DISCOS, DISCOS… Una conversación con Vicente Fabuel.

 

 

Conozco a Vicente desde que yo tenía dieciséis años, la primera vez que entré en Oldies, allá por 1983/1984. Junto con Pepe y Carmen es dueño de la mejor tienda de discos que he pisado nunca, si para así definirla consideramos necesario que sea un cómputo casi secreto (por las diversas cantidades en su composición) de material interesante, curiosidad, dedicación y profesionalidad, conocimiento panorámico de aquello que se ofrece y tanta generosidad como nula vanidad en la, para mi, necesaria enseñanza.  Es norma en nuestro país hablar bien, en el extraño caso de así hacerse, a toro pasado, cuando en nada se puede satisfacer o devolver parte de lo regalado a aquel de quién así se habla. Y aunque a veces es cierto que el halago debilita, sostengo que no tanto como lo puede llegar a hacer el menosprecio y el ninguneo. No estoy diciendo, afortunadamente, que sea ese su caso, pues Vicente Fabuel es voz autorizada en el afán de intentar comprender y explicar la música. Autor de múltiples recopilaciones musicales (los diversos volúmenes de “Sensacional Soul”, “Chicas” o “Algo Salvaje”) su labor va mucho más allá de la digna arqueología, hasta llegar a conseguir poner en sitio y lugar muchas de aquellas extraordinarias aventuras que sucedieron -y suceden, aunque cada vez menos, me temo- en este país nuestro llamado España.

Hasta hace no mucho quien esto escribe tenía una bitácora en Blogspot. La dejé aparcada un tiempo hasta que -ya saben, la cabra tira al monte- decidí empezar de cero en otra plataforma, en este caso WordPress, la que ahora leen y se imaginan cuanto yo se lo agradezco. En el año 2012 transcribí en el primero una charla entre ambos y antes de desaparecer ese primer blog, he pensado que sería interesante trasladarla aquí. Me precio de contar con su amistad y la de su inseparable Isa, y la verdad que conforme pasa el tiempo advierto que mi deuda con ellos es de esas que no se pueden saldar, pues no están regidas por el prosaico asunto pecuniario sino por la generosidad en la enseñanza y la paciencia en la apertura de esta cabeza dura que uno lleva a duras penas sobre sus hombros.

Así pues ya no les canso más. Si en algo valoran lo que regurgito no duden en absoluto, ni por un solo momento, que es debido a la dilatada compañía y atenta escucha de tan querido Pigmalión. Si, en cambio, advierten mis múltiples taras, descuiden. No es su culpa en absoluto, sino que viene ello debido a mi merma evidente a la hora  de sacar  provecho de los tan amplios conocimientos ofrecidos.

Vamos al meollo;

“… Esto yo no lo he visto nunca. Creo que es un caso único”…

El que así habla es Vicente Fabuel; aficionado, coleccionista, tendero, cronista, recopilador musical (Los dos volúmenes de “Sensacional Soul“, a punto ya un tercero, “Chicas”, etc) y amigo, mientras me enseña la galleta de la primera edición de “Dioptría” de Pau Riba. En ella, justo debajo de varios títulos de las canciones se puede leer, impresa, la sentencia No radiable

 

Más…

“Un chafón. Alguien me lo ofreció. Tengo el ep de Mantequilla group y, aunque nadie que yo conociese lo tenía, siempre había oido que existía también un Lp, en, como no, Belter. Un Lp bajo otro nombre pero los mismos músicos; Ricardo Roda, Salvador Pons… quienes por cierto, diez años después estaban en Máquina, en su etapa más setentera, más soul. Lo compré a ciegas, dos fotos de baja calidad y algún comentario. Incluso me llegué a excitar pensando en una versión del ¡”Gwendolyne”! por ellos. La portada me hizo salivar, con la foto de cuatro tipos que imaginabas ser ellos apoyados en un 124, un torreón y un jardín detrás. Sí, muy Belter todo. Pero, ¡ay!, resultó ser un recopilatorio del sello, de varios artistas, que incluía su único ep, el que ya conocía, junto con cosas de Giorgio y otros interpretes”

Los sinsabores del coleccionista. Muchas veces aventura, otras deseo, a veces sorpresa. Y no siempre negativa. Avatares a los que todos, incluidos los más avezados, están expuestos.

Tu relación con la música ¿de dónde viene?. En tu casa ¿Eran melómanos?

Mira, te voy a enseñar una cosa. Ésta es una de las fotos que guardo con más cariño. Aquí me tienes, allá por 1963 (Me muestra una foto en la que se ve a un niño sonriente junto a dos adultos, jóvenes más bien, en una piscina que resultan ser los Baños de Chulila, su pueblo natal). Es el primer recuerdo que tengo de volverme loco con la música, de ser consciente de haber caido subyugado en ella, de una manera nada intelectualizada sino arrebatada. Esa mujer que ves en la fotografía era la amiga de una tía mía. Vino a pasar el día con nosotros. Llevaba una guitarra. Se puso a cantar “Speedy Gonzales” y me quedé bobo, literalmente, supongo que por la suma de las dos cosas. Me pasé todo el santo día mirándola y escuchándola como quién ve y escucha a una Diosa. Fue algo increíble, como una revelación.

En mi casa, por aquel entonces, discos no habían. Sin embargo tengo otras fotos y siempre, como por arte de magia, hay un instrumento en ellas; una guitarra, un acordeón. También recuerdo a mi madre tarareando o cantando a todas horas. Así que muy pronto advertí que yo era totalmente vulnerable a la música. Vulnerable en términos clínicos. La música subía y bajaba dentro de mi. No estaba protegido ante todo lo que me provocaba. Y no me molestaba, muy al contrario. Mi grupo de amigos en la adolescencia éramos una pandilla muy musical. Quince o veinte críos con relativos medios. Teníamos alquilado un piso, a modo de club. Recuerdo un poster inmenso de Música Dispersa en la pared…

¿De qué año estamos hablando?

De principios de los setenta, 1971, 1972. La verdad es que éramos unos privilegiados, yo al menos así lo recuerdo. En ese piso escuchábamos música, hablábamos, bailábamos. Nos juntábamos con las chiquillas, las manoseábamos malamente. Lo que se podía y lo que te dejaban. Pero siempre con nuestra música al fondo, con aquella que habiamos elegido…

¿Y la relación con el objeto en sí?

Pues supongo que empieza ahí. Nunca he maltratado a un solo disco. Por supuesto que me he desecho de algunos, generalmente en cambios por otros. De lo que me he dado cuenta con el tiempo es que los discos son un poco como una muleta. Tenemos que tener algo, más allá de la familia, los amigos o el trabajo, en lo que podernos apoyar. Todavía hoy me acuerdo perfectamente dónde y cuándo descubrí aquellas canciones que me impactaron de un modo inolvidable. Qué era lo que estaba haciendo en ese momento. Estoy hablando, obviamente, de aquellas que verdaderamente lo han hecho, cuidado. Porque acarreamos miles de canciones a cuestas pero muchísimas menos grabadas a fuego.

A mi, con algunas canciones, muchas veces me ocurre que llega un momento en que se van. Y si son -o al menos así me lo parecen- realmente grandes siempre acaban por volver. ¿Te sucede a ti algo parecido?

Una de las cosas que más me chocaban, desde la época adolescente que recordábamos antes, era que siempre, mientras mis amigos terminaban por decir sobre una canción aquello de ya está pasada, si a mi verdadermente me gustaba, me llevaba loco. Nunca me cansaba de ella. Jamás. Y a día de hoy sigue sucediéndome. Por supuesto que hay un pico de excitación. Eso a veces ha llegado a darme miedo. En ocasiones me levanto a medias de una canción para poner otra, no la dejo terminar, como si quisiese preservar el hechizo. Estas navidades mi mujer me regaló el single de “Enough” de Bohemian Vendetta. Es una canción brutal. ¿Te puedes creer que tan sólo la habré escuchado tres o cuatro veces entera?. La gente, por lo general, no hace eso. A lo mejor es porque tienen pocas donde sumergirse. ¿A ti no te pasa?

Uff! no sabría decirte. A veces sí y a veces no. Quiero decir que hay ocasiones que la sensación con alguna canción es tan intensa, más propia del sexo arrebatado, que no puedes parar. Lo que quieres es más y más, sin detenerte a pensar si se puede acabar. Ayer mismo, con el single ese del sello Spiral que acabamos de escuchar, me sucedió. Lo escucharía como veinte veces. Haciendo otras cosas, vale; escribiendo, viendo discos… pero no podía dejar de hacerlo, de hecho creo que ni me lo propuse. La excitación mandaba.

A eso yo lo llamo un ligue. Es la excitación del descubrimiento, otra cosa interesante. Yo tengo más años que tu y todas esas cosas las he ido analizando en la medida de mis posibilidades. Por ejemplo, me he dado cuenta de que tenemos -al menos yo tengo- un lado Quijote. Te ves obligado a defender discos. No frente a opiniones encontradas si están argumentadas sino frente al desprecio.

A mi tambien me ocurre. Es un poco aquello que decía Fernán Gómez “El pecado nacional no es la envidia sino el desprecio”. Muchas veces me ha pasado defender algo más incluso de lo que quería o imaginaba, de manera mucho más encendida, como reacción frente a ese desdén.

Claro. Te creces. Si tu me argumentas que un disco que a mi me entusiasma a ti no te gusta por ésto y ésto, automáticamente ahí hay un equilibrio y un respeto. Ahora bien, el desprecio, el ninguneo que suele ocurrir cuando uno se refugia en los lugares comunes -generalmente acompañado de la falta de conocimiento del asunto en cuestión, al artista, al estilo, a la canción, y dejémoslo ahí- acaba por molestarte y hace que brote ese lado Quijote.

No es ni el soporte ni el formato que prefiero pero últimamente estoy poniendo en valor los Cds de Ramalama. Te dan una visión panorámica de los grupos. De lo que hicieron; malo, regular, bueno o mejor. Tu escuchas e inmediatamente las canciones, la obra, pasan a un tribunal. Sin jurisdicción, el tuyo. El concepto y la estética es un poco así, sin duda, pero su valor reside en que te ponen en situación, te colocan delante de una obra. Tal vez oscurezca los detalles, algo importantísimo, pero con eso, como con otras cosas en la vida, hay que contar.

