ANA D Satélite 99 and beyond

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En 1997  Ana Diaz acarrea ya un pasado a cuestas que daría para escribir un -interantísimo- libro. Aparecida en Madrid a principio de los ochenta tras los pasos de su banda favorita, Alaska y Los Pegamoides -de la que llegaría a formar parte durante un breve espacio de tiempo- ha sido dueña, junto con su entonces pareja, Ignacio Cubillas “Pito”, de la agencia de management más boyante de España y ha vivido de primerísima mano todos los avatares de la Movida.

Rozando los cuarenta y espoleada por su nueva pareja, Javier Corcobado, más la impagable colaboración de Ibon Errazkin, una de las cabezas más lúcidas de la música española, decide dar cuerpo a un disco que será principio y fin. Forma parte de Los Chatarreros de sangre y cielo, la banda que acompaña a Corcobado, junto a otros francotiradores como Nacho Colis, Justo Bagüeste, Susana Cancer, Nacho Laguna o Javier Arnal, procedentes algunos de ellos del grupo embrionario Demonios tus ojos. Pese a su escasa ambición y desconfiar de su voz Ana Diaz se atreve a publicar sus canciones y nos regalará “Satélite 99”. Producido por ella misma junto a Javier Corcobado e Ibon Errazkin y tocado todo el disco por ellos tres con la ayuda al hammond y al piano de Susana Cáncer y del ex Manta Ray Frank Rudow  con las percusiones, bongos y shaker,  entre los meses de mayo y julio de 1997 se encierran en Madrid para dar forma definitiva a lo que será “Satélite 99”.

Envuelto en una hermosísima portada hecha por su amigo Javier Aramburu, un dibujo a lápiz sobre papel que nos muestra su rostro envuelto en un gorro de piel apareciendo entre motivos florales, el disco se abre y se cierra con dos miniaturas de Frederic Chopin (“1,2,3,4″ y “Polonesa”) y todo en él es un inspirado -y arriesgado- viaje a través de un universo en teoría propenso al descalabro y que sin embargo logra permanecer incólume. Cuatro versiones lo jalonan, a cada cual más sugerente, dejando claro desde el primer instante que estamos ante un disco que he elegido ir por derecho en busca de su rumbo sin someterse a designios clásicos ni consignas modernas, un poco a contracorriente y por tanto libre; Una adaptación del “More” de Ortolani/Oliviero/Ciorciolini -que va en el exploito “Mondo cane”- hecha en castellano a partir de la adaptación que haría el inmenso (e infravalorado, todavía hoy) Armando Manzanero. El “Me quedo contigo” de Los Chunguitos, poniendo en lugar, muchos años antes de su vindicación, a la rumba y en particular al Sonido Caño Roto. La tercera será una canción de Julio Pericón que popularizaría Betty Missiego en su lp eurovisivo, la lasciva, perezosa y sugerente “Todo comenzó”. Por último -y no por ello la última- esa mórbida y melancólica “Lo mismo que tú” de José Solano Pedrero y Alejandro León Montoro, imagino que tomada a partir de la versión de Leonardo Flavio.

El resto del disco es algo serio. Algo a lo que el paso del tiempo -circunstancia que conlleva riesgos insoslayables cuando se juega a la impostura- ha hecho crecer y crecer. Precisamente por no estar en absoluto aquejado de postureo o falsedad sino más bien por caminar por ese fino alambre que dilucida la osadía del ridículo y que, tal vez por no ejercer cálculos ni mediciones, logra permanecer ergüido y orgulloso. “Los amantes” es una breve y hermoso relato gótico de tintes fantásticos regido por una acústica y el theremin. “Selenio 2034” y “Selenio 2035”, dos caras de una misma moneda, juegan a ser el Kristof Komeda de “Rosemary’s baby”, el Lalo Schifrin de “Amytville Horror”, con casi toda seguridad el Waldo de los Ríos de “¿Quién puede matar a un niño?“. “Galaxia” es un trip electrónico en su inicio que deviene coda sobre la soledad y la separación  mientras que “Carnaval” no es nada más -ni nada menos- que un pasodoble chatarrero que hace apología del hastío.

“Satélite 99” abre la segunda cara, para mi gusto la peor del disco. En cambió “Naufragio” es una gélida torch song plagada de efectos, spoken words y desoladora progresión emparedada entre textos que navegan a mitad de camino de lo chirriante y lo cercano. Para el final queda la guinda del pastel, una de las joyas del disco, “Va el amor”, nana extravagante y clarividente acerca de la futilidad de los sentimientos, de lo incontrolable de su seducción y también de su inevitable fecha de caducidad.

