FANTÁSTICAS PORTADAS Juanjo Andaní (Editorial Milenio, 2015)

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La verdad es que no sabe uno muy bien por donde comenzar, abrumado por todo lo que FANTASTICAS PORTADAS nos regala. Acabo de pasar unos días de vacaciones y he de confesar que me he llevado como único equipaje, más allá de lo que la intendencia y la higiene demandan, el libro del amigo Juanjo Andaní. Con él la oportunidad de disfrutar tanto de la asombrosa colección de imágenes –portadas de singles y eps concretamente- como de los textos que le acompañan. Textos informativos, esclarecedores, divertidos y que, sobre todo, muestran palmariamente lo que uno le pide, junto al necesario rigor, a este tipo de trabajos; una mirada y un tono propios. La capacidad del autor en atisbar y advertir asuntos que siempre han estado ante nuestros ojos y que nos habían pasado despercibidos.

Junto a todo esto, algo crucial en mi opinión, también se desprenden ciertas cosas en la que no sé si estaremos de acuerdo. Veamos:

La primera y principal es la nula puesta en valor de los ilustradores y diseñadores gráficos (o portadistas o como quieran llamarlos) que llevaron a cabo tales prodigios. La desidia en el mejor de los casos, cuando no el desprecio, es lo que desde entonces les ha rodeado. No creo que eso sorprenda a nadie de los que aquí estamos. Si esa fue la tónica habitual respecto a la mayoría de la obra de los autores, músicos e interpretes, pues fueron tratados de aquella manera, cómo no iban a ser tratados los artesanos, dibujantes e ilustradores que se encargaron de crear el envoltorio y la imagen gráfica.

La segunda –y no menos sintomática- es la extraña unanimidad en la minusvaloración de su obra ¡por los mismos autores que la realizaron!. Unos cuantos calificándola de pecados de juventud y otros, directamente, dejándola en la veladura del olvido, reticentes incluso a recordarla. Contribuyendo involuntariamente, en definitiva, a ese menosprecio casi inmemorial que Juanjo Andaní (y la editorial Milenio) ha venido a intentar remediar.

Por último y en tercer lugar al constatación –una vez leído y visto FANTASTICAS PORTADAS en su totalidad- que pese a mutilaciones por parte de las compañías, desdoros de sus mismos autores y una cierta indiferencia general, el nivel artístico era considerable. Muy considerable.

Y es aquí cuando aparece –bueno, la verdad es que está presente desde el prólogo hasta el epílogo- la figura de Juanjo Andaní. Su rigor, su dedicación, su perspicacia y su sensibilidad. También, claro, su sarcasmo, su crítica y su indeleble personalidad.

Porque uno puede llegar a estar de acuerdo en que cada uno de los que gustamos de este negociado y que ,vamos a suponer, nos hubiésemos atrevido a acometer un libro de este calado –que ya es mucho suponer- hubiese hecho uno distinto, sí. Pero pocos –yo no conozco ahora mismo a nadie- hubiese trasladado apropiadamente todo lo que en cuanto a datos e información Juanjo nos cuenta, caso de querer hacerlo rigurosamente, claro. Además con el agravante –y no es asunto menor, en absoluto- de que nos sería imposible trasladar su referida mirada, tan propia y sagaz.

En el libro Juanjo nos muestra una relación, sucinta pero adecuadísima, de grandes diseñadores e ilustradores gráficos, tanto europeos como americanos, junto a unos necesarios capítulos introductorios. Pero es el corpus que constituye el libro, aquel dedicado a una extensísima relación de ilustradores españoles -De Aguirre a Ivan Zulueta van pasando dibujantes de tebeos (Ambros, Perís), Cartelistas de cine (Montalban/Jano), Actores (Jacinto Molina/Paul Naschy), músicos (Julito Andreu, Pau Riba) e incluso futuros ejecutivos discográficos como Carlos Juan Casado – y de discográficas españolas, tanto las grandes (Belter, Hispavox, Discophon) como hasta el más underground de los sellos. Recuerdo ahora mismo mi modestísima y única contribución a este libro, el préstamo del single de Juan Muro en el sello Nube. No sobra nada, muy al contrario.