Volviendo un poco a las canciones que te acompañan siempre y al lugar donde te enamoraste de ellas. O te reenamoraste, que también puede suceder. Recuerdo estar en el coche, en la Avenida del Cid, en frente de Correos, esperando a que Isa saliese. Un Cd de Ramalama, el de los Mustang, sonando. De repente aparecer “Me voy lejos” y volverme loco. Literalmente. Hasta que un guardia golpeó en la ventanilla y me dijo “Oiga, quite el coche de ahi, no puede estacionar en doble fila”

Jajajaja… ¿Sueñas con canciones, con discos?

Constantemente

Te lo pregunto porque yo no soy de recordar sueños, pero sí tengo uno casi recurrente, relacionado con los discos y que se reproduce con frecuencia irregular; Muchas veces sueño con discos que no tengo, algo supongo natural. Pero en otras lo hago con discos que sé que tengo y que no logro encontrar. Suele ser desesperante.

Si, esas combinaciones me imagino que deben ser similares entre todos los afectados por nuestra enfermedad. En mis sueños aparece mi mundo, que es un poco más bizarro que el tuyo. Se juntan clientes, conocidos y amigos… diálogos sobre música con mi socio que nunca han existido. Además cuando estás hablando con alguien en la realidad, al menos teóricamente, eres dueño de tus palabras y de tus ideas, pero en cambio cuando sueñas no. Hay ocasiones en las que me veo y me pregunto ¿Pero qué estás diciendo?

Como si fueses un espectador 

Exactamente.

Porque al final tu actitud con respecto a la música tiene mucho que ver con tu actitud frente a la vida. Puede ser una relación pragmática o idealista, dependiendo de como seas…

Sí. Antes has dicho que tenías la sensación de defender algunas cosas más incluso de lo que pensabas que merecían, como reacción casi instintiva al desdén. Yo creo que finalmente es el resultado de querer proyectar esas canciones, cayendo a veces en el error del proselitismo, calificando algo como mejor de lo que realmente es. Aquí mismo han sonado hoy diez o quince canciones. Todas nos gustan, por supuesto, pero sucede que a veces estamos deseosos de toparnos con joyas, quién sabe si como modo de autojustificación.

Yo he asumido hace tiempo que juego en dos planos. Uno es el plano tienda, el profesional, que te frena muchas veces. Llega un momento en el que ves que no hay forma, en que, sin darles la razón, llegas a transigir. Incluso llegas a pensar, en un momento de lucidez, que debe de haber un término medio. En definitiva, que llegas a ser consciente de que estamos ebrios, enganchados. Aunque sepamos que eso es una cosa nimia, no podemos evitar verle algo… pero bueno, muchas veces un riff, una melodia, una sola nota, algo chocante ya es suficiente para que nos ponga, en ese ansía sin fin de buscar sensaciones.

Quiero creer que al menos somos conscientes ¿no te parece?. Aunque ¿Crees que es tanto buscar sensaciones como intentar revivir las que han sido?

También. Ambas cosas. Se trata de mantener tu status melómano.

¿Cómo una baliza que te mantenga en los límites de la cordura?

Posiblemente. Luego están los atenuantes. Cada día estás como estás. Te encuentras de una manera. Pero del mismo modo que intentas conseguir -o mantener- ese status a nivel económico, sentimental, etc, también lo quieres con esas sensaciones de las que estamos hablando. Buscas y buscas.

Me ocurre muchas veces. Cuando amigos o simples conocidos comprueban la cantidad de discos que acumulo, enseguida soy consciente de lo ven como mero afán acaparador. Y éso en el mejor de los casos. Tal vez algo de eso haya, evidentemente, pero yo prefiero verlo como veo al hipocondríaco que acumula en casa la mayor cantidad de medicamentos que puede y echa mano de ellos cuando nota el menor síntoma, siendo éstos los distintos estados del ánimo.

Yo quiero pensar que es así. Aunque también he de reconocer que hay veces que abro un cajón cualquiera, como éste mismo, en el que hay ciento y pico singles y soy consciente que un 60 o 70% no me dice nada hoy. Es así. Ni hoy ni a lo mejor nunca.¿Y por qué están ahí?. No lo sé. Por ejemplo, me voy a la estantería donde están los Lps de, no sé, los ochenta y me pregunto ¿Qué hago yo con ésto? ; Devo, DB’s, Cheepskates, Cramps, Cheap Trick….

A mi me ocurre también. Sobre todo con los Lps, en bastante mayor medida que con los singles. Supongo que debido a la fugacidad de éstos, al tamaño de la dosis.

Si, con los Lps siempre chaquetean más. Es tan difícil hacerlos bien. Aunque bueno, tambien es cierto que te acompañan, que no es poco.

No está mal. Al menos tenemos claro que el coleccionar, acumular discos es algo más que sólo música…

Sí. Supongo que directamente habría que entrar en terrenos freudianos, en el psicoanálisis. Desde muy temprano mi aspiración no ha sido tanto ser músico -al darme cuenta muy pronto que no valía ni valdría para eso- sino el conformarme con ser testigo, formar parte de ese mundo de alguna manera. Si no vales para hacer música lo mejor y más honesto que puedes hacer es intentar comprenderla. Explicarla, si puedes, también, pero sobre todo entenderla.

Que al final es un poco entenderte a ti mismo

Exacto. Al fin y al cabo la música habla de nosotros. Todos y cada uno de los tics que una canción tiene, lo que te propone o sugiere, a la postre son los tics de tu vida. Probablemente ésto que estamos hablando sea una bobada pero es que es así.

Cuando tu comenzaste me imagino que la situación era otra ¿Como eran las tiendas?

Por lo pronto más numerosas.

¿Valorabas ya entonces la “trascendencia”, esa hipotética cotización que podían llegar a tener los discos?

No, no. En absoluto. De hecho muchas veces tenías que decidirte a comprarlos. Mira, cuando uno va a comprar cualquier cosa y esa cosa es barata suelen suceder dos cosas; No le das valor y por lo tanto no te enamoras de ella, al menos de entrada. Tiendes a pensar que si el vendedor lo ha puesto a ese precio no debe de ser muy buena. Así que si en aquel momento un Ep de -por decir alguien- los Kinks costaba quince pesetas ¿Por qué no me los llevé todos?. Pues porque eran baratos, porque ya tenías algún Lp original, algún recopilatorio con alguna de esas canciones. Y costaba dar ese paso, decirte adelante. Pillabas alguno y dejabas otros. Tenías que convencerte. Si lo hubiese visto con perspectiva, como hoy, pues me los habría llevado todos. De hecho si al vendedor le hubiese sucedido eso hubiese especulado, les hubiese puesto otro precio. Pero estamos hablando de inmediatez e impulsos. Muchos te dicen ahora “Joder, si yo hubiese vivido en aquella época”… Ya, vale. Tírate ahora. Porque ponte hace quince años a comprar singles españoles de sellos minúsculos. O a pillar singles de rumba. Sí, a un euro, da igual el precio. Eso es un poco lo que define a un coleccionista; la curiosidad, la osadia, la temeridad si puede llamarse así. El tiempo unas veces juega a favor y a la contra en otras. Siempre será así.

¿Cuál es la tienda en la que más has comprado?

Sinceramente en Oldies. Primero proque tenia una relación de amistad antes de surgir la profesional. Aunque claro eso fue a partir del 77, recién abiertos. Y hasta entonces, con mucha menos capacidad adquisitiva, pues supongo que en Viuda de Miguel Roca.

¿Dónde estaba?

Había varias. Era un emporio aquí en Valencia. La gorda estaba en el pasaje Ruzafa. Hoy ese lugar es cutre, pero entonces era el centro “in” de la ciudad a nivel musical. Era una chulada. Había un Club pequeño, muy coqueto, para gente bien, adinerada. Había también una librería estupenda -“Telio- con importación de libros pop. Estaba tambien Ramón Mercevirto, una tienda de electrodomésticos con sus discos a la venta…

Sí. A veces lo comento y algunos, más jóvenes, no me creen. Yo recuerdo en mi pueblo, bien entrados los 80, en la tienda de electrodomésticos ver discos, comprarlos. No muchos, una caja de singles y expositores de cassettes.

En todas las tiendas de electrodomésticos había. En todos los pueblo también. Entonces se vendían muchos discos. Recuerdo también la sensación de entrar a Viuda de Miguel Roca y ver las cabinas de escucha. No siempre te dejaban entrar. Eran, principalmente, para los clientes buenos. Nosotros cuando teníamos el dinero, íbamos tres o cuatro amigos y comprábamos un single por cabeza, así podíamos escucharlos, los tres o cuatro dentro de la cabina.

¿Y como ves este mundillo hoy en dia?

Obviamente mal. Muy mal. Éste es un negocio totalmente a la deriva. Yo creo qué, en términos estrictos de profesionalidad, ya no existe como tal. No sé si sabes que Universal ya ha adelantado que en un par de años van a dejar de fabricar CDs. A nuestros hijos no les importa el soporte, ni hablar en términos de sonido. Probablemente porque no hayan conocido otro.

Hombre, nuestros hijos, conocer, conocer, si que conocen…

Bueno, es una generalización. Pero bastante exacta. En general no les importa. No le dan valor. Queremos engañarnos pero la realidad es la que es. O consiguen regular y estabilizar el mercado o seguirá siendo territorio propicio para los cosarios esos,  Steve Jobs y similares. Qué por cierto, tiene narices que declarase que solo consumía música en vinilo. Luego va y se muere y es poco menos que un santo, ejemplo de no sé bien qué… Menos mal que el gordo ese de Megaupload tiene pinta de villano de comic…

Lo que quiero decir es que si establecen una reglas de juego que garanticen un mínimo de fair play, si logran una retribución a la creación artística justa supongo que la música pop no se acabará. Si no es así pinta pero que muy mal. La creatividad y el riesgo han desparecido. Aquellos que se aventuraban en este campo se han redirigido a otros más rentables y productivos. Lo que si creo que habrá siempre es un mercado vintage, residual pero estable, como lo hay en otros campos y otros géneros.