El año siguiente a “Satélite 99” todavía nos depararía un sencillo con dos pequeñas joyas; “Recordando”, mefistotélico viaje lleno de referencias al cristianismo y los peajes de la vida, con un hammond que ribetea a una  reflexión desde el más allá sobre los avatares del amor. En su cara B “Velero lleno de estrellas y bahías” balada/cuento de triste trasfondo que se sume en la fantasía una vez aceptada esta como único parapeto emocional.

Junto a sus discos publicados he incluido en el mixcloud algunas colaboraciones con Javier Corcobado y los Chatarreros de sangre y fuego. Dos canciones de “Arco iris de lágrimas” (Dro/Easwest, 1995), las hermosas “Flores de lágrimas” y “Si tu no me quieres” y dos versiones; el “Parole, parole” de Ferrio/Chiosso/Del Re tomada, imagino, a partir de la versión francesa de Dalida y Alain Delon y “Hoy daría yo la vida” de Martinha, ambas publicadas en un cd single ese mismo año.

También una sorprendente “Apelo”, cancióde Baden Powell y Vinicius de Moraes incluido en “Corcobator” (Caroline, 2009) junto a su aportación (con Sergio Fernandez como Kamamuri) para el disco de homenaje a Family  y que no es otra que la formidable “La noche inventada” de Javier Aramburu e Iñaki Gametxogoikoetxea.

Y yo ya no supe más…

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O.V.N.I. / T.I.E.R.R.A

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Rescatado de uno de los cajones del Estudiodelsonidoesnob, (sección Extravagante, apartado séptimo arte) he aquí la adaptación hispana del ¿éxito? -de tercera en todo caso- de Solarion, uno más de los exploito tan habituales en los años setenta del siglo pasado. Un producto de estudio que pretendía, una vez más, combinar la actualidad con los ritmos musicales y alcanzar réditos comerciales instantáneos.

Narrado este ovni, en su versión española, más que cantado -para entendernos, lo que los guiris llamarían spoken words– por ese actor de fuste, secundario impecable, al que todos recordamos con sólo escuchar su voz o ver su rostro y al que la gran mayoría dificilmente podría ponerle nombre. Estoy hablando de mi paisano, Antonio Iranzo.
Con una trayectoria iniciada en el teatro como actor de la compañía de Nuria Espert, íntimo amigo de Marsillach, Antonio Iranzo intervino, generalmente como secundario, en numerosas películas, como en la muy reivindicada “¿Quién puede matar a un niño?” de Narciso Ibañez Serrador o en numerosas serie de televisión. Su voz ronca y su aspecto un tanto patibulario daban tanto de villano, de paisano o de perdedor. Nunca, obvio es, de galán o protagonista.

El cómo se presto a intervenir en este asunto fonográfico es algo que desconozco. Supongo que su voz penetrante y su impecable dicción, junto tal vez a los sueños inherentes en cambiar su devenir secundario, obrarían el milagro. Recuerden que en la época desde Sancho Gracia a Fernando Fernán Gómez, pasando por Paco Rabal, Alberto Closas o Manuel Galiana y tantos otros cometieron los mismos pecados. De quién le propuso tal audacia y le prometió trascendencia tampoco nada sé. Da un poco igual, nos queda esta rodaja a 45 rpm qué, junto a lo extraño de todo, nos muestra el enésimo capítulo de una época bastante más arriesgada y, por supuesto, infinitamente más ingenua. También, puedo llegar a concederles, más gris. Lo que no sabría decirles si más o menos divertida que la actual -basta con escuchar su cara B,  “T.i.e.r.r.a.” , por Nene Morales, una cosa de no dar crédito, extravaganza en estado puro, gloriosa.

