Río abajo…

 

 

 

 

 

¿No les ha ocurrido alguna vez que una canción que apenas recordaban, que estaba oculta en su subconsciente, estancada, contenida por varios diques, de repente se desborda y empieza a manar y a manar sin control, hasta encontrarle significados que ni tan siquiera imaginaban?

“Down river” de David Ackles. Rio abajo…

Recuerdo que hace unos años tuve que ir al hospital. No fue nada serio. Bueno, miento, cualquier cosa que le pudiese suceder a mi hija, tanto entonces como ahora, era muy serio para mi. Y si eso le causaba dolor, le provocaba el llanto, mientras me miraba segura de que yo iba a solucionarlo, de que tenía el poder de  hacer magia y que todo pasase, sabía de inmediato que lo que en realidad me pedía era que estuviese junto a ella, tenerme cerca. También sabía ya que algún día eso cambiaría, que tal vez yo no pudiese estar allí para consolarla, que llegaría un día en que ya no me necesitaría a su lado. Quise pensar entonces -o al menos eso deseaba- que le consolaría alguien elegido por ella, que la quisiese tanto como yo. Eso estaría bien. Muy bien. 

La visita fue motivada porque se había pillado la mano con una puerta en el colegio y un dedo quedó un tanto pachucho. En el cole no tenían claro si había algo roto y me llamaron. Tuvimos que ir al hospital. Un susto, ya digo. Su llanto, su rostro, el dolor. El no poder contenerlos. Ya dije que afortunadamente no fue nada, pero para ella fue mucho.

 Esperando sentados a que la atendiesen coincidí con alguien a quién no veía desde hacia más de veinte años. Es curioso, por aquel entonces, cada vez que esa muchacha estaba cerca mío, todo en mi era un temblor incontrolable. Me faltaban las palabras y el aire, me dolían las sienes y mi mirada ya se forjaba estúpida. Aquel día, en cambio, el único temblor que noté procedía del cuerpo de mi hija. 

Fue ella la que me reconoció. Nos saludamos, nos dijimos las consiguientes frases de rigor, se interesó por lo que hacia allí y después siguió con sus cosas. La cría me miraba como solo se mira a alguien en quién confías totalmente, segura de que sí, de que tenía el poder de la magia. Criatura. Yo creo que se sintió mucho más tranquila al ver que hablaba con una médico. Al pensar que su padre iba a solucionarlo todo.

De nuevo sentados, esperando, uno, de natural fantasioso, se acordó de todos los castillos en el aire a los que tanta querencia y afición tenía. Recordé lo guapa que era aquella mujer veinticinco años atrás. Me di también cuenta de que todo, siendo tan distinto, seguía siendo igual. De que, en lo esencial, era el mismo patán de entonces. También qué, en el último instante, la percepción dependía de la mirada. 


Y de repente la canción, ahí, agazapada. .



“…Good to see you again Rosie. I know i’ve change a lot since there, you’re looking fine baby…”

Y justo en ese momento la canción se convirtió en otra. En una canción totalmente distinta a lo que había sido durante toda mi vida. Su significado, sin dejar de ser el que fue, era también otro. Nuevo. Ya no era una canción sobre dos amantes que apenas lo fueron, separados por los avatares de la vida, que se vuelven a encontrar tras varios años sin verse y que cuando lo hacen él descubre que ella ha rehecho su vida. No era más que una vieja -ahora y entonces- canción sobre dos personas. Una pareja que se conoció en el pasado, soñó con un futuro y  el presente les deparó extrañeza. Gentes con otra vida, la vida de verdad. Me acordé de aquella maravillosa película de Edgar Neville“La vida en un hilo” y de inmediato me recriminé la mera comparación. Recordé también aquello que me decía mi padre, burlándose de mi natural ensoñador: -“Y eso, ¿de que te sirve?”. No pude más que sonreír.

Todavía hoy dudo. La verdad es que no sé si me sirvió para algo. Yo creo que sí. Lo que sí sé es que aquella tarde, cuando su madre llegó a casa y las tuve allí a las dos -hablando en la cocina, contándose sus cosas, haciéndome un poquito de menos- me sentí un tipo con suerte. Y razonablemente feliz.