Han sido un par de horas en su casa que se han hecho cortas, disfrutando una vez más de su hospitalidad, de sus conocimientos y compañia. Espero que les parezcan tan interesantes y jugosas como a mi. Les advierto también que con una frecuencia más o menos bimensual, irán pasandose por ésta su casa “aficionados” a este juego, personas infectadas por este virus incurable.

 

 

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OSCAR BROWN JR But i was cool

Cool I

Oscar Brown Jr. podría haber sido lo que hubiese querido. De hecho lo fue, aunque su elección recorriese caminos poco remunerativos, por polémicos, reivindicativos y desde luego bastante menos acomodaticios de lo conveniente. Nacido en 1927 y muerto en el 2005 fue -y en todos esos ámbitos viga maestra- cantante con clase, compositor incisivo, interprete polifacético y actor perspicaz.

Comenzó su carrera como escritor de letras para piezas clásicas de jazz inicialmente instrumentales, como el “Afro blue” de Mongo Santamaria o el “All blues” de Miles Davis. Cualquier intento en encasillarlo estaba abocado al fracaso. No se limitaba a interpretar las canciones sino que actuaba con ellas, agarrando a esta por sus partes y exprimiéndole todo el jugo que le fuese posible obtener. Algunos le achacaron una excesiva politización, como si eso no fuese otra cosa que una elegida actitud vital con la cual mostrar su realidad de manera efectiva, dirigiéndola al más amplio espectro de público posible. Bebió del gospel, del folk y del blues tanto como del jazz, y, definiéndose a si mismo -de manera tan honesta como humilde- de mero entertainer, era más, muchísimo más.

Decidió encaminar su talento como modo de celebrar su negritud y hacer visible el racismo imperante en la sociedad americana. A veces resultaba difuso ubicarlo, mezclándose el artista y el activista, aunque siempre, hasta en la proclama más sulfurosa, la musicalidad transpiraba por todos sus poros. Se empeñó en utilizar su don como método de cambiar las cosas y -estando o no de acuerdo- sería de cínicos negarle su coherencia y mostrarle nuestro respeto.

Cantaba como vivía; Conmovedor, agónico, exultante, tragicómico, frágil y duro como el pedernal, bien por separado o al mismo tiempo. Sus discos comenzaron siendo artefactos precisos, de relajada atmósfera, que concedían libertad a unos músicos por otra parte ya cómodos y tremendamente eficaces. Colaboró con los grandes (Clark Terry en “Tell it like it is”, Quincy Jones en “Between heaven and hell”, aunque en realidad el más grande siempre era él) y también con la profesional y diestra infanteria que conformaron esos músicos de estudio, aquellos que hicieron crecer el mito y la leyenda, cimentando la historia de la música afro americana.

Precursor avant-la-lettre de los discos conceptuales, si tomamos a estos no como peroratas hueras e inhóspitas, sino como obras construidas a partir de un hilo común. Una especie de Cole Porter del suburbio. En “Between heaven and hell” (CBS, 1962) una cara del disco describe el paraíso y la otra el infierno, de un modo ameno y terrenal, sin hurtarnos por ello la crudeza, con un swing y musicalidad tan excelso que nos remite a obras clásicas. Obviamente “Mr. kicks” es el emisario del diablo, “Un moderno Mefistófeles que resulta ser un tipo bastante popular entre vosotros los lunáticos”. Sus canciones expresan todo el rango de los sentimientos y las emociones, sumergiéndose – como intérprete y compositor- en el papel hasta el tuétano. Viviendo y disfrutando su obra de manera clarividente.

Igualmente respetuoso con los clásicos, supo rendir homenajes que no fuesen mera mímesis respecto a los originales, sino que siendo reconocibles los trascendiesen dotándolos de un aura personal. Ese dificilísimo arte que consiste en conseguir que canciones de otros parezcan tuyas, apropiarse de ellas sin traicionarlas para, a partir de un modelo, elevarse sobre él. “In a new Mood” (CBS, 1963) se llamo esta nueva hazaña. Recreaciones de Duke Elington, Johnny Mercer y Harold Arlen, Nat King Cole o George & Ira Gerswhin entre otros. Acompañado de la orquesta de Al Cohn y con arreglos de Ralph Burns, cada una de las canciones encajaban perfectamente en él, refulgiendo su faceta de actor, al asumir un rol diferente casi en cada estrofa. Fraseos elegantes y sutiles que eludían el exhibicionismo y acentuaban la proximidad.

“Mis canciones comienzan cuando yo era un niño y vagaba entre los puestos callejeros que vendían cualquier objeto imaginable, escondiéndome, buscando y aprendiendo que otro mundo existía. Mi mundo era “Negro”.  Ser negro no es siempre agradable, pero es un vigoroso ejercicio para el alma. Puede enriquecer al hombre y al artista. Las melodías que compongo surgen de ritmos, cantos, llamadas y gritos que siempre me han sido cantados. Mis textos son versos acerca de lo que siento y cosas que he vivido. Mi acierto es enviar mensajes, que acompañen y entretengan, con significado.

La música de tres de las canciones de este album -Work song, Sleepy y Dat dere- fueron compuestas por tres brillantes artistas del jazz, Nat Adderly, Bob Bryant y Bobby Timmons, respectivamente. Creo que esos tipos -y otros- son creadores de potenciales nuevos clásicos. Les estoy agradecido a cada uno de ellos por escribir esas melodías que me permiten encajar historias de una mayor dimensión a la que podrían haber alcanzado sin ellas.

Si las selecciones de este álbum te dicen algo no solo por el mero hecho de escucharlo, sino por su contenido, estaré más que satisfecho por haber logrado al menos un buen comienzo”

Hasta aquí lo que podríamos llamar su primera etapa, la era Columbia. Otro día hablaremos de sus dos discos para fontana (El directo “Oscar goes to Washington” y el formidable, dedicado a la Bossa, “Finding a new friend”, a medias con su amigo Luis Henriquez). También su carrera en los setenta, con los hoy sorprendentes e infravalorados “Movin’ on” (Atlantic, 1972), “Fresh” (Atlantic, 1974) o “Brother where are you” (Atlantic, 1974), capaces de mirar a la cara a los discos de otro titán como Gil Scott Heron, ambos pilares de la música negra más militante sin por ello dejar de un lado la aspiración – y lograda meta- artística.

P.d. La playlist en mixcloud que incluyo en este hilo contiene canciones de los Lps “Sin and soul”, “In a new mood”“Between heaven and hell”  y “Tell it like it is!”, sus cuatro discos señeros de su etapa en Columbia, más algunas incluidas en los dos EPs franceses que poseo. Dejo para más adelante una hipotética segunda playlist con los discos de su etapa setentera, repletos de canciones de un calado sorprendente, por líricas a la par que comprometidas, rebosantes de groove y reflejo de ese nuevo tiempo.

 

O.V.N.I. / T.I.E.R.R.A

Escanear 173

Rescatado de uno de los cajones del Estudiodelsonidoesnob, (sección Extravagante, apartado séptimo arte) he aquí la adaptación hispana del ¿éxito? -de tercera en todo caso- de Solarion, uno más de los exploito tan habituales en los años setenta del siglo pasado. Un producto de estudio que pretendía, una vez más, combinar la actualidad con los ritmos musicales y alcanzar réditos comerciales instantáneos.

Narrado este ovni, en su versión española, más que cantado -para entendernos, lo que los guiris llamarían spoken words– por ese actor de fuste, secundario impecable, al que todos recordamos con sólo escuchar su voz o ver su rostro y al que la gran mayoría dificilmente podría ponerle nombre. Estoy hablando de mi paisano, Antonio Iranzo.
Con una trayectoria iniciada en el teatro como actor de la compañía de Nuria Espert, íntimo amigo de Marsillach, Antonio Iranzo intervino, generalmente como secundario, en numerosas películas, como en la muy reivindicada “¿Quién puede matar a un niño?” de Narciso Ibañez Serrador o en numerosas serie de televisión. Su voz ronca y su aspecto un tanto patibulario daban tanto de villano, de paisano o de perdedor. Nunca, obvio es, de galán o protagonista.

El cómo se presto a intervenir en este asunto fonográfico es algo que desconozco. Supongo que su voz penetrante y su impecable dicción, junto tal vez a los sueños inherentes en cambiar su devenir secundario, obrarían el milagro. Recuerden que en la época desde Sancho Gracia a Fernando Fernán Gómez, pasando por Paco Rabal, Alberto Closas o Manuel Galiana y tantos otros cometieron los mismos pecados. De quién le propuso tal audacia y le prometió trascendencia tampoco nada sé. Da un poco igual, nos queda esta rodaja a 45 rpm qué, junto a lo extraño de todo, nos muestra el enésimo capítulo de una época bastante más arriesgada y, por supuesto, infinitamente más ingenua. También, puedo llegar a concederles, más gris. Lo que no sabría decirles si más o menos divertida que la actual -basta con escuchar su cara B,  “T.i.e.r.r.a.” , por Nene Morales, una cosa de no dar crédito, extravaganza en estado puro, gloriosa.

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JESS & JAMES Revolución, evolución, cambio.

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 Aunque hace unos años, en la época de las vacas gordas (sí, también hubo una burbuja, enorme, en el mundo del disco de vinilo de colección ) se les intentó incluir en ese epígrafe tan rentable denominado psicodelia, lo de Jess & James (née Antonio y Fernando Lameirinhas) era, al menos de cara al gran público, calificado como robusto -incluso a veces como rupestre- soul de reminiscencias Stax. Una sólida base instrumental, de sudoroso ritmo y antagónica resolución vocal, unas veces con ortopédico encanto y otras orgullosamente expansivo, pero siempre, a mi modesto entender, más refinado de lo convenido. 

