Fact or fiction?; Faction. "Bleeding Cowboys"

 

 
 

Hace ya demasiado tiempo, por puro azar, llegó a mis oidos una historia a la que no le quise hacer demasiado caso. Era tan hermosa y tan increible que no podía ser verdad, así que termine por atribuirla a la voluble y voluntariosa combinación de la imaginación y los deseos de alguien seducido por la fantasía. De hecho durante mucho tiempo permaneció oculta en mi memoria como un velado sueño. No es sólo que dudase si podía o no ser cierta, sino que concluí por asumir que dándole pábulo corría el riesgo de derrumbar un pasado de confuso andamiaje.

 

Toda aquella extraña mezcla de facts and fiction -en realidad de la constitución de un faction, la construcción de un hecho a partir de la ficción- comenzaría a cobrar sentido la tarde de un sábado de octubre, en el mismo momento en que me senté, aterido por el frio, a tomar un café y fumarme un cigarrillo, un poco como el epílogo de un día más empleado en la rutinaria búsqueda de discos. Mientras revisaba la magra cosecha obtenida vi pasar a Marc frente a mi, apresuradamente, como tantas otras veces, acaso un tanto más acelerado e inquieto de lo habitual. La gorra calada, las lentes empañadas y un moqueo nasal que goteaba sobre la bufanda, ceñida hasta el bigote, era la fina estampa que tenía el placer de contemplar. Aunque sabía que me había visto, no sé por qué pensé también que pasaría de largo, tal vez por darme la impresión de que andaba en medio de algún trapicheo con los feriantes locales. Al verme, en cambio, se detuvo, me pidió un pitillo y tomo asiento a mi lado. Llevaba, cómo no, una bolsa en su mano izquierda. Era, como también lo fuese acaso uno mismo, otro más de esos descabalgados hidalgos sin fortuna que se pasea con un material que muchas veces termina siendo víctima y otras remedo. Algo parecido a la leyenda de Pedro Luis Gálvez, aquella que contaba que paseaba por el Madrid de antes de la guerra con el cadaver de un niño muerto, diciendo que era su hijo, con ánimo tanto de provocar como de dar lástima y en otras la imagen del templario poseído que ansía dar con su santo grial. O, en su defecto – y mucho más probablemente- simple intención de topar con cualquier insensato que estuviese dispuesto a redimirlo de la pesada obligación de acarrear con esas piezas, éso sí, siempre a cambio de unas monedas.

 

Imaginé que debía ser uno su tercera o cuarta porfía en el empeño de hacer caja. Un adicto, un incauto, dejémoslo en ambas cosas a la vez. Supongo también que, perspicaz como él era, vio en mi persona a otro pardillo resuelto a convertirse en liberador de su carga, sin advertir siquiera que en lo que realmente iba a convertirme, involuntaria y además gustosamente, era en el papel de cautivo y no en el de redentor. Es curioso como algunos reconocen las esquinas y aledaños de ciertas disciplinas como conocen la palma de su mano y en cambio ignoran, porque no tienen el menor interés, lo que uno piensa que es el meollo, lo vertebral de esas mismas materias. Benditos sean, al menos tienen afición y su labor en el arte del trueque, del cambalache y la transacción nos procuran, muy de vez en cuando, dicha y felicidad.