Ya termino. Habrá algunos, me temo, que se referirán a FANTASTICAS PORTADAS casi como si de un asunto filatélico se tratase; cromos y estampitas para acumular. Nostalgia huera. Otros en cambio, más escépticos hablarán de él como una tara ciclopéica más relacionada con asuntos de la psique, con nuestras manías y obsesiones, con algo en definitiva que solo la psiquiatría podría explicar adecuadamente. Quiere uno pensar que también existirán algunos, quizás tan solo unos pocos, que lo vea como lo que uno piensa que es; la cartografía y codificación de algo relacionado con el arte, la crónica y por qué no, la sociología. Todos ellos, probablemente tengan razón. Tan solo piensa uno que tal vez estos últimos, más soñadores y por tanto más generosos, además de razón y entendimiento del asunto en cuestión, tendrán también comprensión. La misma comprensión –tambien creo que cariño y admiración- que muestra Juanjo Andaní hacia la interacción entre el arte de las portadas y el diseño gráfico (el cartelismo, el comic, los cromos, las portadas pulp) con la publicidad. Todo ello  en una época donde la necesidad y el aislamiento no podía cerrar tan herméticamente como pretendía los nuevos –viejos- tiempos. Juanjo comprende aquello que entiende, ha hecho el esfuerzo para que así fuese y, sobre todo, tiene la capacidad y la humildad para haberlo visto. FANTASTICAS PORTADAS insisto, es la prueba fehaciente. No dejo de maravillarme por todo ello, y por tanto, desde aquí, públicamente, lo mínimo que puedo hacer es agradecérselo.

Fantásticas portadasJuanjo Andaní. 390 páginas. Editorial Milenio, 2015

 

OSCAR BROWN JR But i was cool

Cool I

Oscar Brown Jr. podría haber sido lo que hubiese querido. De hecho lo fue, aunque su elección recorriese caminos poco remunerativos, por polémicos, reivindicativos y desde luego bastante menos acomodaticios de lo conveniente. Nacido en 1927 y muerto en el 2005 fue -y en todos esos ámbitos viga maestra- cantante con clase, compositor incisivo, interprete polifacético y actor perspicaz.

Comenzó su carrera como escritor de letras para piezas clásicas de jazz inicialmente instrumentales, como el “Afro blue” de Mongo Santamaria o el “All blues” de Miles Davis. Cualquier intento en encasillarlo estaba abocado al fracaso. No se limitaba a interpretar las canciones sino que actuaba con ellas, agarrando a esta por sus partes y exprimiéndole todo el jugo que le fuese posible obtener. Algunos le achacaron una excesiva politización, como si eso no fuese otra cosa que una elegida actitud vital con la cual mostrar su realidad de manera efectiva, dirigiéndola al más amplio espectro de público posible. Bebió del gospel, del folk y del blues tanto como del jazz, y, definiéndose a si mismo -de manera tan honesta como humilde- de mero entertainer, era más, muchísimo más.

Decidió encaminar su talento como modo de celebrar su negritud y hacer visible el racismo imperante en la sociedad americana. A veces resultaba difuso ubicarlo, mezclándose el artista y el activista, aunque siempre, hasta en la proclama más sulfurosa, la musicalidad transpiraba por todos sus poros. Se empeñó en utilizar su don como método de cambiar las cosas y -estando o no de acuerdo- sería de cínicos negarle su coherencia y mostrarle nuestro respeto.

Cantaba como vivía; Conmovedor, agónico, exultante, tragicómico, frágil y duro como el pedernal, bien por separado o al mismo tiempo. Sus discos comenzaron siendo artefactos precisos, de relajada atmósfera, que concedían libertad a unos músicos por otra parte ya cómodos y tremendamente eficaces. Colaboró con los grandes (Clark Terry en “Tell it like it is”, Quincy Jones en “Between heaven and hell”, aunque en realidad el más grande siempre era él) y también con la profesional y diestra infanteria que conformaron esos músicos de estudio, aquellos que hicieron crecer el mito y la leyenda, cimentando la historia de la música afro americana.

