La hora de Lalo Schifrin

 



No voy a aburrirles con datos biográficos del argentino Boris Claudio Schifrin, los pueden encontrar fácilmente en la red. Tan solo diré -para aquellos afortunados que estén todavía por la labor de descubrirle- que es uno de los músicos más fastuosamente poliédricos que conozco. Un tipo formado en las grandes orquestas (de Xavier Cugat a Dizzy Gillespie pasando por Quincy Jones), capaz por lo tanto de tocar cualquier palo de la hoy llamada Latin music (de la bossa-nova reluciente a un latin soul avanzado, de jugar con el boogaloo o de entretenerse con el bolero o la samba) como de practicar el mod soul y mod jazz con una elegancia reveladora. Un tipo que redefinió el -a mi juicio mal empleado- concepto de lo cool haciendo que supurase de forma natural en cada una de sus notas. Espectacular en la composición de bandas sonoras que oscilan de la cinemática más estricta y cabal a las progresiones groove más atrevidas e innovadoras. Un tipo capaz de aunar la lírica del folklore con el atrevimiento y la supuesta banalidad del modern disco y ser siempre él. Sampleado (ese “Danube incident” para siempre relacionado con Portishead)  y citado en incontables ocasiones todo en su música es un festín pantagruélico poblado de beats, experimentación, clásicismo, de sutiles melodías y de atmósferas evocadoras.

 

 

 

 



















Para esta pequeña y humilde aproximación a tan esplendoroso universo he tenido la osadía de tomar un poquito de cada cosa y enlazarla en una lista que espero les sirva, sino de carta de presentación a los ya familiarizados con su obra, sí de plácida compañía. Desde extractos de algunas de sus bandas sonoras para películas consagradas (“The Cincinatti Kid”, MGM, 1965, “Bullit” Warner Bros. 1968, “Sol Madrid” MGM, 1968 o “Enter the dragon” Warner Bros, 1973) a partituras para series de televisión (“The man from Thrush”, de “The man from unce” , aquí el agente de la Cipol,  o “More Mission” de “Mission imposible”). Desde canciones de discos aparentemente dedicados a la bossanova (“The wave” de “Insensatez” (Verve, 1968) y que terminan por adaptarla a su peculiar estilo a experimentos con la electrónica como “Secret code” de su sorprendente “There’s a whole Lalo Schifrin goin’ on” (Dot, 1968) , una manera de lleva a su terreno la obra de Jean Jacques Perrey o de Gershon Kingsley, un castillo de efectos moog arriba moog abajo de robótica elocuencia.  Tampoco he querido obviar sus extravagantes aproximaciones a la música sacra (“Agnus dei”) o la música de cámara en ese trip que es “The disection and recontruction of music from the past as performed by the inmates of Lalo Schifrin dementes ensemble as a tribute to the memory of the Marquis de Sade” (Verve, 1966) ni, mucho menos, olvidarme de sus estupendos discos en el el sello de Creed Taylor centrados en la música disco -por supuesto siempre a la manera Lalo Schifrin que son “Black Widow” (CTI, 1976) o “Towering toccata” (CTI, 1977). Dos discos, dicho sea de paso, que hay que escuchar para creer.

 Dejaremos par una hipotética segunda hora su material para las películas “The Fox”, “The Liquidator”, “Rollercoaster”, “Cool hand Luke”, “Dirty Harry”, “Murderer’s row”, “Mannix”  o colaboraciones -extravagantes o no- con Leonard Nimoy, Wes Montgomery, Candido, Dennis Coffey, Cannonball Adderley o Grant Green.

 Un segundo volumen merecerá ser listado en un futuro con sus músicas para las películas de Don Siegel (De Harry el sucio a Charley Varric pasando por Magnum Force o Telefon), St.Ives de J.Lee Thompson o experimento a la Morricone como el de Amytville Horror o la música -increíble- para una película de Jackie Chan (Big Brawl) , pero eso será otro capítulo.

