La hora de Lalo Schifrin

 



No voy a aburrirles con datos biográficos del argentino Boris Claudio Schifrin, los pueden encontrar fácilmente en la red. Tan solo diré -para aquellos afortunados que estén todavía por la labor de descubrirle- que es uno de los músicos más fastuosamente poliédricos que conozco. Un tipo formado en las grandes orquestas (de Xavier Cugat a Dizzy Gillespie pasando por Quincy Jones), capaz por lo tanto de tocar cualquier palo de la hoy llamada Latin music (de la bossa-nova reluciente a un latin soul avanzado, de jugar con el boogaloo o de entretenerse con el bolero o la samba) como de practicar el mod soul y mod jazz con una elegancia reveladora. Un tipo que redefinió el -a mi juicio mal empleado- concepto de lo cool haciendo que supurase de forma natural en cada una de sus notas. Espectacular en la composición de bandas sonoras que oscilan de la cinemática más estricta y cabal a las progresiones groove más atrevidas e innovadoras. Un tipo capaz de aunar la lírica del folklore con el atrevimiento y la supuesta banalidad del modern disco y ser siempre él. Sampleado (ese “Danube incident” para siempre relacionado con Portishead)  y citado en incontables ocasiones todo en su música es un festín pantagruélico poblado de beats, experimentación, clásicismo, de sutiles melodías y de atmósferas evocadoras.

 

 

 

 



















Para esta pequeña y humilde aproximación a tan esplendoroso universo he tenido la osadía de tomar un poquito de cada cosa y enlazarla en una lista que espero les sirva, sino de carta de presentación a los ya familiarizados con su obra, sí de plácida compañía. Desde extractos de algunas de sus bandas sonoras para películas consagradas (“The Cincinatti Kid”, MGM, 1965, “Bullit” Warner Bros. 1968, “Sol Madrid” MGM, 1968 o “Enter the dragon” Warner Bros, 1973) a partituras para series de televisión (“The man from Thrush”, de “The man from unce” , aquí el agente de la Cipol,  o “More Mission” de “Mission imposible”). Desde canciones de discos aparentemente dedicados a la bossanova (“The wave” de “Insensatez” (Verve, 1968) y que terminan por adaptarla a su peculiar estilo a experimentos con la electrónica como “Secret code” de su sorprendente “There’s a whole Lalo Schifrin goin’ on” (Dot, 1968) , una manera de lleva a su terreno la obra de Jean Jacques Perrey o de Gershon Kingsley, un castillo de efectos moog arriba moog abajo de robótica elocuencia.  Tampoco he querido obviar sus extravagantes aproximaciones a la música sacra (“Agnus dei”) o la música de cámara en ese trip que es “The disection and recontruction of music from the past as performed by the inmates of Lalo Schifrin dementes ensemble as a tribute to the memory of the Marquis de Sade” (Verve, 1966) ni, mucho menos, olvidarme de sus estupendos discos en el el sello de Creed Taylor centrados en la música disco -por supuesto siempre a la manera Lalo Schifrin que son “Black Widow” (CTI, 1976) o “Towering toccata” (CTI, 1977). Dos discos, dicho sea de paso, que hay que escuchar para creer.

 Dejaremos par una hipotética segunda hora su material para las películas “The Fox”, “The Liquidator”, “Rollercoaster”, “Cool hand Luke”, “Dirty Harry”, “Murderer’s row”, “Mannix”  o colaboraciones -extravagantes o no- con Leonard Nimoy, Wes Montgomery, Candido, Dennis Coffey, Cannonball Adderley o Grant Green.

 Un segundo volumen merecerá ser listado en un futuro con sus músicas para las películas de Don Siegel (De Harry el sucio a Charley Varric pasando por Magnum Force o Telefon), St.Ives de J.Lee Thompson o experimento a la Morricone como el de Amytville Horror o la música -increíble- para una película de Jackie Chan (Big Brawl) , pero eso será otro capítulo.

No puedo resistirme en hacer hincapié en esta maravilla; Hubo un tiempo, bajo el reinado de Creed Taylor, que todo lo que aparecía bajo la etiqueta Verve parecía tocado por la mano de Dios. Criticado en la época por los puristas, esa mezcla de jazz, soul, soundtracks, blues y pop era ejecutada por -se notaba, se escuchaba- un grupo de amigos de buen rollo. Lejos de intenciones canónicas y, reconozcámoslo, generalmente con fines alimenticios, los discos producidos bajo su logo eran casi ejercicios de estilo, reuniones de tipos con talento que en absoluto pretendían trascender, sino más bien costearse un buen apartamento, bonitos trajes y unas divertidas vacaciones.