Precursor avant-la-lettre de los discos conceptuales, si tomamos a estos no como peroratas hueras e inhóspitas, sino como obras construidas a partir de un hilo común. Una especie de Cole Porter del suburbio. En “Between heaven and hell” (CBS, 1962) una cara del disco describe el paraíso y la otra el infierno, de un modo ameno y terrenal, sin hurtarnos por ello la crudeza, con un swing y musicalidad tan excelso que nos remite a obras clásicas. Obviamente “Mr. kicks” es el emisario del diablo, “Un moderno Mefistófeles que resulta ser un tipo bastante popular entre vosotros los lunáticos”. Sus canciones expresan todo el rango de los sentimientos y las emociones, sumergiéndose – como intérprete y compositor- en el papel hasta el tuétano. Viviendo y disfrutando su obra de manera clarividente.

Igualmente respetuoso con los clásicos, supo rendir homenajes que no fuesen mera mímesis respecto a los originales, sino que siendo reconocibles los trascendiesen dotándolos de un aura personal. Ese dificilísimo arte que consiste en conseguir que canciones de otros parezcan tuyas, apropiarse de ellas sin traicionarlas para, a partir de un modelo, elevarse sobre él. “In a new Mood” (CBS, 1963) se llamo esta nueva hazaña. Recreaciones de Duke Elington, Johnny Mercer y Harold Arlen, Nat King Cole o George & Ira Gerswhin entre otros. Acompañado de la orquesta de Al Cohn y con arreglos de Ralph Burns, cada una de las canciones encajaban perfectamente en él, refulgiendo su faceta de actor, al asumir un rol diferente casi en cada estrofa. Fraseos elegantes y sutiles que eludían el exhibicionismo y acentuaban la proximidad.

“Mis canciones comienzan cuando yo era un niño y vagaba entre los puestos callejeros que vendían cualquier objeto imaginable, escondiéndome, buscando y aprendiendo que otro mundo existía. Mi mundo era “Negro”.  Ser negro no es siempre agradable, pero es un vigoroso ejercicio para el alma. Puede enriquecer al hombre y al artista. Las melodías que compongo surgen de ritmos, cantos, llamadas y gritos que siempre me han sido cantados. Mis textos son versos acerca de lo que siento y cosas que he vivido. Mi acierto es enviar mensajes, que acompañen y entretengan, con significado.

La música de tres de las canciones de este album -Work song, Sleepy y Dat dere- fueron compuestas por tres brillantes artistas del jazz, Nat Adderly, Bob Bryant y Bobby Timmons, respectivamente. Creo que esos tipos -y otros- son creadores de potenciales nuevos clásicos. Les estoy agradecido a cada uno de ellos por escribir esas melodías que me permiten encajar historias de una mayor dimensión a la que podrían haber alcanzado sin ellas.

Si las selecciones de este álbum te dicen algo no solo por el mero hecho de escucharlo, sino por su contenido, estaré más que satisfecho por haber logrado al menos un buen comienzo”

Hasta aquí lo que podríamos llamar su primera etapa, la era Columbia. Otro día hablaremos de sus dos discos para fontana (El directo “Oscar goes to Washington” y el formidable, dedicado a la Bossa, “Finding a new friend”, a medias con su amigo Luis Henriquez). También su carrera en los setenta, con los hoy sorprendentes e infravalorados “Movin’ on” (Atlantic, 1972), “Fresh” (Atlantic, 1974) o “Brother where are you” (Atlantic, 1974), capaces de mirar a la cara a los discos de otro titán como Gil Scott Heron, ambos pilares de la música negra más militante sin por ello dejar de un lado la aspiración – y lograda meta- artística.

P.d. La playlist en mixcloud que incluyo en este hilo contiene canciones de los Lps “Sin and soul”, “In a new mood”“Between heaven and hell”  y “Tell it like it is!”, sus cuatro discos señeros de su etapa en Columbia, más algunas incluidas en los dos EPs franceses que poseo. Dejo para más adelante una hipotética segunda playlist con los discos de su etapa setentera, repletos de canciones de un calado sorprendente, por líricas a la par que comprometidas, rebosantes de groove y reflejo de ese nuevo tiempo.

