ELEFANTES ROSAS Una biografía (Ediciones Polares, 2015)

 

En esta bitácora se ha hablado largo y tendido de Serge Gainsbourg. Otra cosa será que se haya hecho apropiadamente, con la perspectiva adecuada y en su justa mesura. No es tarea mía el juzgarlo, quedaría feo.

 Se cumplen, me dicen, veinticinco años de la muerte de Serge Gainsbourg y caigo ahora justo en tan magna efeméride. Soy así de despistado. La verdad es que uno piensa que el aniversario de una muerte no debería de ser, en todo caso, nada más que la celebración de una obra. Y si ésta se ha leído, visto o -en el caso que nos atañe- escuchado detenidamente, mucho mejor. De cualquier forma, si sirve para poner en valor la obra del finado, aunque sea a posteriori, lo doy por bueno. Siempre se está a tiempo de llegar si se quiere realmente.

Dejemos para los especialistas la inmersión en los recovecos de su vida, en el relato de las incoherencias inherentes a la condición humana y las referencias a las bajezas que todos, en mayor o menor medida, cometemos. Y éso si hay suerte. Si aceptan un humilde consejo, huyan tanto del amarillismo y la celebración de la boutade con la que a menudo se cubre el expediente, disminuyendo sus logros, como de la hagiografía acrítica mediante la cual se llega al mismo sitio. A ningún lugar. No lo tomen especialmente como una crítica, hay gente para todo.

 Uno, desde hace una docena larga de años, no ha dejado de recomendar a quién ha tenido a bien escucharme la lectura del libro definitivo, aquel en el que todo se halla. Me estoy refiriendo a “Gainsbourg” (Albin Simone, 2000) de Gilles Verlant. Una obra faraónica, didáctica y amena, que celebra el puñado de hallazgos y cimas musicales con las que Gainsbourg nos regaló, pero que no se escabulle hurtándonos su descenso a los infiernos. El problema es que no se tradujo jamás al castellano y, ya se sabe, al estar al otro lado del mundo y ser el francés una lengua tan lejana, de él nunca se supo. Paradójicamente si lo fueron otros libritos, menores en el mejor de los casos, por lo general de origen anglosajón, que aquí se celebraron (brevemente, estamos hablando de lectura, esa imperdonable pérdida de tiempo) y se tomaron por poco menos que definitivos.

 Pero basta ya de pensamientos en voz alta, basta de reproches que no llevan a ningún sitio. Da igual todo lo comentado hasta ahora, olvídense, se lo ruego. Ya no tienen excusa. Hace unas semanas el donostiarra Felipe Cabrerizo tuvo la enorme gentileza de enviarme una copia de “Elefantes blancos” (Ediciones Polares, 2015). Lo leí en un fin de semana, resultó ser una obra perfectamente documentada (Bebía de las fuentes precisas, la citada biografía de Verlant), estaba mejor escrita si cabe, regalándonos conocimiento y comprensión, mirada curiosa y buen juicio, partiendo de una mirada propia y un indisimulable amor por su obra. Casi cuatrocientas páginas (además de una bibliografía seleccionada y la discografía del autor) donde sumergirse y disfrutar, donde aprender y aprehender. Un libro con muchas virtudes y pocos defectos. No sé por qué tardan en hacerse con un ejemplar…

“…La fama me destruyó. Destruyó mi alma, mi conciencia y mi subconsciente. Éste es un oficio extremadamente cruel porque hay que liberar el alma. Si no lo haces, eres un hipócrita y no llegarás lejos. Y la sinceridad tiene un precio muy, muy alto…”

 

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SERGE GAINSBOURG Anna

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Originalmente una película en color para la televisión francesa, Anna fue emitida por primera vez el 13 de enero de 1967, dos días después de Dents de lait dents de loup, en su segundo canal. Pese a una promoción eficaz, la críticas fueron dispares. Algunos titulares de prensa hacen sonreír, del tipo Gainsbourg ha querido encajar textos inteligentes dentro de ritmos jerk”. Por aquel entonces declarará:

“La música de “Anna” tiene un sonido nuevo. La gente dice ; Es ye-ye … Pero éso, ¿Qué significa?; Nada. Ya habrá tiempo en el futuro para asimilar estos sonidos nuevos y esta música, sin ideas preconcebidas ni palabras peyorativas…”

También es un Lp, hasta sus varias reediciones desde hace unos años hacia aquí (antes lo fue en cd, en la caja “De Gainsbourg à Gainsbarre” y también en edición japonesa), codiciadísimo por los coleccionistas. Tuvo una muy pequeña tirada y se había convertido prácticamente en invisible. Esa rareza contribuyó durante casi veinte años a conferirle su dimensión casi mítica. Hoy podemos decir que es una obra sorprendente y que simboliza un estado de gracia extremadamente pop, por lo demás muy atípico en la acartonada TV de la Francia de De Gaulle.

Pierre Koralnik, su director. 