Mientras le daba dos profundas caladas al winston y removía el café y al verme observar la saca con indisimulada curiosidad, extrajo de ella un taco de 7″ entre los cuales adiviné al menos un par de Eps, en apariencia interesantes. Ente los huérfanos dos desconocidas -al menos para mi- bandas sonoras francesas con sus sugerentes portadas, a las que enseguida vistió, intentando acicalar sus andrajos, con la pertinente novela. Suele ser la liturgia habitual, el adorno con lazo y papel estampado que, al igual que sucede con los regalos, debe recubrir toda estafa. Los precios que dejó caer a la vez que la ceniza del pitillo caía sobre su regazo, siendo disparatados, me parecieron tan solo excesivos para los estandards que acostumbraba a manejar. Debía estar desesperado, las salvas iniciales acostumbraban a ser más altas. Decliné lo mejor que supe la proposición haciendo mención a lo exiguo de mi cartera a esas horas del día y no se sintió más decepcionado de lo necesario. De hecho hizo el mismo gesto que hace el ludópata que verifica la combinación numérica y advierte que tampoco esta vez  ha logrado el premio. Tras una breve charla compuesta de oui, non, superb, peut-être y combien? sacó de la bolsa dos Lps , y aunque se le veía que ya andaba pensando en otro primo, me permitió darles un vistazo. Era el primero una copia de “La formule du Baron” en bastante buen estado y me espetó de inmediato cent euros. Le contesté casi susurrando que ya tenía una copia a la vez que no me decidía a explicarle que a lo sumo la mitad de esa cifra sería un precio justo, y éso antes de haber sido reeditado. Desistí. Con toda seguridad él ya lo sabría  y además tampoco iba eso a importarle.

 Junto a ese disco de Estardy habían otros. No debían ser gran cosa porque ni los llego a recordar. En cualquier caso los adictos nos conocemos todos. Conocemos cada uno de nuestros gestos, de nuestros reflejos y también de nuestros trucos teatrales. Debió notar algo en mi -nunca fui un actor siquiera decente- porque enseguida yo también percibí que comenzaba a hacer cálculo mental, a su manera, con la repetida subida de las gafas con el dedo índice mientras se rascaba lo que antaño fue un flequillo levantando la visera de la gorrilla. Le pregunté que si tenía alguna cosa más. Lo hice de un modo instintivo y me respondió con un “peut-être”. Me contó no sé que historia acerca de una visita a un chamizo cercano en donde le habían dicho que podía haber algo y que si me apetecía acompañarle.  Me sorprendió un tanto el ofrecimiento, su generosidad en compartir la presunta veta, cuando ese es un asunto con más secretismo que la fórmula de la Coca-Cola, pero supuse que estaría tan cansado como yo y que, a lo mejor, había topado con él en su día bueno. Ya saben, uno es optimista y bien pensado por naturaleza. Cuando le contesté que sí ya se había levantado de la mesa dejándome a mi la cuenta de los cafés y me indicó que le siguiese. Me advirtió que esperase lo peor y curiosamente eso fue lo que me excitó sobre manera. 