Nacidos en Oporto y emigrados en su adolescencia, a finales de los años 50, a Charleroi junto con su familia, huyendo de la dictadura de Salazar, pronto muestran una indisimulable destreza musical. Con el nom de guerre de Wando y Tony Lam, en 1964 graban su primer sencillo como The Modes y de inmediato saltan a Inglaterra como músicos de sesión. Inoculado allí el virús soul al año siguiente retornan a Bélgica y bautizados ya definitivamente como Jess & James captán la atención de Jacques Kluger, capo del sello Palette, con el que firman contrato y les edita su primer disco, el ep que contiene “The end of me”. No será hasta su tercero, “Move”, cuando la cosa pete de verdad. Mientras tanto las formaciones van variando. Originalmente los dos hermanos cuentan con el saxofonista Ralph Benatar (responsable de los deliciosos -y cotizados- exploitos o discos de estudio Chakachas y el Chicles y pronto sustituido por un tal Titinne), el baterista Stu Martin (quién los abandona tempranamente siendo sustituido por Garcia Morales, aunque volvería a colaborar con ellos más tarde en ese ovni soberbio bautizado The Free Pop Electronic Concept, proyecto que merece post propio, una melangé de riffs poderosos, fuzz ululante, efectos de estudio a cascoporro -phasing, reverb, eco, etecé-, electrónica, baterías tribales y cualquier cosa que se les ocurriese) más el organista Guido y el trompetista Douglas Lucas. Hasta finales de 1968 esta formación es más o menos estable. Será a partir de ese año, con el éxito y las obligaciones, cuando la banda se rompe incorporándose numerosos músicos, sin mantener formación estable, hasta acabar conviertiéndose en un quinteto más o menos definitivo a principios de 1969; Ellos dos, el órganista Scott Bradford, la vuelta del batería Stu Martin y la incorporación del guitarrista Phil Rosenberg.

Cantan en inglés (aunque en España, distribuidos por Belter, publicarán en sencillo versiones en castellano de alguno de sus éxitos) y el sonido, con la banda de acompañamiento, los impecables J&Js como una especie de trasunto de los JBs de James Brown, o, por qué no, de nuestros Pekenikes, llega a ser espectacular. Una máquina de soul perfectamente ajustada, capaz no ya de reproducir sino de trascender a su modelo.

Tras dos años de locura finalmente se separan y Wando y Tony Lam se establecen en España como una especie de retiro dorado. Mantienen su éxito y giran a menudo, llegando, en 1972, a formar parte de los Canarios como bajista y guitarrista.

Este “Revolution, evolution, change” (Belter, B 7217, 1969) es un disco con sorpresas. Sorpresas al menos para todo aquel que haya categorizado a Jess & James dentro de aquello que hicieron tan bien y por lo que fueron populares. Porque sí, tiene robusto Soul a-lá-Stax (“I want to be free”) boogaloo hammond soul (“Hey baby listen”) y el hit pertinente (“Change”) pero tambien muchas más cosas. Divertidas y elegantes veleidades northern (“You can’t cry everyday”), lustroso blue eyed soul en “Is there anything you love?” o bossa de perfecta delicadeza en “Wonder”, con sus arreglos de piano y sus vientos contenidos. Hay también Popsike sicodélico deconstruido con innovadora y atrevida producción. Una producción plagada de phasing y efectos de voces en “Julie’s doll” o ya directamente psicodelia circa “Strawberry fields forever” en “The Question”, una canción en verdad imponente, de polisémica lectura; Evocadoras cuerdas tejiendo capas, combinadas con la tenue flauta, una batería perezosa simplemente dedicada a mantener el beat y el arpegio de guitarra acompañando. Los coros tratados, espectrales, implorantes, aunados con los vientos que sujetan como si fuese un marco abrigando a un rostro desamparado…. y vuelta a empezar, hasta terminar con la maravillosa coda “…Is it me, is it you, is it me, is it you….”.

Sumémosle accesible y etereo soul pop con un laid back Costa Oeste en “I’ll quit you”, homenajes a su folklore natal en “Fado”, donde tratan la tradición de una manera similar a la que los Pekenikes pudieron hacer con el acervo hispano; un pie aquí y otro allí, melancolía y saudade entremezclados con la modernidad, todo ello sin hacer de menos a ninguno de las dos caras de la misma moneda.

Una, otra más de las cosas que uno aprende y conoce día tras día. Uno, otro más de los motivos por los que quién escribe, en su ingenuidad, lamenta no tener varias vidas. Conocer, disfrutar, compartir.

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THE BOX TOPS Sandman

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Una canción perfecta. Tremenda. Escrita por Wayne Carson Thompson. Producida por, hagan el favor de descubrirse, Dan Penn.

Es 1968 y hay algo en el aire. Psicodelia ligera, extraña, morosa incluso. Diríase que hasta la rutina es lisérgica. El pedal fuzz como marchamo de elegancia, agazapado pero siempre presente, mutado durante menos de tres minutos en el icono de la melancolía. Gary Telley dándole amplitud (aunque bien pudo haber sido Reggie Young o el mismísimo Bobby Womack, cualquiera de los guitarristas del American Sound Studio en realidad, no lo sé), cosiendo de arriba a abajo una balada clásica. Una balada decorada con los arreglos de cuerda y viento, sus coros mitigando o exacerbando el dolor, como en una montaña rusa de feria de pueblo, lanceada por un órgano que le otorga verdad. Ya se ha dicho, el American Sound Studio a todo trapo, pletórico.

Y claro, la guinda, el signo de distinción; una voz increíble. Tierna y cruda, capaz de describir los estados del alma, todo el rango de sentimientos que le suceden al ser humano. Impropia de un crío de 17 años.

Redefiniendo el hoy trillado concepto de lo cool. Sin ni siquiera pretenderlo, por supuesto. A día de hoy sigue maravillándome su absoluta perfección.

 

…There was a time, i knew my mind, and needed nobody else,
as strong as stone I stood alone, depending only on myself,
and suddenly my eyes fell on you,
and with a smile you conquered me.

I became a sandman, crumbling in your hands, just like a sandman,
You turned me into sand, i’m a sandman but stone in love with you.

No ties to bind, the wondering kind, i was a rolling stone.
My only friend, the restless wind, my only debt was my own.
And then with a word you blew my mind
and you touched me, with your eyes.

I became a sandman, crumbling in your hands, just like a sandman,
You turned me into sand, i’m a sandman but stone in love with you…

 

 

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LE SYSTÉME CRAPOUTCHIK

 

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¿Para qué andarnos con rodeos? Uno es lo que es y llega hasta donde alcanza. Por resumirlo, diré que de un andamiaje mucho menos firme de lo que desearía y con una estructura aquejada de ciertos problemas a la hora de la descripción certera. Quién les habla suele comenzar casi todo con un single. Así de simple soy. No lo digo como signo distintivo -aunque tampoco necesariamente como tara- sino simplemente constatando una realidad. Son estos artefactos una especie de breve misiva a modo de greguería a partir de los cuales reflexiono e indago en la medida de mis posibilidades, aprendo pese a mis evidentes limitaciones e imagino con la libertad que me es posible. Incluso, a veces, idealizo y divago.

Hace, no sé, ¿diez, doce, quince años?, conseguí mi primer disco de Le Systéme Crapoutchik. Era el single con “Les sans amour / L’enfant de choeur” (Flamophone, 1970). Me tropecé con él -cómo me ha sucedido con tantos y tantos otros discos franceses- en una de mis incursiones por las Pulgas. Ni la menor idea por aquel entonces de quienes eran, ni mucho menos la menor intención de dejarlo pasar. Lo rescaté del cajón en el que estaba abandonado junto a otros, un poco por instinto y otro tanto por curiosidad. Ya saben, la portada, el sello desconocido (al menos para mi), el año, el precio… qué sé yo. El caso es que una vez escuchado descubrí dos canciones de una belleza y elegancia distinta, aunque no por ello menor la una de la otra. Sucedió también que en un principio, por estar uno a lo que estaba -y por comprender aún menos a la vida y a mi mismo de lo que lo hago hoy- su escucha continuada podía incitar al rechazo. ¿Cómo, a partir de esas pintas de la portada, podía salir tamaña delicatessen, frágil y elevada, que recorría el fino hilo que va de lo excesivamente endulzado a la punzada en el corazón, y sin embargo, ser casi perfecta?. Sí, lo reconozco, me temo que una vez más los asquerosos prejuicios, las ideas preconcebidas, la atrevida ignorancia, campaba a sus anchas.

Dejé pasar el tiempo y como me sucede a menudo, dada mi inconstancia, me olvidé del asunto. Recurrí a él en rara ocasión. Y sí, como dirían más adelante las notas de las futuras reediciones, “S.F. Sorrow” estaba ahí, esperando, agazapado. Igual de ensoñador, igual de extraño. Igual de hipnótico y adictivo. También, creo, intuí otras cosas.  A los Ia & Batiste de “Un gran día”, al “Telaraña” de José y Manuel con Nuevos Horizontes, si me daba por barrer hacia casa. También a los Beach Boys del “Surf’s up” o al Colin Blunstone de sus dos primeros discos. Dúctiles, poliédricos, con un detalle obsesivo en la melodía que a veces exasperaba dada su desmedida perfección, pero que, sorprendentemente, atraía de forma gravitacional.

Años más tarde, en el 2011, se hizo la luz. El sello barcelonés Wah wah reeditó sus tres álbumes. Leyendo entonces las notas y tras una primera y apresurada escucha, el tono laudatorio del texto podía llegar a parecer exagerado. Falso. La cosa alcanzaba, de manera luminosa, una justa reivindicación y puesta en valor que me hacía navegar entre olas de agradecimiento debido al descubrimiento de tres discos soberbios. Su primer Lp cronológicamente hablando (“Aussi loin que je me souvienne”, Flamophone/Vogue, 1969) ya nos ponía en guardia con su adaptación a la francesa de los Pretty Things más ensoñadores y menos insulares. Canciones como “Un jour dans ma vie” (Hard rock de aires zeppelinianos sin las lacras de aquel, es decir, borrada la trascendencia y la falta de humor) o “Les temps ont changé” (una pieza de psicodelia descriptiva con sustrato eminente pop, deudora de los Kinks tanto en lo estilístico como en lo literario) eran una brillante carta de presentación. Su tercero, el homónimo, aunque calificado generalmente como menor, piensa uno que es el canto de cisne perfecto. Arreglado por Jean Claude Vannier y con reminiscencias a la Costa Oeste americana no era el disco poca cosa; delicada orfebrería, pequeña y delicadamente labrada, toda una sucesión de capas musicales y hermosísimas armonías vocales, una tras otra. Canciones de las que emanaba una elegancia tan descuidada como minuciosa, concienzudas en la descripción de lo que quedaba del fuego idealizado que una vez fue. Tómense como ejemplo, a vuela pluma, la pseudo bossa “Pauv’ Muezzin” o la canción que lo cierra, “Le mutant”, toda una declaración de principios éticos y estéticos: “Soy el mutante del tiempo, de las rosas y de las estrellas, soy el futuro de las banales existencias”.

