The Go Between’s – Apology accepted



 

Le gustaría a uno ser capaz de poder hablar de las cosas que están por llegar. De cómo van a ser. De como espera que sean. Sin la molesta ansiedad ni la enfermiza preocupación. Verdaderamente me gustaría poder tener la capacidad, sino de vislumbrar, si al menos de mantener aunque sólo sea la esperanza. A uno, si quiere ser sincero, le gustaría simplemente tener el talento de poder hablar. Me refiero, claro está, de hablar bien. Lo que se dice tener una voz. Con propiedad, con ingenio, con agudeza. Ya puestos a pedir, de ser también razonablemente entretenido. De poder evitar, en lo posible, aquellos pensamientos de soslayo que me entristecen y me derrotan, los arranques iracundos que a nada conducen, tan solo a lamentarlos y lamentarme durante un par de días. Quisiera en esos momentos de zozobra no ser presa del bloqueo y el enojo que a nada conducen. Poder tener la calma necesaria y las palabras precisas para rebatir lo que pienso no se sostiene, intentando en lo posible no zaherir y también dejar claro aquello que pienso es. En cambio acostumbro a paralizarme o a irritarme, o ambas cosas a la vez, cuando eso sucede. Cuando soy -o me siento, desgraciadamente con eso basta- corneado traicioneramente, sin educación ni posibilidad de escape, apelando a un nocivo victimismo del que sería mejor huir. A medio camino de la incredulidad y de la tristeza.

 
Acostumbro a decir tonterias, soy consciente. De hecho sigo haciéndolo, no hay que ir muy lejos. Pero entonces tomo papel y lápiz e intento ordenar lo que siento en la medida de mis posibilidades. De forma endeble y limitada, cierto, pero al menos intentando ver las cosas como creo que lo hace el otro. Aceptando las disculpas pero, sobre todo, atreviéndome a pedirlas.
 

 

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Divagaciones; Dilemas de un acumulador de discos.

 

 
 Tendemos -tiendo, al menos yo- a idealizar cierto pasado, del mismo modo que acostumbramos (acostumbro, perdón) a estigmatizar otro. Hay ocasiones en las que me sorprendo defendiendo de una manera inusitadamente vehemente aquello que en principio no pensaba que me iba a contar entre sus valedores, muy probablemente por ser habitual objeto de excesiva crítica y vituperios, cuando no de mofa y escarnio. En cambio, en otras, me descubro relativizando ciertos podiums consensuados por el sentir general y que, probablemente por mis carencias y defectos, no logran decirme absolutamente nada. Es cierto que es esta una merma que me hace incurrir muchas veces en aquello que detesto y me prometo muy a menudo intentar ponerle coto. No hay manera. En mi escasa defensa, si acaso valiese, diré que no acostumbro a hacer panegíricos públicos de ello, más allá de comentarios cómplices y malévolos con amigos, entre risas y copas (y no necesariamente en este orden), ya que no es mi intención -ni creo tampoco sea mi estilo- perder un segundo en aquello que nada me interesa más allá del -chispeante o no, depende del ingenio- empleo del chascarrillo camarada. Ya saben, uno intenta seguir el precepto que dice que las miserias de uno es mejor tenerlas escondidas antes que mostrarlas públicamente para que sirvan de munición al enemigo. Dicho lo cual -y visto lo que viene a continuación- imagino que ya habrán advertido -lo advertirán, seguro- que soy una contradicción con patas. Que la coherencia es otra de las muchísimas virtudes que tampoco atesoro.
 
 Quiero también hacer hincapié en que mantengo la opinión que de nada sirve denostar algo para alabar otra cosa. Acostumbra esa actitud, por lo que sé, a ser vivero de razonamientos endebles, meros ajustes de cuentas sin demasiado sentido. Ojo, no digo que en ocasiones no incurra yo en ello. Pero es que además suele desmontarse tal andamiaje por donde uno menos se lo espera. Siempre he pretendido compartir, abrir campo en mi modesta medida, antes que sembrarlo de minas y acotarlo. Otra cosa muy distinta, claro, es que quién ésto suscribe consiga tal propósito.
 
  Viene esta perorata motivada porque el domingo me pasé toda la mañana intentando aligerar las estanterias del Estudiodelsonidoesnob. Tanto las de Lps como los cajones de singles y Eps. Llevo un tiempo ya rumiando acerca del exceso de equipaje que habita en sus estantes y cajones, de cuantas cosas que no escucho desde no sé cuando descansan allí. Que acaso sería mejor y más interesante hacerles sitio a otras que están por llegar. 
 
