CHICO VALENTO "Noche de verano" (La voz de su amo, 1966)

 

 

 

Aragonés de Marruecos, Miguel  Jimenez de Muñana nació en Larache cuando este enclave marroquí era protectorado español. Hijo de militar, a los cinco años su padre es destinado a Zaragoza y allí crecería, conviertiéndose en uno de los pioneros del rock and roll en castellano con la base americana como fuente y vivero de sonidos.
 
 Comienza a actuar muy pronto y enseguida la capital maña se le queda pequeña, marchando a Madrid y enrolándose como cantante moderno en la compañía de Lina Morgan. Es allí donde se convierte en Chico Valento. En 1961 ficha por La Voz de su amo y publica su primer Ep, que contiene su versión del “Rock de la cárcel”. Hasta 1963 publica una serie de eps que pasan sin pena ni gloria, lastrado acaso por no tener una banda de acompañamiento fija. Finalmente en 1966 retoma su carrera con un nuevo (y último ep) donde la compañia pretende dar un giro a su carrera. Incluye versiones bastante descafeinadas de Sam Cooke (“Tráeme tu amor”/ “Bring it on home to me”) y de los Beatles (“Hemos de salvar” / “We can work it out”). 

 Pero es en la otra cara donde está la cachucha. Junto a una composición propia (“Chica Mimosa”) aparece una versión sorprendente de “Summer nights”, la canción de Henderson/Strike popularizada por Marianne Faithfull. Un espléndido canto de cisne, una oda al reencuentro cantada con clase y torería. Una vez más, gracias a monamí Miguel Sr. Patilla, un digger de los de verdá)

Los datos biográficos están extraídos de la página Lafonoteca.net.

THE NEW WAVE "The New Wave" (Canterbury, 1967)

 

 

Publicado en 1967 en Canterbury records, el único y homónimo disco de The New Wave es un secreto a media voz guardado durante varias décadas. En primera instancia un disco fácil y de agradable digestión, trufado de melodías optimistas, yace en su subsuelo una sensación de angustia y una soledad creciente. Ambas cosas, lejos de oscurecerlo, terminan por otorgarle un espectro tan luminoso en su fragilidad como gótico en su atenazada belleza. Un disco con aristas mucho más complejas de las esperadas. 

 Gary Zekley era un conocido de Dean Torrance en la escena musical de Los Ángeles. Estamos en 1966. La otrora popularidad de Jan and Dean se halla en retirada y, lo que es peor, a punto de desaparecer como consecuencia de una serie de fracasos y de un terrible accidente de moto en el que se ha visto inmerso uno de sus miembros, Jan Barry. Es la época en la que se registrará el milagroso “Save for a rainy day”, un disco catártico que incluye una composición de Zekley, “Yellow balloon”. A este no le gusta en absoluto la forma en que el dúo la graba y siente que se ha desaprovechado una gran canción. Sin saber todavía que el disco se convertirá en una obra maldita Gary Zekley comienza a moverla por su cuenta y termina en las oficinas de Canterbury records , un pequeño sello propiedad de Ken Handler. A este le impresiona y le conmina a grabarla de inmediato. Entra en el estudio y, esta vez sí, con Zekley a la voz y una serie de músicos de sesión, la canción adquiere la forma pretendida originalmente; Un órgano juguetón subiendo y bajando como una montaña rusa, una guitarra con efectos, con su tremolo omnipresente… Todo ello adornado por unos juegos vocales delicados, los coros superpuestos surfeando entre melodías adictivas con la intención de recrear un estado de soleada melancolía. La publican a la vez que la versión de Jan and Dean y mientras esta no pasa del #100, la suya llega al #25.

 

 Pero hay un problema, no tienen una imagen ni una banda con la que mostrar la canción, aparecer en la televisión y conseguir el éxito que buscan deseperadamente. Handler recluta entonces, aprisa y corriendo a una serie de jóvenes que den la imagen requerida. Don Grady, un actor juvenil, (famoso por la serie “My three sons” donde encarna a Douglas, uno de los hijos de Fred McMurray y que en 1974, bajo el nombre de Don Agrati, publicaría un espléndido pero olvidado disco en Elektra) que está dando sus pinitos musicales en el sello será el cantante. Junto a él una serie de conocidos suyos; El bajista Don Braucht, el teclista Frosty Green, el guitarrista Paul Kanella y el vocalista Alex Valdez. Necesitan un Lp para subirse definifivamente a la ola y Zekley, a toda prisa, se encarga de producirlo y de escribir ocho de las once canciones.