 

Rio abajo…

 

Hace treinta años. DWIGHT TWILLEY "Twilley"

En el otoño de 1981 yo tenía catorce años y vivía en un pueblo. En el mismo pueblo que es hoy mi guarida, en el pueblo en que vuelvo a vivir treinta años después, tras haber hecho -espero y deseo que sólo haya sido un trecho, quiero saber más- parte el preceptivo periplo vital. Unas veces divertido, otras doloroso. Simplemente inevitable. El viaje necesario. El viaje a ninguna parte. El viaje de la vida.

 

A partir de ahí el bucle interminable, resplandeciente;

 Todos sabemos de que estamos hablando. Hablamos -creo- de The Romantics y de “National breakout”. Del “I’m in a heartache” de Rod Demick & Ian Gomm. De las baladas tórridas, casi metálicas de Martha Davis y sus Motels. De los himnos de Cheap Trick, Chris Spedding y Pilot. De comer los domingos en casa de los abuelos. De robarle la chaqueta vieja de cuero a tu padre. De los Neccesaries y de Jonathan Richman. De los Modern Lovers, cómo no. De la Puig Cobra y las partidas al futbolín. Del “Temptation” de Jo Broadbury & the Standouts. De tener quince años y querer ser mayor. De Jack Lee, de Gary Myrick & the Figures. George Harrison cantando “Blow away”. De las camisas de manga corta arremangadas. De Sylvain Sylvain y de D.L Byron bramando “…Listen to the heartbeat, haartbeat…”. De Blondie y The Knack. De “Aplauso” en la tele los sábados por la tarde. De “Can you fix me up with her” de The Now. Del mullet de su cantante. Y de años después exclamar “Coño, la abogada del juez Harry es Ellen Folley, su cantante”. De Los autos de choque. De “…Ma-ma-ma-ma-ma-ma myyy sharona..”. De los primeros cigarillos, entre los labios, con un ojo entornado, casi cerrado. No sólo por chulería, que también, sino más bien por que los primeros humos y la falta de hábito nos hacía llorar. De Nicky Chinn y Mickey Chapmann. De aquel gracioso imitador de Bryan Ferry, creo que se llamaba Roderick Falconer, cantando “Play it again” mientras ojeabamos “Velvet nights” desde las páginas de Cairo. De aquella bomba de melaza matadiabéticos denominada San Francisco, desgustada las primeras veces que entramos en una discoteca. De los primeros roces lascivos, de mirar cien veces al mismo lugar por si acaso ella apareciese. De esperar. Metro y su “Girls in love”. Los primeros desengaños, la inocencia…
  Entonces uno luchaba inconscientemente -armado con la ingenuidad y la ilusión- por todo aquello que pensaba se debía, se tenía que luchar: Ávido por los sueños de pasado mañana y resbalándome el distante futuro con que el nos machacaban. Buscando el cariño con rebuznos, ahuyentándolo sin querer. Dando palos de ciego que todavía duran -aunque bastante más disimulados- y que, vistos ahora desde la perspectiva del recuerdo, muestran el extravío en que nos hallábamos. Luchaba, en definitiva, por una sucesión de expectativas brumosas de sábado tarde, por la sonrisa de cualquier muchacha, por sentirme algo. Alguien. El futuro estaba tan lejos. El futuro era tan borroso.
 
 
 Años, meses, a veces tan solo días después, la realidad comenzaba a saludar. Amablemente unas veces, las menos. Con alguna que otra repentina colleja las más. Incluso alguna vez sorprendiéndonos con una catarata de palos incruenta, didáctica y sí, dolorosa. No estoy hablando en sentido literal, claro. De hecho, aunque algún guantazo se escapó -eran otros los métodos lectivos y educativos- las consecuencias físicas solían ser tan pasajeras como prolongados eran sus otros efectos. El arte de modelar el carácter. Todos los fascículos de la decepción acaparando el mayor número de entregas atrasadas posibles. Daba un poco igual en que lado del mostrador estuviésemos, puesto que estábamos en ambos indistintamente. No vale quejarse. Tampoco sacar pecho. Lo que de verdad importaba es que esto último jamás sería ya borroso. Siempre estará ahí. Diáfano. Desde hace ya treinta años. 

