ALZO & UDINE C’mon join us!

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Estaremos más o menos de acuerdo en que existen los llamados discos generacionales. Discos que con el paso del tiempo llegan a fijarse en nuestro subconsciente como el emblema de una época. Pienso ahora mismo en un buen puñado de ejemplos con los que, descuiden, no voy a aburrirles. Sucede eso -me refiero al prodigio en lograr devenir como fotografía fiel y certera de un tiempo pasado-  no por expresa pretensión sino, más bien, por empecinarse sus autores únicamente en su creación. Y al así hacerlo consiguen captar de una manera prototípica el angst de una época hasta llegar a convertirse en estandartes de un tiempo, con las cargas -y también réditos- que ello acarrea. Son discos, en estos tiempos carentes de cualquier idealismo, donde el cinismo rebosa, que pueden llegar a parecernos ingenuos o estereotipados y que corren el peligro de ser enarbolados por aquellos a los que se lo trae todo al pairo. O, peor aún, seres que dan la impresión de que no se enteraron de la misa la mitad. Rehenes -no sé si sabiéndolo o no- de una especie de consenso general, mientras se empujan unos a otros siendo una parte más -y prescindible- de una masa ansiosa tan solo por aparecer en el encuadre y pretender, ilusos, tener un lugar en la historia. Personas, en el mejor de los casos, prisioneras de una nostalgia por definición improductiva, cuando no impostores sin ningún tipo de remordimiento por el cinismo y la condescendencia con la que habitualmente nos regalan.

Existen también otro tipo de discos. Con otros méritos y, casi sobra decirlo, con otras lacras. Discos que involuntariamente (porque estoy casi seguro que no lo pretenden intencionadamente) parecen querer huir de las enciclopedias como quién huye de la tormenta y que sin embargo, muy de vez en cuando, acaban siendo enciclopedias en sí mismos y también tempestades, aunque sean estas calmas. Me explico. Son discos pasados de moda prácticamente desde su gestación, pero sin esa vocación de perdedor que puede llegar a ser tan nociva, sino más, que la aspiración al éxito a cualquier coste. Discos o bien adelantados a su tiempo o bien con una temporada o dos de retraso. Obras que van a su bola, ajenas a cualquier debate exterior y que por lo general no pueden ser entendidas con propiedad ya que se tiende a interpretarlas como algo ya superado. Unas veces por la producción (exagerada, escasa o distinta), otras por el tono (impúdico o confesional, distante o peligrosamente cercano) y otras más por la oportunidad. Incluso, en ocasiones, por todas esas cosas a la vez. Suelen ser discos que partiendo de una premisa similar a otros más agasajados, tienen desde su concepción una marca indeleble que les mantiene ajenos al vínculo y a la comunión grupal. Sucede eso generalmente por su incapacidad en pulir de su mismo centro neurálgico la individualidad a la que no están dispuestos  a renunciar, pero sobre todo por ver el mundo, su mundo, de otra manera a la consensuada. Son además, a menudo, discos perpetrados por gente un tanto peculiar; gente bien con sobredosis de empatía bien cercana a la misantropía. Gente enfermizamente tímida o bipolares encantadores en pleno subidón o bajón. Tipos que caminan cual funambulista por ese fino cable que creen que les conducirá a la excelencia y que prefieren ignorar el precipicio que discurre debajo de ellos. Unas veces arrojados y en otras locos, las dos caras de la misma moneda. Seres con un ego distinto, que no suelen -ni creo que quieran- ser conscientes de ninguna otra cosa que no sea ver y describir el mundo en que habitan e intentar comprender su relación con él. Y sin embargo, pese a toda esa rémora, hay veces que se obra el prodigio; “C’mon and join us!” es uno de esos milagros.

Alzo (Alzo Fronte, de origen italiano y nacido como Alfred Affimuti) y Udine (Noor Ali Ude,de padres iraníes) eran dos muchachos neoyorkinos obsesionados con la música desde la adolescencia. Ya en 1967, antes de aparecer como dúo, habían registrado un par de sencillos como The Keepers of the Light en el sello Steed  producidos por Jeff Barry. Catalogados hoy en día bajo la etiqueta garage lo suyo era ya entonces algo muy distinto, embrión estilístico y sensitivo de lo que nos regalarían poco después.