“… Anna es la historia de un joven exitoso que dirige en una agencia de publicidad –Jean Claude Brialy– y qué, por azar, ve la fotografía de una chica (Anna Karina, musa y mujer durante un tiempo de Godard) que no puede borrar de su cabeza. Desde ese momento solo tiene una obsesión, encontrarla. La busca por todo París. La gracioso de la historia es que la tiene frente a él, es su asistenta. Para él es invisible, tras su bata de trabajo y las gafas de culo de vaso que la camuflan. Es todo bastante extravagante. La música, toda firmada por Gainsbourg, está pensada como un guión cinematográfico. Es muy rock’n’roll y también muy pop. Se muestra toda la modernidad de la música de Gainsbourg y sus textos son, como en él es norma, magníficos…”

Anna Karina, su actriz principal. 

“… Tras nuestro primer encuentro encontré a Serge muy tímido. Yo no entendía porque se le consideraba tan feo. Tenía belleza y clase en su gesto, muy distinguido, casi principesco diría yo. “Anna” fue muy importante para mi. Siempre había soñado cantar y él me había escrito canciones maravillosas. Adoraba que me enseñase y tocase sus canciones. Me parecían recuerdos de adolescencia, de cuando tenía catorce años. Mi padre me llevaba a los bares, el tocaba y yo cantaba…”

Jean Claude Brialy, su actor principal. 

“… Serge me dijo: Voy a enseñarte a cantar … ¡ Cantar yo!… imposible. Y eso es lo que hizo, con mucha paciencia y cariño. Intenté imitar su voz para no estropearlas, ya que sus canciones eran bastante complicadas. Hizo que me esforzase…”

“… Estaba atraído por Anna Karina, cuya forma de cantar era susurrante, un tanto erótica, algo que encontraría más tarde en los discos de Jane. Creo que Serge estaba enamorado de ella. De cualquier modo, Serge no podía trabajar con nadie de quién no estuviese enamorado. Incluso decía que estaba enamorado de mí. Venia a verme al plato con un pequeño ramo de flores. Era muy cariñoso, muy tierno…”

Para la grabación de “Anna”, Gainsbourg recluta a Michel Colombier como arreglista y director musical, siguiendo los consejos de su amigo Alain Goraguer. Colombier hace un trabajo formidable. Habituado y cómodo con los sonidos sixties (Había compuesto todos los jingles de “Salut les copains”) esta toma de contacto es tan solo la primera de una serie de fructíferas asociaciones; Los arreglos de “Bonnie & Clyde”, la primera versión de “Je t’aime moi non plus”, etc.

Michel Colombier

“… Serge tenía aquello que yo no tenía y viceversa. Encontraba nuestra manera de trabajar muy interesante porque no era cuestión de ganar una competición, simplemente era un trabajo en común. Yo elegía, por ejemplo, el tono de la orquesta y el no intentaba darme una melodía que no fuese apropiada a ese tono, muy al contrario. Asistía a todos los ensayos y me señalaba aquello que no le parecía bien. Podía ser una nota, un acorde o la posición de esa nota dentro del acorde. Para mi era apasionante, además de la fascinación que yo tenía por sus textos descubrí que tenía un sentido melódico único, que debía mucho a sus orígenes ruso-judíos. Los judíos y los negros son los únicos, pienso, que poseen verdaderamente el blues…”

El disco, en principio un juego menor, es todo un recital de Gainsbourg, algo cercano a un campo de pruebas de lo que más tarde serán sus discos para Jane Birkin. Panorámico y sin cortapisas, Gainsbourg escancia todos los licores de su mueble bar musical en copas repletas. Unas de pop (Boomerang, Pistolet Jo), otras de chanson (Sous le soleil exactement, Ne dis rien), e incluso combinados de beat y swinging london como Roller girl.

SERGE GAINSBOURG Rock around the bunker

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La grabación de su nuevo álbum le llevará tan solo una semana, a finales de 1974, y de nuevo en los estudios Phonogram de Londres, con Alan Hawkshaw y su equipo. Incluirá algo que no había hecho desde “Initials B.B.”: tres coristas femeninas.

Brian Odgers: “… Otros nos hacían repetir las tomas hasta veinte o treinta veces. Serge en cambio iba a lo esencial, aceptaba generalmente las primeras. Para “Rock around the bunker” trabajamos exactamente cuatro días, de diez de la mañana a diez de la noche. Enseguida incluyó las voces y se hicieron las mezclas. El último día, como habíamos terminado antes de lo previsto, con el propósito de mejorar algunas canciones, en realidad para hacernos ganar algo más de dinero, algo muy atento por su parte, encontró la excusa para prolongarlo un par de días más…”

“… ¿Eres siempre así o sólo en la televisión?…”