 

Lalo Schifrin , lo sabrán, era un joven y talentoso argentino deslumbrado por el viejo nuevo mundo. Precoz e inquieto, pronto aparcó su carrera clásica para zambullirse en esa Arcadia feliz, sólo en apariencia, que tan bien vemos reflejada en la soberbia Mad Men. Llamó a las puertas oportunas y arañado de su talento y la fortuna, consiguió introducirse en el Hollywood dorado, última época. “Once a thief” es un híbrido de su trabajo para dicha película (intento de introducir en Hollywood a Alain Delon, con Ann Margret, Jack Palance y Van Heflin), completado con otras composiciones suyas para, por ejemplo, la serie “The man from U.N.C.L.E.”, aquí llamada, y no me pregunten por qué, “El agente de la Cipol”.
El empaquetado impactante; diseño elegante y lineas concisas. El sonido musculoso que no ciclado. Lo mejor de cada casa en el estudio; Kenny Burrel, Freddy Hubbard, Phil Woods, Rudy Van Gelder a los controles y, controlándolo todo, Creed Taylor. ¿La música?, juzguen ustedes, yo diría que soberbia.

Hubo un tiempo, ya lejano, en que todo ésto era posible.



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MORBO; Música compuesta y dirigida por Jacques Denjean. (Bocaccio / RCA, 1972)

 

 

” Morbo” fue una película dirigida por Gonzalo Suárez y escrita por éste y Juan Cueto en 1972. Protagonizada por, sí,  Ana Belén y Victor Manuel la trama gira en torno a una pareja de recién casados que decide pasar su luna de miel en una roulotte en medio de un bosque. Un bosque ominoso, casi un personaje más en la película, en el que se halla una casa en la que han ocurrido unos terribles sucesos. A partir de ahí todo comienza a mezclarse, aunando terror sicológico, conflictos de pareja, un erotismo soft, mórbido e insano, y un terrible secreto que se nos presenta en un principio de modo onírico, más tarde ya con toda su virulencia.

Gonzalo Suárez es un hombre renacentista; De formación francófila, director de cine, escritor, periodista deportivo (bajo el seudónimo de Martin Girard), conectó con al escuela de Barcelona e imagino que por ello su vínculo, aunque fuese indirectamente, con Oriol Regás, dueño del club Bocaccio y del sello musical del mismo nombre, poco menos que el monarca de la gauche divine catalana.

Esto nos lleva a lo que nos (me) interesa, la banda sonora. Una de las pocas bandas sonoras propiamente dichas escritas por el francés Jacques Denjean (otras serían “Traffic” de Jacques Tati o “Adieu Philippine” de Jacques Rozier). Era Denjean por entonces un tipo con una longeva y sólida trayectoria en la música desde finales de los años cincuenta. Primero con su orquesta haciendo twist, madison y coqueteando con un jazz amable, después como compositor practicamente para todo el establishment de la musica pop francesa (Hallyday, Christophe, Alain Bashung, Line Renaud, Henri Salvador, Sylvie Vartan, Reynaud, Nancy Holloway e innumerables más), músico en extravagantes proyectos musicales (su single “Nevrose / Psychomaniac”, que ya tuve el placerde presentarles, es una codiciada pieza de coleccionismo, con sitar, guitarras fuzz y distorsiones), arreglista, productor e incluso autor de discos de librería. Sería, por ejemplo, el productor del segundo y maravilloso disco de María del Mar Bonet, también en el sello Bocaccio, con la dirección musical de otro grande, Bernard Estardy. Un disco formidable. Un disco, permítanme la licencia, cima de la Chanson catalana.

Sigamos. “Morbo” (el disco) únicamente se publicaría en nuestro país, con distribución RCA. También existe un single, más sencillo de ver y una canción incluida en el Lp (“Juegos”) y que, no me pregunten por qué, en Francia sería la cara B de single de Arrabal “Ekkoleg”. La banda sonora de “Morbo” me parece espléndida; Sugerente, misteriosa, melódicamente inolvidable y profundamente evocadora. El proceso es el normal en estos casos; una melodía surca toda la partitura y el autor juega con ella de distintas formas; con arreglos de cuerdas, con piano, con una flauta delicada, con tratamiento vocal, meros coros, casi scat religioso… Junto a ella hay un par de movimientos de ruptura (las dos tomas de “Juegos”, las dos de “Gioconda”, las dos de “Morbo”) que sirven para centrar las imágenes pero que funcionan igualmente sin ellas.