Canterbury era un pequeño sello californiano. Había sido un sueño de Ken Handler que cobró forma gracias a que su madre, Ruth, fue la creadora de la famosa muñeca Barbie. Nunca tuvo éxito alguno pero con el tiempo algunos de los artistas que en él grabaron –Lisa Miller, Sandy Winns, The Group Therapy– obtendrían una breve reseña en las enciclopedías, sección Sunshine pop. Nada de eso ocurriría con The New Wave

Formados por Tommy Andre y Reid King, el primero venía de una carrera regular como actor infantil en cine y televisión bajo el nombre de Thom Andriola. Moreno, de indisimulable aspecto latino, parecía llevar la voz cantante. El segundo, el meditabundo y rubio Reid, en cambio no tenía pasado artístico alguno y estaba subyugado por la bossanova, por Jobim y por cualquier cosa que mezclase jazz con pop del mismo modo que buceaba atónito entre Chad and Jeremy y Peter and Gordon. Se conocen en 1966 y comienzan a grabar maquetas juntos. Firman por el sello de Sunset Boulevard y ayudados por una serie de fenómenos y outsiders de la escena angelina la obra comienza a cobrar resplandeciente, delicada forma. Van Dyke Parks, Gene Page, Hal Blaine o Carol Kaye son alguno de ellos. Junto a estos y las inquietudes antes mencionadas se puede percibir una querencia indisimulable al sonido del vibráfono (el inicio de la soberbia “Shade of the sun”, el puente de la no menos evocadora “Shadows of goodbye”) a veces con la elegancia de Milt Jackson, en otras con la modernidad de Dave Pike.
 
 Modernos en el mejor sentido del término -nada epatantes sino curiosos- su nombre venía sobrevenido por su afición al cine francés y en especial a la Nouvelle Vague. De hecho adaptan “Autrefois”, una composición de Legrand para la película de Jacques Demy, “Les parapluies de Cherbourg” con un francés un tanto risible pero sentido en su ingenuidad. “The New Wave” es un disco si quieren barroco, repleto de instrumentos e intenciones por abarcar quizás demasiado, pero en absoluto apabullante en su abanico sonoro. Es un disco delicado, de evocadora ingenuidad y también ambicioso. Tan ensoñadoramente melancólico como optimista y recóndito. Una banda sonora perfecta para la versión hipster avant la lettre de “Alicia en el país de las maravillas”.
 

STELVIO CIPRIANI "Femina ridens" a.k.a. "The frightened woman" (CAM, 1969)

“Femina Ridens” (“The Frightened woman” en el mercado anglosajón) es una de las numerosas rara avis que brotaron como setas en la segunda mitad de los años sesenta dentro del negociado pop. Dirigida por el italiano Piero Schivazappa en 1969 es casi un tête-à-tête entre sus dos actores protagonistas -el francés Philippe Leroy, aquí una escultura cincelada por los clásicos, de una imagen homoerótica innegable y la sueca Dagmar Lassander, dulce y apocada en un principio, para posteriormente tornarse en mantis religiosa conforme avanza el metraje.

 
 Tal y como refleja la sinopsis asistimos “… A la última subyugación de una mujer en pos de servir los más retorcidos deseos de un hombre, donde los más sucios impulsos terminarán en un mortal desenlace.
 

 María se convierte en la muñeca sexual viviente del Doctor Sayer, cuyo máximo placer es el deleite que obtiene asesinando mujeres en el momento de llegar al orgasmo. La creciente campaña de degradación de Sayer empuja a María hacia la muerte, pero el hechizo con el que ésta, poco a poco, somete al Doctor conducirá la trama a un desenlace sorprendente… “

 

 
  Somos pues espectadores de una historia de dominación. Una dominación de ida y vuelta, en la que los personajes mutan hasta mostrar su condición verdadera. Lo malsano y lo turbio acaba por ir directamente relacionado con una cierta ingenuidad y la pulsión por la pureza estética. A su vez, todo ello viene revestido de un envoltorio casi futurista (las pinturas pop-art del matrimonio Jean Tinguely/Niki Saint Phalle, los diseños de Giuseppe Capogrossi, las esculturas de Pier Olor Ultvedt…), trufado de divertidos gadgets (el auto-lancha anfibio, el mobiliario de la guarida de Leroy, la cueva clitoridiana…) para terminar siendo nada más -y nada menos- que un hermoso y trágico cuento moral de moderna factura.
 
 Pero vayamos al asunto del hilo. La partitura musical del maestro Stelvio Cipriani. A partir de las habituales variaciones melódicas (en forma de Vals, de Fuga, de un Shake) Cipriani nos ofrece un tratado de polisémico significado. Posée, como los grandes, la notable cualidad consistente en ilustrar mediante música los distintos estados de los personajes y la trama, tanto la depravación y el deseo como la desvalimiento y la humillación. Incluso -y supongo que ésto, para los puristas de la música para películas será apuntado en el debe– llega a sublimarlos. Huelga decir lo que para uno supone.  
 
  Hasta en las concesiones -el inevitable tema central, un espléndido “Femina Ridens” cantado por Olympia– nos acomoda plácidamente para ese viaje que consiste en el tránsito cuasi narcótico de un estado a otro, mezclánádose a menudo estos hasta llegar a confundirnos. Siempre, ya se ha dicho, con una facilidad melódica inusual, con un fluido timing instrumental para conseguir, finalmente, hacernos olvidar las costuras de la trama. Aquello que una vez quizás fuese escandaloso y que el paso del tiempo ha terminado por convertir en algo tierno, casi anacrónico. También muy hermoso, que diantres.
 

P.d. Un millón de gracias a mi querido amigo J.A. por proveerme, con su infinita generosidad, de todos estos artefactos cinematográficos que tan féliz me hacen. Gracias Maese.