Pero sería -para quién esto suscribe- su segundo Lp, titulado clarividente y escuetamente “Flop” donde todo encajaría con milimétrica perfección. Curiosamente no es un disco oficial propiamente dicho. Tras el fracaso del primero deciden lanzar un disco doble a modo de despedida con algunas de sus primeras canciones grabadas para el sello Vogue en 1968 (un 7″ y dos Eps) junto con revisiones -variaciones tal vez sería más apropiado- de esas mismas canciones y otras nuevas. No tienen muchas expectativas, de hecho han arrojado la toalla y se hallan en pleno proceso de descomposición. Tanto que este postrero tour de force no pretende ser más que el epitafio de una aventura que no pudo ser y que por tanto, tampoco será. En sus discos se suceden una joya tras otra; El McCartney de “Ram” con su facilidad melódica y sus fuegos artificiales mezclado con el fulgor e inmediatez pop de Billy Nichols en “la vie set belle”. Ecos del Colin Blunstone más melancólico (“Monsieur sans joie”, tan similar para mi al “Tramway 7B” de Bernard Chabert). Los Beach Boys diríase dirigidos por el Henry Mancini más pop en “Gamelle trouee” o la pureza wilsionana evocadora en “C’est l’hiver” o “Il neige”. Los Zombies  en “L’enchanteur” y los Procol Harum en “Monsieur sans joie”, Bacharach en “Le mutant” y Bach en “L’enfant decrocheur”

No tenían malos padrinos. Los había descubierto Jacques Dutronc (por aquel entonces guitarrista de la banda de Eddy Mitchell, actuando en un show televisivo de Albert Reisner). Coincide el encuentro con el despegue de Dutronc como estrella y desde ese momento se convierten en su banda de acompañamiento; Gérard Kawczinski (Llamado Crapou por Dutronc dado lo difícil de la pronunciación de su apellido y a partir de este apodo bautizada la banda -recuerden, Le Systeme Crapoutchik), Jean Pierre Alarcen (ex guitarrista de Les Mods, grupo de garaje con un único y rarísimo ep publicado y de Eden Rose y Sandrose), Christian Padovan al bajo (compañero de Kawczinski en Les Challengers) y Alain Legovic al órgano (más tarde, ya convertido en cantante famoso, conocido por todos como Alain Chamfort) quién había sido el organista de la banda de Nicolas Nils, quien tine en su haber un ovni-ep con dos estupendas versiones en francés de los Seeds . Posteriormente, sustituyéndole, entraría Jean Pierre Sabar (colaborador de Gainsbourg, arreglista de Dutronc, Huges Aufray, el nuevo niño bonito de la música francesa, tras la estela del éxito de la versión francesa de “Hair”, por el hirsuto Julien Clerc) encargándose de la batería y los teclados.

 

Mot de passe; Claude Puterflam. Un francotirador aventurero de los muchos que poblaban entonces la escena francesa. Este había publicado material con el nombre de Peter Flam para Vogue. Básicamente chanson freakbeatizada a la estela de ese faro que era Dutronc, su amigo y mentor. Arrebatados himnos pseudo garageros con -a ver como lo explico- indeleble márchamo chansonnier (“C’est la vie”, a medias con Michael Pelay, futuro colaborador de Le Systéme Crapoutchik o “Il ne faut pas pleurer”, firmada a medias con Dutronc). Puterflam había puesto en marcha un nuevo sello, bautizado como Flamophone, tras haber convencido a la gente de Vogue de su viabilidad y fichado inmediatamente a Le Système Crapoutchik como grupo insignia, de los que se convertiría en autor de sus textos.

Pese a todas las evidentes influencias, Kawczinski, Alarcen y compañía lograron conseguir una pócima personal y única. Músicos residentes del Palacio Puterflam, los todavía por entonces en construcción estudios Gang. Su pretensión era la de convertirse en una congregación de músicos que interactuasen en sus distintos proyectos; Bernard Ilous (cuyos dos singles ya fueron reseñados aquí y cuyo lp a medias con Decuyper también ha reeditado Wah Wah  no puedo recomendar más encarecidamente), Nino Ferrer (en cuyo soberbio “Le sud”, igualmente comentado anteriormente en el blog, colaborarían), con el mismo Jacques Dutronc

Tras esta aventura Kawczinski no abandonaría el mundo de la música, muy al contrario. Se dedicaría a la música de librería con usos comerciales componiendo desde jingles a bandas sonoras, giraría como guitarrista a sueldo y seria ingeniero de sonido en los estudios Gang de Claude Puterflam, hoy todavía abiertos. Jean Pierre Alarcen por su parte, seguiría como cotizado músico de estudio (aparte de colaboraciones con otros; Janko Nilovic, François Béranger, Dick Rivers …), mientras que Christian Padovan será un requerido bajista y colaborará, entre otros, con Cerrone, Nilovic, Nino Ferrer o France Gall. Respecto a Legovic/Chamfort, sería el único que tendría una carrera longeva como interprete, con más de una quincena de Lps a sus espaldas.

P.d. Todos los datos y entrecomillados han sido tomados prestados de las notas interiores de la reedición de “Flop” (Wah Wah, Barcelona,2011) firmadas por Jean Emmanuel Deluxe y Fréderic Fauré.

SERGE GAINSBOURG Anna

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“Anna”(Philips, 1967) fue una película en color para la televisión francesa, emitida el 13 de enero de 1967, dos días después de Dents de lait dents de loup, en su segundo canal. Pese a una promoción eficaz, la críticas fueron dispares. En la prensa algunos titulares hacen sonreír, del tipo Gainsbourg ha querido encjar textos inteligentes dentro de ritmos jerk”. Por aquel entonces declara:

“La música de “Anna” tiene un sonido nuevo. La gente dice ; Es ye-ye … Pero éso, ¿Qué significa?; Nada. Ya habrá tiempo en el futuro para asimilar estos sonidos nuevos y esta música, sin ideas preconcebidas ni palabras peyorativas…”

También es un Lp, hasta sus varias reediciones, desde hace unos años, en formato vinilo (antes lo fue en cd, en la caja “De Gainsbourg à Gainsbarre” y también en edición japonesa), codiciadísimo por los coleccionistas. Tuvo una muy pequeña tirada y se había convertido prácticamente en invisible. Esa rareza contribuyó durante casi veinte años a conferirle su dimensión casi mítica. Hoy podemos decir que es una obra sorprendente y que simboliza un estado de gracia extremadamente pop, por lo demás muy atípico en la acartonada TV de la Francia de De Gaulle.

Pierre Koralnik, su director. “… Anna es la historia de un joven exitoso que dirige en una agencia de publicidad –Jean Claude Brialy– y qué, por azar, ve la fotografía de una chica (Anna Karina, musa y pareja durante un tiempo de Godard) que no puede borrar de su cabeza. Desde ese momento solo tiene una obsesión, encontrarla. La busca por todo París. La gracioso de la historia es que la tiene frente a él, es su asistenta. Para él es invisible, tras sus ropas de trabajo y las gafas de culo de vaso que la camuflan. Es todo bastante extravagante. La música, toda de Gainsbourg, esta pensada como un script de cine. Es muy rock’n’roll y también muy pop. Se muestra toda la modernidad de la música de Gainsbourg y sus textos son, como en él es norma, magníficos…”

Anna Karina, su actriz principal. “… Tras nuestro primer encuentro encontré a Serge muy tímido. Yo no entendía porque se le consideraba tan feo. Tenía belleza y clase en su gesto, muy distinguido, casi principesco diría yo. “Anna” fue muy importante para mi. Siempre había soñado cantar y él me había escrito canciones maravillosas. Adoraba que me enseñase y tocase sus canciones. Me parecían recuerdos de adolescencia, de cuando tenía catorce años. Mi padre me llevaba a los bares, el tocaba y yo cantaba…”

Jean Claude Brialy, su actor principal. “… Serge me dijo: Voy a enseñarte a cantar … ¡ Cantar yo!… imposible. Y eso es lo que hizo, con mucha paciencia y cariño. Intenté imitar su voz para no estropearlas, ya que sus canciones eran bastante complicadas. Hizo que me esforzase…”

“… Estaba atraído por Anna Karina, cuya forma de cantar era susurrante, un tanto erótica, algo que encontraría más tarde en los discos de Jane. Creo que Serge estaba enamorado de ella. De cualquier modo, Serge no podía trabajar con nadie de quién no estuviese enamorado. Incluso decía que estaba enamorado de mí. Venia a verme al plato con un pequeño ramo de flores. Era muy cariñoso, muy tierno…”

Para la grabación de “Anna”, Gainsbourg recluta a Michel Colombier como arreglista y director musical, siguiendo los consejos de su amigo Alain Goraguer. Colombier hace un trabajo formidable. Habituado y cómodo con los sonidos sixties (Había compuesto todos los jingles de “Salut les copains”) esta toma de contacto es tan solo la primera de una serie de fructíferas asociaciones; Los arreglos de “Bonnie & Clyde”, la primera versión de “Je t’aime moi non plus”, etc.

Michel Colombier“… Serge tenía aquello que yo no tenía y viceversa. Encontraba nuestra manera de trabajar muy interesante porque no era cuestión de ganar una competición, simplemente era un trabajo en común. Yo elegía, por ejemplo, el tono de la orquesta y el no intentaba darme una melodía que no fuese apropiada a ese tono, muy al contrario. Asistía a todos los ensayos y me señalaba aquello que no le parecía bien. Podía ser una nota, un acorde o la posición de esa nota dentro del acorde. Para mi era apasionante, además de la fascinación que yo tenía por sus textos descubrí que tenía un sentido melódico único, que debía mucho a sus orígenes ruso-judíos. Los judíos y los negros son los únicos, pienso, que poseen verdaderamente el blues…”

El disco, en principio un juego menor, es todo un recital de Gainsbourg, algo cercano a un campo de pruebas de lo que más tarde serán sus discos para Jane Birkin. Panorámico y sin cortapisas, Gainsbourg escancia todos los licores de su mueble bar musical en copas repletas. Unas de pop (Boomerang, Pistolet Jo), otras de chanson (Sous le soleil exactement, Ne dis rien), e incluso combinados de beat y swinging london como Roller girl.

