lo imperfecto. Me entusiasman las notas equivocadas, los instrumentos desafinados, las cosas que no se oyen a menudo…”

Las sesiones comenzaban a las cinco. La consulta de los cuadernos de ensayo, donde constan los temas registrados, son cuando menos sorprendentes. Descubrimos canciones con textos jamás acabadas, como “Estu Melody”, “Papa Melody”, “Melo”, “Melody et les astronautes” y dos versiones de “Melody lit Babar”, la única canción acabada, incluso la letra, pero finalmente no incluida en el Lp.
Gainsbourg juega fuerte. Busca encontrar su aura de verdadero poeta, de compositor avant-garde y clásico a la vez. Algo puesto en duda, difuminado por sus éxitos comerciales. Tal vez también para ir más lejos que Leo Ferré, el primero en haber dado una señal, en 1970, con el álbum “Amour anarchie” y también, celoso e inseguro, para intentar dejar en evidencia a John Barry, “…Ese compositor de cancioncillas…” como lo define cruel e injustamente, antigua pareja de Jane Birkin.

Vannier de nuevo,

… He de reconocer que me quede flipado cuando me llamaron desde Philips. Me dije: Al fin una aventura realmente interesante. Volé a Londres. Me puse malo en el avión, vomité,  llegué descompuesto. Ya habíamos trabajado en algunos proyectos para el cine, la complicidad ya se había instalado entre nosotros, estábamos muy próximos en algunas cosas. Amábamos las mismas canciones de principio de siglo, tipo Cole Porter. También me inició en otros ámbitos. Al principio me trataba de usted: “Cállese” -me decía- “Podría ser su padre”. Después, más agradablemente, surgió la complicidad y la ternura: “Tu eres Cole y yo Porter”…”

Por otro lado, Jane y Serge se reunen con unos productores yugoslavos que les ofrecen hacer una película subvencionada por el gobierno de Tito. Se titulará “Le traîte”. Serge interpreta a un marinero y Jane a una enfermera, que forman parte de un grupo de maquis acosados por los nazis. Les pagan 50.000 dólares y con ellos Serge compra al contado un Rolls Royce de 1928, con las dos R en rojo en la parrilla. No tiene ni carnet de conducir ni chofer. El coche no saldrá jamás de su garaje, hasta que lo venda diez años después, conservando solo la tapa del parrilla, con la leyenda “Spirit of ecstasy”, el mismo verso que incluyó en “Melody”, la canción que abría “Histoire de Melody Nelson”, el disco con el que retoma la escritura después de cuatro meses en los Balcanes.
 
 
 
Jane Birkin,

“… Jean Claude Vannier está por todo Melody Nelson. Hay un tono, un aire, una seña de identidad  indisimulable en las orquestaciones de los años de Vannier con Sergeean. Jean Claude  era un tipo pudoroso, conmovedor, con gran talento, que sufría la monopolización de los media hacía Serge, algo injusto para con él, pero por otra parte inevitable…”

La portada del disco, que se publica en marzo de 1971, no deja ninguna duda sobre la identidad de Melody Nelson. Bajo un maquillaje que imita al de una muñeca preadolescente-las mejillas con colorete rosado y una peluca- Melody, no cabe duda, es Jane. Fotografiada por Tony Franck, le hacemos entre catorce, quince años, tal como dice la canción, aún cuando sabemos que es ella y que el botón desabrochado y la mascota de peluche en el regazo intenta ocultar su leve tripa, provocada por su embarazo de Charlotte. Pero el “Vals de Melody” es efímero y el drama inevitable.
 
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  Jane de nuevo,

“… En ese álbum hay instrumentos atípicos, extraños, que no se suelen incluir, que le dan un aire misterioso, místico, oriental. Algo perverso y puro a la vez…”

  La prensa acoge “Histoire de Melody Nelson” como una obra mayor, “… El primer verdadero poema sinfónico de la era pop…” y otros superlativos. La portada nos descubre también el nuevo look de Gainsbourg, desaliñado, con barba de dos días y pelo más largo. Philips hace un esfuerzo, y a mitad de marzo, París amanece llena de carteles y adhesivos en el suelo con el nombre Melody Nelson.

   ¿Por qué es “Histoire de Melody Nelson”, en 1971, un disco tan novedoso?. En principio se trata de un disco conceptual, aunque eso no sea especialmente novedoso. Las canciones tienen un hilo en común, vienen a contarnos una historia. No recuerdan a nada conocido. La estructura no es estrofa-estribillo, es algo más complicado. Son poemas extremadamente refinados servidos con una combinación de música pop e instrumentos clásicos que mezclan de maravilla. Ferré había mostrado el camino, pero también Gerard Manset con “La mort d’Orion”. Gainsbourg no ha sido el primero pero si será el más perdurable, casi eterno. “Cargo Culte” será final y también principio, como advertiremos más adelante.

 
  Al poco de publicarse “L’Histoire de Melody Nelson” muere Luzien, su padre, su mentor, su amigo, su cómplice. La brújula no siempre consultada. Serge estará acompañado por la melancolía el resto de su vida, echándolo en falta más de lo que está dispuesto a admitir. Cuando esa melancolía es excesiva se convierte en un personaje irascible, elitista, esnob. Cuando se gusrda, aplacada, dará pie a alguna que otra obra maestra.  A partir de entonces este estado será intermitente con la creatividad. Algo mortificante que siempre estará ahí, culpabilizándole; El pianistilla judío al que despreciaba y adoraba a la vez…