 En 1968 firman por Mercury, una major. Publican un par de sencillos y enseguida debutan con un disco cuyo repertorio viene firmado íntegramente por ellos. Vaya disco amigos; “C’mon and join us!” es -y me van a permitir utilizar tan manido calificativo- uno de los mejores y más desconocidos discos de la década prodigiosa, esa que termina en 1970. Bajo el a menudo displicentemente calificativo de música que te hace sentir bien, (en este caso y en mi opinión verdad irrefutable) la docena de canciones que componen el disco original -once en realidad si descontamos su presentación, la breve “Speech”– son una sucesión de sorprendentes hits, íntimos y perdurables, que hacen que un zángano como yo todavía se pregunta cual fue el error para que se quedasen para siempre en una esquina polvorienta.

 Porque este disco no tiene una canción que no sea al menos notable. Partiendo de su enorme cancionero y unas premisas más o menos académicas -para entendernos, las del pop clásico- surge una melangé de música americana (Folk luminoso, Soul groovers, artesanía puro Brill Building y por supuesto pop) engarzada de manera elegantísima. Añadamos un sutil toque latino, mezcla de culturas de ese crisol que era Nueva York, y combinémoslo con esa especie de Funk Folk que recorre todo el disco y, aún así, lo siento, no será más que una definición injusta y trapacera de su resultado. “C’mon and join us!” va dando paso, uno tras otro,  a todos los puntales sobre los que se sostiene la música popular por la que quién firma siente verdadera veneración. Pueden ser unas veces los girl groups cultivados en el Brill Building en “Define” o la mejor Jackie DeShanon en “This room”. Puede ser también una especie de compendio del Nuyorican soul –ese que va de Ocho a Malo, de Benitez a Ralfi Pagan- en la hermosa “Something going” y el riff arpegiado de Archie Bell y los Drells y su “Tighten up” en la magnífica “C’mon and join us!”. Hermosos presentes en forma de Sunshine pop de manual, espectral y confesional (el de “Spooky” o “Stormy”) en “You’ve got me going” o  barroque pop a lá Left Banke o los Chad and Jeremy de “Off Cabbage and kings” en la fastuosa “Want your love”, con ese clavecín inolvidable dotándola de un punto melancólico y sin embargo esperanzado. Nos deleitan, canción a canción, con la mejor tradición de los dúos de folk pop americanos. Esos que a la estela de los mejores Simon & Garfunkel han aparecido como setas, aunque siempre, eso sí, escogiendo certeramente la mejor cosecha (Lambert & Nuttycombe, Brewer & Shipley) para acabar combinándolos con el soul orgánico del Stevie Wonder más grande. Y siempre, pese a toda esta retahíla de referencias -les ruego me disculpen, es el recurso habitual del mediocre-, siendo ellos por encima de todo. Creciendo exponencialmente a partir de las enseñanzas bien recibidas y mejor asimiladas hasta conformar una obra que sorprende y maravilla por su ajustada perfección. Una disco que resulta ser, desde su más absoluta falta de pretensiones, una obra enciclopédica por su temario, enjundia y lucidez.

Junto a ese repertorio imbatible, trufado por sus juegos de voces, su falsetto, los glissandos, los bongós y las acústicas en hermosa conversación un grupo de músicos de primerísimo nivel, prestos a tallar el diamante. Porque esa es otra, el elenco. Junto a Alzo (voces, guitarra acústica de 12 cuerdas y guitarra eléctrica) y Udine (voces y percusión) estarán Buddy Saltzman (baterista impecable, quién ha grabado -o lo hará- con los Coasters, con Tim Hardin, con Laura Nyro, con The Cyrkle… batería en las grabaciones de los Archies y en muchas de los Monkees), el formidable percusionista afroamericano Emile Latimer, el titán del banjo y del bajo Eric Weissberg (famoso por su interpretación poco después del “Dueling Banjos” en “Deliverance”, la película de John Boorman) o el pianista y orquestador (con fructífera carrera en Broadway) Steve Margoshes.