Nada más que añadir, les enlazo la partitura íntegra en espera de que les atrape tanto como a mi lo hizo.

 

"THE ADVENTURERS" The Ray Brown Orchestra plays A.C. Jobim (Symbolic / Buddah USA, 1970)

 

Hay discos que uno compra por casualidad (por no llamarlo enfermedad), azuzado por una curiosidad malsana y a los que una escueta referencia, un texto incisivo o una portada sugerente sirven de ineludible anzuelo. Son discos que nos cuestan lo mínimo y que son como un café. En ocasiones, si está bien hecho (corto, con crema, tostado que no quemado), nos procuran un placer intensísimo y en otras (por estar aguado, desligado, de aroma escaso) son una profunda decepción.

   “Antonio Carlos Jobim / “If literature is the foundation of the arts, music must be its soul” / Una señorita a medio desvestir / Tres dólares” sería la secuencia correspondiente para este hallazgo en concreto. Música escrita por Antonio Carlos Jobim, interpretada por la Ray Brown Orchestra y arreglada por Quincy Jones. No está mal. Investigando un poco más uno llega a saber que existe una partitura del primero como banda sonora de la adaptación cinematográfica del best seller de Harold Robbins titulado “The Adventurers”. Es esta película y libro la enésima reformulación del mito Bondiano, carne de cañón para autocines y sesiones dobles sin tener ninguna de las virtudes que para estos casos se les presupone. La banda sonora, desgraciadamente, acompaña a las imágenes. Huyan de ella. 
 
 Sin embargo esta otra, su adaptación, es cosa sensacional. Al menos la mitad de ella; “Polo Pony”, “Go down dying”, Coming and going” y “Fat cat Strut”. Una mezcla perfecta que bastardea blaxploitation, funk, a los M.G.’s, scores para bandas sonoras, diversión para club de baile y percusiones  elegantemente descriptivas con algunas sorpresas; “Go down dying” fue sampleada por Bjork en su “Human behaviour”, probablemente lo mejor que uno le ha escuchado jamás y ahora entiendo el por qué.
 
 Editado por Symbolic y distribuido por Buddah en el año 1970 uno no sabe si sigue costando lo que un café o en el oscilante mercado de valores discográfico ha elevado su cotización. Lo que si sabe es que merece la pena localizar una copia, que es un tiro y que este pequeño mundo de los discos es inacabable.

 

"El Verano de la Muerte" (J.L. Merino, 1970)

 

 

Película que al parecer nadie ha visto y de la que, extrañísimamente, existe Lp español en el sello Vergara. No me pregunten el por qué del enésimo de los abracadabrantes milagros de las ediciones hispanas. En cualquier caso, un poco más abajo, la historia y vicisitudes contada por el famoso cronista e historiador del Giallo,  Guiseppe Antonio Bernaldini. A los conocedores no habrá que recordar sus historias publicadas en “Cimiteria” o sus colaboraciones en muchos de los guiones tardo sesenteros del giallo más terroríficamente romántico y evocador. Exacto, estoy hablando del Dottore Strani.

 

“…Hay una película que no he visto, pero de la que se habla (entre susurros) en los callejones oscuros y ominosos de la cinefagia más abyecta e innombrable intitulada Questo non é l’estate del amore (ma un’altro inverno della morte).

Una coproducción italo-germano-española de 1968 (estrenada al año siguiente) dirigida por Tinto Brass (antes de dejarse llevar por sus pulsiones eróticas; cuando era más pop) y en la que, según cuenta la leyenda, figuró como ayudante de dirección nuestro inefable José Luis Merino, estrenándose en esas lides.

Sigue la leyenda y cuenta que el Brass abandonó el proyecto por no sé qué problemas con los productores y porque recibió una propuesta para realizar una peli en Gran Bretaña que quedó en nada. Y el caso es que José Luis Merino se vio obligado a terminar la peli, aunque al final no la firmó con su nombre. Tampoco Tinto Brass, porque los productores optaron por poner un nombre anglosajón y totalmente irreal (ahora no recuerdo cuál… Timothy nosécuántos).