¿Hasta donde quería llegar?. Ni el mismo llegaría a saberlo. Con la salida de “Rock around the bunker” en febrero de 1975, vemos que incluso los fans están decepcionados, consternados, completamente sobrepasados por este disco arisco, tormentoso. Gainsbourg y su sempiterna provocación, no solo ha querido tocar algo sensible, aturdiendo conciencias, sino que ha querido reabrir una herida, no del todo cerrada, para que los hipócritas se sientan ofendidos. Ya había precedentes, otros que habían osado jugar con la imaginería nazi con una voluntad evidente de provocación; Liliana Cavani con la dependiente y parasitaria relación de sus personajes en “Portero de noche”, la cruz gamada al brazo en “The Rocky horror Picture show”. Pero Gainsbourg navegará en ese mar con el deleite del adicto y un humor devastador. Evitará también el mórbido recreo, revistiéndolo de un traje accesible, casi la historia de un personaje corriente. El hijo de un emigrante ruso judío, que había portado la estrella de David al brazo durante la guerra, se lo podía permitir.

“Nazi rock” habría sido un título mucho más apropiado que “Rock around the búnker”, pero en el último momento parece asustarse.

Jacky Jackubowicz: “… Antes de ser presentador en Televisión fui delegado de prensa en Polygram. Trabajé para ellos desde 1973 hasta 1980. Me ocupaba sobre todo de Gainsbourg y también a veces de Alain Bashung, dos artistas tenidos por difíciles. Los programadores de radio se negaban a emitir sus discos. Para “Vu de l’extérieur” la promoción ya había sido complicada pero para “Rock around the bunker” fue de todo punto imposible…”

La historia, no se puede negar, es atractiva; En su bunker, Adolf/Serge enloquece a causa de la escucha continua del clásico “Smoke gets in your eyes”, la canción americana favorita de su amada Eva Braun. “Eva” recrea la pasión de un monstruo humano, Adolf, ansioso por fornicar con su amada, de poseerla sin descanso, al son del clásico de los Platters. Convertido en un crooner atípico revisa el cancionero americano. Mezcla rock clásico -bueno, todo lo clásico que Gainsbourg pudiera ser- con recuerdos de una infancia transcurrida en la guerra y una historia ambientada entre el nazismo, la pasión y los restos del naufragio. Será algo que removerá conciencias (“Nazi rock” o la larga noche de los cuchillos largos y la inacción que desembocó en la catástrofe), revolverá estómagos (“Yellow star” o la estrella amarilla como autoconcedido premio infantil que le aisle de la barbarie y el dolor) y revivirá el olvido. “Zig zag avec toi”, otro mas de sus prosódicos ejercicios de estilo, (aquellos que cimentaron la polémica con Guy Béart a propósito de la rima consonante y la rima vocal, asunto tan francés que se nos escapa) esta vez en “Z”, al igual que “Est-ce est-ce si bon”, ahora una aliteración en “S”. El humor como dique y distancia ante la tragedia. La banalización del mal, tal como escribía Hanna Arendt en “Eichmann en Jerusalén”, como algo que lo hará más inexplicable aún si cabe.

Volviendo al asunto, no se me ocurre mejor ilustración de esa banalización del mal que “S.S. in Uruguay”, la canción que cierra el disco, otra muestra más de su ingenio, mordaz y cínico en apariencia, pero que esconde una capacidad de síntesis y clarividencia extraordinaria, a la vez que dolor y memoria. Tan sólo el humor nos puede salvar del recuerdo.

“… S.S. en Uruguay, 
bajo un sombreo de paja,
me tomo un zumo de papaya
con pajita.

S.S. en Uruguay,
bajo el sol agradable,
los recuerdos me asaltan,
ay, ay, ay.

Y aún hay toca huevos,
que hablan de extradición,
pero a mi no me importa
pagar la cuenta.

S.S. en Uruguay,
yo no era más que un hombre de paja,
pero temo a las represalias
allá donde vaya.

S.S. en Uruguay,
Ya tengo aquí a los acusadores
Que me obedecían cuando alzaba la mano
Heil! A sus ordenes…”

Serge Gainsbourg: “… Este disco es un exorcismo para mi; me acuerdo de las coristas inglesas, cuando salían del estudio deseándome buena suerte. Ya habían adivinado que eso no iba a ser posible. Había pulsado el detonador…aunque en realidad a mi me sonase como el sonido del descorchar el champagne…”

Dando rienda suelta a su talento provocador y controvertido, abona el terreno a quienes le esperan con las escopetas cargadas. Algunas declaraciones muestran sin ambages que la mezcla de ficción y realidad va a ser una combinación explosiva para la pacata sociedad burguesa de la época, de todas las épocas. Es su realidad, y los vestigios de la infancia de un niño judío en la Francia ocupada, la que parece revivir, prendiendo su ya de por si incendiaria retórica.

