CINERAMA. Hollywood gets the micro. (Parte 1ª)

 

“…From far beyond the galaxies i’ve journey to this place to study the behavoiur patterns of the human race… and i find them highly illogical …”
¿No les ha ocurrido nunca que al leer o escuchar algo con lo que deberían estar bastante de acuerdo han terminado por sorprenderse a sí mismos  diciéndose … Sí, pero no así … ?  O que ideas, opiniones, maneras de conducirse en la vida que en principio deberían producirles cierto rechazo, al ser de cierto modo desarrolladas o expresadas, les haya hecho plantearse un … No, pero…”
Pues algo similar, aunque a la inversa, me ocurre a mi con los actores cantantes. Admitiré de entrada que son una más de mis -variadas- parafilias musicales. Y aunque hoy un tanto dejada de lado, una de las que ejercí con delectación y esmero. Por lo tanto, si quiero ser consecuente, tendré que reconocer en esta ocasión aquello de … No, pero así ...
Hay algo en estos destartalados y desoladores ejercicios que me llevan irremisiblemente hacia ellos. Un poco a la manera de Ulises y su tripulación con las sirenas mitológicas. Y como no es asunto de taponar sus oídos con cera, ni tampoco me apetece ser amarrado a un mástil, permítanme, tras la profiláctica advertencia, que les presente unos cuanto ejemplos. Cantos tal vez no dotados de la melodía excelsa o la entonación certera, ni tampoco caracterizados por la seducción sino más bien por lo desgarrador (por el dolor digo) colmados tanto de bellas promesas y buenas intenciones como rebosantes de la condición de lo absurdamente delicioso. Algo en definitiva irreal, fuera cualquier de tiempo y lugar.

  Es este un mundo al que se accede voluntario o no vale siquiera la pena husmear en él. Es muy probable que una vez dentro, los valientes que se hayan atrevido sentirán unas ligeras arcadas. También nauseas y mareos. Probablemente un malestar general. Estamos hablando, claro, de los más timoratos y aprensivos. Como a los que suelen tener el detalle de leerme aquí en mi bitácora ya les supongo familiarizados con mis taras y les tengo por seres de estomago fuerte, además de curiosos impenitentes, no creo que puedan resistirse a la sensación vertiginosa -por el miedo y su atracción irremediable- producida. Supongo que ya sabrán aquello de que  las flores más bellas brotan del estiércol, si consiguen adaptarse a éste y sobrevivir a las inclemencias del tiempo.

 Porque de eso se trata en definitiva; Estrellas, estrellitas y estrellones que, aparte de tener la categoría de astros (o la aspiración de serlo) también concitan (casi) todo lo necesario para haberse estrellado en algún momento de su disoluta vida. Afortunados que, vayan ustedes a saber por qué, se afanan en destruir su buen nombre -en caso de tenerlo- o en evitar su inexorable decrepitud. Personajes que suelen provocar ternura porque en la inmensa mayoría de los casos no solo es que sean ajenos al ridículo que producen sino que se diría que creen estar dejando algo para la posteridad. Y aunque así lo hagan, no me parece eso algo precisamente de lo que sentirse orgulloso. Ejercicios de desvergüenza desmedida en el más cínico de los casos o de falta de ella en aquellos donde campa la ingenuidad. En otros y contados casos mera diversión y afán de trascendencia en un arte que entonces se tenía – y tenían- por mayor.
Villanos románticos (el Raza de Los profesionales, un Jack Palance cualquiera) practicando musculosos episodios de Swamp rock a-la Tony Joe White en un disco por lo general plagado de Country semi afónico. Galanes en el armario, un tanto ya de capa caída (el Rock Hudson más ajado, el de Los casos de Rockford) intentando destrozar- y con bastante acierto- el cancionero de Rod McKuen y el inmenso A man alone de Sinatra, todo en el mismo intento, o de presentarnos, con cuarenta años de adelanto, el tema central de Brokeback mountain. Uno de los emblemas de la rotundidad y la presencia física en el cine clásico (Un salvaje Robert Mitchum en plena fase marijuana) destrozando el recién descubierto Calypso sin ningún tipo de pudor o decoro, poseído por sus adicciones y seducido por sus querencias.
Impostores de Sunset Boulevard engullidos por la rueda del Star System. Extranjeros en el país de los extraños ansiosos de formar parte de los nuevos tiempos. Diletantes capaces de olisquear que algo se estaba fraguando -aunque sin saber exactamente qué- ardiendo en deseos de formar parte del nuevo mundo, de dejar su fútil impronta, al advertir, en un extraño momento de lucidez, que estaban siendo arrumbados por la nueva era.
 En sus filas cabía cualquiera. Tipos hechizados por el influjo de la liturgia hippie (Richard Harris) practicando una mezcla aparentemente imposible y que sin embargo funcionaba como un reloj: El escenario del American Gothic sureño relatado a partir del cancionero de Jimmy Webb. OAdonis deslumbrados por Blow-up (David Hemmings) imbuidos del espíritu Dylan, haciéndose acompañar por The Byrds, justo antes de su aventura italiana con Dario Argento. También veteranos ya de vuelta como Rex Harrison acomodando su dipsomania de Sir y su dicción impecablemente british al libreto y cancionero de Bacharach/David