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SOLA Un muñeco de madera (USA RCA Victor, 1972)

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…Tabu-u-u, tabu-u-u, tabu-u-u, tabuuuu… Si quieres una vida larga, una vida larga, una vida larga… si quieres una vida larga aunque sea falsa aunque sea fea. No hables de las cosas que pasan en la tierra y olvida que hay miserias. No tires de la manta, no hagas problemas y agacha la cabeza…

Tabu- u-u, tabu-u-u, tabu-u-u, tabuuu… Si quieres una vida larga, una vida larga, una vida larga… Si quieres una vida larga aunque sea falsa aunque sea fea. Olvídate del sexo y piensa que los niños los traen las cigüeñas. No hables del gobierno y piensa que esos hombres son ángeles de fresa…

Tabu-u-u, tabu-uu, tabu-u-u, tabuuu… siquieres una vida larga, una vida larga, una vida larga… si quieres una vida larga aunque sea falsa aunque sea fea, no hables de la vida no arañes las estrellas no hables de la iglesia. Olvídate de Mao, olvídate de Castro y leéte la prensa…

Tabu-u-u, tabu-u-um Tabu-u-u, Tabuuu…

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 La enésima confirmación del pozo sin fondo que es el asunto de las canciones y los discos. Hasta hace poco tiempo únicamente conocía el single de Sola, publicado en nuestro país en 1971. Contenía dos versiones en clave bossa groove de “Oye Papá, oye Mamá” y “Soy rebelde”, dos de la muchas y soberbias canciones escritas por el gran Manuel Alejandro, en este caso popularizadas por Jeanette. Ningún dato constaba de los músicos que intervinieron en la grabación, era un single de los miles que quedaron tanto en el olvido como quedó para siempre archivado en la memoria de todos aquellos que perdemos la cabeza por ese subgénero al que podríamos bossa groove en castellano. Un negociado en el que constan también sencillos de Nena Catherine, Nancy Ramos, Sabrina o Elsa Baeza, por nombrar unas cuantas.

Hace ya dos o tres años tropecé en la red con un audio de una canción que me dejó maravillado. Una cosa formidable, hipnótica, plena de groove. La canción se titulaba “Tabú, tabú” y estaba cosida toda ella por elegantes bongos, un bajo omnipresente, acústica delicada, una flauta discreta además de coros y vientos en forma de oleaje, todo ello conformando un todo más que de bossanova de exótica groove. Además estaba aquella voz, soberbia, sinuosa y contundente a la vez. Una voz que rozaba la exageración pero que sin embargo navegaba ajustada, perfecta, contenida en su libre descenso por la montaña rusa que era la letra. Una voz tan airada como implorante, que parecía poseída por un arrebato místico mientras se abrigaba en la mitología pagana. Una voz que remitia al “Conquistador de cartón” de Bárbara, al “Mientes” de Lia Uya, incluso a la Lupe menos exagerada e histriónica. En definitiva, una voz, ese instrumento colosal cuando está bien empleado, que contaba y cantaba tantas y tan estupendas canciones.

Uno, que no tiene otro remedio que acarrear lo más dignamente posible con todo aquello que lleva a cuestas, logró localizar un Lp, en edición americana, desgraciadamente jamás publicado en España, con idéntica portada a la del sencillo y de nombre “Un muñeco de madera”. Editado en la RCA un año después del single español -e incluyendo a éste- deduje rápidamente que era otro de esos misterios de las ediciones con los que tan a menudo nos topamos. Más tarde, para acabar de liarla, también supe que existía sencillo americano -con portada idéntica al español- de “Tabú, Tabú / Un muñeco de madera”. Verdad o leyenda, ya que nunca lo he visto, ahora mismo nada me gustaría más que su existencia y claro, poder acceder a una copia.

Insisto, uno iba a lo que iba, a Tabú para ser exactos, pero encontró más, mucho más. La consulta de los créditos, como suele ser habitual en estos casos, tampoco aclaraba gran cosa, más alla de la firma en contraportada de unos textos alucinantes y alucinados a cargo de Eber Lobato, un coreógrafo argentino marido de la cantante, vedette y estrella del musical argentino Nélida Lobato. Tampoco nada de la tal Sola, salvo datos sin confirmar buceando en la red que cuentan que era natural de Acapulco y que, desengañada del mundo de la canción, acabaría recluida en un convento de Hermanas Carmelitas.

He hablado ya de la letra de la “Tabú, tabú” ¿verdad?. No me he resistido a transcribirla más arriba. Una cosa que de tan despropósito se volvía mágica. Proselitismo cristiano y filosofía hippie de la mano en una mélange sumamente atractiva. Rescoldos Vainiqueños y ecos de unos Aguaviva paganos, todo ello en medio de una apisonadora groove. ¿Qué había sucedido para que a un caballero como Don Manuel Alvarez Beigbeder le diese por adentrarse en esos territorios, aunque fuese de tapadillo?. ¿Qué tipo de sustancia es la que provoca esa alquimia heterodoxa tan perfecta?. Benditas sean en cualquier caso.