”  … Prefiero la masacre. Es más vigorizante. Me hubiera gustado ser terrorista. Si lo hubiese hecho habría viajado a América del sur para exterminar a los viejos nazis. También me daría una vuelta por España. Hay un antiguo comisario de asuntos judíos, un aristócrata francés que vive allí, tan tranquilo. Pidió su vuelta tras la muerte de Pompidou. Es un viejo pretencioso, una bala en el estomago no le iría mal. Si volviese a Francia compraría un pistola y se la vaciaría entera. En 1940 yo tenía once años y es mi único recuerdo de entonces. No se puede volver a permitir eso. Si los nazis vuelven al poder, les advierto que yo fui tirador de élite con la metralleta en 1948. Solo sería cuestión de volver a practicar…” (Se refiere a Darquier de Pellepoix, comisario de asuntos judíos con el gobierno de Vichy, refugiado en España después de la guerra, que nunca fue perseguido ni condenado y murió placidamente en 1978).

Sigamos con el licor: “ … Faltan “Mouvement Odessa” y “Le silence du pape”, pero me cansé. Las escribí pero no las quise grabar. Me dije que no valía la pena remover toda esa mierda. El rock, si quieres, tiene una estructura agresiva. Por eso pensaba que casarían bien. No es más que un juego. Visualmente seria impresionante…”

No es un disco fácil en absoluto. Los fantasmas del pasado nunca lo son. Diría que incluso es un disco a veces desagradable, a medio hacer. Un disco que hace dudar.  Al final no otra cosa que Punk avant del punk.

Todos los textos entrecomillados extraídos de “Gainsbourg” de Gilles Varlant (Ed. Albin Michel, 2000)

SERGE GAINSBOURG L’homme à tête de chou

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Primavera de 1976. Unos años atrás Serge había adquirido, en una galería de la calle Lille,  en el 7eme, junto al Musée d’Orsay, una escultura de Claude Lalanne. Se titulaba “L’homme à tête de chou” y representaba a un hombre desnudo que tenía por cabeza una planta carnosa de la especie de las crucíferas, una coliflor.

Serge Gainsbourg:  “… Me crucé con “L’homme a tête de chou” en el escaparate de una galería de arte contemporáneo. Volví varias veces sobre mis pasos, hipnotizado. Entré, pagué en efectivo y pedí que la enviaran a mi casa. Al principio, el dueño de la galería, tomándome por un loco, hizo mala cara, desconfiando. Pero pronto se ablandó y se decidió a contarme la historia de la obra. Una historia de amor fou de un periodista maduro enamorado de una muchacha atractiva. Una muchacha que trabajaba lavando el pelo en una peluquería, una “shampouineuse” que finalmente, acaba poniéndole los cuernos con el primer rocker con el que se cruza, tan insultantemente joven como ella. El hombre cae poco a poco en la locura, hasta perder la cabeza completamente. Enloquecido por los celos, termina matándola a golpes de extintor en el pasillo de cualquier lugar…”

Claude Lalanne: “… Hacía apenas cinco días que había terminado la obra y ya se marchaba de mi lado. Me puse muy contenta cuando me enteré de quién la había adquirido, le admiraba mucho. Poco después Serge me telefoneó para pedirme si accedía a que fotografiase la estatua para la portada de su próximo disco. Le dije que sí, y como agradecimiento, me invitó al estudio de grabación para que escuchase “l’homme à tête de chou” antes de su publicación. Fue una premiere íntima y privada …”

Su nuevo disco sale tan solo cinco meses después del estreno de su película “Je t’aime moi non plus” con Jane Birkin y Joe d’Alessandro de protagonistas. En tan solo seis días graban la música en Londres. La mezcla se hará a finales de septiembre, en el Estudio des Dames de París. Los arreglos son encargados al fiel Alan Hawkshaw. La dirección artística al ya indispensable Philippe Lerichomme. Sin evitar la tensión, parte inevitable de la creación, en particular de la suya, Serge aborda la realización de este nuevo disco de una manera radicalmente diferente.

Philippe Lerichomme: “… L’homme à tête de chou” es un disco conceptual. Muy personal, sin concesiones, con sorprendentes ejercicios de estilo, un trabajo casi artesanal. Tiene hallazgos como la introducción del Talk over -la voz hablada, por encima del ritmo y la melodía- algo que se convertirá en habitual en su obra a partir de entonces. Serge sabía como nadie encajar las palabras. Tenía un sentido del ritmo que aún hoy me maravilla. Para este disco había ajustado los textos al máximo. Los había escrito antes de ponerles la música, contrariamente a lo habitual…”

El álbum sale a la venta a finales de 1976. Inmediatamente es aclamado por la crítica como una obra maestra. Incluso la incipiente generación pre-punk francesa, que tenía a Gainsbourg casi por un hermano de sangre, muestra su placet hacia algo, musicalmente, tan lejano de su ideario. Comercialmente, en cambio, deja claro que la época triunfal de Gainsbourg ya ha pasado.