SERGE GAINSBOURG Rock around the bunker

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La grabación de su nuevo álbum le llevará tan solo una semana, a finales de 1974, y de nuevo en los estudios Phonogram de Londres, con Alan Hawkshaw y su equipo. Incluirá algo que no había hecho desde “Initials B.B.”: tres coristas femeninas.

Brian Odgers: “… Otros nos hacían repetir las tomas hasta veinte o treinta veces. Serge en cambio iba a lo esencial, aceptaba generalmente las primeras. Para “Rock around the bunker” trabajamos exactamente cuatro días, de diez de la mañana a diez de la noche. Enseguida incluyó las voces y se hicieron las mezclas. El último día, como habíamos terminado antes de lo previsto, con el propósito de mejorar algunas canciones, en realidad para hacernos ganar algo más de dinero, algo muy atento por su parte, encontró la excusa para prolongarlo un par de días más…”

“… ¿Eres siempre así o sólo en la televisión?…”

¿Hasta donde quería llegar?. Ni el mismo llegaría a saberlo. Con la salida de “Rock around the bunker” en febrero de 1975, vemos que incluso los fans están decepcionados, consternados, completamente sobrepasados por este disco arisco, tormentoso. Gainsbourg y su sempiterna provocación, no solo ha querido tocar algo sensible, aturdiendo conciencias, sino que ha querido reabrir una herida, no del todo cerrada, para que los hipócritas se sientan ofendidos. Ya había precedentes, otros que habían osado jugar con la imaginería nazi con una voluntad evidente de provocación; Liliana Cavani con la dependiente y parasitaria relación de sus personajes en “Portero de noche”, la cruz gamada al brazo en “The Rocky horror Picture show”. Pero Gainsbourg navegará en ese mar con el deleite del adicto y un humor devastador. Evitará también el mórbido recreo, revistiéndolo de un traje accesible, casi la historia de un personaje corriente. El hijo de un emigrante ruso judío, que había portado la estrella de David al brazo durante la guerra, se lo podía permitir.

“Nazi rock” habría sido un título mucho más apropiado que “Rock around the búnker”, pero en el último momento parece asustarse.

Jacky Jackubowicz: “… Antes de ser presentador en Televisión fui delegado de prensa en Polygram. Trabajé para ellos desde 1973 hasta 1980. Me ocupaba sobre todo de Gainsbourg y también a veces de Alain Bashung, dos artistas tenidos por difíciles. Los programadores de radio se negaban a emitir sus discos. Para “Vu de l’extérieur” la promoción ya había sido complicada pero para “Rock around the bunker” fue de todo punto imposible…”

La historia, no se puede negar, es atractiva; En su bunker, Adolf/Serge enloquece a causa de la escucha continua del clásico “Smoke gets in your eyes”, la canción americana favorita de su amada Eva Braun. “Eva” recrea la pasión de un monstruo humano, Adolf, ansioso por fornicar con su amada, de poseerla sin descanso, al son del clásico de los Platters. Convertido en un crooner atípico revisa el cancionero americano. Mezcla rock clásico -bueno, todo lo clásico que Gainsbourg pudiera ser- con recuerdos de una infancia transcurrida en la guerra y una historia ambientada entre el nazismo, la pasión y los restos del naufragio. Será algo que removerá conciencias (“Nazi rock” o la larga noche de los cuchillos largos y la inacción que desembocó en la catástrofe), revolverá estómagos (“Yellow star” o la estrella amarilla como autoconcedido premio infantil que le aisle de la barbarie y el dolor) y revivirá el olvido. “Zig zag avec toi”, otro mas de sus prosódicos ejercicios de estilo, (aquellos que cimentaron la polémica con Guy Béart a propósito de la rima consonante y la rima vocal, asunto tan francés que se nos escapa) esta vez en “Z”, al igual que “Est-ce est-ce si bon”, ahora una aliteración en “S”. El humor como dique y distancia ante la tragedia. La banalización del mal, tal como escribía Hanna Arendt en “Eichmann en Jerusalén”, como algo que lo hará más inexplicable aún si cabe.

Volviendo al asunto, no se me ocurre mejor ilustración de esa banalización del mal que “S.S. in Uruguay”, la canción que cierra el disco, otra muestra más de su ingenio, mordaz y cínico en apariencia, pero que esconde una capacidad de síntesis y clarividencia extraordinaria, a la vez que dolor y memoria. Tan sólo el humor nos puede salvar del recuerdo.

“… S.S. en Uruguay, 
bajo un sombreo de paja,
me tomo un zumo de papaya
con pajita.

S.S. en Uruguay,
bajo el sol agradable,
los recuerdos me asaltan,
ay, ay, ay.

Y aún hay toca huevos,
que hablan de extradición,
pero a mi no me importa
pagar la cuenta.

S.S. en Uruguay,
yo no era más que un hombre de paja,
pero temo a las represalias
allá donde vaya.

S.S. en Uruguay,
Ya tengo aquí a los acusadores
Que me obedecían cuando alzaba la mano
Heil! A sus ordenes…”

Serge Gainsbourg: “… Este disco es un exorcismo para mi; me acuerdo de las coristas inglesas, cuando salían del estudio deseándome buena suerte. Ya habían adivinado que eso no iba a ser posible. Había pulsado el detonador…aunque en realidad a mi me sonase como el sonido del descorchar el champagne…”

Dando rienda suelta a su talento provocador y controvertido, abona el terreno a quienes le esperan con las escopetas cargadas. Algunas declaraciones muestran sin ambages que la mezcla de ficción y realidad va a ser una combinación explosiva para la pacata sociedad burguesa de la época, de todas las épocas. Es su realidad, y los vestigios de la infancia de un niño judío en la Francia ocupada, la que parece revivir, prendiendo su ya de por si incendiaria retórica.

”  … Prefiero la masacre. Es más vigorizante. Me hubiera gustado ser terrorista. Si lo hubiese hecho habría viajado a América del sur para exterminar a los viejos nazis. También me daría una vuelta por España. Hay un antiguo comisario de asuntos judíos, un aristócrata francés que vive allí, tan tranquilo. Pidió su vuelta tras la muerte de Pompidou. Es un viejo pretencioso, una bala en el estomago no le iría mal. Si volviese a Francia compraría un pistola y se la vaciaría entera. En 1940 yo tenía once años y es mi único recuerdo de entonces. No se puede volver a permitir eso. Si los nazis vuelven al poder, les advierto que yo fui tirador de élite con la metralleta en 1948. Solo sería cuestión de volver a practicar…” (Se refiere a Darquier de Pellepoix, comisario de asuntos judíos con el gobierno de Vichy, refugiado en España después de la guerra, que nunca fue perseguido ni condenado y murió placidamente en 1978).

Sigamos con el licor: “ … Faltan “Mouvement Odessa” y “Le silence du pape”, pero me cansé. Las escribí pero no las quise grabar. Me dije que no valía la pena remover toda esa mierda. El rock, si quieres, tiene una estructura agresiva. Por eso pensaba que casarían bien. No es más que un juego. Visualmente seria impresionante…”

No es un disco fácil en absoluto. Los fantasmas del pasado nunca lo son. Diría que incluso es un disco a veces desagradable, a medio hacer. Un disco que hace dudar.  Al final no otra cosa que Punk avant del punk.

Todos los textos entrecomillados extraídos de “Gainsbourg” de Gilles Varlant (Ed. Albin Michel, 2000)

SERGE GAINSBOURG L’homme à tête de chou

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Primavera de 1976. Unos años atrás Serge había adquirido, en una galería de la calle Lille,  en el 7eme, junto al Musée d’Orsay, una escultura de Claude Lalanne. Se titulaba “L’homme à tête de chou” y representaba a un hombre desnudo que tenía por cabeza una planta carnosa de la especie de las crucíferas, una coliflor.

Serge Gainsbourg:  “… Me crucé con “L’homme a tête de chou” en el escaparate de una galería de arte contemporáneo. Volví varias veces sobre mis pasos, hipnotizado. Entré, pagué en efectivo y pedí que la enviaran a mi casa. Al principio, el dueño de la galería, tomándome por un loco, hizo mala cara, desconfiando. Pero pronto se ablandó y se decidió a contarme la historia de la obra. Una historia de amor fou de un periodista maduro enamorado de una muchacha atractiva. Una muchacha que trabajaba lavando el pelo en una peluquería, una “shampouineuse” que finalmente, acaba poniéndole los cuernos con el primer rocker con el que se cruza, tan insultantemente joven como ella. El hombre cae poco a poco en la locura, hasta perder la cabeza completamente. Enloquecido por los celos, termina matándola a golpes de extintor en el pasillo de cualquier lugar…”

Claude Lalanne: “… Hacía apenas cinco días que había terminado la obra y ya se marchaba de mi lado. Me puse muy contenta cuando me enteré de quién la había adquirido, le admiraba mucho. Poco después Serge me telefoneó para pedirme si accedía a que fotografiase la estatua para la portada de su próximo disco. Le dije que sí, y como agradecimiento, me invitó al estudio de grabación para que escuchase “l’homme à tête de chou” antes de su publicación. Fue una premiere íntima y privada …”

Su nuevo disco sale tan solo cinco meses después del estreno de su película “Je t’aime moi non plus” con Jane Birkin y Joe d’Alessandro de protagonistas. En tan solo seis días graban la música en Londres. La mezcla se hará a finales de septiembre, en el Estudio des Dames de París. Los arreglos son encargados al fiel Alan Hawkshaw. La dirección artística al ya indispensable Philippe Lerichomme. Sin evitar la tensión, parte inevitable de la creación, en particular de la suya, Serge aborda la realización de este nuevo disco de una manera radicalmente diferente.