Comenzaba a llover, muy ténuemente al principio, casi aguanieve después, mientras cruzamos un par de callejuelas que apestaban a una mezcla de orín y Kebab, a humedad y cloaca. Una murga insoportable atronaba en los puestos de ropa y zapatillas falsificadas regentados por franceses de las colonias. Entramos en el Marché Biron y salimos por el otro lado a un pequeño y destartalado patio atestado de muebles moribundos. Diríase que aquel era un cementerio de muebles. No, mejor, era la sala de autopsias para muebles. De muebles proletarios, mutilados, ajuar de clochard. Al fondo, a la derecha, se alineaban unos cubículos construidos de bloque y cubiertos por un techo de uralita. De uno de ellos emanaba una luz macilenta y escasa y si observabas detenidamente hacia él se adivinaba al menos a una persona en su interior. Cuando nos oyó llegar, alguien se asomó, apartando una cortina que podría tenerse en pié sin necesidad de rieles, bañada por un almidon de naturaleza humana cuya composición de inmediato intenté borrar de mi mente. El fantasma nos hizo un gesto con la mano. Era un magrebí jovencito, apenas veinte años, acaso los tuviera, de rostro femenino y hablar dulce y pausado. Un hablar, pensé, como el que tendría el asesino piadoso antes de hundir la daga en tu estómago. Pasé al interior tras ceder el paso a Marc, mientras me despedía mentalmente de los míos, pues pensé que sería allí donde iban a acabar mis días. Al fondo del todo, sepultado por incontables cachivaches en su tiempo dedicados a la cocina (supongo que operativos en la época de la Comune, de la guerra del 14, o al menos desde las campañas coloniales en el norte de África) surgió lo que me pareció una cabeza. Digo me pareció porque de una bola enorme de pelos desmadejados -ninguno en el sitio donde le sentido común diría que debían estar- escuché un sonido gutural, acaso una onomatopeya más que una voz, increiblemente ronca. Había sido emitido ese trasunto de gesto comunicativo por un tipo que aparentaba casi un siglo -bastante mal llevado- con una barba que parecería desaliñada en cualquier spaghetti-western y coronado su busto por un cabello blanco al estilo cortinilla; Le surgía desde arriba de la oreja izquierda para terminar cubriéndole la calva de una manera tan generosa que aún le dejaba un proyecto de flequillo anárquico a-la-Oneto en el lado derecho. Era una monocapa grasienta, tanto como un plato de huevos con tocino mal rebañado. Tenía los ojos muy azules y su rostro surcado de más arrugas que el pasaje completo de dos autobuses del inserso. Se asemejaba un tanto al Bob Ewell de “Matar a un ruiseñor”, el rostro afilado y la mirada turbia, aunque a su lado el susodicho redneck perecía todo un refinado aristócrata. Nos tendió la mano como si pretendiese que se la besásemos y señaló dos cajas a su izquierda. Esperé a que mi acompañante diese el primer paso, más por miedo que por educación, y comenzamos a escarbar. No sé quién le habría dado el soplo a Marc, pero ahora entendía por qué me había invitado a acompañarle. Estaba tan asustado como yo. De entre los naúfragos que estaban allí pidiendo, más que socorro la eutanasia -qué se yo, un fuego purificador, una bomba de mano- me topé con un disco que me intrigó. Era un Lp de los Byrds que yo no había visto nunca, con una extraña portada. Parecía negativada, en tres colores; azul, marrón y negro. Con un diseño muy pop art que jugaba con cuatro siluetas, las barras y las estrellas. Estaba datado en 1974. Su título era hermoso, muy sugerente -“Bleeding cowboys” – y a la derecha rezaba la leyenda “The lost album”. Lo primero que pensé fue que debía ser un recopilatorio publicado ex-profeso para el mercado francés. Pero inmediatamente después, tras darle la vuelta y leer el listado de canciones en la contraportada, me dio un vuelco el corazón. Ninguna de aquellas canciones había sido registrada nunca por McGuinn, Clark y compañía. Y sin embargo sus títulos me sonaban, me eran familiares. En su interior había unas páginas mecanografiadas -al modo en que recordaba que se hacían por aquel entonces la notas de promoción- escritas en francés y que más que un texto promocional parecía una especie de cuento largo o novela corta.

Tras pasar media hora cubriendo el expediente, nervioso en terminar la comedia y con unas incontenibles ganas en ojear detenidamente aquel pasquín, le pregunté lo que pedía por él. Lo cogió entre sus manos, sin tan siquiera mirarlo, más bien parecía sopesarlo, y me miro a los ojos por primera vez. Se bebio de un sorbo el líquido amarillento que reposaba en un vaso frente a él y me preguntó  si estaba casado y tenia familia. Ya está, pensé, lo que yo decía, un asesino piadoso, un Hashishie que quiere concederme un instante para recordar a los míos antes de entrar en faena. Me quedé desconcertado y balbuceando le respondí que sí, que tenia mujer y dos hijos. Me contestó que éso estaba muy bien y a continuación me pidió diez euros. Salí de allí con un escalofrio dentro del cuerpo que nada tenia que ver con las inclemencias del tiempo.

 
 

Llegué a casa exausto y tembloroso, A. me preguntó si tanto frio hacía fuera, que le era raro verme aterido, a mi, que siempre ando sofocado. Le conté un poco por encima la peripecia y me sonrió de esa manera tan suya, ésa que siempre me hace dudar de si soy un imbécil redomado o simplemente tonto. Me lavé las manos, preparé otro café y comencé a leer, sentado en la butaca, mientras el disco comenzaba a sonar. Media hora más tarde dudaba de si aquello era real o si había sido objeto de una broma espléndidamente urdida; El sueño más recóndito y más imposible, el hallazgo de uno de esos objetos de deseo, con lo que te cruzas una vez en la vida, estaba ante mis ojos y resonaba en mis oidos mientras leía aquellas extrañas notas.  Intentaré traducirles lo mejor que pueda aquello que contaban…