Es el disco de Gainsbourg con el que más he disfrutado. Todo un viaje a otro lugar, otra realidad. Las músicas que crea son atemporales, ni pretéritas ni futuras, una especie de agujero negro insondable. Una vez más Gainsbourg va dos -tres, cien- pasos por delante. Toda esa melangé de cinemática, sonidos electrónicos y bases rítmicas escleróticas que se vino a llamar hace unos años trip-hop salen de ahí: Austeras, minimalistas, concisas, con mucha más alma de la atribuida y de una riqueza y polisemia intrigante. Diríase que el espíritu de Vannier ha vuelto y con él, Serge ha vuelto también al redil. Desde su presentación, con esa frase lúcida y desengañada de “Yo soy el hombre de la cabeza de coliflor, mitad verdura, mitad muchacho” hasta el “Los parásitos de Radio Pulga, han difuminado mis señales de locura, yo era tuyo, Marilu” de “Lunatic asylum”, todo el disco, con Gainsbourg como narrador en primera persona, nos sumerge en una tragedia clásica con los inherentes toques de humor marca de la casa, una realidad paralela que recrea los estados de la vida y del amor. La atracción y la conquista, la seducción y los celos, la pasión y la locura.

El tintineo de las campanillas sobre la puerta que anuncian la entrada de nuestro hombre en “Chez Max, coiffeur pour hommes”, presenta, en un necesariamente sórdido escenario, el encuentro fatal entre los protagonistas de la parábola. Marilou en Casa Max, el personaje realmente principal, hablando en primera persona, seducido por el deseo. De inmediato advertiremos que el citado personaje masculino en realidad no es otra cosa que un trasunto idealizado -mejor, atormentado- de Gainsbourg. O de Gainsbarre. De ambos muy probablemente. Surge la pasión, la idealización de la mujer ansiada, el sexo imaginado, el deseado, el salvajemente practicado, sin circunloquios ni concesiones. Delira, divaga, nos muestra a Marilu y le consagra dos canciones ribeteadas del fulgor inicial del amor: “Marilou reggae”, la seducción,  y “Transit a Marilu” , la cópula.

Pero Marilou, la ninfa ninfómana, resulta tener querencia a la infidelidad. En lo mas profundo de su subconsciente recibe un mensaje avisándole de ello, un “Flash forward”. Acaso ésta sea una de las piezas más sorprendentes de un disco inclasificable; las palabras cortan, hip hop avant la lettre. Una reflexión acerca de los celos y la paranoia que provocan miedo y fascinación. Sus fraseos escupidos, sus “Toc toc/chtac/Cardiaque/Electrochoc/etc” motivo a la vez de atracción y repulsión, tienen un efecto narcótico, adormecedor y adictivo. La guitarra de Alan Parker horada sutilmente el buen juicio, la batería de Dougie Wright -como en el resto del disco- parece reducirse a un movimiento sístole-diástole, más o menos acelerado, esquelético y definitivo. Alan Hawkshaw -ya se ha dicho, pero no está de más repetirlo- merece un lugar para siempre en la posteridad por los arreglos y el uso de los teclados…

“… Un soir qu’à l’improviste chtac, je frappe à ma porte toc toc. Sans reponse je pousse le loqu et j’écout gémir le hamac …”

Y cuando pensamos que ya nada nos podrá sacar de ese estado de nebulosa lujuría, narcótica y alucinada, comienzan los primeros compases de “Aeroplanes” con su piano engañoso y lacerante, que mece y mitiga, que inquieta y tranquiliza. Es, en definitiva, el resumen de su demencia opaca, irresoluble. Hemos accedido a la novena puerta. Ya no es solamente cuestión de canciones o melodías en el sentido académico del término -que las hay, enormes-, sino de atmósferas, de estados del subconsciente. Del deseo y la locura.

La segunda cara del disco comienza con “Premiers symptômes”, sostenida por un guimbarda juguetona y una de las pocas piezas verdaderamente cantadas. Los sarcasmos sobre la pequeña infiel se incrementan, la metamorfosis es ya evidente. Todos los estados de la paranoia florecen paulatinamente, sin freno ni mesura. Es la paz mortal que habita en la locura. El subconsciente que ordena lo inevitable. “Ma lou Marilu” es otra maravilla. Recalcitrante pérdida tras un momento de lucidez. Ya basta de amenazas, la decisión fatal, redentora, está tomada. Una especie de pagano salmo sacerdotal previo al sacrificio. La percusiones de Jim Lawless nos recuerdan el estado de gracia en que todo el equipo parece hallarse. ¿Habrán escuchado a Kraftwerk o son imaginaciones mías?…

Los hallazgos se suceden uno tras otro; “Variations sur Marilu” son más de siete minutos de felicidad y de éxtasis, dedicados tanto a su amada como consagrados al inminente sacrificio. Hay perfección poética, secuencias eróticas. El tránsito gozoso, casi pornográfico, hacia la locura por y desde la mente humana. “Meurtre a l’extincteur” será el desenlace rápido, físico, que no moral, de la epopeya. Ya ha acabado con ella. Finalmente cree que ya podrá descansar de su pasión agotadora.