 

   Cualquiera con una merma, sea ésta evidente o secreta, necesita asideros. De hecho, en mi opinión, los necesitan hasta aquellos que se creen intactos. Quizás éstos más que nadie. Pero ese no es mi caso. Uno, siendo de los primeros -y eso, ¡Ay!, desgraciadamente sólo se puede saber a posteriori-, se agarró bien fuerte -¿lo adivinan, verdad?- a los discos, a la música. Ese arte pequeño que me hablaba a mi y sólo a mi. Qué, sorprendentemente, describía y sabía mucho mejor que yo todo aquello que me sucedía. Que se adelantaba a los acontecimientos, todavía hoy, de una manera casi nigromántica. Una voz que decía, gritando o susurrando, exactamente aquello que necesitaba en cada ocasión. Unas veces con la reveladora verdad y en otras con la reparadora mentira.
 
  Visto desde la lejanía en el tiempo, aunque también pudiendo casi palpar la proximidad sentimental (su aroma cercano, la melancolía ensoñadora, la rabia ocasional) no se me ocurre un ejemplo mejor que “Twilley” para resumir todo lo que más arriba he intentado contar de una manera bastante deslavazada. Sí, tengo hijos. La rueda de la vida está a punto de regresar. De hecho puedo escuchar su girar casi todos los días. Tan sólo con el tono en que pronuncia “papá”. Intuyo, siento -y agradezco- su presencia cada día que pasa. Llegó el momento. A ver como lo hago.
 
 Dwight Twilley había rozado el cielo con las yemas de sus dedos aunque para la época de “Twilley” venía rebotado de una escisión jodida.  Eso entonces yo aún no lo sabía. Tampoco conocía todavía sus dos primeros discos, ENORMES,  con la Dwight Twilley Band (“Sincerely” , “Twilley Don’t Mind” ) ni la historia del tránsito de Oyster a la DTB y lo que ello  había provocado. Había escuchado bastante un single estupendo titulado “I’m on fire”/”You were so warm” (Shelter/Mediterráneo). De hecho lo llegué a comprar en una de esos bazares donde antaño se podía comprar discos en los pueblos. En una tienda de electrodomésticos. No tenía la menor idea de su vínculo con Phil Seymour,  ni de que éste sería el autor de la canción pop perfecta (“Precious to me”), ni mucho menos lo que para mi iba a suponer. Del mundo nuevo al que acababa de acceder. Hasta que lo puse por primera vez en el plato. Es posible que se magnifiquen los recuerdos, las canciones a ellos asociadas. No es sólo posible. Es así, aceptémoslo. Los dos discos de la DBT son superiores. Irrepetibles, perfectos, impecables. Pero es que yo lo descubrí con “Twilley”, su primer disco en solitario. Su canto de cisne. Hagan un esfuerzo de empatía y pónganse en situación; Entonces, como mucho, entraban uno, dos discos al mes en casa, procedentes de la escasa paga y las esporádicas sisas. Nos los sabíamos de memoria. No había otra. Y mucho cuidado con elegir mal. Se convertía en un mal mes. En uno peor.
Fue mi madre la que me lo compró. La que lo pagó quiero decir. Habíamos bajado a Valencia. No recuerdo ahora por qué. Yendo a recoger el coche en el aparcamiento de unos grandes almacenes, pasamos por su sección de discos. -¿Me puedo comprar un disco?-. Ojos de cordero degollado. Una hora ya de aburrida cháchara, esperando al momento propicio. Sabiendo que teníamos que pasar por la planta baja de pintor Sorolla. Sorprendentemente me dijo que sí. Disimulado gesto triunfal. Ahora comenzaba otra odisea. ¿Cuál elegir de entre tantos?. No sé, no recuerdo por qué fue precisamente ese disco. Qué fue aquello que me llevó a él. Tal vez la portada de damero con su rostro afilado en cada recuadro negro. O el Twilley escrito en rojo con una estrella en vez de un punto sobre la i. No, no, esperen. Ahora me acuerdo. Le acabo de dar la vuelta al disco y… ÉSA foto en la contraportada es la que me decidió. Un primer plano en blanco y negro. Los labios carnosos, las cejas pobladas. Un rostro desafiante, lleno de miedos. Pretendiendo ocultarlos. Parecía uno de nosotros. Era cómo nosotros. Otro más de la recua de los autos de choque. Del cine California. De los billares Emilio. Estaba en la sección de ofertas. Eso ayudó. Todavía tiene -otra de mis manías- la etiqueta verde y blanca pegada en el interior. 175 pesetas. El logo del sello, un remedo del Saturno y sus anillos con una S al centro, fue otro refugio en el que guarecerse. Nos fijábamos en esas cosas. Yo me fijaba, me fijo en esas cosas. La importancia del detalle estúpido.