No puedo resistirme en hacer hincapié en esta maravilla; Hubo un tiempo, bajo el reinado de Creed Taylor, que todo lo que aparecía bajo la etiqueta Verve parecía tocado por la mano de Dios. Criticado en la época por los puristas, esa mezcla de jazz, soul, soundtracks, blues y pop era ejecutada por -se notaba, se escuchaba- un grupo de amigos de buen rollo. Lejos de intenciones canónicas y, reconozcámoslo, generalmente con fines alimenticios, los discos producidos bajo su logo eran casi ejercicios de estilo, reuniones de tipos con talento que en absoluto pretendían trascender, sino más bien costearse un buen apartamento, bonitos trajes y unas divertidas vacaciones.

 

Lalo Schifrin , lo sabrán, era un joven y talentoso argentino deslumbrado por el viejo nuevo mundo. Precoz e inquieto, pronto aparcó su carrera clásica para zambullirse en esa Arcadia feliz, sólo en apariencia, que tan bien vemos reflejada en la soberbia Mad Men. Llamó a las puertas oportunas y arañado de su talento y la fortuna, consiguió introducirse en el Hollywood dorado, última época. “Once a thief” es un híbrido de su trabajo para dicha película (intento de introducir en Hollywood a Alain Delon, con Ann Margret, Jack Palance y Van Heflin), completado con otras composiciones suyas para, por ejemplo, la serie “The man from U.N.C.L.E.”, aquí llamada, y no me pregunten por qué, “El agente de la Cipol”.
El empaquetado impactante; diseño elegante y lineas concisas. El sonido musculoso que no ciclado. Lo mejor de cada casa en el estudio; Kenny Burrel, Freddy Hubbard, Phil Woods, Rudy Van Gelder a los controles y, controlándolo todo, Creed Taylor. ¿La música?, juzguen ustedes, yo diría que soberbia.

Hubo un tiempo, ya lejano, en que todo ésto era posible.



MORBO; Música compuesta y dirigida por Jacques Denjean. (Bocaccio / RCA, 1972)

 

 

” Morbo” fue una película dirigida por Gonzalo Suárez y escrita por éste y Juan Cueto en 1972. Protagonizada por, sí,  Ana Belén y Victor Manuel la trama gira en torno a una pareja de recién casados que decide pasar su luna de miel en una roulotte en medio de un bosque. Un bosque ominoso, casi un personaje más en la película, en el que se halla una casa en la que han ocurrido unos terribles sucesos. A partir de ahí todo comienza a mezclarse, aunando terror sicológico, conflictos de pareja, un erotismo soft, mórbido e insano, y un terrible secreto que se nos presenta en un principio de modo onírico, más tarde ya con toda su virulencia.

Gonzalo Suárez es un hombre renacentista; De formación francófila, director de cine, escritor, periodista deportivo (bajo el seudónimo de Martin Girard), conectó con al escuela de Barcelona e imagino que por ello su vínculo, aunque fuese indirectamente, con Oriol Regás, dueño del club Bocaccio y del sello musical del mismo nombre, poco menos que el monarca de la gauche divine catalana.

Esto nos lleva a lo que nos (me) interesa, la banda sonora. Una de las pocas bandas sonoras propiamente dichas escritas por el francés Jacques Denjean (otras serían “Traffic” de Jacques Tati o “Adieu Philippine” de Jacques Rozier). Era Denjean por entonces un tipo con una longeva y sólida trayectoria en la música desde finales de los años cincuenta. Primero con su orquesta haciendo twist, madison y coqueteando con un jazz amable, después como compositor practicamente para todo el establishment de la musica pop francesa (Hallyday, Christophe, Alain Bashung, Line Renaud, Henri Salvador, Sylvie Vartan, Reynaud, Nancy Holloway e innumerables más), músico en extravagantes proyectos musicales (su single “Nevrose / Psychomaniac”, que ya tuve el placerde presentarles, es una codiciada pieza de coleccionismo, con sitar, guitarras fuzz y distorsiones), arreglista, productor e incluso autor de discos de librería. Sería, por ejemplo, el productor del segundo y maravilloso disco de María del Mar Bonet, también en el sello Bocaccio, con la dirección musical de otro grande, Bernard Estardy. Un disco formidable. Un disco, permítanme la licencia, cima de la Chanson catalana.