 “… Aquel febrero de 1971 fue especialmente duro en el desierto de Nevada. Richard Sarafian llegó a pensar que todo se iba al traste. Llevaba semana y media lloviendo -algo que ni los más viejos del lugar recordaban- fastidiando todo el cuaderno de rodaje que tanto trabajo le había llevado organizar. El meticuloso puzzle en que se había convertido la producción y que había sido diseñado al milímetro para tener contenta a la 20th Century fox parecía venirse abajo sin remisión. Y él no podía hacer nada.

 Además de la molesta lluvia estaba aquel pequeño y tiznado gusano siempre con un habano en la boca y al que todos llamaban Caín. Aunque pesado como el sólo Sarafian le reconocía su constancia y persistencia del mismo modo que no podía tomar en serio a alguien siempre protegido por las faldas de su mujer y en permanente estado de alerta sin ser este de origen narcótico; “Jamás te fíes de alguien que lleve la barba arreglada y al que no le guste el bourbon” le dijo a David Hemmings mientras éste le pasaba el espejo lleno de polvo a Paul Koslo. Ambos se habían conocido durante el rodaje de “Fragment of fear” en Inglaterra. Sarafian la había dirigido y Hemmings interpretado en su papel principal. David ya era casi famoso, y también, durante demasiado tiempo ya, llevaba a cuestas el cartel de the next-big-thing, (concretamente desde el estreno de “Blow up”, en el ya lejano 1966) así que su fecha de caducidad como estandarte del Swinging London parecía próxima a expirar…”

Continué leyendo, estupefacto y sorprendido, cada vez más nervioso…

“…Esto no tiene pinta de parar Richard”… “¿Por qué no nos vamos este fin de semana al rancho de Terry Melcher en Glenwood Springs?”. “¿Colorado?” Preguntó Sarafian mientras lo miraba sin saber si hablaba en serio o no. Aburrido y ligeramente intrigado dejó que el británico continuase con su perorata; “Estarán Roger y Chris. Podemos llamar a Peter y Dennis, si hay mandanga vendrán. Y creo que por la zona esta la pandilla de Peckinpah, está empeñado en rodar una película llamada la cabeza de no sé quién…”

Gilda se apuntó. Gilda se apuntaba a todo, eso era cierto. A todo en lo que hubiese -o tan sólo sospechase que pudiese haber- cocaína y alcohol. A todo lugar donde  el desparrame fuese promesa de ser. Así que esa misma tarde, antes de anochecer, los cuatro se montaron en uno de los dos Dodge Challenger R/T que conducía Barry, el protagonista de la película, y enfilaron la UE-6 en dirección a Colorado.

Condujeron toda la noche. Por la mañana, conforme iban adentrándose, cada vez más cerca del rancho, Richard comenzó a pensar que a lo mejor había sido una buena idea. Necesitaba un descanso. Salieron de la interestatal y se adentraron por una secundaría que serpenteaba entre la garganta del rio Colorado. Aunque todavía estaban a casi un mes de la primavera oficial los árboles estaban imponentes y, extrañamente, no quedaba nada de nieve en sus copas o en las laderas de donde surgían los árboles. Entraron en el rancho y dudó si aquello iba a ser un descanso o un suplicio; L.T. Jones y Stroother Martin corrían en pelotas tras una muchacha de senos turgentes, perfectos y enhiestos, que reía sin parar, hasta desaparecer en la casa adyacente a la mansión principal. De su interior salía una música que le reconciliaba con el mundo a la vez que le inducía a introducirse dentro como si fuese una especie de hechizo…”

Pero ¿Qué diablos era aquello?. Mi cabeza daba vueltas y mi corazón parecía querer explotar…