Desgraciadamente, ya ha sido dicho, nada sucederá. Otro disco más que pasará sin pena ni gloria. Udine, quién al parecer ya coqueteaba con las sustancias narcóticas, acaba definitivamente enganchado y el dúo decide dejarlo ahí. Alzo, en cambio, persistirá con su tarea, inmune al desaliento y nos regalará otra maravilla, “Lookin for you” (Ampex, 1971),  reeditado como “Alzo” un año más tarde, tras firmar con Bell. Es la continuación natural de “C’mon and join us!”. Producido por el gran Bob Dorough, el pianista de be bop, crooner, entertainer y autor e intérprete de uno de los más maravillosos discos infantiles que yo recuerde, “School house rock” y con diferentes músicos (solo repite Emile Latimer) a los del disco del dúo, es otra joya. Un Lp repleto del mismo lirismo y de la misma facilidad melódica, con el mismo talento y, desafortunadamente, con la misma indiferencia general que el citado “C’mon and join us!”.

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THE NEON PHILHARMONIC Tauper Saussy featuring Don Gant

The Neon

Le gustaría a uno tener la facilidad de palabra necesaria para poder contar,  apropiadamente y en unos pocos párrafos, la novelesca y azarosa vida de Tauper Saussy. Como estoy seguro de no contar con ese don, intentaré resumirlo sucintamente para ponerles en situación y pasar, posteriormente, a hablarles de los dos -marcianos, adictivos, decadentes, fallidos, formidables- discos de The Neon Philharmonic.

 Fue nuestro hombre una especie de caballero sureño, dandy elegante, demente y lúcido a la vez, descendiente de una familia de franceses hugonotes afincados en Savannah. Devorador compulsivo de cualquier manifestación artística con la que se topase, fue también compositor, músico, pintor y escritor entre otras muchas cosas. Ácrata genético, apologista de diversas teorías conspirativas, mosca cojonera sin parangón, cristiano de la vieja escuela (más como asunto enraizado en la tradición que en la militancia, para entendernos), prófugo de la justicia por su oposición a las leyes de impuestos federales y la política económica del gobierno y profundo defensor de la libertad a la manera americana (esa que prima al individuo por encima de todas las cosas y que casi desprecia al colectivo cuando colisiona con cualquier hipotético derecho individual) Tauper Saussy, con ese estupendo nombre propio del villano de la película, no podía ser nada menos.

 Aparte de estas lineas maestras, grosso modo referidas, fue también músico de jazz en su juventud, fundador y dueño de la agencia de publicidad McDonald & Saussy, propietario de restaurantes, enamorado de la literatura, teólogo sui generis, pintor con obra dentro de la colección permanente del Museo de Tennessee y biógrafo de James Earl Ray, asesino confeso de Martin Luther King, con quién trabaría amistad tras su estancia en la prisión de Atlanta.

  Podría seguir pero tampoco quisiera aburrirles, imagino que ya se hacen una idea del tamaño del personaje. Con todos estos mimbres en la mochila, en 1969 nuestro hombre grabaría para la Warner, junto con Don Gant, dos discos formidables bajo el nombre de The Neon Philharmonic, “The Moth confesses: A phonograoh Opera” y “The Neon Philharmonic; Dedicated to the Baroness d’A”. Supongo que lo que voy a decir no significa nada (sobre todo en una época en la que se tiende a exagerar el pasado y mitificar la nostalgia como método de autodefensa ante la apología del instante y la liturgia de lo moderno), pero son dos de los discos más extraños que he escuchado jamás. Por supuesto que ese bizarrismo, por sí solo, tiene escaso valor más allá de mi fijación por lo atónito y el deleite en lo extravagante. Así que no me estoy refiriendo tanto a lo formal, no, ni a su a priori atractivo envoltorio bajo el manto de un pop orquestal teóricamente tradicional, un marco que desprende un no sé qué malsano, melancólico y a menudo indescifrable, sino sobre todo y principalmente al fondo. Una espina dorsal atiborrada de referencias en principio inconexas y que provocan, por este orden, sorpresa, molestia y finalmente placer. Borges, Francis Scott Fitzgerald, Mary Shelley o Tolkien, distopías naïves a tutiplén, la obsesión por la música sinfónica y los musicales clásicos, la infancia como reducto idealizado -y también turbio- de la memoria, la Europa de entre guerras como panacea de la fantasía, decadente hasta decir basta, pese a ser descrita como poco menos que una arcadia feliz… Una mezcolanza indescriptible que cuenta, en teoría, con todos los números para ser algo de lo que huir pies en polvorosa y que, sin embargo, logra convertirse en una especie de sueño psicodélico Carrolliano antes que en la pesadilla que podríamos presuponer.