 

The Hammond Sound Of JOU COGRA

HAMMOND

Jou Cogra (Josep Cortés Granero) fue uno más de los numerosos habitantes sin nombre de ese planeta musical paralelo que fue la serie B de la música popular española. Tipos a los que el talento o la fortuna –en ocasiones ambas cosas a la vez- tal vez les fallase, aunque probablemente bastante menos de lo que les fallaría el cálculo comercial y su inexistente visión panorámica del tiempo en que vivían. No, no estoy acusándoles de nada, muy al contrario. Conminados como parecían estar para regalarnos obras tan anacrónicas y libres como llenas de sorpresas y hallazgos casuales, tal vez ingenuos ejercicios de voluntarismo en última instancia, su música solía estar regida, nobleza obliga, por una pasión desbordante.

Pero descuiden, nada de esto sería obstáculo, afortunadamente, en su intento desmadejado y a trompicones en la búsqueda de su ingreso en su idealizado Olimpo. Una búsqueda por aproximación, errónea si quieren -hoy, más que nunca, asunto ya sin importancia- , pero, insisto, de emocionante obstinación. Ajenos en gran medida a la realidad y completamente desconocido el legado que transmitirían. Una herencia, concedámoslo, quizás sostenida por muletas y en gran parte escayolada, pero ante la que no queda, una vez transcurrido el tiempo (más de cuarenta años) otra cosa que el agradecimiento y la celebración de lo distinto, junto a una cierta lástima por la falta de articulación de su discurso.

Tras lograr la licenciatura de piano y armonía, Josep Cortés comenzaría como teclista en la orquesta del Chupi (Antoni Saigi Jordá), músico, cómico y entretenedor muy popular en la Cataluña de la época. Saigi había vivido durante años en Cuba y estaba especializada su orquesta en recrear todo el abanico de los ritmos latinos posibles  -boleros, cha-cha-cha, mambo, rumba, etecé- mientras sostenían las peroratas y ocurrencias con las que Chupi entretenía a su audiencia. Pero llega un momento en el que Cortés, cansado, decide intentar volar por su cuenta y emprender carrera en solitario. Estamos en 1971. Decide entonces rebautizarse como Jou Cogra y graba un primer Lp homónimo en el sello Spiral, de tan sugerente portada como prescindible repertorio. Pese a todo, imbuido de los sonidos latinos que ha mamado en la orquesta, algunas de sus canciones, que hemos incluido en este disco (versiones de clásicos como “Lupita” o “Mambo en Sax” del Maestro Pérez Prado o la brasileña“Eu Vou”) despiertan una cierta simpatía. Es un disco balbuceante, apoyado en su mayor parte en la comodidad de los estilos que estaba acostumbrado a ejecutar en público. También es un disco en el que se atreverá a cantar por primera y última vez.

Como es natural, nada sucede tras la publicación de ese primer disco. No será hasta tres años más tarde, ya en 1974, cuando un irregular Extended play publicado por Barnafon nos presenta a un nuevo Jou Cogra. Todavía cojea este nuevo proyecto de cierta morosidad y querencia por el resquicio acomodado: bossa un tanto ortopédica en “Novo amanhecer”, melodías propias de cualquier club de carretera con “Sweet charme“. Pero del mismo disco emergen ya canciones en las que todo parece estar ensamblado.“Comanche” emana un aire Spaghetti western, con sus percusiones de feria, sus coros entre afásicos y extravagantes, su agradable aire a medio hacer. “Darkness”es, directamente, una barbaridad de apoteósico calado, un ondulante trip que transcurre entre múltiples clímax sonoros; despendolado Free Funk con pedal wah wah, vientos souleros, breaks de percusión y un hammond desatado. Por resumirlo brevemente, una de las joyas de la corona. Las cuatro canciones de dicho ep vienen incluidas en esta recopilación que tienen en sus manos.

El éxito, evidentemente, sigue estando en el mismo lugar, a años luz (porque no creo que Josep Cortés encontrase, siglos después, o sea, hoy, ninguna consuelo en la cotización que dicho Ep alcanzaría en el mercado discográfico) y Cogra se encuentra en una encrucijada. Qué digo encrucijada, siendo benévolos, está con pie y medio en el precipicio, de vuelta al mundo de las orquestas y a sus clases de piano.