Philippe Lerichomme: “… L’homme à tête de chou” es un disco conceptual. Muy personal, sin concesiones, con sorprendentes ejercicios de estilo, un trabajo casi artesanal. Tiene hallazgos como la introducción del Talk over -la voz hablada, por encima del ritmo y la melodía- algo que se convertirá en habitual en su obra a partir de entonces. Serge sabía como nadie encajar las palabras. Tenía un sentido del ritmo que aún hoy me maravilla. Para este disco había ajustado los textos al máximo. Los había escrito antes de ponerles la música, contrariamente a lo habitual…”

El álbum sale a la venta a finales de 1976. Inmediatamente es aclamado por la crítica como una obra maestra. Incluso la incipiente generación pre-punk francesa, que tenía a Gainsbourg casi por un hermano de sangre, muestra su placet hacia algo, musicalmente, tan lejano de su ideario. Comercialmente, en cambio, deja claro que la época triunfal de Gainsbourg ya ha pasado.

Es el disco de Gainsbourg con el que más he disfrutado. Todo un viaje a otro lugar, otra realidad. Las músicas que crea son atemporales, ni pretéritas ni futuras, una especie de agujero negro insondable. Una vez más Gainsbourg va dos -tres, cien- pasos por delante. Toda esa melangé de cinemática, sonidos electrónicos y bases rítmicas escleróticas que se vino a llamar hace unos años trip-hop salen de ahí: Austeras, minimalistas, concisas, con mucha más alma de la atribuida y de una riqueza y polisemia intrigante. Diríase que el espíritu de Vannier ha vuelto y con él, Serge ha vuelto también al redil. Desde su presentación, con esa frase lúcida y desengañada de “Yo soy el hombre de la cabeza de coliflor, mitad verdura, mitad muchacho” hasta el “Los parásitos de Radio Pulga, han difuminado mis señales de locura, yo era tuyo, Marilu” de “Lunatic asylum”, todo el disco, con Gainsbourg como narrador en primera persona, nos sumerge en una tragedia clásica con los inherentes toques de humor marca de la casa, una realidad paralela que recrea los estados de la vida y del amor. La atracción y la conquista, la seducción y los celos, la pasión y la locura.

El tintineo de las campanillas sobre la puerta que anuncian la entrada de nuestro hombre en “Chez Max, coiffeur pour hommes”, presenta, en un necesariamente sórdido escenario, el encuentro fatal entre los protagonistas de la parábola. Marilou en Casa Max, el personaje realmente principal, hablando en primera persona, seducido por el deseo. De inmediato advertiremos que el citado personaje masculino en realidad no es otra cosa que un trasunto idealizado -mejor, atormentado- de Gainsbourg. O de Gainsbarre. De ambos muy probablemente. Surge la pasión, la idealización de la mujer ansiada, el sexo imaginado, el deseado, el salvajemente practicado, sin circunloquios ni concesiones. Delira, divaga, nos muestra a Marilu y le consagra dos canciones ribeteadas del fulgor inicial del amor: “Marilou reggae”, la seducción,  y “Transit a Marilu” , la cópula.

Pero Marilou, la ninfa ninfómana, resulta tener querencia a la infidelidad. En lo mas profundo de su subconsciente recibe un mensaje avisándole de ello, un “Flash forward”. Acaso ésta sea una de las piezas más sorprendentes de un disco inclasificable; las palabras cortan, hip hop avant la lettre. Una reflexión acerca de los celos y la paranoia que provocan miedo y fascinación. Sus fraseos escupidos, sus “Toc toc/chtac/Cardiaque/Electrochoc/etc” motivo a la vez de atracción y repulsión, tienen un efecto narcótico, adormecedor y adictivo. La guitarra de Alan Parker horada sutilmente el buen juicio, la batería de Dougie Wright -como en el resto del disco- parece reducirse a un movimiento sístole-diástole, más o menos acelerado, esquelético y definitivo. Alan Hawkshaw -ya se ha dicho, pero no está de más repetirlo- merece un lugar para siempre en la posteridad por los arreglos y el uso de los teclados…

“… Un soir qu’à l’improviste chtac, je frappe à ma porte toc toc. Sans reponse je pousse le loqu et j’écout gémir le hamac …”

Y cuando pensamos que ya nada nos podrá sacar de ese estado de nebulosa lujuría, narcótica y alucinada, comienzan los primeros compases de “Aeroplanes” con su piano engañoso y lacerante, que mece y mitiga, que inquieta y tranquiliza. Es, en definitiva, el resumen de su demencia opaca, irresoluble. Hemos accedido a la novena puerta. Ya no es solamente cuestión de canciones o melodías en el sentido académico del término -que las hay, enormes-, sino de atmósferas, de estados del subconsciente. Del deseo y la locura.

La segunda cara del disco comienza con “Premiers symptômes”, sostenida por un guimbarda juguetona y una de las pocas piezas verdaderamente cantadas. Los sarcasmos sobre la pequeña infiel se incrementan, la metamorfosis es ya evidente. Todos los estados de la paranoia florecen paulatinamente, sin freno ni mesura. Es la paz mortal que habita en la locura. El subconsciente que ordena lo inevitable. “Ma lou Marilu” es otra maravilla. Recalcitrante pérdida tras un momento de lucidez. Ya basta de amenazas, la decisión fatal, redentora, está tomada. Una especie de pagano salmo sacerdotal previo al sacrificio. La percusiones de Jim Lawless nos recuerdan el estado de gracia en que todo el equipo parece hallarse. ¿Habrán escuchado a Kraftwerk o son imaginaciones mías?…

Los hallazgos se suceden uno tras otro; “Variations sur Marilu” son más de siete minutos de felicidad y de éxtasis, dedicados tanto a su amada como consagrados al inminente sacrificio. Hay perfección poética, secuencias eróticas. El tránsito gozoso, casi pornográfico, hacia la locura por y desde la mente humana. “Meurtre a l’extincteur” será el desenlace rápido, físico, que no moral, de la epopeya. Ya ha acabado con ella. Finalmente cree que ya podrá descansar de su pasión agotadora.

Serge Gainsbourg: “… En música se han hecho estribillos con todo tipo de instrumentaciones, pero creo que es la primera vez que se han hecho estribillos con la prosodia. En “Variations sur Marilu” he intentado llevar la música al terreno de las palabras y con éstas hacer los estribillos, la melodía. Toda la canción es un estribillo de casi ocho minutos …”

Tras la apoteosis llega la calma.; “Marilu sous la neige” es el momento posterior al éxtasis, al sacrificio. Porque no otra cosa más que ésa será el desenlace: Algo sexual, voluptuoso, mortal, liberador. El descanso que sucede al placer.

” … Marilou descansa bajo la nieve
una noche,  no pudiendo ya más de celos,
corrí por el pasillo para coger de su sitio
el extintor de incendios.

Blandiendo el cilindro de acero,
golpeé ¡Paf!, y Marilu comienza a gemir.
De su cráneo hundido brota la sangre roja.
Ahí, sobre la moqueta.

Un último sobresalto,
una última estupidez.
He pulsado la maneta y
El cuerpo de Marilu desaparece bajo la espuma …”

Cómo epilogo, antes de despedirse de todos nosotros, otro nuevo hallazgo, “Lunatic asylum”. Voces tratadas, percusiones tribales, sintetizadores, los oniricos coros femeninos, esa voz en off… el aterrizaje, sumiso y reparador, en el planeta locura. La demencia sonriente, plácida, del ser que se siente al fin libre de sus paranoias por haber aprendido a vivir con ellas. También, Gainsbourg siempre tan retorcido, del que ya comienza a añorarlas. El asilo de lunáticos donde ahora descansa solitario, el manicomio en que se ha convertido el mundo.

Todos los textos entrecomillados extraídos de “Gainsbourg” de Gilles Varlant. (Ed. Albin Michel, 2000)

SERGE GAINSBOURG Love on the beat

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El once de marzo de 1984, en el programa “7 sur 7”, Serge quema en directo un billete de 500 francos, delante de todo el mundo, incluidos algunos millones de espectadores y los dos presentadores del programa; Jean Louis Burgat y Erik Gilbert.

Jean Louis Burgat: “…Los problemas económicos y sociales, ¿Cómo le afectan a uno de los artistas mejor pagados de Francia?…”

Serge Gainsbourg: “…Ummmm … Creo que voy a liarla … Voy a contarte una pequeña parábola: En 1981, en mayo del 81, iba por la rue Saint Denis. Vi a una maciza haciendo la calle…¡Hey Gainsbarre!, ¿Subes?…No conoces mi nombre pero yo si sé el tuyo… y tú, ¿Cómo te llamas? le pregunté…Me llamo socialismo, dijo. Era imponente, tal vez maquillada un poco exageradamente. Le volví a preguntar ¿Cuánto quieres?…Ya me pagarás cuando acabemos…Subí, se desnudó y resulto ser un travesti con un tiburón importante. Me quedé a cuadros, pero ella se dio la vuelta y me dijo; Ven, tómame por el comunismo…”
“…Vale, es solo una parábola. Dicho esto, las cosas están volviéndose tan jodidas que en vez de café tomamos agua caliente. Y también quisiera hablarte de la mafia de los impuestos. Sí, voy a hacerlo. Esto no es otra parábola, es real (Toma un billete de 500 francos). Mi tasa de impuestos es del 74%. Ahora voy a decirte lo que me queda a mi (enciende su zippo). Creo que es ilegal lo que voy a hacer, pero lo voy a hacer de todas formas. Si me meten en la cárcel no tendrán nada que sacarme (el billete comienza a arder). No podré darles su 74%. Por lo menos no me joderán. Esto para los pobres, ésto para las nucleares…y bien, finalmente esto es lo que queda (el billete se consume) de mis 500 francos, maldita sea…”

El famoso vídeo, uno de los highlights de su etapa Gainsbarre, repetido hasta la saciedad, puede verse en Youtube, pero no enlazarlo. En cambio nadie habla hoy en día de este otro, una especie de intento de congraciarse con el mundo. A su manera, claro.