El primero de ellos, “The Moth Confesses (A Phonograph Opera)” quizás sea el más -relativamente- popular, pues incluye la hermosa “Morning girl”, la cual lograría entrar en el Top 40 americano. De apariencia accesible, comienza con un moog semejante a un pellizco para dar paso a la cálida voz de Don Gant y, a continuación, irrumpir una montaña rusa de cuerdas, primero ténues, más tarde robustas, ayudadas por los vientos que acarician. Todo en él es melancolía, tan delicada como potente. No tanto nostalgia, vista esta como el dolor de una vieja herida, sino, sobre todo, una especie de punzada en lo más profundo del corazón, más poderosa -y perdurable- que la memoria. Como leí no recuerdo ahora donde No es una nave espacial, es una máquina del tiempo.

Creado a partir de la aspiración de Saussy de escribir una ópera, el hombre, como con casi todo lo que hace, se sumerge en su elaboración a tumba abierta. Viaja a Nueva York con el único propósito de asistir a la representación de “Marco Antonio y Cleopatra” de Samuel Barber ya qué, atención, ha leído que es espantosa y quiere comprobar de primera mano cuan espantosa es. Ese es el tenor del personaje. Queda, en cualquier caso, encantado con algunas de la Arias y atrapado por la grandilocuente orquestación en general. Nada le parece suficiente ni tampoco nada le deja frio. Aprende que la ópera necesita de complejidad y una cierta morosidad y que sin embargo la audiencia –y los tiempos- ha construido la comunicación sustentada entre la simplicidad y la inmediatez. Tendrá pues que buscar la alquimia exacta. Escribe; “Una acertada visión de la opera viene de la afirmación de McLuhan acerca de que el canto es el habla ralentizada y la música el habla acelerada. Para mi la representación operística es una manera superior de comunicación al drama clásico, pues se comunica a partir de una infinidad de contextos”.

“The Moth confess”, una ópera pues, aunque condensada, tiene un tema central; la desesperación. “Hay mucha tensión y movimiento en la desesperación. El estar desesperado implica una elección entre varias alternativas, y mientras vemos al protagonista debatirse entre esas varias elecciones, el suspense se mantiene”. El protagonista de la opera es una especie de trasunto de una polilla, siempre tras la búsqueda de la luz. Emerge de su capullo en “Brilliant colors”, la canción que abre el disco y anda fascinado ante el mundo nuevo que se abre ante sus ojos, deseando aparearse y hacer el amor como modo de relacionarse. El resto de las canciones casi podría decirse que tienen que ver con el recuerdo y la recreación de ese deseo primario.

El segundo “The Neon Philharmonic: Dedicated to the baroness d’A”, es más de lo mismo, aunque con más graduación tanto en lo bizarro como en su demente libertad. Como en el primero, con él a cargo de cualquier cosa que tenga teclado, le acompaña la Sinfónica de Nashville junto al mismo elenco de músicos ; el bajo de Norbert Puttnam, Chip Young a la guitarra, Kenny Butrey y Jerry Carrigan a la batería, Dennis Good y Don Sheffield con trompeta, trombón y saxofón…

 En ambos discos acompañado por Don Gant (escritor, productor, descubridor de cantantes)  tiene éste una voz no destacable técnicamente pero cercana, carnal y con un punto de desesperación muy adecuado para la representación, convincente en el trayecto que le lleva a la asunción de su dolorosa y finita autoconsciencia. Ambos discos tienen mucho que ver, a mis ojos –y sobre todo a mis atascados oídos- con una época ya pretérita, un tiempo que ya pasó; Con el Richard Harris que tan bien representó los miedos y el júbilo de Jimmy Webb, con la chanson francesa asimilada desde la distancia y por tanto otra, no necesariamente peor (un poco a la manera de Rod McKuen), con el diletantismo tarambana y sin embargo en ocasiones hondo de Noel Harrison, con el Scott Walker que pudo haber sido y no quiso, con el  Micky Newbury de “Harlequin memories”… y también se intuye ciertas cosas que están por venir; “The Phantom of the Opera”, los primeros Queen … un milagro, en definitiva.