Escuchando el disco completo la cosa se contenía un tanto; las dos canciones del single español, la barbaridad arriba referida y mucha combinación de drama y Manuel Alejandro, algo casi indisociable; canciones como “Un muñeco de madera” (que haría Raphael en su Lp de 1971, ergo, fue escrita para él originalmente) muy pero que muy Rocio Dúrcal antes de lanzarse a las rancheras (la de la inolvidable “Sin tu amor” por ejemplo), medios tiempos con alto octanaje de drama en “He bajado al infierno” o canónicos resúmenes de la obra de Manuel Alejandro en “Tu te has ido”. Incluso quedaba sitio para un dabadá muy a-la-Santisteban titulado, cómo no, “Daba-daba-da”.

No pude quedar más feliz con la adquisición. Por el precio de un almuerzo el paraíso una vez más. ¿Ven que simple soy y con que poco me conformo?

NOEL HARRISON Nothing But A Fool

Noel

Vástago de una afamada estrella cinematográfica, ocioso bon vivant, esquiador olímpico, playboy de cartón piedra, millonario de cuna y limitado juglar, entre otras muchas cosas,  Noel Harrison fue un sujeto de talento artístico más bien precario definitivamente perdido en medio de una época que jamás comprendió. Con todos los dones materiales que imaginarse puedan a sus pies, tal vez fuese precisamente esa abundancia lo que le dejase huérfano de cualquier pedigrí underground posible, por no incidir, claro está, en su ya mencionada desidia y peculiar talento. Cada una de las costuras que componían el personaje de Noel Harrison, ya por separado irrebatibles rémoras acusadoras entre los abanderados del ventajismo y profesionales del juego a la contra, constituyen en cambio en su conjunto un ente atractivo e irresistiblemente seductor para quien suscribe.

Al igual que el vértigo es un imán incontrolable para todo aquel que lo sufre, convirtiendo en estéril la huida, los intérpretes honestos e ingenuos -y también poco capaces, algo simples, desubicados y libres- me resultan cautivadores cuando no es la mera desfachatez -broma o juego con casi inmediata fecha de caducidad- el único de sus capitales, sino la ilusión y el empeño iluminado y un punto displicente lo que les conduce. Noel se me antoja uno de esos tipos sin recato ni vergüenza alguna a la hora de mostrar sus carencias y obsesiones, exhibiéndose impúdicamente desnudo e inerme en su mediocridad, muy probablemente de forma inconsciente, pero generosísimo a la hora de regalarnos aquello que tan solo la verdad ofrece y que por arte de magia en ocasiones era eso, arte involuntario.

Alcanzada la meta en 1968, tras encontrar la fama por interpretar la canción principal de la pelicula de Norman Jewison “The Thomas Crown affair” (ganadora del Oscar de ese mismo año, la evocadora “The Windmills of your mind”, escrita por Michel Legrand a partir de la Sinfonía para Violín, viola y orquesta de Mozart, con letra de Alan y Marilyn Bergman) da la impresión de que Noel Harrison llevaba un lío en su cabeza de muy señor mío. Unas veces Scott Walker y en otras Engelbert Humperdinck la mayor parte de su obra semeja la de un iluminado temerario; Capaz de mezclar bossanova – la bonita “Blue island”, perfecta en la versión de Luiz Henrique con el órgano de Walter Wanderley– con la conversión en folk de Chateaux de algo tan mágico y turbador como el “Suzanne” de Leonard Cohen. Un osado ingenuo que alternaba la interpretación afásica del repertorio de Joni Mitchell (“Nathan la franeer”) con la revisión del cancionero de Bob Lind“Go ask your man”– sin detenerse a valorar, me temo que ni tan siquiera contemplar, lo temerario e inútil para sus aspiraciones de tan monumental osadía. Un pseudo Donovan con traje de etiqueta, un Tim Hardin con demasiados dry martinis y fiestas de sociedad entre pecho y espalda, una especie de bulto sospechoso con afán de entretener, que digo, de trascender. Un diletante con una secreta misión por nadie encomendada. Eso sí, impecable en la forma, sostenido por ese equipo de demolición que era el Wrecking Crew y con arreglistas y productores del calado de Luiz Henrique, Don Peake, Arthur Greenslade o Reg Guest.