Sigamos. “Morbo” (el disco) únicamente se publicaría en nuestro país, con distribución RCA. También existe un single, más sencillo de ver y una canción incluida en el Lp (“Juegos”) y que, no me pregunten por qué, en Francia sería la cara B de single de Arrabal “Ekkoleg”. La banda sonora de “Morbo” me parece espléndida; Sugerente, misteriosa, melódicamente inolvidable y profundamente evocadora. El proceso es el normal en estos casos; una melodía surca toda la partitura y el autor juega con ella de distintas formas; con arreglos de cuerdas, con piano, con una flauta delicada, con tratamiento vocal, meros coros, casi scat religioso… Junto a ella hay un par de movimientos de ruptura (las dos tomas de “Juegos”, las dos de “Gioconda”, las dos de “Morbo”) que sirven para centrar las imágenes pero que funcionan igualmente sin ellas.

Nada más que añadir, les enlazo la partitura íntegra en espera de que les atrape tanto como a mi lo hizo.

 

"THE ADVENTURERS" The Ray Brown Orchestra plays A.C. Jobim (Symbolic / Buddah USA, 1970)

 

Hay discos que uno compra por casualidad (por no llamarlo enfermedad), azuzado por una curiosidad malsana y a los que una escueta referencia, un texto incisivo o una portada sugerente sirven de ineludible anzuelo. Son discos que nos cuestan lo mínimo y que son como un café. En ocasiones, si está bien hecho (corto, con crema, tostado que no quemado), nos procuran un placer intensísimo y en otras (por estar aguado, desligado, de aroma escaso) son una profunda decepción.

   “Antonio Carlos Jobim / “If literature is the foundation of the arts, music must be its soul” / Una señorita a medio desvestir / Tres dólares” sería la secuencia correspondiente para este hallazgo en concreto. Música escrita por Antonio Carlos Jobim, interpretada por la Ray Brown Orchestra y arreglada por Quincy Jones. No está mal. Investigando un poco más uno llega a saber que existe una partitura del primero como banda sonora de la adaptación cinematográfica del best seller de Harold Robbins titulado “The Adventurers”. Es esta película y libro la enésima reformulación del mito Bondiano, carne de cañón para autocines y sesiones dobles sin tener ninguna de las virtudes que para estos casos se les presupone. La banda sonora, desgraciadamente, acompaña a las imágenes. Huyan de ella. 
 
 Sin embargo esta otra, su adaptación, es cosa sensacional. Al menos la mitad de ella; “Polo Pony”, “Go down dying”, Coming and going” y “Fat cat Strut”. Una mezcla perfecta que bastardea blaxploitation, funk, a los M.G.’s, scores para bandas sonoras, diversión para club de baile y percusiones  elegantemente descriptivas con algunas sorpresas; “Go down dying” fue sampleada por Bjork en su “Human behaviour”, probablemente lo mejor que uno le ha escuchado jamás y ahora entiendo el por qué.
 
 Editado por Symbolic y distribuido por Buddah en el año 1970 uno no sabe si sigue costando lo que un café o en el oscilante mercado de valores discográfico ha elevado su cotización. Lo que si sabe es que merece la pena localizar una copia, que es un tiro y que este pequeño mundo de los discos es inacabable.

 

"El Verano de la Muerte" (J.L. Merino, 1970)

 

 

Película que al parecer nadie ha visto y de la que, extrañísimamente, existe Lp español en el sello Vergara. No me pregunten el por qué del enésimo de los abracadabrantes milagros de las ediciones hispanas. En cualquier caso, un poco más abajo, la historia y vicisitudes contada por el famoso cronista e historiador del Giallo,  Guiseppe Antonio Bernaldini. A los conocedores no habrá que recordar sus historias publicadas en “Cimiteria” o sus colaboraciones en muchos de los guiones tardo sesenteros del giallo más terroríficamente romántico y evocador. Exacto, estoy hablando del Dottore Strani.

 

“…Hay una película que no he visto, pero de la que se habla (entre susurros) en los callejones oscuros y ominosos de la cinefagia más abyecta e innombrable intitulada Questo non é l’estate del amore (ma un’altro inverno della morte).

