Turley Richards. "Expressions" (Warner Bros. 1971)

 
 
  Es estupendo encontrarse con desconocidos y que éstos sean capaces de conseguir que te reconcilies con el mundo. Con los años uno va conformándose con lo que le ha tocado, se vuelve conservador y lucha, en la medida de sus posiblidades, más que por conquistar nuevas cotas, en defender sus escasos baluartes; Las miradas cómplices, una sonrisa o un gesto de la persona a la que amas, una agradable conversación con los amigos, ver crecer a tus hijos, observar sus empeños, cobijándoles cuando fracasan pero invitándoles a que persistan y …  sí, también las canciones. Cómo no. Siempre las canciones, esas pócimas milagrosas que te ayudan y te sostienen.
 
 Hasta hace un par de meses no tenía la menor idea de quién era Turley Richards. Jamás había tenido la fortuna de cruzarme con él. Fue a través de un amigo, Iñaki Hankypanky (cuya labor una vez más recomiendo), por medio de quién lo conocí. Subió al facebook una canción espléndida, de esas que te hace pensar y que no te puedes quitar de la cabeza. Una de esas que te sorprenden varias veces a lo largo del día y qué, aunque me tomen por loco, sostengo que tienen apropiadísimas aplicaciones prácticas, aparte de aliviar el alma y domar la rabia. Se llamaba “Train back to mama”, y me bastó escucharla una vez para caer rendido a sus pies. Siendo uno como es, obsesivo y curioso para las cosas que de verdad le interesan, comencé a indagar. Afortunadamente no me fue nada difícil dar con “Expressions” (Warner bros. 1971), a un precio además muy asequible. Un simple click obró el milagro; diez días mas tarde descansaba una copia en el Estudiodelsonidoesnob. 
 
 
Fue ponerlo en el plato y levitar. Y no crean que éso es facil, con mi cerca de 1,90 y cien kilos de peso. Lo que sonaba era aún mejor de lo que esperaba. Una voz carnal, centrada en el ensalmo a lo pequeño y que sentías tan próxima como propia. Unas veces ungida con la fiereza del mejor Van Morrison, otras con el fraseo de Glen Campbell y siempre latente una elegancia similar a la de Al Green. Esa voz, decía, amalgamaba una serie de estados del alma, placenteros y liberadores. Conseguía hacerte sentir mejor persona. En serio: incrementaba tu empatía con los que te rodeaban, conseguía hacerte, aunque sólo fuese por un rato, un tipo más reflexivo, menos irascible. Todo encajaba. Todo fluía lentamente pero sin descanso, con la pausa que uno necesita; Desde su itinerario inicial por el country (por el country que más me gusta, el centrado en lo descriptivo, obviando la mera conmiseración) hasta detenerse en las reminiscencias más o menos veladas a la música cristiana, la menos proselitista, la más humana, huyendo con denuedo de las devotas proclamas, aquellas que acaban por asustarle a uno. Por el camino mil cosas más: efluvios a las robustas y límpidas producciones de Muscle Shoals, estadíos en la tradición sureña más multicultural, con la religión presente en el día a día, pero desde un prisma sino pagano -porque en absoluto lo era- si naturalista, instantáneas del soul menos obvio. Y cuando volvías otra vez esa voz. No podía no afectarte; El matiz y la confesión, la camaradería y la prédica, la súplica y el orgullo. Una voz, en definitiva, con toda una vida y sus diversas sendas a cuestas: mucho pico y mucha pala en forma de desgracias -aunque eso lo sabría hasta más tarde, al indagar por ahí- pero que permanecía refulgente, emanando toda la alegría del momento, toda la fe en la esperanza, junto a una despreocupación ajena a esas cargas que conseguía hacerlas secundarías. Mísitica y terrenal, cada una y ambas cosas a la vez.