Más allá de la mera celebración de lo enfermizo, de la apología de lo erróneo o de lo directamente monstruoso, lo que sorprende y maravilla a partes iguales en él es su candidez, su autismo melódico, desarmante y tierno. Nada más lejos de mi intención el hacer mofa, muy al contrario, simplemente describir mi impresión y señalar, lo reconozco, mi absoluta fascinación por su obra. La obra de alguien que siendo testigo de un tiempo único y habiendo vislumbrado todas y cada una de las distintas fases de esa tempestad, poseé la poca pericia y lucidez para ni tan siquiera haber atisbado el meollo de su época, concentrándose en lo suyo, sin el más mínimo atisbo de impostura. Una especie de trovador de las pequeñas cosas que no contemplaba el fraude, pese a que ello lo dejase en paños menores. De lo que ya no estoy seguro es si lo fue por coherencia estética o ceguera vital. En ambos casos asunto respetable. Y eso amigos, y lo digo sin pizca de ironía, tiene mucho, muchísimo mérito.

Porque ¿Puede haber doblez en querer incorporar el sitar – “Museum”, “Sign of the queen”– al repertorio de los night clubs?. ¿Cabe alguna malicia en recrear parte del cancionero lisérgico y ensoñador de los Beatles“Lucy in the sky with diamonds“, “Strawberry fields forever”– con acordeón, al estilo más hermosamente demodé de la chanson francesa?. Y aún más, ¿No resulta revolucionario adaptar a Oscar Brown jr y al brasileño Luis Henriquez en “Blue Island” o “Nothin but a fool” y dotarlo de una anemia sentimental casi nihilista?. ¿Qué opinión les merece el empeño en reivindicar a Charles Aznavour con un beat de geriátrico en “A young girl” o al Dylan de “It’s all over now baby blue” o “Don’t think twice it’s allright” en clave de folk sicodélico catecumenal?.

Aunque todavía hoy dudo entre calificar de revolucionaria u oligofrénica dicha propuesta, lo único que de repente no me resulta confuso sino claro como el agua, es lo absolutamente premeditado, lo libre y espontáneo de tan consistente tesón. Algo solo posible de darse -y evaporarse- en aquellos extraños tiempos. Algo que se marchó tal y como llegó y que aún hoy disfrutamos. Las ventanas de la vida lo llaman algunos. Y aunque tal vez sus vistas no siempre fuesen las mejores reconozcámosle la ausencia de doblez y la libertad tal y como él la entendía. A día de hoy me parece poca cosa en absoluto.

CHRISTY “Deep down”

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Con el tiempo -y la constatación de mis flaquezas- tiendo a recurrir cada vez más a lugares seguros, o al menos confortables. Y qué lugar más seguro y confortable para esta tarde que la enésima revisión de “Diabolik” de Mario Bava, película en mi opinión con más sustancia de la que parece, surgida a partir de la novelita pulp creada por las hermanas Giussani. Seis años después de su publicación en 1962, devendría en una de las explosiones pop más deliciosas que recuerde. Una historia delirante e ingeniosa (heredera quizá de Fantomas) interpretada por dos jóvenes en el fulgor de su belleza, John Phillip Law y Marisa Mell. Toda ella decorada por planos estilizados, perspectivas y zooms juguetones. Una sucesión de imágenes y gadgets inolvidables unidos a una utilización del color a-là Pressburger /Powell, incluso -por seguir jugando a la exageración- un poco Sirk, en realidad no otra cosa que Bava en estado puro, genio siempre si me lo preguntan.

Pero sobre todo siempre vuelvo a ella cuando escucho “Deep down” de Maria Cristina Brancucci, mejor dicho, de Christy. Sugerente y sincopada, misteriosa y malévolamente erótica canción central de la película compuesta por Ennio Morricone y Audrey Nohra y arreglada por el segundo genio de la ecuación, el maestro Bruno Nicolai.
Ordenando unos discos me he topado con este sencillo de la casa Parade italiana (lo único, tengo entendido, que se editó en la época, no recuerdo ahora por qué problema) y, he de reconocerlo, no me ha quedado otra que escucharlo cuatro o cinco veces para comenzar a sentirme razonablemente saciado. Me conformo con que al menos se hayan detenido a escucharla, si además han llegado hasta aquí, se lo agradezco infinito y les pido mil disculpas por el tiempo -mal- gastado.

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