Una coproducción italo-germano-española de 1968 (estrenada al año siguiente) dirigida por Tinto Brass (antes de dejarse llevar por sus pulsiones eróticas; cuando era más pop) y en la que, según cuenta la leyenda, figuró como ayudante de dirección nuestro inefable José Luis Merino, estrenándose en esas lides.

Sigue la leyenda y cuenta que el Brass abandonó el proyecto por no sé qué problemas con los productores y porque recibió una propuesta para realizar una peli en Gran Bretaña que quedó en nada. Y el caso es que José Luis Merino se vio obligado a terminar la peli, aunque al final no la firmó con su nombre. Tampoco Tinto Brass, porque los productores optaron por poner un nombre anglosajón y totalmente irreal (ahora no recuerdo cuál… Timothy nosécuántos).

Los actores principales eran Klaus Kinski, Christiane Kruger, Patty Sheppard, Erna Schurer y Carlos Quiney. Entre los guionistas estaba Lucio Fulci, por cierto. Antes de dirigir su primera película (Una historia perversa, 1969)

El argumento (según he leído) iba de un noble austro-italiano (Kinski) que organiza happenings para jipis y yeyés en sus palazzi , en los que abunda el LSD y demás drogas psicodélicas. Y que, al mismo tiempo, tiene a su servicio una especie de banda de motoristas (unos Hell Angels alla italiana) más malos que la quina. El pérfido príncipe aprovecha sus fiestorros para abusar de mozas drogadas y, en algunos casos, someterlas a sevicias que llegan hasta el asesinato.

Lo realmente curioso es que tanto en la versión italiana como en la española (que se tituló “El Verano de la Muerte” -contradiciendo el título italiano con el mayor descaro del mundo-) la acción transcurría en Italia y había una escena en la que sonaba esa especie de freakbeat a lo sureuropeo que se llama Atto Di Forza n. 10 de I Ragazzi Dei Sole.
Pues bien… En la versión alemana la acción transcurría en España (aunque mantenían los apellidos y nombres italianos, quizás por desconocimiento y confusión). Y a lo que quería llegar yo… En la escena en la que sonaban los Ragazzi Dei Sole sonaba un grupo español haciendo la misma canción llamado Los Sirex…”

STELVIO CIPRIANI "Femina ridens" a.k.a. "The frightened woman" (CAM, 1969)

“Femina Ridens” (“The Frightened woman” en el mercado anglosajón) es una de las numerosas rara avis que brotaron como setas en la segunda mitad de los años sesenta dentro del negociado pop. Dirigida por el italiano Piero Schivazappa en 1969 es casi un tête-à-tête entre sus dos actores protagonistas -el francés Philippe Leroy, aquí una escultura cincelada por los clásicos, de una imagen homoerótica innegable y la sueca Dagmar Lassander, dulce y apocada en un principio, para posteriormente tornarse en mantis religiosa conforme avanza el metraje.

 
 Tal y como refleja la sinopsis asistimos “… A la última subyugación de una mujer en pos de servir los más retorcidos deseos de un hombre, donde los más sucios impulsos terminarán en un mortal desenlace.
 

 María se convierte en la muñeca sexual viviente del Doctor Sayer, cuyo máximo placer es el deleite que obtiene asesinando mujeres en el momento de llegar al orgasmo. La creciente campaña de degradación de Sayer empuja a María hacia la muerte, pero el hechizo con el que ésta, poco a poco, somete al Doctor conducirá la trama a un desenlace sorprendente… “

 

 
  Somos pues espectadores de una historia de dominación. Una dominación de ida y vuelta, en la que los personajes mutan hasta mostrar su condición verdadera. Lo malsano y lo turbio acaba por ir directamente relacionado con una cierta ingenuidad y la pulsión por la pureza estética. A su vez, todo ello viene revestido de un envoltorio casi futurista (las pinturas pop-art del matrimonio Jean Tinguely/Niki Saint Phalle, los diseños de Giuseppe Capogrossi, las esculturas de Pier Olor Ultvedt…), trufado de divertidos gadgets (el auto-lancha anfibio, el mobiliario de la guarida de Leroy, la cueva clitoridiana…) para terminar siendo nada más -y nada menos- que un hermoso y trágico cuento moral de moderna factura.
 