Los actores principales eran Klaus Kinski, Christiane Kruger, Patty Sheppard, Erna Schurer y Carlos Quiney. Entre los guionistas estaba Lucio Fulci, por cierto. Antes de dirigir su primera película (Una historia perversa, 1969)

El argumento (según he leído) iba de un noble austro-italiano (Kinski) que organiza happenings para jipis y yeyés en sus palazzi , en los que abunda el LSD y demás drogas psicodélicas. Y que, al mismo tiempo, tiene a su servicio una especie de banda de motoristas (unos Hell Angels alla italiana) más malos que la quina. El pérfido príncipe aprovecha sus fiestorros para abusar de mozas drogadas y, en algunos casos, someterlas a sevicias que llegan hasta el asesinato.

Lo realmente curioso es que tanto en la versión italiana como en la española (que se tituló “El Verano de la Muerte” -contradiciendo el título italiano con el mayor descaro del mundo-) la acción transcurría en Italia y había una escena en la que sonaba esa especie de freakbeat a lo sureuropeo que se llama Atto Di Forza n. 10 de I Ragazzi Dei Sole.
Pues bien… En la versión alemana la acción transcurría en España (aunque mantenían los apellidos y nombres italianos, quizás por desconocimiento y confusión). Y a lo que quería llegar yo… En la escena en la que sonaban los Ragazzi Dei Sole sonaba un grupo español haciendo la misma canción llamado Los Sirex…”

STELVIO CIPRIANI "Femina ridens" a.k.a. "The frightened woman" (CAM, 1969)

“Femina Ridens” (“The Frightened woman” en el mercado anglosajón) es una de las numerosas rara avis que brotaron como setas en la segunda mitad de los años sesenta dentro del negociado pop. Dirigida por el italiano Piero Schivazappa en 1969 es casi un tête-à-tête entre sus dos actores protagonistas -el francés Philippe Leroy, aquí una escultura cincelada por los clásicos, de una imagen homoerótica innegable y la sueca Dagmar Lassander, dulce y apocada en un principio, para posteriormente tornarse en mantis religiosa conforme avanza el metraje.

 
 Tal y como refleja la sinopsis asistimos “… A la última subyugación de una mujer en pos de servir los más retorcidos deseos de un hombre, donde los más sucios impulsos terminarán en un mortal desenlace.
 

 María se convierte en la muñeca sexual viviente del Doctor Sayer, cuyo máximo placer es el deleite que obtiene asesinando mujeres en el momento de llegar al orgasmo. La creciente campaña de degradación de Sayer empuja a María hacia la muerte, pero el hechizo con el que ésta, poco a poco, somete al Doctor conducirá la trama a un desenlace sorprendente… “

 

 
  Somos pues espectadores de una historia de dominación. Una dominación de ida y vuelta, en la que los personajes mutan hasta mostrar su condición verdadera. Lo malsano y lo turbio acaba por ir directamente relacionado con una cierta ingenuidad y la pulsión por la pureza estética. A su vez, todo ello viene revestido de un envoltorio casi futurista (las pinturas pop-art del matrimonio Jean Tinguely/Niki Saint Phalle, los diseños de Giuseppe Capogrossi, las esculturas de Pier Olor Ultvedt…), trufado de divertidos gadgets (el auto-lancha anfibio, el mobiliario de la guarida de Leroy, la cueva clitoridiana…) para terminar siendo nada más -y nada menos- que un hermoso y trágico cuento moral de moderna factura.
 
 Pero vayamos al asunto del hilo. La partitura musical del maestro Stelvio Cipriani. A partir de las habituales variaciones melódicas (en forma de Vals, de Fuga, de un Shake) Cipriani nos ofrece un tratado de polisémico significado. Posée, como los grandes, la notable cualidad consistente en ilustrar mediante música los distintos estados de los personajes y la trama, tanto la depravación y el deseo como la desvalimiento y la humillación. Incluso -y supongo que ésto, para los puristas de la música para películas será apuntado en el debe– llega a sublimarlos. Huelga decir lo que para uno supone.  
 
  Hasta en las concesiones -el inevitable tema central, un espléndido “Femina Ridens” cantado por Olympia– nos acomoda plácidamente para ese viaje que consiste en el tránsito cuasi narcótico de un estado a otro, mezclánádose a menudo estos hasta llegar a confundirnos. Siempre, ya se ha dicho, con una facilidad melódica inusual, con un fluido timing instrumental para conseguir, finalmente, hacernos olvidar las costuras de la trama. Aquello que una vez quizás fuese escandaloso y que el paso del tiempo ha terminado por convertir en algo tierno, casi anacrónico. También muy hermoso, que diantres.
 

P.d. Un millón de gracias a mi querido amigo J.A. por proveerme, con su infinita generosidad, de todos estos artefactos cinematográficos que tan féliz me hacen. Gracias Maese.