Un milagro, además, hecho desde el mainstream, en una época en la que casi cualquier experimento podría darse desde la industria, todavía falta ésta del virtuosismo y la pericia necesaria en el manejo de lo artero, del cálculo y la castración artística. También una época en la qué -por parte de los artistas y de la audiencia- la ingenuidad, la falta de miedo al ridículo y el afán por experimentar sumaba más que restaba. Una aproximación que jugaba con los textos y la música de una manera similar a como Welles definía su relación con la cámara y el micrófono, el uno pensamiento y el otro emoción.

 

 

BERGEN WHITE For women only (SSS, 1970)

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Dentro de las inútiles clasificaciones que de la música y de los discos solemos hacer -por comodidad, por seguridad, por simpleza- existe una, relativamente reciente, a la que podríamos llamar Wilsoniana y que vendría a ser aquella conformada por los discos cobijados bajo el manto protector y la influencia de Brian Wilson. Obras dotadas de tentáculos interminables, de aristas muchas veces desapercibidas, que parecen querer aspirar a la cuadratura del círculo. Son discos realizados como un totum revolutum, por lo general entre la genialidad y la demencia, aunque a veces también desde la casualidad y la inspiración, a menudo orillados por el tiempo al ser considerados otra cosa, distinta y menor. Son discos llenos de ideas, de hallazgos y defectos, también de obsesiones. Discos que partiendo de la melodía se muestran indesmayables en la búsqueda de un perfeccionismo que se nos antoja imposible de lograr. Pop clásico, multiforme, de orquestal y esmerada producción, que navega con dificultad entre lo confidencial y lo grandilocuente, en un constante y peligroso equilibrio. Y que en las ocasiones en que consigue mantenerse erguido, sustentado por la pureza y lo anacrónico, subvierte lo peyorativo de este último estado para alcanzar una categoría propia, la de estrella errante de perenne luminosidad.

Música arrebatadora cosida por arreglos delicados; Cuerdas que sostienen el tempo, órganos, clavecines, pianos de cadencia clásica, guitarras elegantes empeñadas en dotar de cuerpo a la composición. Vientos evocadores sosteniendo a coros celestiales, voces que surgen de esa marea tranquila para recitarnos su novela y que pese a parecernos insólitas e incluso inadecuadas en un primer momento acaban por encajar como un guante de terciopelo en ésa su aspiración de componer la perfecta sinfonía adolescente.

Son también, en su aspecto narrativo, esbozos fuera de tiempo -acaso aparentemente ñoños tras una apresurada escucha, acaso de ardorosa urgencia cuando nos vemos reflejados en ellos- que pretenden ilustrar vidas, miedos, anhelos, de una forma humilde y un tanto idealizada. Una inmersión absoluta a nivel personal que evita -que hace imposible en realidad- el riesgo de cualquier ambiciosa o petulante pretensión generacional. Historias sobre la fascinación del hechizo, sobre el vacío de la soledad, sobre la pérdida en definitiva. Narraciones y melodías construidas por una tan endeble como infalible arquitectura, ya que en las ocasiones en que ésta logra mantenerse incólume termina por ser fiel retrato de una obsesión que nos consume, del sentido de la vida. Historias, en definitiva, tan alejadas del menor interés en sumar adeptos a su causa como empeñadas en luchar contra todo aquello en lo que, en su fuero interno, son plenamente conscientes; de su irremisibilidad.

Y es ahí donde el único disco que conozco de Bergen White, “For women only”, entra por derecho. Le aguanta el pulso orgulloso y retador a cualquiera de las obras que cada uno de nosotros (“Pet sounds”, “Present tense”, “The further adventures of Charles Westover”, “Oddysey and oracle”, “Someday man”, “A midsummer daydream”, etc) estimemos como imperecederas, canónicas. No estoy hablando únicamente del estilo -que también- si no de su grandeza. Por derecho.

Bergen White entra muy joven a trabajar para Hit récords (sello de producciones baratas cuyas ediciones se vendían en supermercados) especializado en lanzar singles de consumo rápido con versiones de los éxitos del momento. Apenas observa la mínima posibilidad de meter la cabeza donde siempre había querido, deja su empleo como profesor de matemáticas y se zambulle sin pensarlo. Hit records tenía la costumbre de permitir que en las caras B de esos sencillos sus colaboradores incluyesen alguna composición propia. Es allí donde conoce a Bill Justis (sí, ese Bill Justis), el arreglista jefe del sello, quién seducido por su talento le sugiere que comience a realizar orquestaciones e incluso permite que incluya, con seudónimo, alguna de sus composiciones.