 Pero vayamos al asunto del hilo. La partitura musical del maestro Stelvio Cipriani. A partir de las habituales variaciones melódicas (en forma de Vals, de Fuga, de un Shake) Cipriani nos ofrece un tratado de polisémico significado. Posée, como los grandes, la notable cualidad consistente en ilustrar mediante música los distintos estados de los personajes y la trama, tanto la depravación y el deseo como la desvalimiento y la humillación. Incluso -y supongo que ésto, para los puristas de la música para películas será apuntado en el debe– llega a sublimarlos. Huelga decir lo que para uno supone.  
 
  Hasta en las concesiones -el inevitable tema central, un espléndido “Femina Ridens” cantado por Olympia– nos acomoda plácidamente para ese viaje que consiste en el tránsito cuasi narcótico de un estado a otro, mezclánádose a menudo estos hasta llegar a confundirnos. Siempre, ya se ha dicho, con una facilidad melódica inusual, con un fluido timing instrumental para conseguir, finalmente, hacernos olvidar las costuras de la trama. Aquello que una vez quizás fuese escandaloso y que el paso del tiempo ha terminado por convertir en algo tierno, casi anacrónico. También muy hermoso, que diantres.
 

P.d. Un millón de gracias a mi querido amigo J.A. por proveerme, con su infinita generosidad, de todos estos artefactos cinematográficos que tan féliz me hacen. Gracias Maese.

JERRY GOLDSMITH & FRIENDS. CINERAMA. Vol. 1

e7dcd-cinreama

Películas y música, que formidable combinación. Las aquí alojadas, habitualmente tenidas por menores, imperfectas, diletantes, han acabado con el tiempo por cobrar vida en uno de manera plácida, llegando a ser a veces hasta indispensables. Y, mea culpa, soy yo mismo el que a menudo así las ha calificado hasta acabar dándome cuenta, por enésima vez, de lo errado de mi juicio. Es cierto que muchas de estas alquimias ingeridas por separado pudiesen flaquear. Si soy sincero más las imágenes que las músicas. Quiero decir que donde una es imponente la otra llega a quebrarse y viceversa. Pero no lo es menos que algunas veces dan con la espléndida y perfecta simbiosis de imágenes y sonidos que terminan por producir el hechizo. Capítulos ambos que se complementan, se perfeccionan y llegan a trascender, no sólo conviertiéndose en una pequeña -y maravillosa- historia sino creando vínculos que, por mucho que nos empeñemos, quedarán adheridos a nosotros y nuestra pequeñez para siempre.

 

Sin la estética, ¿Qué nos queda?

 

Un single cada domingo (X)… GIULIANO SORGINI Let sleeping corpses lie

 “No profanar el sueño de los muertos” fue una película dirigida por Jorge Grau en 1974. Si no ando errado -asunto nada desdeñable en mi- fue una coproducción hispano italiana con un casting imposible, uno que mezclaba eficientes secundarios españoles e italianos con una pareja bonita (Ray Lovelock y Cristina Galbo). También conocida en el mercado anglosajón como “Living dead at the Manchester morgue”, fue con este titulo con el que saldría al mercado, en el sello Beat-Prima y distribución Fonit Cetra. Compuesta por Giulano Sorgini, (del que otro día convendría hablar sobre su carrera paralela firmada como Raskovich y de sus discos a medias con Braen, no otro que Alessandro Alessandroni), otro más de la panoplia soberbia de compositores italianos dedicados a la colona sonora, la banda sonora es música instrumental, con variaciones de la misma melodia, aplicado su tempo al de las imagenes. Música excepcionalmente rica, inquietante, cosida de breaks y abundante en efectos y soluciones imaginativas. Música que, partiendo de lo necesario, llega a adquirir tintes tan pertubadores, si no más, a los de las imágenes que ilustra.
 