 

 Abundaban tanto las estrellas emergentes, todavía bajo los efectos del tripKubricky del terror gótico de Preminger y Bunny Lake (un Keir Dullea Walkeriano tan mal resuelto como lo suele ser la obra de Nicolas Cueva) como los niños prodigio convertidos, como era habitual en el paraje artístico, antes de tiempo en adultos (Goldie Hawn o Kurt Russell). Otros, melifluos wannabees semiadolescentes (Michael York con el exotismo hindú de Ustad Vilayat Khan) ebrios de aroma a incienso y olor a pachouli, divagaban mecidos por las ragas de tabla y sitar, banda sonora de la nueva mística imperante. Del mismo modo, pseudo lolitas francesas iniciando su hermosísima decrepitud se dedicaban al proselitismo de Baudelaire acompañadas del pertinente instrumento a-la-page (Yvette Mimieux y Ali Akbar Khan en “The flowers of evil”).

Como verán, todo de lo más normal.
Algunos capítulos intermitentes del mejor cine dejaban espacio a diversos experimentos, algunos de ellos en verdad intrigantes; Mia Farrow en Rosemary’s Baby acunando con una nana compuesta por el polaco Kristozf Komeda a la bestia salida de su vientre tras fructificar el satánico pacto. Una preadolescente Mary Badham (para siempre la hija de Atticus Finch) y su Wish me a rainbow en This property is condemned. Otros, extravagantes o aberrantes, a menudo ambas cosas a la vez, se exhibían sin reparo ni recato:Cybil Shepherd -cuando su liason con Peter Bogdanovich– dedicando un Lp entero al cancionero de Cole Porter con desiguales resultados; Unas veces malos y otras aún peores.

 

 

Y entre tanto sujeto demenciado ¿Quedaba alguno capaz de sujetarse?. Pues pocos, la verdad. Y me temo que el que así actuaba era casi más por falta de arrestos u oportunidad que por dominar la impostura o saber embridar el ridículo. ¿Qué tipo de dieta llevarían aquellas gentes? Telly Savalas (debilidad personal, un puñado de discos indefendibles que sin embargo escucho a menudo),  Sofia Loren (en solitario, publicitando Roma en un disco de John Barry recién abandonado por la Birkin) o en compañía de Peter Sellers. Este mismo con The Hollies, Sean Connery recitando a los Beatles… O Sal Mineo (antes de encontrarse con una navaja en el pecho en medio de un callejón / Cuarto oscuro), Jack Lemmon, Yul Brynner, Anthony Quinn, Anthony Perkins, Clint Eastwood, Lorne Greene y un larguísimo etcétera, empeñados en edificar el planeta Mundo atónito, sin importarles, ni pararse a considerar siquiera, el tamaño de su desfachatez. Convencidos como estaban de vivir en un época donde la impostura todavía se contemplaba como ejemplo de libertad, con un afán, de tan impúdico y temerario, generador de ternura.

 Fue este un acontecimiento mundial; USA, UK, Francia, Italia, Alemania … e incluso aquí. Otra historia, tal vez menos lustrosa pero en absoluto menos abracadabranteFernando Fernán Gómez, Manuel Galiana, Andres Pajares, Sancho Gracia, Paco Rabal, Tony Leblanc, Silvia Tortosa, Laurita Valenzuela, Soledad Miranda, Amparo Soler Leal, Los Hippyloyas (Manolo Gómez Bur / Tony Leblanc / Alfredo Landa / Conchita Velasco) y otros que tal vez merezcan una entrada propia. En cualquier caso para más adelante. Para cuando ya no pueda dominar la furia. 