“… Cuando traspasó el umbral se dio cuenta que toda la planta baja era diáfana, amplísima, sustentada sobre tres pilares de ladrillo caravista. Una torre de paredes curvas se hallaba en el lado norte. La sala estaba decorada por tapices, alfombras y multitud de instrumentos extraños; sitares, tablas, un theremin… Una mesa de sonido enorme, más grande que el Challenger que les había conducido allí, presidía la estancia. A la izquierda de ella, contó hasta una docena de guitarras, con la inconfundible Rickenbaker de doce cuerdas al centro, hasta que se cansó de seguir haciéndolo. La batería estaba sobre una tarima y un órgano reluciente -por reflejarse el sol de la mañana, que entraba sobre la parte acristalada que daba al claustro interior sobre él- parecía irradiar vida propia. Sarafian y Hemmings eran grandes fans de los Byrds, de hecho el último había grabado varias canciones con ellos en el lp que publicó en 1968. Su favorita era “Back Street mirror”, escrita por Gene Clark, y por eso cuando lo vio bajar por la escalera, aunque le sorprendió durante un instante tampoco se extrañó en demasía.

Los mejores días de losByrds ya habían pasado. Tanto “Dr. Byrds and Mr. Hyde”, “The ballad of Easy rider” y “Untitled” habían fracasado. “Byrdmaniax”, recién publicado no mostraba mejores signos y McGuinn y Hillman se habían vuelto a aproximar a Clark en aras de reinventarse. Crosby y Clarke tampoco estaban pero tanto Roger como Chris sabía que Gene era el hombre…”

La tercera canción  era “Back street mirror”. Aunque muy similar a la grabada por David Hemmings en “Happens”, incorporaba  alguna pequeña -y estimable- diferencia…

“…Los tres tipos se acomodaron en el inmenso sofá tapizado en piel de búfalo mientras Gilda Texter, que tenía un sonar para detectar según que cosas se dirigió rauda al tipo apoyado en la barra. Enfundado en un hermoso y muy llamativo traje bordado a mano por Nudi Cohn, con flores, cactus y demás motivos naturales, parecía muy demacrado y su media melena, morena, muy lacia y bastante sucia le cubría más de la mitad del rostro. A Richard le era ligeramente familiar pero no lograba ponerle un nombre. Cuando vio que Kauffman lo cogía del brazo evitando que cayese al suelo creyó reconocerlo. Iba a saludarle cuando la entrada de Melcher, claramente en otro lugar, y con una gran fotografía enmarcada de Sharon Tate en sus manos, paseándola en procesión, le hizo cambiar de opinión. “¿Qué hay Terry?” se le adelantó David mientras este se quedaba quieto frente a ellos tarareando una melodía apenas audible. “Vaya fiestón que tienes montado aquí”.

Lo conocía desde hacía dos años y no fue hasta ese momento cuando advirtió que, bajo la fachada distante de Hemmings no había nada más que un tipo egocéntrico, bastante ingenuo y sobre todo frío. Debió haberse dado cuenta nada más escuchar por primera vez “Happens” (así se titulaba el disco de Hemmings). Era un disco muerto desde el primer día. Sonrió al pensarlo, aunque sólo durante unos segundos. La visión de Liv Lindeland, una Diosa hecha carne, playmate de enero de 1971, le hizo olvidarlo enseguida; Rubia, alta, con unos hermosos labios y ligeramente bizca le ponía mucho. También su aspecto semejante al de Christa Páffgen antes de la factory. Lastimosamente Paul Koslo fue más rápido y en un instante desaparecieron escaleras arriba de la torre.

Jim Dickson estaba manipulando la mesa, casi oculto entre montones de cintas y aunque en un principio mero ayudante de Melcher, para cuando “Untitled” prácticamente había tomado las riendas, dada la profunda depresión de Terry, aplacado su enganche a la cocaina con toneladas de diazepanes e ingentes cantidades de rohypnoles con el fin de mitigar el pasado. Los ácidos también circulaban en abundancia, pero a Melcher, de natural plácido y ensoñador, le bastaba una pequeña dosis para elevarse y desaparecer todavía más de lo habitual.