Por aquella época Ronny and the Daytonas -la respuesta desde Nashville a los Beach Boys– alcanzan el # 4 en las listas con “GTO”. En muy poco tiempo tienen que tener a punto un Lp y además hay que girar. Invitado por sus amigos de infancia Bobby Russell -quién cantaba en “GTO”– y Buzz Cason (con quienes había tenido un grupillo adolescente llamado The Todds) y conociendo también a John “Bucky” Wilkins, lider de la banda junto a  Cason, entra a formar parte de los Daytonas como músico y cantante ocasional. Es durante esa gira cuando conoce a Brian Wilson, ya de viaje a ninguna parte, hastiado de la poderosa máquina de surf, la sonrisa perenne y las odas al cuerpo -y a la mente- sana que el ya nunca tendría y en cuya cabeza comienzan a gestarse lo que serían esas dos obras maestras, lacerantes y hermosísimas, que responden por “Pet sounds” y “Smile”.

Motivado y seducido, casi impelido por un alma gemela indicándole el camino, Bergen White comienza a dar rienda suelta a sus dotes y habilidades. Un primer sencillo en Monument (“If it’s not asking too much”) es su pistoletazo de salida. No pasa nada con él, aunque eso no parece desanimarle. Su carrera como arreglista ha comenzado a emerger tras el éxito de su trabajo para Tony Joe White en “Polk salad Annie”. El mismísimo Rey requiere de sus servicios y eso ya son palabras mayores. Colaborará con Wanda Jackson, con Glen Campbell, con Margo Smith, con Duane Eddy, con Dottie West. Ya tiene un status profesional. Ha entrado en las grandes ligas. Pero en su mente sigue bullendo una obsesión; su disco. Finalmente, en 1970, se pone manos a la obra. Grabado en Tennesse, con la creme de la creme de los músicos de Nashville (Charlie McCoy, Norbet Putnam, David Briggs, Mac Gayden, Wayne Moss, etc) “For women only” es el resultado de una alquimia única; El romancero del american gothic, torch songs cosidas por imaginativas orquestaciones y sustentadas en la melodía. Pop de la costa oeste, reminiscencias del brill building, country & western solapón, american music. Técnica, pericia y sensibilidad. Distinción y elegancia. Portentosos arreglos de sutil, frágil belleza y un estilo vocal que ora remite al doliente Del Shannon -acaso tres escalones por debajo de su vituosismo- ora a un Richard Carpenter maduro, consciente de lo que se trae entre manos.

Lastrado por una portada cuanto menos poco afortunada, que remitía a las series económicas, a esos exploitos oportunistas (“Todo el mundo me preguntaba sobre ella. Todos me preguntaban si eran Ted Kennedy y Mary Jo Kopechne. Yo les respondía que claro que no. No tengo ni idea de donde vino la portada. El tipo obviamente no era yo, aunque la mujer era bastante guapa”) y con una estrategia a cargo del sello de Shelby Singleton cuanto menos discutible: Edictar inemediátamente después de su lanzamiento un sencillo –“Spread the world”– no incluido en el Lp y con un sonido que no tenía nada que ver con el grueso del corpus, no parecía la mejor idea posible. Como no podía ser de otra manera, el disco acabó ubicado definitivamente en el cajón de saldos, en las cubetas del soft-pop más peyorativo y las del hilo musical. Era el tal Shelby Singleton uno de esos corsarios prestos a desvalijar cualquier navio con problemas, uno de esos buscavidas prestos en hacer caja sin importarles las bajas. Ya venía maleado y ducho, perro viejo en definitiva tras sido un capitoste en Mercury y su subsidiaria Smash. A “For women only” no le cupo otra, desde el mismo momento en que se publicó, que formar parte de esa extraña -y amplia- categoría de discos que pierden la carrera antes de comenzarla.

