THE NEON PHILHARMONIC Tauper Saussy featuring Don Gant

The Neon

Le gustaría a uno tener la facilidad de palabra necesaria para poder contar,  apropiadamente y en unos pocos párrafos, la novelesca y azarosa vida de Tauper Saussy. Como estoy seguro de no contar con ese don, intentaré resumirlo sucintamente para ponerles en situación y pasar, posteriormente, a hablarles de los dos -marcianos, adictivos, decadentes, fallidos, formidables- discos de The Neon Philharmonic.

 Fue nuestro hombre una especie de caballero sureño, dandy elegante, demente y lúcido a la vez, descendiente de una familia de franceses hugonotes afincados en Savannah. Devorador compulsivo de cualquier manifestación artística con la que se topase, fue también compositor, músico, pintor y escritor entre otras muchas cosas. Ácrata genético, apologista de diversas teorías conspirativas, mosca cojonera sin parangón, cristiano de la vieja escuela (más como asunto enraizado en la tradición que en la militancia, para entendernos), prófugo de la justicia por su oposición a las leyes de impuestos federales y la política económica del gobierno y profundo defensor de la libertad a la manera americana (esa que prima al individuo por encima de todas las cosas y que casi desprecia al colectivo cuando colisiona con cualquier hipotético derecho individual) Tauper Saussy, con ese estupendo nombre propio del villano de la película, no podía ser nada menos.

 Aparte de estas lineas maestras, grosso modo referidas, fue también músico de jazz en su juventud, fundador y dueño de la agencia de publicidad McDonald & Saussy, propietario de restaurantes, enamorado de la literatura, teólogo sui generis, pintor con obra dentro de la colección permanente del Museo de Tennessee y biógrafo de James Earl Ray, asesino confeso de Martin Luther King, con quién trabaría amistad tras su estancia en la prisión de Atlanta.

  Podría seguir pero tampoco quisiera aburrirles, imagino que ya se hacen una idea del tamaño del personaje. Con todos estos mimbres en la mochila, en 1969 nuestro hombre grabaría para la Warner, junto con Don Gant, dos discos formidables bajo el nombre de The Neon Philharmonic, “The Moth confesses: A phonograoh Opera” y “The Neon Philharmonic; Dedicated to the Baroness d’A”. Supongo que lo que voy a decir no significa nada (sobre todo en una época en la que se tiende a exagerar el pasado y mitificar la nostalgia como método de autodefensa ante la apología del instante y la liturgia de lo moderno), pero son dos de los discos más extraños que he escuchado jamás. Por supuesto que ese bizarrismo, por sí solo, tiene escaso valor más allá de mi fijación por lo atónito y el deleite en lo extravagante. Así que no me estoy refiriendo tanto a lo formal, no, ni a su a priori atractivo envoltorio bajo el manto de un pop orquestal teóricamente tradicional, un marco que desprende un no sé qué malsano, melancólico y a menudo indescifrable, sino sobre todo y principalmente al fondo. Una espina dorsal atiborrada de referencias en principio inconexas y que provocan, por este orden, sorpresa, molestia y finalmente placer. Borges, Francis Scott Fitzgerald, Mary Shelley o Tolkien, distopías naïves a tutiplén, la obsesión por la música sinfónica y los musicales clásicos, la infancia como reducto idealizado -y también turbio- de la memoria, la Europa de entre guerras como panacea de la fantasía, decadente hasta decir basta, pese a ser descrita como poco menos que una arcadia feliz… Una mezcolanza indescriptible que cuenta, en teoría, con todos los números para ser algo de lo que huir pies en polvorosa y que, sin embargo, logra convertirse en una especie de sueño psicodélico Carrolliano antes que en la pesadilla que podríamos presuponer.

El primero de ellos, “The Moth Confesses (A Phonograph Opera)” quizás sea el más -relativamente- popular, pues incluye la hermosa “Morning girl”, la cual lograría entrar en el Top 40 americano. De apariencia accesible, comienza con un moog semejante a un pellizco para dar paso a la cálida voz de Don Gant y, a continuación, irrumpir una montaña rusa de cuerdas, primero ténues, más tarde robustas, ayudadas por los vientos que acarician. Todo en él es melancolía, tan delicada como potente. No tanto nostalgia, vista esta como el dolor de una vieja herida, sino, sobre todo, una especie de punzada en lo más profundo del corazón, más poderosa -y perdurable- que la memoria. Como leí no recuerdo ahora donde No es una nave espacial, es una máquina del tiempo.