Serge Gainsbourg: “… En música se han hecho estribillos con todo tipo de instrumentaciones, pero creo que es la primera vez que se han hecho estribillos con la prosodia. En “Variations sur Marilu” he intentado llevar la música al terreno de las palabras y con éstas hacer los estribillos, la melodía. Toda la canción es un estribillo de casi ocho minutos …”

Tras la apoteosis llega la calma.; “Marilu sous la neige” es el momento posterior al éxtasis, al sacrificio. Porque no otra cosa más que ésa será el desenlace: Algo sexual, voluptuoso, mortal, liberador. El descanso que sucede al placer.

” … Marilou descansa bajo la nieve
una noche,  no pudiendo ya más de celos,
corrí por el pasillo para coger de su sitio
el extintor de incendios.

Blandiendo el cilindro de acero,
golpeé ¡Paf!, y Marilu comienza a gemir.
De su cráneo hundido brota la sangre roja.
Ahí, sobre la moqueta.

Un último sobresalto,
una última estupidez.
He pulsado la maneta y
El cuerpo de Marilu desaparece bajo la espuma …”

Cómo epilogo, antes de despedirse de todos nosotros, otro nuevo hallazgo, “Lunatic asylum”. Voces tratadas, percusiones tribales, sintetizadores, los oniricos coros femeninos, esa voz en off… el aterrizaje, sumiso y reparador, en el planeta locura. La demencia sonriente, plácida, del ser que se siente al fin libre de sus paranoias por haber aprendido a vivir con ellas. También, Gainsbourg siempre tan retorcido, del que ya comienza a añorarlas. El asilo de lunáticos donde ahora descansa solitario, el manicomio en que se ha convertido el mundo.

Todos los textos entrecomillados extraídos de “Gainsbourg” de Gilles Varlant. (Ed. Albin Michel, 2000)

SERGE GAINSBOURG Love on the beat

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El once de marzo de 1984, en el programa “7 sur 7”, Serge quema en directo un billete de 500 francos, delante de todo el mundo, incluidos algunos millones de espectadores y los dos presentadores del programa; Jean Louis Burgat y Erik Gilbert.

Jean Louis Burgat: “…Los problemas económicos y sociales, ¿Cómo le afectan a uno de los artistas mejor pagados de Francia?…”

Serge Gainsbourg: “…Ummmm … Creo que voy a liarla … Voy a contarte una pequeña parábola: En 1981, en mayo del 81, iba por la rue Saint Denis. Vi a una maciza haciendo la calle…¡Hey Gainsbarre!, ¿Subes?…No conoces mi nombre pero yo si sé el tuyo… y tú, ¿Cómo te llamas? le pregunté…Me llamo socialismo, dijo. Era imponente, tal vez maquillada un poco exageradamente. Le volví a preguntar ¿Cuánto quieres?…Ya me pagarás cuando acabemos…Subí, se desnudó y resulto ser un travesti con un tiburón importante. Me quedé a cuadros, pero ella se dio la vuelta y me dijo; Ven, tómame por el comunismo…”
“…Vale, es solo una parábola. Dicho esto, las cosas están volviéndose tan jodidas que en vez de café tomamos agua caliente. Y también quisiera hablarte de la mafia de los impuestos. Sí, voy a hacerlo. Esto no es otra parábola, es real (Toma un billete de 500 francos). Mi tasa de impuestos es del 74%. Ahora voy a decirte lo que me queda a mi (enciende su zippo). Creo que es ilegal lo que voy a hacer, pero lo voy a hacer de todas formas. Si me meten en la cárcel no tendrán nada que sacarme (el billete comienza a arder). No podré darles su 74%. Por lo menos no me joderán. Esto para los pobres, ésto para las nucleares…y bien, finalmente esto es lo que queda (el billete se consume) de mis 500 francos, maldita sea…”

El famoso vídeo, uno de los highlights de su etapa Gainsbarre, repetido hasta la saciedad, puede verse en Youtube, pero no enlazarlo. En cambio nadie habla hoy en día de este otro, una especie de intento de congraciarse con el mundo. A su manera, claro.

Fue un gesto premeditado de provocación, como todos los suyos. No daba puntada sin hilo. La entrevista había sido concertada diez días antes. Antes de la emisión aparece con un maletín en cuyo interior hay un gran fajo de billetes. Dice que siempre va con esa cantidad de efectivo encima. Por una extraña coincidencia, un incidente técnico sucede en la emisión del programa, durante el instante de la quema del billete: un corte momentáneo, seguido de una serie de interferencias, hace pensar a esos que están de acuerdo con el gesto de Serge que desde control le han querido censurar. Pero mientras se intenta restaurar la normalidad, la centralita es colapsada por miles de llamadas airadas de los telespectadores que no entienden porque se le ha dejado quemar el billete en directo.