Observaba sus hermosas sandalias cuando escuchó una discusión. Era una discusión rara. Rara porque sólo uno de los dos alzaba la voz y sin embargo resultaba evidente que quién la alzaba era aquel que se sentía culpable. McGuinn intentó calmarse mientras Gene Clark prefería ejercer su filosofía de vida, dejar pasar la tormenta. Sabía que así era como debía suceder. Y a estas alturas no pensaba tomarse a pecho rabietas que en realidad lo único que mostraban era admiración, casi veneración, si bien es cierto que con apariencia de envidia. Andaba pensando ese y otros asuntos cuando el órgano comenzó a emitir unas notas, al principio balbuceantes, poco después más sostenidas, hasta acabar siendo muy hermosas, similiares a las que le habían embrujado nada más llegar. Al Kooper, sentado tras el órgano, alzó la mano y le saludo. Gene Parsons y Skipp le acompañaban jugando con la batería y el bajo, siguiendo el ritmo, un ritmo perezoso pero muy adictivo…”

 

 

Conforme avanzaba todo me parecía más y más extraño. Tenía que ser una broma, bastante bien urdida, había que reconocerlo. Pero ¿Y el disco que estaba sonando?,¿Era también una broma?. No, no podía ser…

Para cuando comenzaban las primeras notas del bajo de la siguiente canción mi perplejidad ya era absoluta. Noté una ligera taquicardia y un mareo casi narcótico…

 

“… Era media mañana en Reno cuando Caín salió de su roulotte dando un portazo que hizo que se cayese una de las dos macetas que se hallaban sobre la repisa de la ventana. “Willy, vuelve” le gritó Miriam, la única que le llamaba así. Robert Evans, dentro de la caravana, todo un figura, aspiró la cuarta línea de la mañana y pensó que ese culito lo que necesitaba era cariño y mimos y no a un artista torturado. Ni se dio cuenta que del arañazo que provocó la camioneta en la chapa de su Mustang mientras salía derrapando…

…Comemierdas, hijos de puta… Para Caín no había nada en el mundo más importante que “su” película. Aunque su guión era magnífico, el motivo real por el que Evans y sus socios en la 20th Century Fox lo habían comprado era por lo barato de su precio y, sobre todo, para congraciarse con losnuevos inversores del partido republicano en Hollywood. Obviamente no lo habían leído, eso resultaba evidente. Nunca lo hacían. Simplemente se lo habían vendido a aquellos como un western contracultural y patriótico -“es como el Duque en la diligencia pero en 1970”- pasando por encima de las drogas, el sexo y el rock and roll. El cubano -un tipo que se quería a si mismo sobre todas las cosas- en cambio ya pensaba en la alfombra roja, su llegada a la cumbre y demás oropeles.

La casa comenzó a llenarse de gente. Reconoció a Dennis Hopper. Recién separado de Michelle Phillips, iba de la mano de su nueva mujer, Daria. Pobrecilla. Jodido Dennis, siempre necesitaba a una mujer a su lado como saco de golpes de sus frustraciones y locuras. Reconoció también la voz cortante y narcótica de Peckinpah, quién se alejaba hacia el claustro abrazado a dos mejicanas de caderas anchas y muy menudas mientras sumergía su cabeza entre sus pechos, dejando que el pañuelo rojo anudado en su frente pareciese algo todavía más risible. Clarence White y Sneaky Pete insultaban a un tipo mayor, a todas luces situado en el lugar equivocado. Se llamaba Paul. Paul Polena era un arreglista experimentado en Country and Western almidonado que Melcher había contratado porque le recordaba a su padre. Al parecer la cosa iba sobre un Moog que Fowley y Battin se habían empeñado en utilizar y por el que Polena no se había atrevido a contrariarles. El asunto de los machetes al cinto y la verborrea cocainómana de Fowley tampoco ayudaba. En medio de toda esta escena, una cohorte de playgirls pululaban medio desnudas para solaz de los escasos que aún regían o les mostraban cierto interés. El resto de los zombies las apartaban de su camino conforme avanzaban.