 

fullsizeoutput_b58 

“Twilley”. Su apellido. A secas. Así se llamaba. Cosa seria hace treinta años, oigan. El billete de entrada, de estancia y de permanencia en un pequeño nuevo mundo. Enorme. Un mundo al que acudir, en el que gritar, dónde reír. Un lugar en el que podíamos ser todo lo que quisiéramos ser. Sin pedir permiso a nadie. Ha pasado el tiempo y es muy posible que se le vea alguna costura. Muchas menos, en cualquier caso, de las que se me ven a mí ahora. Dudo que existan estudios, tratados o libros que reflejen mejor que “Twilley” lo que para mi fue tener catorce años. Hace ya treinta años. Lo he estado escuchando -de hecho aún sigue en el plato, la tercera o cuarta vez, soy así de obsesivo- y no puedo más que alegrarme un tanto por haber crecido con él. Porque todavía aguante digno. Porque siga siendo él. Porque prueba que existo, que fui. Digan lo que digan por ahí los cínicos y los desencantados, aquellos que jamás conocieron la pasión y el fracaso, el amor y la pérdida, los discos nos forman, nos educan, nos reconfortan. Nos otorgan fuerzas y flaquezas. Nos acompañan siempre. Nos definen.

 


 Por esas coincidencias que ocurren y que por lo general, seamos sinceros, de coincidencia no tienen más que el nombre, lo he escuchado alternándolo con un lp de rarezas de Phil Spector. Aquel titulado “Spector rarities, 1974/1979”. El uno me ha llevado al otro y estoy seguro que éste me llevará a un tercero. Mi cabeza funciona así.  Una vez más también, he vuelto a fabricarme castillos en el aire. Me he imaginado lo bien que encajaría “Out of my hands”, “Standin’ in the shadow of love”, “Alone in my room”... junto a esas cosillas demodés, desubicadas, fuera de tiempo y lugar que se esconden en el “Spector rarities”. Junto a esas discretas epifanías del pasado que describen -o al menos tienen la decencia de intentar describir- el presente y aventuran el futuro. Y que, aunque no muy lejanas del mío -éste también pasado de moda, un tanto descacharrado, erróneo esbozo-, ondean orgullosamente su esencia, sus intenciones, como “Twilley” lo hace; Desde lo alto de una torre a punto de derrumbarse.

 

Un muro de sonido ajado pero altivo. Herido y orgulloso. Las canciones de “Twilley” haciendo guardia con el Dion de “Born to be with you”, con el último intento de Spector por volver a ser el Wagner del pop; Darlene Love, Jerry Bo Keno… hasta ¡¡Kim Fowley!!. Disparos sin apuntar. O apuntando mal. El fallido dúo de Nilsson y Cher en “A love like yours“. Alcohol y cocaína. Oteando displicentemente a las nuevas hornadas, con el necesario puntito de orgullo y haciendo las cosas como cree que deben hacerse. Unas nuevas huestes lozanas, bien pertrechadas, jóvenes en su aspecto pero ya viejas desde su misma constitución. Acaso también sin alma. Sin molestarse en mentirnos. Y Dwight allí, con los primeros, uno más -Uno de los más, realmente- teniéndolo todo en la mano y viendo como se escurre, sin querer hacer nada que no deba hacerse. En un escenario vacío, sentado a los teclados, viendo a un mundo que no es el suyo pasar, desvanecerse. Con la compañía de la guitarra fiel de Bill Pitcock IV y los últimos rescoldos de la llama Seymour.