Y es una lástima. El disco lo tiene todo. De sobra. Composiciones soberbias; las propias (“It’s over now”, “The bird song”,“On and on”) más las de su amigo David Gates (“Look at me”, “Gone again”). También de Mickey Newbury (“Let me stay awhile”), de Barry Mann (“She is today”, “Lisa was”) o incluso de Townes Van Zandt (“Second lover’s song”). La orquestación es delicada y firme, tiene vuelo y melancolía, plena de la elegancia y el tono necesario,. Muy precisa en ese difícil arte que consiste en huir de lo sentimental y quedarse en lo evocador, lo etéreo. Las melodías son todo un carrusel de matices: clásicas, inventivas, ricas. Imaginativos los arreglos; flautas y cuerdas, fuzz y clavicordios… todo casa con armoniosa, sorprendente perfección. Lo que en un principio podría ponernos a la defensiva -la obra de un arreglista dispuesto a mostrarnos todo su abanico de trucos- se convierte en un disco que aún dando carta blanca a las pretensiones de un profesional del estudio (por lo general habituado a darle al cliente lo que se espera de él y no lo que pretenda en su fuero interno o considere más apropiado) obtiene por resultado un trabajo mágico, ajustado, evocador. Si además los textos huyen de lo melifluo, adquieren un trasfondo confesional y sincero, permitiéndonos varias lecturas, lo que obtendremos será un disco que es tónico y cauterizador, un disco que narra los itinerarios de la obsesión, sus precipicios y sus cimas. Un disco al que querremos volver tantas veces como nos sea posible, en los momentos de desolación y también en los de esperanza.

 

El disco fue reeditado por Revola en cd en el año 2004, incluyendo además del tracklist del lp original tres singles no incluidos en él, unas notas exhaustivas a cargo de Steve Stanley (que me han servido para documentarme, tomando datos históricos) y declaraciones en exclusiva de Bergen White acerca de cada una de las canciones.

La Casa de Cristal

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Hace ya unos cuantos años, me hice con una recopilación que sin duda muchos de ustedes conocerán, en formato doble Lp y editada por Rhino, titulada “My Mind goes High”. Como casi todas las recopilaciones de varios artistas era irregular, pero he de admitir que en ella ganaban, y por bastante diferencia, los aciertos. Recogía dicho disco, según el criterio del recopilador, algunas escondidas perlas de la psicodelia pop americana (John Wonderling, MC2, Brass Buttons, Baker Knight & the Hallucinations, Tom Northcott…) junto a otras, tal vez por obvias, poco o nada valoradas: The Association, Music Machine, Noel Harrison, The Electric Prunes o The Holy Mackerel). Eran canciones que estaban escondidas en los archivos de Warner y en los de sus múltiples divisiones y subsidiarias; Reprise, Loma, Valiant, Atlantic, Cotillion, Elektra.

Siendo como soy un obseso de esos artefactos de siete pulgadas denominados singles, intenté hacerme con las que desconocía hasta entonces o tan solo tenía en Lp. Con paciencia y tiempo completé la tarea. Pero hubo una que se me resistía constantemente. Tal vez por ello era también la más anhelada. Revisando las notas de ese disco vi que, al contrario que en el resto de temas, solo hablaba del Lp donde iba incluida y tras intentar contrastarlo en webs, el Goldmine USA 45 price guide, el Fuzz, Acid & Flowers, etc. acabé por aceptar que nunca se había publicado en single y que por tanto me tenía que conformar con el, por otra parte, estupendo Lp.

La canción de marras a la que me refiero era “House of glass” de THE GLASS FAMILY. Algo espectacular a mi juicio. Tenía ya de ellos, en formato 7″, su primer single para Sidewalk (“Teenage rebelión”) y tambien un segundo (“Agorn ,elements of complex variables”), ya en Warner, incluido en su LP. Este “Agorn” discurría un poco en la estela de los Silver Applesspeedico, un remedo avant la lettre de furioso y mántrico punk rock hecho con maquinas). También me parece recordar que una canción suya iba incluida en la Banda sonora de “Freakout USA”.

The Glass Family fueron un trío formado por Ralph Parrett, David Copiluto y Gary Green. Californianos, giraron con los Doors y Grateful Dead. Su primer y único Lp –“The glass family electric band”(Warner, 1968)- estaba producido por Ritchie Podolor y según sus propias palabras, ese mágico “House of glass” que lo abría (con un vigoroso órgano in crescendo, ribeteado por una elegante y contundente guitarra más una voz solista alucinada ayudada por unos coros femeninos fantasmagóricos y una producción muy avant garde) “… Es auto biográfico. Habla sobre nosotros, de nuestros misterios y aventuras durante un año y medio…”. Vale. Como usted diga. La canción, eso sí, era un tiro.

