VAINICA DOBLE. "Heliotropo" (Ariola, 1973)

  
Continuando con la estupenda labor de rescatar clásicos de la historia de la música española, los amigos de Vinilissimo acaban de reeditar en Lp una de sus cimas, el segundo disco de Vainica Doble, “Heliotropo”
 
 Me han concedido también el enorme placer de compartir un pequeño hueco en este magno acontecimiento, solicitándome unas cuantas lineas -torpes pero sentidas- con mi opinión sobre él y las sensaciones en mi causadas. Si les sirve de algo lo que uno piense, compren el disco. No se arrepentirán. Tan grande como la vida.
 
 
 
  VAINICA DOBLE. “HELIOTROPO” (Ariola, 1973)
 
   Mal asunto un folio para hablar de algo tan enorme. Mucho peor si es uno el encargado de intentar resumir el júbilo del hallazgo y la inmediata asunción de que ya nunca nada volverá a ser igual. Porque “Heliotropo” (Ariola, 1973), el segundo Lp de VAINICA DOBLE, se me antoja como el descubrimiento del mundo en poco más de media hora. Un tratado de la condición humana, desde la infancia a la muerte, a partir de las pequeñas cosas. Aquellas que en mi opinión configuran la vida y que son, a la postre, las que realmente permanecen. 
 
  “Metamorfosis curiosa, metamorfosis extraña” La decepción y el valor necesario para no cubrirse los ojos frente al error que duele, ante el desengaño que nos consume, en “Réquiem por un amigo”. El camino que hay entre la percepción y el recuerdo, ese sendero vital que surge ante nuestra mirada, sorprendida y confortable, una vez hemos podado la hojarasca que lo ocultaba (“El pabú”). Porque finalmente son los recuerdos los que permanecen  (“Elegía al jardín de mi abuela”), y éstos no tienen por qué ser reales, no al menos literalmente. Son los recuerdos “rememorados” los que conformarán nuestra vida, al ser ésta presente firme y pasado endeble. Una vida que no puede ser nada más que lo que fue, cierto, pero también la suma de esos recuerdos (“Habanera del primer amor”). Y a partir de ahí la historia de cada cual. Nada más y nada menos.
 
Carmen Santonja y Gloria Van Aerssen pudieron ser lo que hubiesen querido. De hecho lo fueron, lo siguen siendo. Únicamente no quisieron serlo a gritos, sino discretamente. Hablándonos, conversando. Unas veces como la madre preocupada, en otras siendo la amante cálida que nos susurra confidencias al oído y finalmente como la amiga algo mayor, más sabia y más experta, que intenta mostrarnos los recovecos de la vida. Siempre desde la distancia justa, narrando, evitando juzgar, pero tomando posición. Sin querer tampoco hurtarnos los inevitables tropiezos, pero en absoluto siendo crueles. Esperando ahí, como medicina, como ungüento. En eso eran implacables, honestas a carta cabal y tan reales como la vida misma. Muy posiblemente el haber vivido esa vida (adultas, casadas, con hijos) fuese parte del secreto, la piedra filosofal. Con un bagaje intelectual y vital a años luz de sus coetáneos y una curiosidad y talento inusual, viajadas y con relativos medios, tenían referencias musicales tan amplias como escasos eran sus prejuicios. A menudo tomadas por dos ángeles buenos y sensibles, fueron eso, sí, y también mucho más. Malévolas, dulces, sarcásticas, inteligentes. Certeras en la descripción de la vida y sagaces en advertir sus miserias. Sin ambages tanto a la hora de declarar su amor y compromiso con el ser amado (“Coplas de un Iconoclasta enamorado”) como reivindicando la coherencia y el rigor, el orgullo que reside en lo que consideras que lo es por derecho (“Agáchate que te pierdes”). 
  
   De cada una de sus incursiones manaba un poderío y un talento capaz de mostrarnos mil ideas. Unas ideas que, por separado, a otros servirían para cimentar carreras de fuste importante, aclamadas incluso.  Crónica social, Folk  y fuzz de la mano (“Dos españoles, tres opiniones”), tratados de luminosa psicodelia a partir de un cuento infantil en “La máquina infernal”, aromas de los mares del sur (”Ay quién fuera a Hawai”). La copla y la canción española en el corazón, las viejas -ya entonces- películas musicales de los 40 en la memoria. Todo ello engarzado por una melancolía decadente y que nos procuraba una atracción, de tan feliz, malsana. Misteriosa y adictiva. Lo que en otros eran anomalías, en VAINICA DOBLE manaba de forma natural, fluida, veraz.  Con una cultura musical sorprendente, incluso a día de hoy, nada en ellas parecía forzado; Rock, Copla, Folk, Chanson, Nanas infantiles… y claro, allí en la esquina, justo al fondo, el gran Pepe Nieto. Otro genio en la sombra. Arreglista, productor, un artesano capaz de reproducir y acompañar su iconoclasia natural. Y de mostrarla fielmente, tanto en su apabullante alegría de vivir como con sus humanas, delicadas flaquezas. 
 
Fueron y son sus canciones balizas de la memoria. Lugares comunes en los que cobijarse. Y cada vez que los visitemos ocurrirá el prodigio. Se nos aparecerán nuevas, vírgenes. En definitiva, “Heliotropo” es un perfecto metrónomo sentimental, ajustado y universal. Un canon artístico que será, para siempre ya, refugio hospitalario, guarida sensitiva, enciclopedia vital.