 

  La batería. Digna de cualquier sesión de los “Phil’s regulars”. Su fosco sonido. El palpitante eco. Pasado y verdad. Un eco que asusta porque avisa de lo que va a llegar. Diríase que casi reverbera. La batería digo. “Twilley” y sus canciones de anocheceres fríos. Canciones cuyo tono, su desarmante fuera de lugar, su apasionante desesperación, hacen que me recuerde al Spector del que hablamos. Me remiten  al trabajo de Hal Blaine y Jim Keltner en “Death of a ladie´s man” de Leonard Cohen. Otro que transita por la misma carretera secundaria. Uno de los discos más extraños, más inclasificables, más fallidos que recuerde. Y sin embargo también un disco increíble. Inacabable. Mágico. Doloroso como el más grande de los fracasos. Tan bello como la más hermosa de las utopías.

 

Y sí. Hablamos también de la Dwight Twilley Band. Hablamos de nosotros.

 

 

 Hay una canción en “Sincerely” que retrata todo el paisaje con fiel exactitud. Es puro acantilado Spector. Sus valles y sus cimas. La geografía de un tipo demente, atormentado, exiliado en su mansión, sin el punto de paranoia que le obligue a buscar el enésimo hit que justifique su obsesión ante los demás. Se titula “Release me”. Sí, definitivamente tiene un aire al Spector errante de 1971; al personaje de la epopeya que refleja una vida ya cuesta abajo, en permanente descenso a los infiernos. The walls of this hotel are paper thin... La rotunda certeza de estar fuera de lugar y de tiempo. La evidencia de que ya no hay competición que ganar ni reino que gobernar. El mismo ímpetu, la misma rabia, la misma ilusión. Lo único que la diferencia es la esperanza. En todo lo demás igual de barroco. Igualmente derrotada. 

 

 

De hecho “Release me” para mi tiene una deuda enorme con “Paper thin hotel”. Si es que suenan casi igual. Parece la misma fotografía, idéntica, sólo que vista con otros ojos.

 

 

Y treinta años después reconocerte al fin. Aquella fotografía desenfocada que te provocaba ternura y vergüenza está ahora, nítida y luminosa, frente a ti. Los mismos gestos, la misma curiosidad, la misma fe. Preguntándote, queriendo ser. Entrando apresuradamente en un nuevo territorio.  Así que era ésto. Ahora por fin sé lo que se siente al otro lado del espejo. Ahora sé que tendrá que tropezar para poder levantarse. Y lo que antes fue despreocupación son ahora miedos y, también muchas veces, júbilo. La vida a pedacitos. 

 

Hace treinta años. No, no pienso desaprovecharlos. Ni tampoco ninguno de los que me queden.

 

"SILHOUETTE SEGMENTS". Narrated by John Rydgren, host of silhouette


Aunque no sé si afortunadamente o no, he acabado por advertir que cada vez termino preguntándome menos a menudo si es el mundo o soy yo. Digamos que tengo -y ya era hora- más o menos claro que soy un bicho raro, orillado. Que circulo por un lugar donde lo hacen aquellos ensimismados o perdidos en sus fantasías. No pretendo darle ninguna pátina de excelencia a este hecho -obviamente porque no la tiene, muy probablemente sea todo lo contrario- ni tampoco adornarlo con el cinismo habitual de efecto placebo con el que solemos protegernos. Quiero decir que lo que he acabado por advertir de una manera creo que razonable, es que -como cantaba Parade– jamás seré feliz. Al menos no lo seré, desde luego, del modo acaso un tanto infantil, vehemente, hambriento -sí, iluso también- que siempre he perseguido. Que finalmente he asumido que rige hoy, desde hace ya bastante tiempo, en realidad desde siempre, un tipo de canon estético, un orden de prioridades vitales, que se aleja sin remedio de mi sentir y de la manera en que uno entiende la vida. Welcome to the club parafraseando ahora a Nat King Cole..

 
  Así que una vez plastificado -y en el interior de la cartera para siempre ya- mi DNI de discapacitado emocional, mi tarjeta de miembro de dicha sociedad secreta, Club voyeur platinum,  firmemos un momentáneo armisticio. Aceptaré de una vez por todas que soy un mirón que nunca se detendrá a observar aquello que interesa a tantos. Tal vez porque quieran ellos ver demasiado, demasiado pronto. O quizás porque no sepa yo mirar más que a una sola cosa. Poco a poco. Que necesite tiempo. Sea lo que sea ya no me cabe más que admitir que al final uno es un poco cómo lo miran, sí, pero también que uno no puede ser más que cómo mira.