Hemmings volvió donde Sarafian y comenzó una retahíla de palabras acerca de lo que estaban tramando McGuinn y Clark. “Va a ser como antes, Richard”. “Gene ha venido con un puñado de canciones formidables”… 

  …Hay veces que nos ocurren cosas tan terribles que intentamos esconderlas en el rincón más abrupto de nuestra memoria. No lo hablamos con nadie, mucho menos con aquellos que queremos. Tampoco lo recordamos jamás. Es como si lo hubiésemos borrado para siempre. Pero lo que sucede es que pasan los años y el día menos pensado esas cosas comienzan a manar a borbotones, sin control, ante cualquier desconocido. Y es entonces cuando sabemos que ya no podemos hacer nada… 

…Esas palabras eran muy propias de Gene. Nunca sabía si eran mera confesión etílica o la idea a partir de la cual surgiría una canción. Hermosa e inolvidable. Desde que supo de él Sarafian había oído muchos comentarios acerca de la difícil personalidad de Gene Clark, pero si quería ser honesto en los seis años y medio que le conocía este jamás había mostrado signo alguno de tal dificultad. Era cierto que había momentos en que parecía un autista aunque él lo achacaba a que tenía un mundo propio, con sus ángeles y sus demonios, bastante complicado de manejar.  También otros en que su desmedida euforia podía llevarle a cometer algún exceso, pero lo que de verdad prevalecía en su opinión –y en la de muchos otros- era el inmenso talento,  su sensibilidad nada afectada y la facilidad para dar con la melodía y el tempo adecuado. Lo de su miedo a volar, su pasado humilde y sus constantes cambios de humor no eran más que una excusa por el mismo alimentada para disimular sus dudas y flaquezas...”
 

…Jim quiere que volvamos a intentarlo y a mi me parece bien”, “Dice que debemos olvidar todo lo malo que hubo pasado. Recordar las risas, la alegría, la dicha… No sé, lo único que recuerdo de entonces es que querían que subiese al avión y que el se hacía llamar Jim… ¿Sabes? Ahora dice que su nombre es Roger”. “Seguro que pasado mañana se llama Bob. O Fred. O…” 

“…Seguía siendo atractivo, había dejado crecer su cabello y no había engordado un gramo. Parecía más tranquilo. Continuaba hablando en voz baja y mantenía la máxima de no discutir por nada que no fuese su música. Ahí era inflexible aunque, la verdad sea dicha, nadie con un mínimo de gusto osaba modificar aquello que creaba; Melódicamente impecable,  displicentemente elegante, su música y sus textos tenían el matiz evocador y la necesaria pátina de doble sentido pertinente para que todos se sintiesen reflejados en ellas. Captaba el momento, pero sobre todo, a las personas que lo poblaban, con su grandeza y sus miserias, evitando tanto cebarse cínicamente como magnificarlo laudatoriamente. Era insultantemente real. Captaba la vida. 
 
McGuinn se acercó a nosotros “Gene es un puto genio. Un cabrón, pero un genio. Tienes que escuchar las nuevas canciones que ha escrito…” dijo a todo el que quisiese escuchar. El ruido ensordecedor de un helicóptero no me dejó terminar de entender lo que decía. Una especie de mayordomo disfrazado de cheyenne se acerco a McGuinn, le dijo algo y este salió al enorme jardín trasero. “¡Es Bob!” fue lo único que acerté a entender. 
 
Gene nos hizo una seña a mi y a Jackie y ambos le seguimos hasta una especie de pecera-estudio acristalada que estaba junto a la torre. Fowley se dio cuenta y pretendió seguirnos pero un escueto “No” dicho por Gene sirvió para disuadirlo. Cuando entramos dentro cerró la puerta y nos invitó a escuchar. 
 