Erik Gilbert: “… Quería mostrar lo que le quedaba después de los impuestos y lo hizo, sin amargura ninguna pero queriendo impactar con la imagen. El efecto fue terrible, las reacciones fueron extremadamente violentas. Como periodistas nos quedamos sorprendidos por el modo en que lo hizo. Tenia esa manera de hablar tan atonal. A veces había que descifrarlo. No nos dimos cuenta de la trascendencia del gesto, era algo extraordinario ver a alguien quemar quinientos francos, aunque ya hubiésemos pasado la crisis. Desconocía la ilegalidad del gesto; Legalmente los billetes no le pertenecían, eran propiedad del Banco de Francia. Tenía razón, podía haber sido encausado por ello, y nosotros por cómplices…”

Bertrand de Labbey: “…Fue una provocación interesante. Serge tenía una relación particular con el dinero: Por un lado le procuraba respeto y por otro le quitaba importancia a las cosas materiales. Su acto, en mi opinión, fue del todo premeditado. Todo el mundo decía que temblaba por que estaba bebido, pero era todo lo contrario; Temblaba por que no había bebido y por que tenía miedo, sabía lo que iba a provocar. Pero quería llevarlo a cabo…”

Las consecuencias fueron, desgraciadamente, más negativas que positivas. Se le reprocha el gesto como la provocación del rico que se burla de los pobres. Su discurso está falto de claridad. Debido al primer plano del billete, el murmullo que provoca su manipulación, el crepitar de éste al quemarlo y su falta de inteligibilidad, lo que realmente dice es “…No es para los pobres, es para las nucleares…”. Se convierte en un salvaje quemando algo sagrado, el dinero, transgrediendo el tabú.

Julián Clerc: “…Al día siguiente de la emisión, quedamos a comer. Estaba exultante, orgulloso. Fuimos a su casa y nos puso la cinta del programa, la comentamos. Pulsaba el rewind y el replay sin parar. Luego salimos y fuimos a “La Calvados”, uno de sus lugares favoritos, donde tocaba su amigo Big Joe Turner. Tenían una broma entre ellos; Serge compraba no se cuantos cigarros y los colocaba sobre el piano. Le iba diciendo títulos de estándards que tenía que conocer. Por cada acierto, un cigarro. Cada media hora Turner hacía una pausa y entraba una banda de mariachis que nos daban la tabarra. Serge les metía billetes en sus guitarras sin parar, animado y gritando “Viva la revolución”. Aquellos no se vieron en otra igual en su vida. Cuando conseguí meternos en un taxi –debían ser ya las siete de la mañana- y tras un rato sin decirme nada me dijo esa frase genial: “No, si tienes razón. Al final se ponen pesados…”

Bertrand de Labbey: “…Una tarde en Le Calvados, un turista americano y Serge rivalizaron en pedirle a Big Joe Turner interpretaciones de estándards. Cada petición venía acompañada por un billete de 500 francos encima del piano; Turner gano esa noche más de lo que ganaba en un año…”

“…Serge bebía para olvidar el tiempo pasado, sus recuerdos, el dolor de sus creaciones. Al mismo tiempo sus apariciones públicas eran complicadas, debía atender a su público y no sabía hacerlo si no era bebido. Cuando lo hacía yo trataba de no estar con él mucho rato, su discurso era repetitivo, incluso podía ser agresivo. Era una pena, sobre todo para los que lo querían. Había un momento de la noche en que tenías que irte, ya no podías aguantarlo más…”

Tras un segundo episodio reggae (“Mauvaises nouvelles des étoiles), innecesario y repetitivo, y que seguramente Gainsbourg acometió por la ilusión de volver a Jamaica, otros proyectos fallidos -aunque no carentes de interés- se suceden: El disco con Catherine Deneuve, el de Isabelle Adjani, canciones e incluso discos para Alain Chamfort, Alain Bashung, etc. Serge necesita reinvertarse una vez más. Improvisador genial, necesita un hilo conductor, madurar sus arrebatos de genialidad antes de llevarlos a cabo.

“Love on the beat” se publica a principios de octubre de 1984, acompañado de una enorme campaña promocional. Gainsbourg está en todas partes. Había viajado en 1984 con Philippe Lerichomme a Nueva York tras su aventura reggae. Allí contacta con Jean Pierre Weiller, un francés emigrado que conoce las últimas tendencias de la gran manzana. Este le hace escuchar algunos discos, entre los que está uno de Herbie Hancock con Bill Laswell y “Trash it up” de Southside Johnny & the Ashbury Dukes. Este último entusiasma a Serge y contactan con sos productores, Nile Rodgers y Billy Rush. El primero, miembro de Chic, acaba de producir el bombazo de Bowie“Let’s dance”, y se halla enfrascado en la de “Like a virgin” de Madonna, por lo que desiste. El segundo acepta.