There she goes. High boots, hipster mini skirt. Brief, very brief. She’s neat, her teeth heads up to swiming glear. Wiiiiild. I think she likes to be watched, and everybody’s watching. There’s something special abouther. She’s got an image. Check the face, lipstick cleans, it’s creemy. Eyes couldn’t be much bigger. Hair long, straight, shinny, kind of glory is. Looks like she’s ready for a happening. Watch that girl and check this art. They say God created people in the beginning of things, girls included. Quite a design, God made it. You might think about that the next time you’re watching a girl. Not to take the final of it just next girl watching. Me more…”
 
 
 Divagaciones hip de cristiano proselitismo, pasajes bíblicos con regusto beatnik, Spoken words a-laKen Nordine, rutina e inmersión extravagante de lo más normal. La certeza de estar impelido a una misión inútil, la capacidad de sumergirse en las ciénagas más hediondas con una imborrable sonrisa. Sí, con cara de tonto. Pescar en río revuelto. La duda habitualfrente a la gota malaya de la certeza. Calando. Combatir al enemigo desde dentro, con sus propias armas y en su propio mundo. Un mundo en el que las cosas son siempre tal y como deseamos, donde hay respuesta para todo. La comodidad cauterizadora e insuperable de la fe. Y aunque vestida con diversos ropajes, siempre la misma en esencia: disciplinada, incuestionable, acogedora, reparadora, ciega. Toda guerra mundial comienza siendo batalla de trincheras. Metro a metro ganadas, conociendo al adversario, poniéndose en su lugar, jugando en su terreno. Heroicamente. Sin cuartel.
Are you ready to move out in style?, are you ready for all the luxury one big swing and world can offer?. Are you ready?. Then go, dig it out. And if you think you can make it on your own then swing with it. But you might decide you don’t wanna go on your own, you might want some help from… him. You know the one.
 They say you can’t really move out in style without him anyway, until you move out in style of life he created for a man in the beginning of things. You know, God, a man, working things up together.
 They say Christ came to make it possible, They say Christ came to introduce a person to God style of life… How about that”
 
 El Reverendo -o Pastor, o Hermano, como quieran- John Rydgren fue el director de un exitoso programa radiofónico de la Iglesia Luterana evangelista de América. Ahí es nada. Un tipo que parecía el resultante salido de una probeta en la que hubiesen introducido el ADN de Spyro Agnew, Hugh Heffner, David Axelrod y Walter Matthau. Alto y delgado, con gafas y pelo corto, de impecable raya al lado, abrigo y corbata, su aspecto era todo lo opuesto a lo que salía de los altavoces. O al menos lo parecía. Él tenía un plan. De voz adictiva, gruesa pero tremendamente elegante, aterciopelada y profunda (una mezcla imposible de las de Lee Hazlewood y Ken Nordine), ésta se hallaba siempre medio tono por encima de lo desagradable, en ese limbo irresistible que atrae y atrapa.
 
 Originalmente publicado en formato doble, “Silhouette segments” recogía material de su atractivo híbrido de homilía y seducción que era su show radiofónico (“Silhouette”). Psicodelia de púlpito, baratijas del flower power y efluvios de psych rock. Something’s in the air. Que no se escape. Con una descacharrante portada que combinaba -no sé todavía si con hermosa desfachatez, erróneo criterio o ambas cosas a la vez- la estética psicodélica con el discurso hippie y una contraportada con lozana minifaldera al canto, el disco es, como recitaba Jim Backus,(a.k.a. Mr. Magoo“delicious”

 

 

¿Y la música?, se preguntarán. Algo sorprendente, créanme. Un batiburrillo de referencias, una idea simple y genial. Casi un proyecto de la CIA para dinamitar desde dentro el sindiós en que aquello se estaba convirtiendo. En apariencia un mero gadget tramposo que, sin embargo, combina y mezcla de una manera exacta.  