This is TELLY SAVALAS. (DJM Records, 1972)


    
Una de confesiones. Otra más. Lo voy a reconocer de salida y así nos ahorraremos malentendidos. Los discos de actores cantantes es uno de mis placeres culpables. Un lugar para solaz de pocos, abrupto y escarpado, pero fascinante cuando se corona la cima y se acceden a sus secretos. Vaaale, de acuerdo. Admitiré que alguien considere a esos especímenes como presuntos actores que intentan cantar. Asentiré igualmente ante comentarios más malévolos si cabe; Los pobres creen, están convencidos de haberlo conseguido. Cegados por el éxito, incapaces de controlar sus pasos y generalmente superados por los focos de las desmedidas alabanzas, es ese un territorio de egotrips inmensurables, increíblemente fértil en aventuras para muchos hilarantes y para unos pocos apasionantes. El mundo -el micrófono más bien- en sus manos. Peligro y placer.

  Si no han huido todavía entiendo que están por la labor. Que son uno de los perturbados miembros de esta secta. Mejor, de esto solo debe hablarse en la intimidad. Entre los cientos de ejemplos que existen (y algunos -lo siento- van ineludiblemente a pasar por aquí) es la carrera de Telly Savalas acaso una de las más extravagantes. Y hay unas cuantas, se lo prometo. No me refiero -que también- a episodios como el que me dispongo a compartir, sino de otros perpetrados por nuestro hombre con tan voluntarioso entusiasmo como certero desatino.

  Aristóteles Savalas, neoyorkino de padres griegos, comenzó en la radio, intentando meter cabeza en un mundo que le fascinaba pero que también se le mostraba esquivo. Su carrera derivó a la televisión con pequeños papeles, generalmente de villano, en series de éxito como El Virginiano, The man from Uncle, Bonanza, El Fugitivo, etc.

  Tras estas aventuras traba amistad con el gran Burt Lancaster y con aquello que se vino en llamar la generación de la televisión en los USA de los primeros sesenta; Don Siegel, Robert Mulligan, John Frankenheimmer, Sidney Lumet, Robert Aldrich, etcétera. Un pequeño papelito en “Alcatraz” en el rol de Gómez es el pistoletazo de salida hasta que el papel del psicópata Archer Maggott en esa maravilla que es “Doce del patíbulo” le convierte en famoso. Encasillado para siempre -y al parecer tan feliz, “denme dólares que yo los gastaré”– su filmografía oscila entre protagonistas en atractivas co-producciones cochambrosas (“Sol Madrid”, “Horror express”,”Citta violenta”) y papeles de villano como en  “El oro de Mckenna” o “Al servicio secreto de su majestad”, la única película de la serie Bond con George Lazenby encarnando a 007. De su resurrección televisiva a mitad de los 70 y de los chupa-chups no creo necesaria mención.


Es este “This is Telly Savalas” uno de los más desvergonzados ejercicios musicales que ahora mismo pueda recordar. Producido por su colega de farra, el escocés John Cacavas (autor de la partitura para la serie televisiva Kojak) y grabado, entre rodaje y rodaje, a caballo de Roma, Londres, Nueva York y Madrid, en el infrasello de series baratas DJM (hogar de otro extravagante y recomendable Lp de una star, el gran Rex Harrison), el disco, más allá de su vertiente weird and strange, en un auténtico divertimento. El hombre cnata aceptablemente y tiene gusto a la hora de elegir el repertorio. Ya desde la portada -un fotograma de la mentada “Pánico en el Transiberiano/Horror express” (Eugenio Martin, 1972), con su rostro en perpetua gestualidad demente, ligeramente colocado – todo nos transporta a un gozoso descontrol necesitado de complicidad. Susceptible de rechazos pero también increíblemente seductor, o se le ama o se le detesta. No escruta, descuartiza clásicos en “I walk the line”, deconstruye sin recato ni complejos standards como “Sunday morning coming down” de Kristofferson . Es capaz, sí, de convertirse en el Scott Walker que uno más disfruta en “Last time i ever saw her face” o de recrear al estilo canalla el “Eve of destruction” de P.F.Sloan/McGuire en “Promises to keep” sin pudor ni vergüenza alguna. Recrea falsa sensualidad, de esa con sabor a nicotina agria y sudor perfumado en “Try to remember” y acaba emulando a un Dean Martin -con menos alcohol y más narcóticos- en “We all end up the same”
 Porque de acuerdo, todos acabamos igual. En el mismo lugar. Solo que unos gastan su vida de manera diferente. Díganselo a él.