Billy Rush: “… Cuando Jean Pierre Weiller me habló de Serge yo no conocía absolutamente nada de él, ni tan siquiera “Je t’aime”. Concertamos una cita en New Jersey, en mi garaje convertido en estudio. Vi llegar a un tipo muy tímido, que no hablaba más que una pocas palabras en inglés. Me puso una de sus cassettes, en las cuales se hallabán las bases melódicas de sus canciones. La atmósfera era un tanto extraña, nunca habría imaginado que era una estrella en Francia. Delante de él me puse a trabajar, elegí un ritmo, pegué una base, programé algunos teclados y guitarras. No me hablaba, le veía inseguro, ahora creo que me estaba examinando. Al final del día había podido terminar dos o tres maquetas. Se la pusieron bajo el brazo y se marcharon. Yo pensé que había sido divertido, aunque también que no los volvería a ver. Pero a la mañana siguiente volvieron y me dijo: Genial!, continuemos…”

Una vez más, Gainsbourg ha encontrado un nuevo mundo musical en mitad de una etapa personal, cuanto menos, delicada. La música disco como vehículo y la homosexualidad como leit motiv, el elemento provocador que le sirve de motor. En un momento de duda y lucidez confiesa a Lerichomme: ”¿Pero que coño estamos haciendo aquí?, mi música es Chopin, nada que ver con esto”. Philippe le calma; “Es justamente por eso por lo que estamos aquí, para intentar cosas nuevas”

Billy Rush recluta a los músicos: Larry Fast al sintetizador, acompañante ocasional de Peter Gabriel y dos tipos más que vienen de girar con Bowie, el saxofonista Stan Harrison y el corista George Simms. Este recuerda; “…Cuando llegamos a casa de Billy en Nueva  Jersey y escuchamos las dos primeras canciones nos miramos preguntándonos que hacíamos allí. No habíamos oído hablar nunca de Serge y tampoco sabíamos nada de su reputación, de su carrera o de su genio artístico. Creímos que era un tipo muy rico cuyo pasatiempo favorito era contratar a músicos afro americanos para grabar como diversión, y allá en su tierra, hacérselo escuchar a sus amigos. Todo pasó muy rápido, creo que cantamos las nueve canciones del Lp en siete horas. Serge saltaba y bailaba cuando quería describir algo…”

Para la portada, fotografiado por el también cineasta William Klein, con quién ya había trabajado en “Mister Freedom”, se maquilla y pinta como una madura y ajada madame travelo. Los labios rojo carmesí, uñas y pestañas postizas y un fino cigarrillo humeante. Una especie de Gloria Swanson circa “Sunset Boulevard” pero con el pelo corto. Deja de beber durante quince días para ocultar las ojeras y se hace pegar las orejas con el fin de disimularlas.

El disco, más que un tratado Gainsbourgiano acerca del ideal homosexual, es un canto a la decrepitud, al paso del tiempo. Nuevos caminos para los viejos deseos. Desde luego lo que se espera de él. En estado permanente de provocación, adopta a Bacon y su pintura atormentada como Mcguffin icónico. Se imagina atrapado en un limbo etéreo entre el bien y el mal, entre la abyección promiscua y la pureza clásica homosexual.

Construye un personaje, otro más, en el que refugiarse. Sutiles juegos bilingües, bisexuales, ambivalentes. Y el humor siempre como escudo ante sus propios miedos.“Kiss me Hardy” son las apócrifas últimas palabras del almirante Nelson, mortalmente herido de bala en el pecho, al oído de su fiel teniente y amante, en plena batalla de Trafalgar, con música no acreditada de Rachmaninov. “I’m the boy” es una elegía al cuarto oscuro, al sexo puro y duro, ángeles de cuero negro. “No comment” y “Hmm, Hmm, Hmm” podrían ser perfectas reescrituras de sus clásicos, lanceadas por esa producción ochentera tan artificial, metalica y desafortunada. Pero hasta sus defectos casan con el espíritu del experimento. Su sonido frío y distante, en contraposición con la minuciosa descripción de su ocaso, consiguen una extraña sensación de deriva muy similar a la descrita en –y de la que se me ocurre hubiese sido una perfecta banda sonora- “Hardcore, un mundo oculto” del cineasta Paul Schraeder.

Para cerrar, su canto de cisne. Otro más de esos episodios malévolos de los que tanto gustaba; “Lemon incest”, El juego y la necesidad vital, una vez más, de la provocación. En realidad una declaración del amor incondicional paterno-filial, bajo la melodía del estudio nº 3 en mi mayor de su amado Chopin, con su pequeña Charlotte. Las palabras escupidas como balas, los juegos semánticos apuntando a los biempensantes y a los hipócritas. La pureza, el candor incluso, de los sentimientos. La honestidad de un tipo tan peculiar que de tan honesto, escandalizaba.

Todos los entrecomillados extraídos de la biografia “Gainsbourg” de Gilles Varlant (Ed. Albin Michel, 2000).