 
  El plan de choque era sencillo. Muy ocurrente también. Reflexiones que iban de su peculiar percepción de lo mundano a una especie de manual de filosofía del acid-head. Bueno, tal y como el la entendía. Sexy, hipnótico, divertido. Asombroso, funcionaba. Diatribas y consignas para la juventud moderna, para los hippies, utilizando su mismo argot, mostrándose enrollado. Cool. Hip. La semántica -y los miedos- como arma. Nada sutiles comentarios que hablaban de Dios y toda la filosofía barata bien intencionada adyacente. Secta y hermandad. Idealismo narcótico y tramposa realidad. Cada una de las píldoras lanzadas para captar al mayor número de incautos posibles, un discurso de spoken words entre acarameladas melodías a la moda, éxitos de los sesenta en el imaginario de las mentes en construcción. En destrucción según su opinión. 
 
 
Search it out fast rider man, put it in the search man. Search it out little one, look inside girl, search it out.
Search it out girl. Watch up to the train, watch up to the elephant, watch up for the trip. Search it out. 
God has a good things man, you can sit down (i believe the answer is christianity and other’s Christ), reach out, find new skippers. Search it out.”
 
Con su hipnótica voz en primer plano, gobernando el experimento, “Silhouette Segments” probablemente sea uno de los discos pioneros en el arte del sampleado. Un disco que toma de aquí y de allí, usurpando, absorbiendo, terminando por hacer suyas instrumentaciones, músicas incidentales y melodías en boga. La cruzada desde dentro. O eso parece pretender. Los Surfaris y su “Wipe out”, “Yep” de Duane Eddy,  la visión del “Kyrie Eleison” por los Electric prunes, The Ramsey Lewis trio, el Benny Golson de “Turn on turn in”,  los Tijuana Brass de Herb Alpert. Un verdadero hacha el disc jockey/productor, de verdad. 
Tantas y tan distantes cosas que finalmente acaban por conformar un todo robusto; Psychedelic rock y surf, Easy listening y White Jazz, Hipsters y Spoken words. Anuncios y falsos documentales, la estética sixties inyectada en vena. Y de entre toda esa extraña melangé unos titulos con estilo, impactantes, perfectos: “Hippy version of the 23rd psalm”, “Groovin on a saturday night”, “The Lord is my shepard”, “Move out in style”, “Dark side of the flower”, “Search it out”… 
 
 El disco no tendría una edición comercial, en gran parte debido a los problemas de licencia y derechos derivados de los innumerables samplers que en él habían. Y en parte, seamos sinceros  porque no interesaría a nadie medianamente cuerdo. En cambio si que fue distribuido por las emisoras de radio, difundiéndose ampliamente, incluso en Vietnam, donde acabaría por ser un trasunto casi eucarístico, entre los encuentros con el amigo Charlie y el olor Napalm, entre aferrarse a la vida muriendo cada día. Fascinating picture

ANTONIO GONZÁLEZ "EL PESCAÍLLA". "Tiritando" (Vampisoul, 2011)

 Acaba de salir a la venta “Tiritando”, una recopilación publicada tanto en Lp como en CD por Vampisoul, de uno de los miembros de la santísima trinidad de la Rumba (junto a Josep Maria Valentí “Chacho” y Pere Pubill Calaf “Peret”): Antonio González Batista “El pescadilla”.
 
 Centrada en su etapa Belter, de la que, es cierto, existe -o existía- alguna recopilación en series económicas (también en una discutible presentación, un poco editada, como suele ser norma, de aquella manera) se ha pretendido por parte de Vampisoul darle el brillo y la voz que tamaño titán merece. Propagar a los cuatro vientos parte de una obra a menudo oculta en invisibles discos propios -o en colaboraciones en los discos su mujer, Lola– a todo aquel que se muestre interesado. Dar a conocer el talento -y el lamento- de alguien que, siendo muy grande, enorme, prefirió quedarse en una esquina viendo pasar la vida.  También, cuando le apeteció, narrándola de una manera tan verdadera que podía llegar a doler.
 
 Un artwork estupendo, precioso, a cargo de Victor Coyote Aparicio más unas desmadejadas notas por quién suscribe -que intentan, tal vez sin conseguirlo, huir de la hagiografía  centrándose en el sentir y la revelación que su voz en mi supuso- completan la edición.
 
 Ahora ya todo depende de ustedes.