¿Y qué es lo que hace un ludópata cuando vienen mal dadas?. Efectivamente, doblar la apuesta. Han pasado otros tres años y en 1976, publica en el sello Tipi un segundo Lp, que aquí incluimos íntegro. “The Hammond sound of Jou Cogra“, que así se llamará, tiene una historia tan fascinante detrás como lo es, al menos, gran parte de la música que contiene.

El disco, digámoslo de entrada, es un híbrido poco uniforme. Momentos formidables junto a otros aquejados, cuanto menos, de la tisis. ¿Y a qué se debe esto? Es sencillo. Los dueños de Tipi le hacen saber que no hay dinero suficiente para la grabación. Si quiere terminarlo, ha de ser financiado a medias. Cogra, como es evidente, no anda sobrado de capital. A grandes males, grandes remedios. Se le ocurre entonces la brillantísima idea de inventarse el crowdfunding con casi tres décadas de antelación. Para ello ofrece la posibilidad, a todo quien quiera, de grabarles sus canciones mientras asuman también los costes. Un disco a la carta, para entendernos. Hay distintas tarifas, no se crean. Una, la más elevada, para aquellos que consideren su arte como algo supremo y no quieran que se toque nada de su creación. Obviamente son las peores del disco (“Arabian hit”, “Sol de verano”…). Una segunda para aquellos que, más razonables, acepten el que Jou Cogra maquille el desaguisado arreglándolas (la discreta “Superblues”, muy deudora de “Señor Blues” y del “Comin’home”, correcto modal jazz, o la saltarina “Blues 4”, sincopada y ortopédica tonadilla que logra convertirse en simpática a la tercera o cuarta escucha). Pero, sobre todo, lo que hay es un puñado de maravillas que todavía hoy refulgen esplendorosas. Sin querer ser ditirámbico, procedamos a enumerarlas; “Cajas de madera”, con su beat casi Kraut y un fuzz salvaje que la cose de principio a fin. “Atrapados” y “Persecución”, ambas experiencias cinemáticas de irresistible pulsión. “Todo controlado”, orgíastico hammond sound digno de cualquier sesión de Librería de sellos como KPM o Montparnasse 2000. “Cráter satánico”, robusto tour de force que combina disimulado virtuosismo entre una tormenta de hammond, guitarra eléctrica y estimulantes breaks de batería

Por último tal vez alguno de ustedes, los afortunados que atesoren una copia del disco original, se preguntarán el por qué de la leyenda que aparece en su portada. Sí, esa que dice “Festival Eurovisión ’76”. Se lo explico. Tipi, ése insigne sello con visión de futuro, decide que Cogra grabe una versión de “Sobran las palabras”, la canción de Braulio que representaría a España en el festival de Eurovisión de ese año. Justicia poética, es la peor canción del disco con mucho.

Todos los datos biográficos han sido extraídos de la entrevista hecha a Josep Cortés Granero en el programa de radio “Poplandia”

LOS NIVRAM Sus dos Eps

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Ni pretendo hacer hagiografía ni, mucho menos, apostasia de una época y un lugar que ni siquiera viví, pero cada vez más, la teoría que circula por los medios serios, dando pábulo a la cantinela de que la música española de los sesenta y setenta hispana fue territorio abonado a ejercicios de voluntarismo y ortopedia, con la  excepción de algún fenómeno milagroso, carece de cualquier fundamento. Tal vez fuesen menos de los deseados -mejor no detenerse a contar, aunque por una vez estaría bien detenerse en algo más que el caballo, la sota y el rey-  pero lo que sí sucedería, desde luego, es que fueron hornadas incontables las que confirieron una pátina de osadía y en ocasiones de modernidad a una escena por lo general orillada y denostada. Es cierto también que el ejercicio de nostalgia en que estamos sumidos, ese del todo vale (algo de lo que uno pretende huir como de la peste, sin saber si logrará conseguirlo) y presuntamente laudatorio, suele ser uno de los puyazos más certeros para que se de todo aquello con lo que uno no comulga. Pero dejémoslo y vayamos a lo que importa, que siempre me enredo.