Fue un gesto premeditado de provocación, como todos los suyos. No daba puntada sin hilo. La entrevista había sido concertada diez días antes. Antes de la emisión aparece con un maletín en cuyo interior hay un gran fajo de billetes. Dice que siempre va con esa cantidad de efectivo encima. Por una extraña coincidencia, un incidente técnico sucede en la emisión del programa, durante el instante de la quema del billete: un corte momentáneo, seguido de una serie de interferencias, hace pensar a esos que están de acuerdo con el gesto de Serge que desde control le han querido censurar. Pero mientras se intenta restaurar la normalidad, la centralita es colapsada por miles de llamadas airadas de los telespectadores que no entienden porque se le ha dejado quemar el billete en directo.

Erik Gilbert: “… Quería mostrar lo que le quedaba después de los impuestos y lo hizo, sin amargura ninguna pero queriendo impactar con la imagen. El efecto fue terrible, las reacciones fueron extremadamente violentas. Como periodistas nos quedamos sorprendidos por el modo en que lo hizo. Tenia esa manera de hablar tan atonal. A veces había que descifrarlo. No nos dimos cuenta de la trascendencia del gesto, era algo extraordinario ver a alguien quemar quinientos francos, aunque ya hubiésemos pasado la crisis. Desconocía la ilegalidad del gesto; Legalmente los billetes no le pertenecían, eran propiedad del Banco de Francia. Tenía razón, podía haber sido encausado por ello, y nosotros por cómplices…”

Bertrand de Labbey: “…Fue una provocación interesante. Serge tenía una relación particular con el dinero: Por un lado le procuraba respeto y por otro le quitaba importancia a las cosas materiales. Su acto, en mi opinión, fue del todo premeditado. Todo el mundo decía que temblaba por que estaba bebido, pero era todo lo contrario; Temblaba por que no había bebido y por que tenía miedo, sabía lo que iba a provocar. Pero quería llevarlo a cabo…”

Las consecuencias fueron, desgraciadamente, más negativas que positivas. Se le reprocha el gesto como la provocación del rico que se burla de los pobres. Su discurso está falto de claridad. Debido al primer plano del billete, el murmullo que provoca su manipulación, el crepitar de éste al quemarlo y su falta de inteligibilidad, lo que realmente dice es “…No es para los pobres, es para las nucleares…”. Se convierte en un salvaje quemando algo sagrado, el dinero, transgrediendo el tabú.

Julián Clerc: “…Al día siguiente de la emisión, quedamos a comer. Estaba exultante, orgulloso. Fuimos a su casa y nos puso la cinta del programa, la comentamos. Pulsaba el rewind y el replay sin parar. Luego salimos y fuimos a “La Calvados”, uno de sus lugares favoritos, donde tocaba su amigo Big Joe Turner. Tenían una broma entre ellos; Serge compraba no se cuantos cigarros y los colocaba sobre el piano. Le iba diciendo títulos de estándards que tenía que conocer. Por cada acierto, un cigarro. Cada media hora Turner hacía una pausa y entraba una banda de mariachis que nos daban la tabarra. Serge les metía billetes en sus guitarras sin parar, animado y gritando “Viva la revolución”. Aquellos no se vieron en otra igual en su vida. Cuando conseguí meternos en un taxi –debían ser ya las siete de la mañana- y tras un rato sin decirme nada me dijo esa frase genial: “No, si tienes razón. Al final se ponen pesados…”

Bertrand de Labbey: “…Una tarde en Le Calvados, un turista americano y Serge rivalizaron en pedirle a Big Joe Turner interpretaciones de estándards. Cada petición venía acompañada por un billete de 500 francos encima del piano; Turner gano esa noche más de lo que ganaba en un año…”

“…Serge bebía para olvidar el tiempo pasado, sus recuerdos, el dolor de sus creaciones. Al mismo tiempo sus apariciones públicas eran complicadas, debía atender a su público y no sabía hacerlo si no era bebido. Cuando lo hacía yo trataba de no estar con él mucho rato, su discurso era repetitivo, incluso podía ser agresivo. Era una pena, sobre todo para los que lo querían. Había un momento de la noche en que tenías que irte, ya no podías aguantarlo más…”

Tras un segundo episodio reggae (“Mauvaises nouvelles des étoiles), innecesario y repetitivo, y que seguramente Gainsbourg acometió por la ilusión de volver a Jamaica, otros proyectos fallidos -aunque no carentes de interés- se suceden: El disco con Catherine Deneuve, el de Isabelle Adjani, canciones e incluso discos para Alain Chamfort, Alain Bashung, etc. Serge necesita reinvertarse una vez más. Improvisador genial, necesita un hilo conductor, madurar sus arrebatos de genialidad antes de llevarlos a cabo.

“Love on the beat” se publica a principios de octubre de 1984, acompañado de una enorme campaña promocional. Gainsbourg está en todas partes. Había viajado en 1984 con Philippe Lerichomme a Nueva York tras su aventura reggae. Allí contacta con Jean Pierre Weiller, un francés emigrado que conoce las últimas tendencias de la gran manzana. Este le hace escuchar algunos discos, entre los que está uno de Herbie Hancock con Bill Laswell y “Trash it up” de Southside Johnny & the Ashbury Dukes. Este último entusiasma a Serge y contactan con sos productores, Nile Rodgers y Billy Rush. El primero, miembro de Chic, acaba de producir el bombazo de Bowie“Let’s dance”, y se halla enfrascado en la de “Like a virgin” de Madonna, por lo que desiste. El segundo acepta.

Billy Rush: “… Cuando Jean Pierre Weiller me habló de Serge yo no conocía absolutamente nada de él, ni tan siquiera “Je t’aime”. Concertamos una cita en New Jersey, en mi garaje convertido en estudio. Vi llegar a un tipo muy tímido, que no hablaba más que una pocas palabras en inglés. Me puso una de sus cassettes, en las cuales se hallabán las bases melódicas de sus canciones. La atmósfera era un tanto extraña, nunca habría imaginado que era una estrella en Francia. Delante de él me puse a trabajar, elegí un ritmo, pegué una base, programé algunos teclados y guitarras. No me hablaba, le veía inseguro, ahora creo que me estaba examinando. Al final del día había podido terminar dos o tres maquetas. Se la pusieron bajo el brazo y se marcharon. Yo pensé que había sido divertido, aunque también que no los volvería a ver. Pero a la mañana siguiente volvieron y me dijo: Genial!, continuemos…”

Una vez más, Gainsbourg ha encontrado un nuevo mundo musical en mitad de una etapa personal, cuanto menos, delicada. La música disco como vehículo y la homosexualidad como leit motiv, el elemento provocador que le sirve de motor. En un momento de duda y lucidez confiesa a Lerichomme: ”¿Pero que coño estamos haciendo aquí?, mi música es Chopin, nada que ver con esto”. Philippe le calma; “Es justamente por eso por lo que estamos aquí, para intentar cosas nuevas”

Billy Rush recluta a los músicos: Larry Fast al sintetizador, acompañante ocasional de Peter Gabriel y dos tipos más que vienen de girar con Bowie, el saxofonista Stan Harrison y el corista George Simms. Este recuerda; “…Cuando llegamos a casa de Billy en Nueva  Jersey y escuchamos las dos primeras canciones nos miramos preguntándonos que hacíamos allí. No habíamos oído hablar nunca de Serge y tampoco sabíamos nada de su reputación, de su carrera o de su genio artístico. Creímos que era un tipo muy rico cuyo pasatiempo favorito era contratar a músicos afro americanos para grabar como diversión, y allá en su tierra, hacérselo escuchar a sus amigos. Todo pasó muy rápido, creo que cantamos las nueve canciones del Lp en siete horas. Serge saltaba y bailaba cuando quería describir algo…”

Para la portada, fotografiado por el también cineasta William Klein, con quién ya había trabajado en “Mister Freedom”, se maquilla y pinta como una madura y ajada madame travelo. Los labios rojo carmesí, uñas y pestañas postizas y un fino cigarrillo humeante. Una especie de Gloria Swanson circa “Sunset Boulevard” pero con el pelo corto. Deja de beber durante quince días para ocultar las ojeras y se hace pegar las orejas con el fin de disimularlas.

El disco, más que un tratado Gainsbourgiano acerca del ideal homosexual, es un canto a la decrepitud, al paso del tiempo. Nuevos caminos para los viejos deseos. Desde luego lo que se espera de él. En estado permanente de provocación, adopta a Bacon y su pintura atormentada como Mcguffin icónico. Se imagina atrapado en un limbo etéreo entre el bien y el mal, entre la abyección promiscua y la pureza clásica homosexual.

Construye un personaje, otro más, en el que refugiarse. Sutiles juegos bilingües, bisexuales, ambivalentes. Y el humor siempre como escudo ante sus propios miedos.“Kiss me Hardy” son las apócrifas últimas palabras del almirante Nelson, mortalmente herido de bala en el pecho, al oído de su fiel teniente y amante, en plena batalla de Trafalgar, con música no acreditada de Rachmaninov. “I’m the boy” es una elegía al cuarto oscuro, al sexo puro y duro, ángeles de cuero negro. “No comment” y “Hmm, Hmm, Hmm” podrían ser perfectas reescrituras de sus clásicos, lanceadas por esa producción ochentera tan artificial, metalica y desafortunada. Pero hasta sus defectos casan con el espíritu del experimento. Su sonido frío y distante, en contraposición con la minuciosa descripción de su ocaso, consiguen una extraña sensación de deriva muy similar a la descrita en –y de la que se me ocurre hubiese sido una perfecta banda sonora- “Hardcore, un mundo oculto” del cineasta Paul Schraeder.

Para cerrar, su canto de cisne. Otro más de esos episodios malévolos de los que tanto gustaba; “Lemon incest”, El juego y la necesidad vital, una vez más, de la provocación. En realidad una declaración del amor incondicional paterno-filial, bajo la melodía del estudio nº 3 en mi mayor de su amado Chopin, con su pequeña Charlotte. Las palabras escupidas como balas, los juegos semánticos apuntando a los biempensantes y a los hipócritas. La pureza, el candor incluso, de los sentimientos. La honestidad de un tipo tan peculiar que de tan honesto, escandalizaba.

Todos los entrecomillados extraídos de la biografia “Gainsbourg” de Gilles Varlant (Ed. Albin Michel, 2000).