La primera canción que sonaba no era nada Byrds y sin embargo no podía ser de nadie más que suya. Me mareé sólo con la intro; dos voces cabalgaban sobre una línea de guitarra doblada. Era simple. Era GLORIOSA.  “Últimamente he estado leyendo a Tolkien, ¿Lo conoces?”… Jackie sonrió...”
…Cuando salió de aquella habitación era consciente de ser otra persona. Había accedido a un estado que le era completamente desconocido. No era exactamente clarividencia, ni tampoco certeza. Bueno, sí, tenía algo de todo ello pero también algo más. Algo que no sabía definir. Como si una experiencia ultradimensional, sin necesidad de sustancias externas, le hubiese facilitado el conocimiento y la destreza de la que sabía carecía. En su cabeza una tormenta perfecta se hallaba en el momento álgido y Sarafian se aferraba a las últimas dos horas con la esperanza de que perdurasen eternamente. Sabía que eso era imposible, del mismo modo que sabía que las palabras de Gene no dejaban margen a la duda. ¿Acaso era todo era una enorme ficción sustentada por el deseo y la ilusión? ¿O más bien eran hechos deseosos de ser novelados? “
 
 
Comenzaba a amanecer…

 

“… Caín reposó su dedo índice entre los ojos, intentando subir las gafas de pasta que le resbalaban por su puente sudado. Él, menudo y atildado pero siempre impecable, un poco por un extraño concepto de clase y otro tanto por intentar enmascarar su poco agraciado físico, parecía el mismo que una vez estuvo en el Cuartel Moncada y que  había jurado no recordar nunca más.  Recogió sus cosas de la caravana y dejó una carpeta llena de folios mecanografiados. Una y no más. Adios Hollywood.
 
 Hacía un verdadero vendaval fuera cuando Sarafian abrió la puerta de la caravana. El primer folio salió volando. Lo recogió y comenzó a leer…

  

El mes de febrero de 1971 fue especialmente duro en el desierto de Nevada. Richard Sarafian llegó a pensar que todo se iba al traste. Llevaba semana y media lloviendo -algo que ni los más viejos del lugar recordaban- fastidiando todo el cuaderno de rodaje que tanto trabajo le había llevado organizar…”

NANCY HOLLOWAY "Le gentleman de Cocody" (French Decca, 1965)

 





 

 

Nancy Holloway (Cleveland, Ohio. 1932) visitó Francia por primera vez en 1954 como miembro de la compañía de baile Beige Ballet Troupe que por allí giraba. Casualmente, una noche de fiesta en el Mars Club, fue invitada a cantar y fue tan bien recibida por el público que el propietario le ofreció un contrato como cantante fija. Pero sus obligaciones con la BBT le obligan a continuar la gira firmada -por Alemania, Reino Unido y Libia- hasta que una vez finalizada ésta vuelve a Francia, vuelve a París y, sí, vuelve al Mars Club.

 
 Un par de temporadas después, siendo cada vez más y más popular, actua en el famoso Moulin Rouge, pero es en 1961 cuando una aparición en Televisión y la publicación de su primer ep la situan en un liga superior. Un veintena de Eps (Hasta 1963 con el sello PBM, a partir de entonces con Decca hasta el final de la década), varios Lps, una errática carrera cinematográfica e incluso la propiedad de su propio club (Chez Nancy Holloway) la convierten en toda una estrella.
 
Sus discos están repletos de versiones de clasicos (Whirlpool, Dum dum, Let’s twist again, Don’t make me over, Sealed with a kiss, Hit the road Jack, etc) y canciones menos obvias. Cantaba con fuerza y desgarro. Elegante y en absoluto exibicionista. Con la peculiaridad, además, de hacerlo en francés, con un acento americano indisimulable, que le conferían atractivo, sensualidad y cierto exotismo.
 

 Este Ep, fechado en 1965 y publicado por la Decca francesa, es, en mi opinión, uno de los mejores. Con una deliciosa portada que la muestra en biquini mientras Jean Marais le ayuda a salir de la piscina -en una escena de la película “Le Gentleman de Cocody” (Christian Jaque) estrenada un año antes- contiene cuatro estupendas canciones. Con letras del habitual Pierre Saka y música de Clint Ballard Jr. y Jimmy Walter, viene  acompañada de la orquesta de Claude Bolling. Un paquete que se me antoja perfecto. A ver que les parece.