 El argumento es prometedor: El gobierno británico está efectuando unos experimentos con ultrasonidos que pretenden dar con una solucion para erradicar las plagas de insectos que afectan las cosechas. En un principio comienzan a notar acontecimientos extraños. Los insectos se vuelven locos, se atacan y devoran unos a otros. La cosa va a mayores y acaba por afectar a los muertos que reposan en una morgue cercana, en Manchester, devolviéndolos a la no vida y provocando una invasión de zombies sedientos de sangre y muerte que provocaran un desacato de proporciones funestas.
 Protagonizada por el anglo-italiano Ray Lovelock (Nacido en Roma, de padre inglés y madre italiana, actor en Spaghetti westerns como “Django kills” y descubierto para el cine mientras actuaba en el Piper club de Roma con una banda que no llegaría a grabar), la española Cristina Galbó ( La Residencia, Cosa avete fatto a Solange…) y un decrépito y desencantado Arthur Kennedy, tan hierático y malcarado como de costumbre (aquí además de apariencia ajada e incomoda, como si le molestase tener que dejar el scotch para rodar) encarnando al inspector de policia. La película, que vi de crío en TVE -y no he vuelto a revisitar desde su pase en los años ochenta en el ciclo “Mis terrores favoritos”– la recuerdo muy digna, imaginativa e ingeniosa en alguna de sus partes, tanto como desasosegante y cochambrosa en otras . Con inquietudes ecológicas (Lovelock en el papel de un hippie deslenguado, preocupado por las consecuencias de los experimentos corporativos  y los desmanes de las grandes compañías, mientras consume gasolina a dolor en su motocicleta) en ocasiones nos remite al apocalíptico paisaje de Richard Fleischer en “Soylent green”. Creo recordar también que Jorge Grau -sigo hablando de memoria- colaboró en varias de las películas de Fleischer. En ésta , en “20.000 leguas de viaje submarino”… ¿o era Juan Piquer?… lo dicho, siempre suelo hacerme un lío.
 
 Cuenta también, como ya se dijo, con un catálogo de secundarios españoles, tan infravalorados como soberbios: Joaquín Hinojosa, Fernando Hilbeck (El noble moribundo de la soberbia “Los señores del acero” de Verhoeven),  José Ruiz Lifante… A este último, habitual secundario, no puedo evitar verlo, siempre en el filo de la navaja, siempre eficiente, tanto en su papel de zombi sediento como valet de chambre de Mary Santpere en “Patrimonio nacional” , tanto en “Las aventuras de Enrique y Ana” como en el sargento de “Pánico”.
 Por último comentar que hace unos años conseguí por azar una copia del single en edición ¡Japonesa! del tema central de la película. La paciencia suele ser buena consejera, aunque -y yo el primero- la hagamos de menos muchas veces.
 

 

ASTRUD GILBERTO. "Acercándome a ti" (CTI/Acción, 1972)

 
 
Tu mirada, el estilo de tu figura, el encanto de tu soltura, 
acercándome a ti.
Tus caricias entre miles de sensaciones que producen tus emociones, 
acercándome a ti.
Tus palabras y las voces de tu sonido se apoderan de mis sentidos, 
acercándome a ti.
Hacia ti, junto a ti, para ti.
 
Y tu risa, la impaciencia que hay en tu risa, argumento de tu sonrisa, 
acercándome a ti.
Hacia ti, junto a ti, para ti.
 
Cuando estoy contigo ya no sé decir no.
 
Tus secretos,  las ideas que hay en tu mente, y tus labios bebiendo fuentes.
Acercándome a ti.
Hacia ti, junto a ti, para ti.
 
Tu cariño atraído por mi inocencia debilita mi resistencia.
Acercándome a ti.
Hacia ti, junto a ti, para ti
 
Yo ya no sé, ya no sé decir no.
 
   
 
 
  Una de mis canciones ancla, una de esas que no se agotan jamás. Y en sus dos versiones por su intérprete original, Astrud Gilberto. Aunque ambas versiones soberbias, de enorme pulsión romántica, para mi discutible gusto es más elegantemente tétrica, más inquietante y evocadora -más redonda en una palabra- la producción de “Acercándome a ti” que la de “Argomenti”. Su fuzz soterrado, apenas dibujado. Los elegantes y tenues arreglos de cuerda y su clavecín proto gótico que la envuelven me parecen detalles idóneos para la extraña, apenas imaginada historia -mitad amour fou, mitad cuento de pigmalion- que se nos narra; Una breve e irremisible fábula sobre la seducción de perturbador final  en medio de un polar de serie B.
 