 Así que miré de reojo los cajones de soul, tanto el clásico como el northern, el más pop. No llegué a abrirlos siquiera; Ni pensarlo, me dije, ¿Estás idiota?. Algo similar me sucedió con los (demasiados) cajones de español, los tres de francés (una querencia confesa), otros tantos de Italiano y el de bandas sonoras y música cinematográfica (otra más). Siguiendo hacía mi derecha, dirigí la vista de soslayo a los dedicados al Rock and roll de los cincuenta y sesenta, los de girl groups y los de early soul. Igualmente hice con el de Brasil y el de Argentina -Sudamérica llamo a veces a este último, por haber también un puñado singles de México, Colombia y el Perú, rescoldos de un pasado de ancestros conquistadores dirán algunos, un filón en cambio, en mi modesta opinión- sin saber por donde meterles mano. Me dolía con sólo pensarlo. Por supuesto que ni osé acercarme a los de Rumba y Flamenco, no fuese cosa que saltase de entre ellos Toni con alguno de sus rumberos o un par de los Gachós y me diesen una somanta de merecidas guantás por tan sólo contemplar la posibilidad.
 
 A continuación, cada vez más timorato, pasé a los cajones de enfrente. Intentando abrir el primero de la columna dedicada a USA (negociado sesenta y setentas) me pillé un dedo. Como corrían los jodidos. Es una señal, sin duda alguna, me dije, mientras me chupaba (literalmente) el índice de la mano derecha. Allí quedaron, todos juntitos, a sus cosas. Dejé  también a su aire a la segunda y tercera columna: los británicos suelen ser muy suyos. Tambien los dos de la Europa luterana y más rigorista (Holanda, Bélgica y Alemania) no está la cosa para gastarles bromas, musité para mis adentros. Ya saben, el famoso rescate, los hombres de negro y todas esas zarandajas hoy tan en boga.
 
 El terreno iba acortándose cada vez más. Cuando abrí la columna con los cajones de nueva ola, new wave y pub rock casi se me saltán las lágrimas. Fue una sensación similar a la de volver a estar, demasiados años después, frente al primer amor, ese que una vez congregó al inicial deslumbramiento y las posteriores -e inevitables- decepciones. Aquel que sabes nunca volverás a experimentar ni disfrutar (y casi mejor así) pero al que negarlo implicaría, según mis ortopédicos e indigentes razonamientos, negarme también un poco a mi mismo. Crecí con eso, entiéndanme ustedes.
 
 Así que no quedaba otra. Me tiré -una vez más- a lo fácil; La columna ochenta/noventas anglosajona, USA y UK principalmente. Indefensa, con escaso crédito y propensa a las bajas. Aparentemente la chusma de mi famélico ejército. Comencé a pasar. Sí, claro que había morralla, siempre la hay. Y aquellas malditas producciones, diablos, ¿Dónde está el tribunal internacional de La Haya cuando más se le necesita?, ¡Malditos burócratas!. Pero uno, que es como es, débil y propenso a la emoción, un sentimental, vaya, comenzó a redescubrir alguna que otra joya. Y ustedes se dirán ¿Este imbécil, otra vez descubriendo la pólvora?. Sí. A lo de imbécil me refiero. Lo otro ya sé que no.
 
  Cuando terminé, aligerada la carga en un par de cajas, me sentí como cuando (muy de tarde en tarde, afortunadamente) coincido con los amigos de juventud. Me refiero a aquellos cuyo camino se fue alejando del nuestro conforme el tiempo pasó, pero que, mal que nos pese, siguen ostentando ese título, pretérito y sin uso; Si se les ve poco, cada x años y no se les hace demasiado caso, más allá de la cínica y muchas veces impúdica nostalgia, esa que en mi provoca tanta vergüenza y en cambio a ellos les parece odiseas legendarias (aunque he acabado pensando que es mera representación y que ellos deben pensar lo mismo que yo) uno los mira hasta con buenos ojos. Lamerse las pezuñas de vez en cuando es hasta reparador. Además, lo digo muy sinceramente, suele ser sinónimo de victoria segura; Si su devenir nos parece trufado de éxitos a uno no le cabe otra que alegrarse por ellos. Si, en cambio, lo que aparece ante nuestros ojos es imposible de disimular, por cochambroso y un tanto así, que diablos, uno celebra haber sobrevivido a la quema. El que no se conforma es porque no quiere.
 
 Soltada esta aburrida parrafada, un último inciso; Si quiero ser mínimamente honesto he de reconocer que muchas de mis querencias, bajezas o refugios recurrentes, como quieran ustedes llamarlo, tienen una directa relación con aquello que someramente les enlazo más abajo. Que uno puede refinarse (o embrutecerse pensarán otros) aunque sea mínimamente, pero al final la decisión de tomar ciertos senderos, al igual que algunos tramposos atajos, tienen su bastardo embrión y no puede disimularse por mucho que nos empeñemos. Que uno, sin ápice de falsa inmodestia, cada vez se da cuenta de que conoce menos y sólo puede acogerse a aquella socorrida frase de que la música muta y nosotros con ella.
 
 Ahora sí, vayamos con lo que de verdad cuenta, las canciones, y dejémonos de tonterías.