Volviendo a las vicisitudes de la búsqueda. Hacía años que había abandonado. Una vez más, de nuevo, me queda claro que no hay que hacerlo. Nunca. Así que hoy puedo contarles a ustedes que SI existe en 7 pulgadas. Concretamente un ep francés, promo y sin portada. Me explico. Hace un tiempo, de vacaciones con mi mujer y unos amigos en Francia, y habiéndome jurado dejar los discos de lado, no pude resistirme a darle un vistazo a un par de cajitas que tenía un bouquiniste, uno de esos tipos que venden libros junto al Sena. Allí estaba, esperándome. Un ep promo, con galleta blanca, en un sello llamado Parapsyche del que había oído hablar alguna vez. Una especie de sello para productos especiales de la Warner francesa. A partir de ahí, las elucubraciones; ¿Un proyecto promocional de la esa compañía, -que agrupaba producción propia y distribuciones de otros sellos-, con el que enviar a periodistas y radios avances de los próximos lanzamientos de rock psicodélico con el fin de testear la idoneidad o no del lanzamiento de sus Lps?. He de decir, por experiencia, que las alianzas dentro del mundo editorial discográfico deja en un juego de niños a cualquier otra entente que nos imaginemos. Este artefacto es claro ejemplo. Un mismo ep que incluye la tanto tiempo buscada “House of glass” junto con el “Oh No” de CONDELLO (incluido en su lp “Phase 1”, quienes grababan para Scepter), el “What kind of life” de GROWING CONCERN ( de su lp homónimo, editado por Mainstream) y el “Crazy woman” de DRAGONFLY (originalmente en Magaphone).

Tras varios días dándole vueltas, preguntando aquí y allá, al final pude solucionar el misterio. Según me contó un dealer francés fue editado promo para incluirlo como obsequio en la primera edición del libro “Le rock psychedelique. Vol.1” publicado en Francia en 1991. Por cierto, una edición revisada de “Fuzz, acid and flowers”, distinta a la mía,  lo corrobora.

¿Conclusión? Nunca digas nunca jamás. Siempre es mejor acabar con un No lo sé.

 

Lp completo

 

THE BOX TOPS Sandman

 

 

Una canción perfecta. Tremenda. Escrita por Wayne Carson Thompson. Producida por, hagan el favor de descubrirse, Dan Penn.

Es 1968 y hay algo en el aire. Psicodelia ligera, extraña, morosa incluso. Diríase que hasta la rutina es lisérgica. El pedal fuzz como marchamo de elegancia, agazapado pero siempre presente, mutando durante menos de tres minutos en el icono de la melancolía. Gary Telley dándole amplitud (aunque bien pudo haber sido Reggie Young o el mismísimo Bobby Womack, cualquiera de los guitarristas del American Sound Studio en realidad, no lo sé), cosiendo de arriba a abajo una balada clásica. Una balada decorada con los arreglos de cuerda y viento, sus coros mitigando o exacerbando el dolor, como en una montaña rusa de feria de pueblo, lanceada por un órgano que le otorga verdad. Ya se ha dicho, el American Sound Studio a todo trapo, pletórico.

Y claro, la guinda, el signo de distinción; una voz increíble. Tierna y cruda, capaz de describir los estados del alma, todo el rango de sentimientos que le suceden al ser humano. Impropia de un crío de 17 años.

Redefiniendo el hoy trillado concepto de lo cool. Sin ni siquiera pretenderlo, por supuesto. A día de hoy sigue maravillándome su absoluta perfección.

 

…There was a time, i knew my mind, and needed nobody else,
as strong as stone I stood alone, depending only on myself,
and suddenly my eyes fell on you,
and with a smile you conquered me.

I became a sandman, crumbling in your hands, just like a sandman,
You turned me into sand, i’m a sandman but stone in love with you.

No ties to bind, the wondering kind, i was a rolling stone.
My only friend, the restless wind, my only debt was my own.
And then with a word you blew my mind
and you touched me, with your eyes.

I became a sandman, crumbling in your hands, just like a sandman,
You turned me into sand, i’m a sandman but stone in love with you…