 La versión en italiano, la citada “Argomenti” se me antoja más ligera, un pelín menos oscura. El citado fuzz tan solo aparece al principio, desdibujándose el crescendo final que si existe en la versión española. También la voz me suena un poco más nasal y afectada, menos sinuosa. En cualquier caso pecata minuta, ambas son espléndidas.
 
 “En tu piel / Una dona che te ama”, las respectivas caras B, también son la misma canción, con distinto título, cada uno en su idioma. Y sigue ganando, en mi opinión, la versión en castellano. Solamente por la frase inicial –“Tú no sabes dónde estoy, si soy feliz, si me olvidé. Yo me guardo para tí, no me entregué, no me vendí”– ya merece que quede para siempre en nuestra memoria como síntesis fidedigna de una historia que nos atrapa. 
 
 La música, casi nada, de Ennio Morricone. Letra en italiano de Franco Evangelisti. De Don Manuel Diaz en castellano. Sitas ambas en la película “La Casse” (Henri Verneuil, 1971), justo después de rodar “El clan de los sicilianos”. Con Omar Shariff, Jean Paul Belmondo, Robert Hossein, Dyan Cannon y Nicole Calfan. ¿Algunos de sus títulos?; “El Furor de la codicia” aquí en España, “Gli scassinatori” en Italia, “The Burglars” en tierra infiel.
 
 Originalmente publicada en nuestro país solo en single, seríá incluida como añadido a la reedición hecha por Wah Wah, a finales del siglo pasado, del delicioso Lp de Astrud Gilberto titulado “Astrud Gilberto con Turrentine”.
 
 Y sí, es cierto, no me la puedo quitar de la cabeza desde la primera vez que la escuché.

 

 
 

SOUNDTRACKS a 45 rpm



Soundtracks a 45 revoluciones por minuto. Sin mucho orden ni concierto, como acostumbro. Rodajas de vinilo de siete pulgadas con canciones que me gustan mucho o muchísimo. Muchas de ellas son italianas, donde esta dicotomía se daba en generosa abundancia. También las hay francesas, lugar propenso para cualquier extravagancia y además vestirla con elegancia; Polar, Soft porno, Giallo, Ciencia ficción, Policiaco, Nouvelle Vague, Comedía, Terror…  cualquier género era propicio. Lo que les viniese en gana. Eran, generalmente, coproducciones de tentetieso, -algunas, es cierto, más aseadas- y sin ningún tipo de prejuicio. Todo lo libre que el error puede llegar a ser. Y hay de señalar, siendo justos, que eso es ser muy pero que muy libre.

Todas forman parte de la banda sonora de diversas películas, a menudo y con razón poco consideradas cinematográficamente, cuya grandeza estribaba sobre todo en su música. Música elaborada por titanes cuya imaginación llegaba a ser desbordante: Titanes como Ennio Morricone, Piero Umiliani, Martial Solal, Francois de Roubaix, Vladimir Cosma, Armado Trovajoli, Karl Heinz Schaeffer, Michel Legrand, Alessandro Alessandroni, Bruno Nicolai, Stelvio Cipriani y muchísimos más. Los estudios a su entera disposición, rodeados de anónimos y formidables instrumentistas y una paleta rica y curiosa, en busca de la alquimia del instante sin saber que a veces rozaban la eternidad. 

También, esporádicamente (o quizás no tanto) acontecían colaboraciones cuando menos curiosas; Los Zombies con Otto Preminger, Doris Troy con Berto Pisano, Goblin con Dario Argento… 

En esas – y en algunas y contadas otras ocasiones- se daba también una sorprendente conjunción astral. Una mágica coincidencia en la que ambas artes podían ser de primera magnitud. Aunque fuese las menos de las veces, para que mentirles. Pero eso casi que da igual, se puede perdonar sin ningún problema. ¡Con tamañas canciones!. Escuchen, si tienen a bien…