Creado a partir de la aspiración de Saussy de escribir una ópera, el hombre, como con casi todo lo que hace, se sumerge en su elaboración a tumba abierta. Viaja a Nueva York con el único propósito de asistir a la representación de “Marco Antonio y Cleopatra” de Samuel Barber ya qué, atención, ha leído que es espantosa y quiere comprobar de primera mano cuan espantosa es. Ese es el tenor del personaje. Queda, en cualquier caso, encantado con algunas de la Arias y atrapado por la grandilocuente orquestación en general. Nada le parece suficiente ni tampoco nada le deja frio. Aprende que la ópera necesita de complejidad y una cierta morosidad y que sin embargo la audiencia –y los tiempos- ha construido la comunicación sustentada entre la simplicidad y la inmediatez. Tendrá pues que buscar la alquimia exacta. Escribe; “Una acertada visión de la opera viene de la afirmación de McLuhan acerca de que el canto es el habla ralentizada y la música el habla acelerada. Para mi la representación operística es una manera superior de comunicación al drama clásico, pues se comunica a partir de una infinidad de contextos”.

“The Moth confess”, una ópera pues, aunque condensada, tiene un tema central; la desesperación. “Hay mucha tensión y movimiento en la desesperación. El estar desesperado implica una elección entre varias alternativas, y mientras vemos al protagonista debatirse entre esas varias elecciones, el suspense se mantiene”. El protagonista de la opera es una especie de trasunto de una polilla, siempre tras la búsqueda de la luz. Emerge de su capullo en “Brilliant colors”, la canción que abre el disco y anda fascinado ante el mundo nuevo que se abre ante sus ojos, deseando aparearse y hacer el amor como modo de relacionarse. El resto de las canciones casi podría decirse que tienen que ver con el recuerdo y la recreación de ese deseo primario.

El segundo “The Neon Philharmonic: Dedicated to the baroness d’A”, es más de lo mismo, aunque con más graduación tanto en lo bizarro como en su demente libertad. Como en el primero, con él a cargo de cualquier cosa que tenga teclado, le acompaña la Sinfónica de Nashville junto al mismo elenco de músicos ; el bajo de Norbert Puttnam, Chip Young a la guitarra, Kenny Butrey y Jerry Carrigan a la batería, Dennis Good y Don Sheffield con trompeta, trombón y saxofón…

 En ambos discos acompañado por Don Gant (escritor, productor, descubridor de cantantes)  tiene éste una voz no destacable técnicamente pero cercana, carnal y con un punto de desesperación muy adecuado para la representación, convincente en el trayecto que le lleva a la asunción de su dolorosa y finita autoconsciencia. Ambos discos tienen mucho que ver, a mis ojos –y sobre todo a mis atascados oídos- con una época ya pretérita, un tiempo que ya pasó; Con el Richard Harris que tan bien representó los miedos y el júbilo de Jimmy Webb, con la chanson francesa asimilada desde la distancia y por tanto otra, no necesariamente peor (un poco a la manera de Rod McKuen), con el diletantismo tarambana y sin embargo en ocasiones hondo de Noel Harrison, con el Scott Walker que pudo haber sido y no quiso, con el  Micky Newbury de “Harlequin memories”… y también se intuye ciertas cosas que están por venir; “The Phantom of the Opera”, los primeros Queen … un milagro, en definitiva.

Un milagro, además, hecho desde el mainstream, en una época en la que casi cualquier experimento podría darse desde la industria, todavía falta ésta del virtuosismo y la pericia necesaria en el manejo de lo artero, del cálculo y la castración artística. También una época en la qué -por parte de los artistas y de la audiencia- la ingenuidad, la falta de miedo al ridículo y el afán por experimentar sumaba más que restaba. Una aproximación que jugaba con los textos y la música de una manera similar a como Welles definía su relación con la cámara y el micrófono, el uno pensamiento y el otro emoción.