Naturales de Granollers, los Nivram (así bautizados por su devoción por los Shadows, de hecho su nombre es el apellido de su guitarrista, Hank Marvin, escrito al revés) fueron uno de los grupos mas tremendos -también más olvidados- del terremoto musical que -sí, también- sacudió a nuestro país a partir de mediados de los años sesenta. Estaban compuestos, en su formación definitiva por los tres hermanos Mauri (Jordi, voz, guitarra, saxo y compositor, Francesc, bajo y Josep, batería), junto a Josep David Sala (guitarra). Los hermanos Mauri provenían de una familia de músicos profesionales y dominaban sus instrumentos con destreza. Habían comenzado tocando en orquestas, tras cursar estudios musicales, empeñados en el rodaje instrumental, bajo la atenta mirada de su padre (director de la Orquesta Selecció y de su tío, trombonista de la Orquesta Astoria). Pronto les sería inoculada la nueve fiebre. Muy jóvenes debutan en el Centri club de Granollers, donde ganan el “Concurso de ritmos modernos del casino de Granollers” y pronto marchan a la Costa Brava. Es allí donde todo cobra forma. Se codean con la creme de la creme barcelonesa (Sirex, Lone Star, Salvajes…) y lejos de desentonar, triunfan. Tienen discurso y actitud, componen sus propias canciones y su imagen es rotunda.

En 1965 debutan en Emi/Regal con su primer Ep: Falsa ilusión / Un amor sin igual / Mi nuevo amor / Tema de Peter Gunn. Esta última es la única versión y también su única canción registrada instrumental.  Se vende poco y no pasa nada, pero el contenido nos advierte que ahí anida algo muy serio. “Falsa ilusión” es un medio tiempo de ascendencia beat, pulcro, que remite a Heinz y Joe Meek y que ya anuncia el soberbio trabajo con la rítmica que caracterizaría su obra. “Un amor sin igual”  es ya otra cosa. Desatados, anfetamínicos, chulescos y elegantes, un riff de guitarra omnipresente e inolvidable la atraviesa de principio a fin mientras que un saxo casi tremolo le confiere una entidad única. “Mi nuevo amor” es Beatles rindiéndose ante Buddy Holly; la rítmica grácil y la batería juguetona proclamando el estallido beat. La última, la versión de Mancini, plena de groove y clase, el saxo de Jordi incisivo, es casi un guiño a sus inicios.

Al años siguiente publican su segundo y último Ep. ¡Y qué Ep!. Aunque la canción principal es la hermosa y ensoñadora “Mi estrella”, la elegancia hecha beat, y cuente con otras dos maravillas -¿Quién vive sin amor? y la espectral “Días tristes”, pop psicodélico en la senda Huracanes (¿Se conocieron, se escucharon?)-  serán sin duda recordados por esa barbaridad que atiende por “Sombras”, una de las cimas del garaje español. Oscura, demente, turbia, simplemente perfecta. Desde la rítmica inicial y la batería metronómica -de nuevo me evoca a los Huracanes, vía el soberbio Julito Andreu– hasta su saxo tembloroso, escueto y preciso, pasando por esa letra inaudita, fantasmal, que cuenta  la aparición ante el protagonista de una  enamorada muerta, en medio de un paseo quien sabe si narcótico, enfermizo o ambas cosas a la vez. Primera división, se lo prometo.

Iba yo una vez por la gran ciudad, cuando en una calle oscura la vi caminar.
Yo creí que fue mi imaginación, me dejó ir con mi desesperación.

Sombraaas, estas sombras voy a desvanecer.
Sombraaas, y borraré de mi mente el recuerdo del ayer

Yo la abandoné por otra mujer y ella de dolor murió días después
desde entonces yo no puedo dormir, uuuh y la vida es así, imposible de vivir…

siempre (Sombraaas)
Yo no quiero (Sombraaas)

Sombraaas, estas sombras voy a desvanecer.
Sombraaas, y borraré de mi mente el recuerdo del ayer

En 1966 hay cambios,Josep David Sala tiene que marchar a la mili y es sustituido por Vicente Caldentey, (quien proviene de los Z-66 de Lorenzo Santamaría). Poco después los hermanos Mauri también tienen que cumplir con el dichoso servicio militar. A su vuelta, en 1968, sin contrato, marchan a Mallorca, donde se rebautizan como Mauri set. Jamás volverán a grabar.